miércoles, 31 de diciembre de 2008

Elenita strikes again laralarai

Chicharras, chicharras; no había duda: yo era una chicharra para Tordelli y pronto cantaría –para entonces no me imaginaba el significado, equiparable a la figura del grillo en Mallarmé, que tienen las chicharras en el mundo Tordelliano-. Me bastaba el convencimiento: yo era una chicharra y pronto cantaría; ¿pero el hondo significado de mi canto cuál sería? No demoré en saberlo, -aunque saberlo en profundidad me llevará una vida-. Comencemos por el principio: estoy, al anochecer, con mi querida mujer Carola en el Virazón, una confitería con buena vista al mar; visión que me relaja, me impulsa a pensar bien digo. Y en eso estaba cuando noté que mi mujer levantó la cabeza del diario que leía con levedad, como impulsada por un magnetismo extraño: Tordelli estaba de pie junto a nuestra mesa, y junto a Tordelli, de impecable pantalón de lino blanco y camisa azul furioso, estaba Franco Vitelli, el abogado del gremio.

Con una sonrisa los invité a sentarse. Tordelli estaba distinto, me pareció muy elegante. Nervioso, la miré a Carola: esperaba que de un momento a otro comenzase su deslumbramiento con Tordelli. Pero los minutos pasaban y nada anormal sucedía hasta que Tordelli en un momento dado sugirió pedir rabas, mejillones a la provenzal y un clericó. Después, pedimos dos jarras más. Y eso fue lo que nos entonó. Lo demás es historia sacra: mi mujer se fue con Tordelli y yo me fui con Franco Vitelli. Esta vez, fue un hombre el que me llevó al telo de la Barra. Al entrar, pensé que la predestinación me reclamaba: al haberle dicho que no al juguete de Flavia, mi destino regresaba; venía por mí. Esta vez intensificado. O puede ser que mi destino final fuese el que por fin protagonizaba: entraba a un telo borracho y de la mano de Franco Vitelli, -mi César Borgia reencarnado-. Tomamos un cuarto con el argumento de que íbamos a recibir una chicas (Franco parecía avezado en esos menesteres). Ni bien traspasamos la puerta me tomó de la mano y me besó mientras me desnudaba. Después, me llevó hasta la cama, sacó de bolsillo de su pantalón un sachet –yo presumí que de vaselina- que partió con los dientes, se untó la pija y, conmigo boca abajo, empezó a penetrarme abriéndome los cachetes del culo con sus manos. Urgido en verdad. Recién una vez que estuve un rato boca abajo pude evaluar mis sensaciones: la penetración no era perfectamente dolorosa; más bien era una molestia lacerante que no terminaba de excitarme. Y sin embargo, lo que terminó de alzarme fue la fruición con que Franco Vitelli me penetraba, la posibilidad de sentirme Franco fue lo que me terminó de alzar, de excitar, me hizo ver al frente, y con una fuerza inaudita, del modo más impensado, generar, como un big bang en mi conciencia, y me nació el apremio: quise, necesité más bien, producir el enroque. Fue como un acto reflejo. Me deshacía por asestar un golpe tras otro al único culo que rondaba en ese espacio: el de Franco Vitelli. Y eso hice con tremenda inconciencia y con mucha más fuerza que la que él había empleado en mí. Apenas unos golpes y llegó el placer. Y cuando llegó me hizo quererme. Y pensé en Elenita. Yo, Franco, los dos la conformábamos. La habíamos puesto donde tenía que estar. Era una entelequia que superaba mi capacidad de poner las cosas en un punto preciso, no había palabras. Feliz me abracé a su culo y lo besé. ¡Qué amor! ¡Por Dios!, dije y lo besé otra vez, fue como si comulgara.

sábado, 27 de diciembre de 2008

Chicharras, chicharras

Algo era seguro: debía resolver dos cuestiones. Primera cuestión: tenía que decidirme si me dejaba penetrar por el juguete de Flavia. Parecía ser la forma de acceder a algo que todavía no vislumbraba pero que debería tener su importancia, al menos en el plan Tordelli. Segunda: tenía que ver cómo enfrentar el deseo de Tordelli. Estaba claro que iba tras el culo de mi mujer. Entonces, ¿qué actitud convendría tomar frente a este mago? ¿Sería mejor soltársela? Pero, en ese caso, ¿estaba yo preparado para tanto? ¿Uno debe entregarse en cuerpo y alma al Maestro? ¿Cuál era mi situación? ¿Estaba frente a una prueba como la que Dios le impuso a Abraham? ¿Pero para qué?

Esas preguntas e inconfesables pesadillas me capturaban durante la noche. A la mañana me levantaba como si no hubiese dormido. Y sin embargo, sólo tomar un café me dejaba una excitación corporal inexplicable. Eran verdaderas batallas medievales. Lo peor era que estaba en Punta del Este para disfrutar y descansar. Por supuesto que a Tordelli no lo llamé, prefería pensar. Lo primero que hice, por conveniencia -conducta habitual en mí si las hay-, fue ser más amoroso con mi mujer. Un hito era ir de compras con ella; cosa que hice. También consentí esos tediosos juegos previos antes de garchar. Los sostenía con una sola cosa en la cabeza: era de las últimas veces que podía tocarla en exclusividad. Pronto Tordelli la iba a tener en sus brazos –y esto era seguro-, Carola iba hallar “algo”. No sabía bien qué; si una mayor destreza, más placer, pero lo más probable es que yo quedaría en desventaja. Una sola había para rescatar: la autocrítica me funcionaba.


Después, ante la falta de novedades, los días empezaron a tener un poco de calma; playa, mar, paseos por la rambla, cenas en casa, lectura: Ana K; todo iba mejor. Hasta que cometí un error: bajé mis mails y recibí lo que no imaginé jamás: Remitente: “Sir Tordelli”: Asunto: “Chicharras”: El mail decía así: “El día de sol. El campo quieto y precioso. Arriba, un cielo cubierto de nubes medianas y de otras más pequeñas. Todas pasan sobre hondonadas llenas de árboles y plantas que, en su mayoría, tienen formas extrañas. Son plantas satisfechas por la abundancia de agua. Se las ve bien erguidas en la felicidad de la selva. Por eso, en lugares insondables, hay muchas pero muchas chicharras. Es la época, y como viene lloviendo se produce el fenómeno de muchos veranos: cada vez hay más chicharras. La lluvia les sirve, es buena, no sé bien cómo es el asunto, pero a las chicharras les gusta el agua. Les viene súper bien la humedad. Si llueve se reproducen durante la noche por obra y gracia de la humedad, y después, cuando sale el sol, cantan fascinadas. Y cuando el sol sube un poco más, cantan con más fuerza. Pareciera que están encantadas porque cada día son más. Llueve y ellas crecen. Su canto siempre es igual: primero amagan con sonidos breves; son cuatro o cinco avisos y después estallan. Ese último grito es mucho más fuerte y desafía algo. ¿Qué es exactamente? Bueno, eso es lo que no está claro.”

jueves, 25 de diciembre de 2008

El señor dientes de oro

Esa noche dormí muy mal. Soñaba que en la cancha de Boca, mientras salía de la popular, un grupo me empujaba y me amenazaba con violarme; la escena se repitió a lo largo de la noche con variantes; un hombre con dientes de oro me obligaba a acostarme boca abajo en el cemento, yo le decía que el piso me quemaba; después todo era confuso: un antiguo profesor de geografía me agarraba de la mano y los dos bajábamos por unas escaleras caracol de una madera muy lustrada... Eran las escaleras de la parte de servicio del colegio. Lo que no fue nada confuso fue el mensaje que encontré en mi celular esa mañana. Era de Tordelli y decía: “Buen día don Rupert ---el don me pareció sardónico---, bueno, ahora sólo espero salir con usted y su mujer; lo felicito; me pareció realmente impactante; espero el llamado”. Borré el mensaje como un acto reflejo: fue por la desesperación. En pocos segundos ya tenía un temblor. ¿Tordelli había preparado todo su ofrecimiento para pernarse a mi mujer? Me pareció improbable que Carola pudiera darle cabida; pero después pensé: “Este Tordelli… ¿acaso no es capaz de lo impensable? ¿Qué estrategia emplearía esta vez? La manos se me pusieron duras; quise sonarlas; la desesperación me llevó hasta el comedor diario: ahí me mujer desayunaba con total placidez; untaba las tostadas ajena a lo que le vendría: Tordelli iba a terminar taladrándola; eso era seguro. Quise abrazarla. Tuve el mismo arrebato que con Flavia. Pero me contuve. ¿Cómo podría evitarlo? Descubrí que a Carola la quería como algo mío, como lo más preciado. Me pareció entonces increíblemente hermosa; espléndida, esta vez a su belleza la sentí nueva. ¿Cómo Tordelli se había convertido en mi peor pesadilla? ¿Acaso no era mi Maestro? Mi vida antes de conocerlo tenía un cauce. Todo iba bien y Tordelli vino a deshacerla. ¿Pero por qué? ¿Qué me tenía el destino reservado? ¿Un vínculo con algo profundo y tal vez sagrado? Esa fue la presunción que tuve cuando me acerqué a él, pero ahora Tordelli entrañaba un desafío esotérico y, lo que es peor, tan inmenso que podía acabar con mi querido destino. Pero después de todo ¿quién dijo que a mi vida tan bonita lo tenía asegurada?

A quién no lo carcomen los dilemas?

Salí del telo serio; Flavia lo estaba mucho más. Estaba peor que una puta a la que –ya pasado el asunto- uno le dice: “Uh!, no traje plata.” No había duda: ahora a Flavia le suscitaba mucho asco; tanto que cuando la dejé en lo de Ángelo –el gremialista de mocasines rojos-, me dijo algo que me hizo muy mal: ----Chau pibe, espero que con el tiempo sepas volar…----.Cerró la puerta y, mientras se iba, pude ver la tanguita blanca que traslucía su pollerita también blanca. Imposible no ver una punción críptica en esa última frase. Es algo tan propio de la familia Tordelli, pensé. Enseguida arranqué el auto y huí. Aceleré por esas calles de pedregullo que conozco tan bien; las cercanas al golf de San Rafael. Iba derrapando como en un rally. De esa forma esperaba ganar algo de autoestima o vaya saber qué. Lo siguiente fue pensar en cómo suicidarme; empecé a barruntar hipótesis truculentas: quería que mi final pudiera ensalzarme. Si había mucho drama tal vez lo lograse. Una posibilidad sería desviar el auto en el puente de La Barra y caer al arroyo Maldonado: sería espantoso ese final; tanto que me dio miedo y tuve que desecharlo. También deseché la ingesta de pastillas: me pareció algo que me dejaría sin gloria. El tema del arma…; eso pensaba cuando de pronto se me representó mi mujer: Carola, la chica alta y angelical; la chica Chanel, la más apta para trabajar de espléndida: ¿por qué seguía con ella? ¿Y con quién seguiría Carola después de mi muerte? ¿Con un hombre de éxito verdadero? ¿Y qué haría con mi patrimonio tan bien habido? Y a Carola misma: ¿por qué la había elegido? ¿Sólo porque mi madre y mi abuela la adoraban? ¿En todos estos puntos tan ruinosos centraba mi vida? ¿Y quién me iba a iluminar en el futuro si evitaba el suicidio? ¿Tordelli? ¿Después de todas las miserias de esta noche? Parecía improbable; máxime cuando habían sido tan absolutas. Y al final estaba la pregunta más lúgubre: ¿No debería haberme dejado penetrar por ese juguete rabioso? ¿No fue acaso mi huída un error garrafal? Algo era evidente: el destino me pedía que me dejara romper el ano para convertirme en un hombre, pero ¿por qué? O la cuestión pasaba por otro lado? Dios quiera, me dije.

martes, 23 de diciembre de 2008

Lethal weapon

Pero no me acerqué a abrazarla; sólo me senté en la cama y dije: ---Bueno, dale, pajeame----. Ella se arrodilló frente mío, se abrió el top blanco para sacar sus tetas tan bien hechas, me escupió en la pija y me la empezó a cascar, por momentos rozándome con la punta de sus pezones. No demoré mucho en dar con un fin. La cara de Flavia me pulía; me descarnaba; así que sólo me esforcé mentalmente para que mi leche llegase a sus tetas; pero no hubo caso; me cayó casi toda encima. Como consuelo pensé que al menos parte de mi leche fue a sus manos. Una vez cumplido ese paso, Flavia me besó con cariño y me sugirió que me duchase: “Lavate completito” aclaró. La ducha la hice rápido, suspirando, con la convicción de que en ese momento yo ya era un fulgor; uno de acero, un bonito acorazado de la segunda guerra mundial. Eso pensé. Fue la idea que se me pasó por la cabeza al tiempo que me secaba con una toalla que decía “Fuck” en letras rojas. Una vez que terminé, salí confiado y dije: ---¿Y ahora qué mi lady?---. Y ella, exquisita, respondió: ---Echate boca abajo que te voy a lamer en el culo como sólo lo hacen los magos---. Yo como respuesta abrí grande los ojos. Y los debo haber abierto mucho más cuando en ese lapso –que quedaría para siempre grabado en mi mente tan lábil- sospeché, percibí, y hasta pude ver, cómo de su carterita blanca de gata, la señora de Tordelli sacaba un consolador. Advertí enseguida que era de un tamaño aberrante. Fue verlo y saltar en pos de alejar mi culo-bonito de ese brazo con puño tan enfáticamente fálico.

---¿Cómo? ¿Qué? ¿Le tenés asco?---- me preguntó. Y lo inquirió como si mi reacción no fuera justificada, y como si algo estupendo se hubiera roto entre nosotros para siempre.

---Miedo, sí --- le dije, ----un montón.

--- ¡Pero si ya sos grande!--- me dijo con tono enfático.

Fue con el fin de esa oración que un calor tétrico me tomó el cuello y empezó a ahorcarme: fue igual que cuando estaba de campamento en la primaria y sólo Dios sabe qué me pasó (ningún terapeuta al día de hoy lo pudo desentrañar). Pero lo que sí sé es que sentí el mismo horror, y advertí que todo estaba perdido; que la trampa era un hecho; que era prisionero del Vietcong y que Tordelli debería estar tras la puerta riéndose, apenas, con un whisky en la mano, como un rey estupendo.

domingo, 21 de diciembre de 2008

Take my breath away

Las cosas entonces iban hacia el éxito: había algo en el aire que lo corroboraba. La felicidad de los popes con sus miles de dólares; la calma tan imposible con que Tordelli fumaba; las manos de Flavia; esas uñas eran tan perfectas que podían satisfacer las ocurrencias más extrañas. Todo era lindo; lo sentía, no lo pensaba; ése era el éxito más grande. Los segundos de la noche marchaban y Flavia, de casualidad, cada vez me tocaba más. Y yo hacía lo mismo y Tordelli miraba. Miraba complacido y yo me decía: “Seguro que las cosas van según un plan divino”. Todo era perfecto porque la dinámica, la estética, todo se deslizaba por la veta menos romántica: la alfombra violeta, las mesas, el ruido atronador; todo ese emporio llamado Conrad hecho y derecho onda Las Vegas, el carácter espeluznante de la gente agolpada en ese reducto Vip con láminas de la antigua Roma; el calibre atorrante de nuestros amigos, todo iba hacia el mejor fin.

--- ¿Por qué no me hacés un favor ---me dijo de pronto Tordelli con esa calma tan dulce --- y llevás a Flavia donde estamos parando? ---Y después agregó: ---- A lo de Ángelo.

Yo sonreí, Flavia agarró su carterita blanca, saludamos y partimos. Sabía hacia dónde ir: al telo camino a la Barra. Ya no pensaba, sólo iba: la función más molesta de mi persona, esa que calibra, dice, se pregunta y responde, especula, esa mente satánica que no para, ahora sí, por fin, was dead, en coma, borrada. Sólo en el auto sonaban con fuerza los lentos más célebres de los 80; los insuperables. Cuando paré en la entrada del telo la miré a Flavia: me gustó porque con total placidez se miraba al espejo, aunque pronto fuéramos a coger se retocaba la cara. Tan gustosa era. Ya en el cuarto se sacó su minifalda y me dijo: ----Lo primero que te recomiendo es que dejes que te haga la paja… Sí, va a ser lo mejor; después vas a obrar con más calma----. Nunca una mujer me había sugerido algo tan sabio; la miré emocionado: ella, alta, con sus gomas enfundadas en ese topcito blanco, su falso pelo rubio, su tatuaje alrededor del tobillo; una naturaleza tan sublime que me dio ganas de correr y abrazarla.

sábado, 20 de diciembre de 2008

Fort Nox? Nou, nou

Flavia, Flavia, a esa mujer la miraba y la miraba. Era como cuando estaba en la playa de adolescente y miraba a una mujer con mucho sufrimiento. ¿Cómo podría penetrarla? Esa mujer pertenecía a mi Maestro, es cierto. Pero ese convencimiento me impulsaba al desafío. Por lo pronto ya era un verdadero discípulo: deseo a la mujer de Tordelli, pensaba con fuerza. Después, pensé lo más lógico: en ocasiones así uno debe tomar. Y así lo hice: pedí un Tom Collins y empecé a charlar con la mujer de Tordelli con mi famoso sistema de preguntas y repreguntas.

Ahora bien, una cuestión que no obstante mi obnubilación por Flavia no perdía de vista era la siguiente: ¿Tordelli es capaz de multiplicar sus riquezas en la ruleta? A priori diría que sí. Estaba convencido de que no le iba a costar mucho, y por eso presté atención al juego. Pero Tordelli perdía fichas y más fichas, y el hombre de remera y mocasines rojos ganaba y ganaba. Miré al siguiente, al turco alto de rulos, y ese también ganaba. ¿Era posible que Tordelli los estuviese beneficiando o algo por el estilo? Sí, no me extrañó ese tipo de jugadas. Miré un poco a mi mujer: “¿A ver qué hace?” me dije. Y Carola miraba la sala, aunque en verdad su cara de aburrida mirada la nada: era su forma de decirme que nada de esto le interesaba y que mis amistades estaban muy por debajo de lo que ella consideraba “atendible”. ---¿Por qué no seguís para casa?--- le sugerí con una mirada desafiante. ----Tomá, llevate el auto, yo vuelvo en taxi--- y le extendí las llaves.

---Ok,--- fue su respuesta. Y sólo eso bastó.

Y así continúo la noche: los popes del sindicato ganaban; Tordelli fumaba, ya libre de fichas, y yo hablaba con todos pero preferentemente con la mujer de Tordelli. Era el tipo de situación en la que uno habla, mira, y piensa que ante sí tiene una caja fuerte inmensa y gloriosa con muchos billetes dentro. ¿Cómo la podría abrir? Por lo pronto estaba alegre: volvía a tener ganas de garchar. Eso era importante. La proximidad del Maestro también me alegraba. Me proveía potencia. En eso iba bien; lo que empantanaba las cosas es que Flavia era la señora de Tordelli, pero de manera muy intima también sabía que en el mundo Tordelli las cosas, las reglas, las expectativas, todo se quiebra y deviene en un mundo supra real, uno más acelerado que el común, que por eso se vuelve mágico.

viernes, 19 de diciembre de 2008

A barrer con los convencimientos

Fue divisar a Tordelli e irme derecho hacia su mesa; sin pensarlo le dije: ---¿Cómo va? ¿Sabía don Tordelli que Elenita iba a estar por acá?

Tordelli me miró con su mejor cara de sorpresa: una reservada a los profesionales. Decir no dijo nada. Sólo pitó su cigarro. Después, me presentó a su mujer y a los dos popes sindicales: un hombre con mocasines rojos y remera al tono; el otro era un turco de rulitos muy alto y muy abstraído en la vicisitudes del juego. Yo les presenté a todos a mi mujer. Lo hice con cierta vergüenza y con una pena que no pueden imaginar. Mi mujer para ese momento ya no era nada. Apenas una chica que podía estar en cualquier revista de moda francesa. Marie Clare, tal vez. Y eso, esa delicadeza que antes me hacía sentir tan distinguido, esa tersura; esos rasgos bonitos que me hacían querer grabarlos en mis hijos; ahora ya no representaban nada. Por un arte extraño se habían borrado de mis registros. Ahora su cuerpo esbelto, su pelo lacio, tan lindo y castaño, sólo armaba una muñeca que me cargaba de ira. Su creencia de que era una chica sofisticada no la aguantaba. Yo tenía ojos para Flavia. Ojos para esa raza de guerrera interesada. Pero esa mujer le pertenecía a mi Maestro. Eso me punzaba: para entonces estaba lejos de imaginar que Tordelli tenía muchas Flavias. No podía vislumbrar que mi Maestro usaba múltiples mujeres que llamaba siempre igual. Dependía la ocasión y era una Flavia más recatada o una más alegre; le conocí varias. Tordelli las escogía según el programa. Lo que nunca supe es si sus hijos eran verídicos. Creo que sí, pero hasta acá llego porque me adelanté demasiado.

jueves, 18 de diciembre de 2008

Mi Maestro tiene un gato?

Los meses siguientes seguí en el mismo tren, el maniático. Seguramente porque no me hice coger ni nada por el estilo. La idea de tocar a un hombre me seguía sin resultar. Sólo daba vueltas y vueltas sin resolverme. Sabía que algo no estaba bien con mi masculinidad pero también era consciente de que el tema no pasaba por el acto en sí. Garchar, la experiencia de que me rompan el ano o rompérselo a otro, no iba a cambiar mi sensación: la de ser Elenita. Tampoco la iba a consagrar en un punto beatífico. Al menos tenía la suficiente lucidez como para detectar que “el quid Tordelli” iba más allá de una conmoción anal. Si algún día llegaba a la putez o no sería por otra cuestión; pero seguro que no valía la pena llegar así. El punto era definir mi centro masculino y femenino. Eso al menos lo veía. Pero también estaba mi dramatismo, mi tensión. Mi mujer por supuesto no aguantaba mi debacle. Me había elegido como “un ser éxito” y mi deslizamiento no la alegraba. De manera que, además, tenía que cargar con ese aspecto y con sus reproches. Y en parte era mejor. Era mejor que todo llegase a un punto de más verdad. Tenía que ir hacia la crudeza. Por eso el encuentro que tuve con Tordelli de casualidad –aunque las casualidades no existen me diría él- estuvo muy bien. Fue en el Conrad de Punta del Este un fin de semana. Estuvo muy bien porque me lo encontré en una escena insospechada: lo vi jugando a la ruleta con dos popes del sindicato. Estaba en la sala vip. A su lado había una rubia de unos cuarenta años: el gato rubio de uñas rojas y anillos grotescos que siempre soñé. Me gustan sus pechos bien hechos, los 110, la nariz falsificada; sus ojos pintados y su boca de cubre pijas. Me fascina por su altura, por su brutalidad. Es lo que llamo una mujer absoluta. Mucho más que un objeto sexual. Algo espectacular y burdo a la vez. Fue un golpe que me hizo pensar mucho: contra todos mis pronósticos, esa señora resultó ser Flavia, la mujer de mi Maestro.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Eh, putos!, dónde están?

Lo que siguió fue tremendo, el punto más bajo. La crisis sideral: no podía garchar. Ni con mi jermu –bonita flaca de piernas largas y ropa marcada- ni con nadie. No había mujer que me saque el pánico. La noción era clara y lamentable: yo era Elenita. Era imposible entonces penetrar a una dama. De eso estaba seguro. No había terapia o tratamiento que me llevase para otro lado. Nada. Sólo una tristeza ruidosa y ruinosa que me taladraba la mente: “Elenita, Elenita, ¿quién sos?”. Esas palabras me llagaban. Mi propia pija llego a ser como un estorbo. De una forma incierta ya deseaba que no estuviese ahí. Y por supuesto que la pregunta que empezó a corroerme fue: "¿Debo dar el paso y dejarme coger? ¿A eso es a lo que debo llegar?" Lo más dramático era que no podía contar con Tordelli para nada. De su parte, seguía un trato cortés pero frío. Lo mismo que el primer día. Mis informes a la superioridad fueron perdiendo rumbo, datos; en mi oficina no hacía nada. Ni negocios ni llamados. Me limitaba a leer el diario. No me importaba ya descubrir las maniobras de Tordelli. No me importaba otra cosa que llegar al fondo de lo que tuviese que llegar. Pero ese fondo no lo sentía. No lo palpaba bajo mis pies. Mucho menos en mi cuerpo. Mi pecho tenía aire, no había centro en mi corazón. Cada mañana al despertarme sentía que iba un poco más abajo. Las manías que antes no hubiese ni imaginado me asaltaban: necesitaba tocarme a cada rato la pija sólo para saber que estaba ahí. Probaba muy seguido ver si era o no posible que se me parase. Chequeaba con qué tipo sería capaz de garchar. En esas pesadillas andaba. Sólo creía estar un poco mejor el día en que empecé a cuestionarme mis funciones; mi modo de vida. Supe –reconocí- que vivía y que era una comadreja. Un sucio, un tipo que vive para su conveniencia. Un tipo que exprime a otros y saca lo que puede del sistema para sí y sólo para sí. Admití que tenía un deseo de poder inmenso y que la manera que jugaba con ese deseo sólo me hundía en conspiraciones y éxitos bajos. Después, llegaron los sueños con S.S., con Hitler, con oficinas y Ministerios del Reichstag. Era extraño, eran como flashes de otra vida. Historias nocturnas llenas de antorchas y botas de cuero negro alucinantes. Había Corps inmensos que siempre nos musitaban cosas; estábamos Goebbels, Hitler, Speer y yo. Cada día me miraba al espejo y me veía más ojeroso, más pelado y más flaco. Yo, Rupert, el tipo que supo tener trajes de la mismísima sastrería del Príncipe de Gales. Sí, lo crean o no. Queda cerca de Hyde Park y venden unos sacos de lino bárbaros: rayas celestes y blancas. Compré media docena en un viaje con Carlos I (Martín Red compró muchos más). Usaba pañuelos a tono con mis corbatas. Tenía un perfume que lo vertía en mi cuello, en mis manos, y después me lo esparcía por la espalda. Sólo así terminaba el día igual de espléndido que a las diez de la mañana. Vivía en Avenida Libertador y tenía el mismo Audi que antes, pero ahora cuando saludaba al portero y enfrentaba la calle tenía pensamientos diferentes: ahora buscaba al chongo óptimo.

martes, 16 de diciembre de 2008

Elenita quién sos

Después, en la hoja siguiente, venía lo desconcertante:

“Elenita, Elenita
¿Quién sos?
Vos no lo sabés
Y es hora que lo sepas”


Elenita, ¿yo soy Elenita para Tordelli? Pero ¿por qué Elenita? ¿Porque Tordelli me veía algo amanerado, un homosexual reprimido?, ¿qué problema veía Tordelli con mi masculinidad?

Las cosas se ponían duras. Sabía que mi camino con Tordelli no sería fácil ni mucho menos. Pero seguro que no espera esto. Un golpe inicial y tremendo a lo más esencial. Lo peor era la certidumbre: a partir de esas líneas me sentía menos hombre. El propio Tordelli me lo había indicado. Yo era menos hombre de lo que pensaba. Era Elenita, pero ¿quién debería ser?

domingo, 14 de diciembre de 2008

Tordelli juega conmigo

El fragmento que seguía me convenció de una cosa: Tordelli estaba jugando conmigo. Era evidente. Sabía que algún día iba a llegar a su P.C. y había puesto este diario para mi “entretenimiento”. Pero de lo importante, del mundo insondable que me acercaría a una nueva conciencia, de eso no había nada. Ni en Huracán ni en su P.C. Tampoco había rastros de sus jugadas con el gremio: sólo esto, este fragmento desconcertante que reproduzco para ustedes:

“La noche del sábado Gustavo, peinado y perfumado, con su jean blanco ajustado (un pantalón que lo ajustaba más de lo normal según Elenita), sus botas de cuero de carpincho, una camisa a rayas abierta a la altura del pecho (lugar que exhibía una cruz de plata), la pasaba a buscar. Salían y a la vuelta llegaba un programa difícil. Al menos para Elenita. ¿Cuál era ese programa? Ir a besarse a la costanera.

Tipo cuatro de la mañana (aunque Gustavo cada vez estaba más ansioso por pasar a esa fase de la salida), estacionaba en un lugar oscuro y empezaban los besos. Casi enseguida las manos de Gustavo empezaban a actuar. En el último tiempo, con más fuerza. Es que a poco de besarla (los besos eran rápidos, de compromiso), iba hacia su concha y la fregaba (así definía Elenita esa parte). Enseguida, llevaba la mano de Elenita a su pija y él mismo la movía, la frotaba un poco mientras estaba bajo el pantalón y, después, bajaba el cierre, sacaba su pija (una pija que por ser tal Elenita no se atrevía ni a mirar), y le volvía a poner la mano en ese palo caliente para que la subiese y la bajase. Y Elenita lo hacía; con lentitud, como él pedía, no rápido. “Quiero sentir bien la manito”. Pero Elenita lo hacía sin placer, nerviosa, con el corazón latiéndole a todo tranco, espantada con la idea de volver a sentir lo que sintió la primera vez que lo hizo: un chorrito de leche, tibia, espesa y pegajosa (según constató cuando se secó).

Pero las cosas hacia el fin de ese año se pusieron incluso peor que eso. Fue una noche de humedad y calor. Esa noche, Gustavo, con la pija al aire y como parte de algo bien premeditado preguntó: “No me das besitos en la panza?”. Y Elenita lo miró horrorizada. Estaba claro cuál era la intención de Gustavo. Entonces, lo miró otra vez. Pero él mantuvo su autoridad y eso terminó de convencer a Elenita (siempre había algo en esas instancias que a Elenita la complacía). De manera que Gustavo se desabrochó la camisa y Elenita lo miró otra vez. Quería ver si Gustavo mantenía ese aire que hasta entonces no le había visto. Y Gustavo lo mantuvo. Entonces Elenita empezó a darle besitos como pedía, cerca del ombligo. Y empezó a sentir chocando contra su garganta esa presencia que debía probar. En ese punto Elenita no sabía muy bien qué hacer, pero Gustavo se encargaba de marcarle el rumbo: con una mano le acariciaba la nuca y por momentos le empujaba la cabeza. Esa era su estrategia y la actuaba. Y Elenita bajaba. Y bajaba. Y bajaba cada vez más, asqueada y a la vez intrigada por la sensación que tendría si su boca probaba esa cosa que todos llamaban pija, pero que entre ella y Gustavo nunca se había nombrado. Y así fue como Elenita terminó lengueteando la punta de eso que Gustavo tanto quería; y después, cuando Gustavo, de manera inconsulta, impulsó para arriba todo su cuerpo, la sintió bien de lleno en la boca. La sintió tan en la garganta que tuvo arcadas. Y enseguida Gustavo salió y empezó a subirse y bajarse la pija mientras acababa con cara de epiléptico (según constató Elenita cuando levantó la cabeza). Por suerte, esta vez, nada de ese líquido blanco que los chicos llaman wasca llegó a tocarla (porque le quedó todo a Gustavo en su pantalón y en sus manos). Lo primero que hizo Elenita fue buscar sus anteojos. Se los puso para sentirse un poco más decente.”

sábado, 13 de diciembre de 2008

Diario Tordelli

En mi desesperación tomé una decisión extrema: ir en plena noche al Ministerio para entrar en la P.C. de Tordelli. Hacía tiempo que barruntaba hacerlo. No tenía dudas de que Tordelli guardaría cosas preciadas en esa máquina. Hoy en día todos los seres humanos que tienen una computadora lo hacen y Tordelli no sería la excepción. La clave la había obtenido del Director de Informática –un experto símil orangután que respondía al Ministro de forma muy directa-. De manera que me tomé un taxi y fui al Ministerio. Tuve la suerte de dar con un viejo tanguero. Me gusta ese perfil de taxista porque, sólo si es de noche, me hacen querer a Buenos Aires. Son orgullosos de la milonga, los últimos mohicanos. Al Ministerio llegué a eso de la una menos cuarto. Saludé al personal de seguridad y no di ninguna explicación. Sólo pasé. Fui a mi despacho por ascensor y desde ese piso bajé por escalera hacia el reducto “Tordelli”.

En la P.C. de Tordelli descubrí archivos de Excel que podrían ser jugosos, pero lo importante fue un archivo de Word: uno llamado Diario. Desde que lo descubrí sonreí. Me limito a decirles que esperaba otra cosa. Paso a reproducirles el Diario del amigo Tordelli y desde ya les adelanto que se trata de un Diario poco ortodoxo:

“Hoy a la mañana masturbación en la ducha; como corresponde. Es útil para limpiar todas las tensiones nocturnas producidas por un inconsciente exaltado. Me pajeo preferentemente con la esposa de mi primo Eduardo. Al menos últimamente. Es que tiene la clásica expresión de otaria en la cara y eso me encanta. Además, el hecho de que este invierno se hizo las gomas le dio un complemento abrumante. Es como que terminó de decirnos que más allá de esa cara impávida hay una mujer que me/nos quiere gustar. Hay un cuerpo que ahora dice: “siempre quise más” Qué bueno! Lo celebro."

En el último tiempo es eso o que me tire la goma Iliana Sánchez (hago un alto en la transcripción y les aclaro que Iliana Sánchez era una coordinadora administrativa del Ministerio de unos 50 años con un look flamenco neto, una zarzuelera. Dicho esto vuelvo al diario de Tordelli). Iliana tira la goma de una manera recomendable –lo que es mucho-, pero tiene un problema, así como no le gusta que le hagan el orto, no se la traga, parece que ésas son miserias que van de la mano. Es una línea que algunas no quieren pasar. ¡Oh, me ponen tan triste!, quisiera llorar!

viernes, 12 de diciembre de 2008

hacia el bañero de Banfield

(Ya en el Estadio Tomás A. Ducó): ---Buenas, vengo de parte de Kindi, un amigo. Ando buscando al señor Tordelli, ¿dónde lo encuentro?

Las respuestas no las transcribo porque fueron todas las mismas y puedo resumirlas como “burdas evasivas”. Todo el personal del club, cada mozo de los bares aledaños..., no hubo persona que confesase conocer a Tordelli. Incluso los amigos de Kindi, ¡los propios amigos de Kindi! Todos, sin excepción, entraron en un no sabe, no contesta. Se tendió, por lo tanto, frente a mi deseoso saber Tordelliano, un manto. El propio estadio, a medida que pasaban los minutos y la noche avanzaba, se hundió en una neblina insondable –la situación me recordó unos de mis dibujitos preferidos de chico: Scooby Doo-. Mi cuerpo, mi ser tan étereo, también se resintió; y empecé a tener como un pico de tensión que me obligaba a un resultado inmediato: quería encontrar un detalle de Tordelli en ese estadio. Y me puse tan ansioso que decidí ir a un baño lamentable que tienen en el propio estadio, uno con las previsibles inscripciones a favor de Globo. Y mientras me echaba agua en la cara sentí un temblor en mis piernas. El piso cimbraba. La explicación de ese fenómeno la escuché de boca del propio Tordelli tiempo después. No debería adelantarme en mi relato pero me adelanto. Fue Tordelli el que después me explicó que abajo del Ducó hay un centro energético impresionante y que mi ser no era ajeno a eso. El problema es que ese centro está obstruido por tensiones que ni él ni otros desentrañan. Al menos esa es la explicación que me dio cuando le pregunté por qué Huracán no gana. Existen otros puntos energéticos a lo largo de la ciudad, según me dijo: uno está en la costanera (exactamente en “los Años Locos”, hoy Aquellos Años); otro está en el Kavanagh y hay uno en Lomas de Zamora, en la pileta del Club Banfield; un lugar que supo ciudar una persona de escaso metro sesenta que en la vida de Tordelli y en la de todos nosotros tendría un lugar preponderante: Chuky, -E. A. D.-. ¿Saben de quién hablo? Por supuesto que sí.

jueves, 11 de diciembre de 2008

2001 la hecatombe

Una vez a Tordelli le escuché decir: “Una persona puede llegar a ser perversa, pero un sistema puede serlo mucho más.” No sé qué piensen ustedes, pero para mí esa frase está a la altura del comienzo de Ana Karenina o algo así. No sé…; en todas esas cosas pensaba en el taxi mientras iba al Estadio. Trataba de unir las frases de Tordelli desde aquel invierno en que lo conocí con su traje marrón clarito –sinónimo de un verano bien pasado porque él hacía caso omiso a la temperatura, en un despacho con tantos íconos de nuestro sistema burocrático: P.C. vetusta, bandera de la ciudad, teléfono con un listado de internos absurdos como: “III subsuelo archivo de legajos”.

Mientras el taxi seguía por Avenida Jujuy y los edificios perdían altura, pensaba: “Todo los sistemas de este país están a punto de sucumbir. Vamos a volar por el aire.” De alguna forma era un adelantado y eso tenía que ver con Tordelli. “Es un hecho, --pensaba-- desde que Tordelli entró a mi vida las cosas tienen una composición más diáfana. Son como que se llevan mejor con el aire.” Y no exageraba. Lo notaba a la mañana cuando tomaba mi café y veía el sol en los plátanos. Todo era más liviano, hasta los taxis por la calle tenían otra composición. Ya no tenía dudas: Tordelli era quien me ayudaría a capear el quiebre que se avecinaba. Porque si había algo seguro era que se avecinaba una hecatombe. Carlos I había dejado a Patito Deladuda al comando del Titanic y nuestra última esperanza –Súpermingo- le tocaba aprender que ni su creador puede con un sistema podrido. Es como dice Tordelli: Un sistema siempre es más perverso que el hombre. Es más perverso porque se nutre de muchos hombres y, sin reglas predecibles, tiene la fuerza de fagocitarse a millones y a sus cosas inasibles (esperanzas, ideas, pesos, dólares). Es un compendio energético poderoso. De todas esas cosas quería hablar con Tordelli. Se las quería plantear porque él sería capaz de arbitrarlas. De otra forma no veía cómo las oleadas de personas encapuchadas por el centro podían encontrar un cauce que determine, para ellas y para nosotros, algo de paz. Tordelli debería jugar un papel importante en lo que se avecinaba; pero Tordelli no estaría solo. ¿Tordelli y quién más? ¿Qué hombres inmensos comandarían la debacle? Todo eso pensaba mientras el curioso cuerpo del Ducó se vislumbraba al fin de la Avenida.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

El Maestro toca a la puerta, se confirma

Mi deber era ordenarme. Lo mejor, pensé, es avanzar por el lado de la pista “quemera”. Y fui en busca de esa punta. Para eso me valí de un amigo que era amigo de un caudillo de Parque Patricios que tal vez ustedes no recuerden, pero que en este país de tantos altibajos supo ser nada más y nada menos que Presidente de la Honorable Cámara de Diputados. Sí, me refiero a “Bizcochito.” Lo visité en ese inmenso despacho del Congreso, junto con mi amigo “Kindi”. Bizcochito me supo contar cosas que subrayé en mi libreta de anotaciones como de “elevado interés.” Estuvo interesante porque, anotándolas, me sentía Harvey Keitel en Pulp Fiction.

¿Qué hacía en Huracán Hugo Ángel Tordelli? “Ahora nada –dijo Bizcochito-, a lo sumo, alguna trenza política. Eso creo, pero hasta hace unos años era una suerte de brujo (sic); ¿o cómo decirlo? Oficiaba de acupunturista. De kinesiólogo no, eh!, acupunturista, sí, eso, eso hacía. Había estudiado en China; no en la China comunista, sino en la isla, en Taikei (sic), en Taiwán, eso creo, al menos es lo que decía…, no sé si se pasó algunas temporadas ahí o vivía con una china (sic)… Sí, con una chinita que después trajo para acá, pero de esto último no estoy seguro…. De lo que estoy bien seguro es que dejó de trabajar de brujo cuando se armó ese kilombo que lo involucró con el Turquito y con un jugador de apellido Ramos; pero de eso, yo, que tengo códigos, ---dijo Bizcochito mirándome severo y haciendo un brevísima pausa---, de eso Rupert no te puedo contar nada… Bueno, ahora contame vos algunas cosas que me interesan de unas empresas de Franquito…” –no incluyo lo que sigue porque no hace al objeto de este relato-.

Bueno, me dije cuando salí del Congreso, no me queda otra que acercarme a Huracán. Y hacia esa atractiva entidad me dirigí. Paré un taxi y con mucha vehemencia dije: “Al Ducó, ¿lo conocés, no? El estadio.” Fue absurda mi expresión pero digamos que me ganó el entusiasmo. Porque ¿qué sentía en ese momento? Excitación, felicidad, sí, mucha. ¿Por qué? Porque cada vez lo veía mejor. Al fin estaba todo claro: Tordelli era el Maestro que tanto tiempo había estado esperando. Su conocimiento de Oriente, su versatilidad. Ahora todo encajaba como un hexagrama. Ya no había dudas: Tordelli sería mi Maestro. Sólo tenía que ir, ir y buscarlo con el corazón. Ya era de noche y comenzaba a soplar un viento extraño. Épico tal vez sea la palabra. Miraba los antiguos y hermosos edificios de la Avenida Rivadavia y disfrutaba de sus cúpulas, y una sonrisa me delataba. No podía dejar de agradecer a la Providencia. Tordelli era la composición que elevaría mi alma.

martes, 9 de diciembre de 2008

Frases no hechas

Al tiempo, como no lograba avances con Tordelli, pedí autorización para intervenir sus teléfonos. Pero esas escuchas fueron infructuosas porque Tordelli sabía hablar en clave. De manera que el escueto informe que elaboré para la superioridad sólo daba cuenta de los siguientes datos:

“Conversaciones frecuentes y destacables del avispón verde (nombre en clave para Hugo Ángel Tordelli):

Con dirigentes sindicales y abogado del gremio.
Con funcionarios de línea de otros Ministerios.
Con funcionarios de Aduana, Anses y la A.F.I.P.
Con el Club Huracán.
Con una tarotista-astróloga llamada Marta (sólo para arreglar turnos).

Aún sin datos o conclusiones dignas de ser consignadas. El avispón verde establece pocas conversaciones telefónicas –y las que establece son en códigos-.”

Además, -cosa que no incluí en el informe- había llamadas a Playwomen –preguntando por Ayelén-, a distintas trolas de www.gemidos.com, y muchas conversaciones con familiares (los primos de Tordelli no bajaban de veinte), y con amigos. En este último caso, sólo un “Nos vemos en el Club” o cosas así.

La primera revelación de las escuchas fue la llamé “Quemera”, es decir la de Huracán. Tordelli mintió cuando me dijo que no era hincha de un equipo de fútbol con esa frase "no me interesa ese deporte”. Todo falso: Tordelli resultó ser un tremendo hincha de Huracán. Su participación en la vida social de la institución era innegable.

El segundo aspecto importante de las escuchas fueron algunas frases por lo menos interesantes. Veamos algunas:

- “Para hacerla (a la plata) hay que poner el pecho y yo lo pongo. Lo pongo por los míos y por mis hijos. Espero después de todo dejarles un par de agencias de quiniela sin que las tengan que laburar” –a un miembro del gremio-.
- “Bajo el agua las cosas se escuchan mejor” –a otro miembro del gremio llamado Tiguer –no en inglés, sino como se lee: Tiguer-
- “Huracán es un club chico que podría ser más grande si nos encolumnáramos atrás de un solo Alí Babá” –a un primo llamado Dadá-.
- “El sol se pone una sola vez al día. No te compliques de más” –a un subordinado del Ministerio de apellido Indigo-.
- “Si me volvés a meter el dedo en el culo, aunque te lo pida, negate, me lo dejás destrozado y después me arde toda la semana” –a la trola de Playwomen llamada Ayelén-.

viernes, 5 de diciembre de 2008

toda función es aparente y esconde otra función más verdadera

Creo que llegamos a un punto en donde es conveniente que les explique qué hacía yo en ese Ministerio, y qué me ligaba a Tordelli. Mi misión (una vez convocado por un antiguo compañero también adicto al poder), era supervisar a la línea. En criollo: tenía que ver que los burócratas no curraran para ellos. Y entre esos tipos estaba Tordelli y unos cuantos más. Pero digamos que mi olfato, mi intuición, me había ligado cada vez más a Tordelli. Para el tiempo que les estoy contando Tordelli –si ahí dentro había una banda (como de hecho estaba seguro que la había)- era una pieza clave. Tal vez un líder importante. De lo que no había dudas era que no estaba solo. El gremio lo apoyaba. Había un curro que no estaba bien direccionado, eso seguro.

Tordelli por supuesto era muy conciente de cuál era mi rol en el Ministerio y, también por supuesto, sabía cómo neutralizar mis aproximaciones. Desde el vamos se manejaba con una parquedad que asumía al mismo tiempo cierto tacto. Era evidente: Tordelli gozaba del profesionalismo burocrático que te otorgan los años. Tenía más de treinta en la Administración Pública. Un hito que sólo podía hablar de una cosa: un amplio y concienzudo conocimiento de las maneras berretas que esparce nuestro sistema público local.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Pac man Tordelli

Con el paso de los días cada vez me asaltaban más dudas: tal vez Tordelli no fuese todo lo “radical de la coordinadora” que parecía; ni siquiera podría llegar a pertencer al universo progresista que, con sus modos tan democráticos, –besitos entre jefes y empleados- imperaba en ese ministerio de la inutilidad.

Y tantas dudas no tardaron en tener su correlato: una tardecita fui con un viejo compañero del menemato a Tabac y ¡oh sorpresa! En la vereda, no estaba el inefable Coco Basile, estaba Tordelli. Tomaba un cortado con el abogado del gremio, el Dr. Franco Vitelli, un hombre muy parecido a Alessandro del Piero que usaba trajes rayados, la corbata suelta y unos zapatos con hebilla y taco que podrían ser nombrados “estilo Luis XIV”.

Estupefacto, elegí hacerme el distraído y seguí con la impresión de que Tordelli no me había visto. Tremendas dudas me asaltaban cuando llegué a la barra. Tordelli, ese nombre lo repetía mi cabeza como un pac man, y me comía, Tordelli, Tordelli sonaba en mi cabeza que, de tantas sorpresas, no se tranquilizaba.

martes, 2 de diciembre de 2008

No conjugaba el celular

Tordelli tenía una secretaria que se llamaba Giselle. Era un perrita morochita de ojos intensos, evidente expresión "made in escorpio". No era escorpiana, pero es seguro que el ascendente lo tenía en esa dimensión. En esas cuestiones no fallo. Giselle estaba de novia con un delegado gremial llamado Lalo Lastir. Pista que llevaba al amigo Tordelli, de forma indirecta, a las manos del gremio. De eso también estaba seguro. No lo advertí enseguida; me llevó un tiempo hilarlo, pero lo hice. Si Tordelli no estuviese vinculado al gremio no mantendría a la mujer de un jerarca gremial como secretaria. Sí, así es, me dije. Tomé nota de esa importante premisa, y de ahí en más empecé evaluar cuál era la postura de Tordelli frente a cada tema que rozaba al gremio. Pronto noté que casi todos los temas rozaban al gremio y que la actitutd de Tordelli era de una profesionalidad envidiable. Otro tema que remarqué fue el celular de Tordelli: era inusualmente último modelo, nada de ese aparato conjugaba con sus arcaicos trajes, ni con su apariencia de burocráta sombrío. Todo muy extraño.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Trabajo de Campo a Tordelli

Con el tiempo decidí aprender cada día un poco más de Tordelli. Esa era una de mis consignas en el trabajo. Para avanzar tenía que tener mucho tacto, ser sútil, Tordelli era un Jefe de Área cauto, receloso de sus papeles, recatado cuando hablaba por teléfono –lo hacía casi susurrando-. No obstante a los dos meses de trabajar en el Ministerio ya tenía algunos datos interesantes: Tordelli estaba muy contento con un 306 full color champagne modelo 99 que tenía desde hacía 6 meses atrás. Vivía en Lanús en una casa “con un gran parque”. Era padre de un hijo y una hija, 24 y 22 años respectivamente. No tenía fotos encima. Su mujer se llamaba Flavia –también sin fotos visibles-. Hincha de qué equipo: de ninguno. “Más que nada me gustan las barajas”. Eso me dijo mientras se sacaba los anteojos con la máxima seriedad. Un gesto que denotaba un "basta de molestar". No importa, pensé, mañana continuaré indagando.

viernes, 28 de noviembre de 2008

Tordelli reloaded

A pedido de un compañero les cuento un poco más de Tordelli. Tordelli decía: “Hoy tengo ganas de fornicar”, pero tenía una expresión un tanto más intensa, presumo yo que para los momentos de mayor ganas. En esas instancias directamente exclamaba: ¡Qué ganas de fornicar! Y bufaba, ya no era un suspiro. Eso lo decía muchas veces cuando pasaba cerca Amanda, una señora de cincuenta largos con un cuerpo de vedette enfundado en jeans hiperajustados, remeras hiperajustadas y una cara de vieja amargada por haberse tenido que comerse –en su opinión sin merecerlo- muchas pijas. Esa Amanda tenía una hija que era la secretaria "privada" de un viceministro –uno del noveno, de los pisos más encumbrados-. Era como la turrita también amarga; tal vez por tener que entregar el ano a un viceministro de barba; o bien precisamente por estar envanecida de recibir las bondades de ese viceministro de barba que se parecía a un monje productor de whiskey. Cuando venía esa turrita –que se llamaba Liss-, Tordelli no decía nada. Guardaba cierto desprecio por esa chica; vaya a saber si por su convicción de hombre integral o porque quería dejar en claro que su interés estaba fijo en Amanda. El caso que Amanda era una vedette de los 70 consumada; y su hija una turrita de los 90 también perfecta. Eran una clara muestra de que el desarrollo de las especies no se detiene, avanza.

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"Hoy tengo ganas de fornicar"

A Tordelli lo conocí en el 2001; trabajaba en una dependencia pública del Gobierno de la Ciudad. Fue de las muchas personas que me tocó conocer en las diferentes dependencias públicas en las que me tocó trabajar. Y van. Soy como un experto en eso. Hugo Ángel Tordelli era su nombre completo. Tenía anteojos, era alto, flaco, usaba trajes de los setenta. La corbata mal planchada pero ajustada. Era, como me dije en su momento, (según mi inveterada tendencia al prejuicio), un hombre radical. Tenía toda la facha. Y pronto lo corroboré: lo era. Era un partidario del radicalismo "y le venía ya de familia". Hasta acá todo normal. Lo copado de Tordelli es que tenía un dicho: serio como era, cada tanto decía, “Hoy tengo ganas de fornicar”, y suspiraba. Ésa era su veta peronista. Tenía ese aspecto jodón que me hizo preguntarle: "Vos sos hombre de Nosiglia?"

miércoles, 26 de noviembre de 2008

la burocracia nipona

Caí en manos de la burocracia nipona; sí, no se puede creer, pero así es. El tema es más o menos como lo cuento: voy a un instituto de karate gobernado por nipones. Son todos severos y, como todos los severos, terminan armando reglas que derivan en la inevitable burocracia. Cómo será que te entregan una especie de pasaporte que tenés que usar a lo largo de tu vida en el “dojo”. Además de esa especie de pasaporte, tenés que usar un carnet y también tenés que llenar una ficha para cada examen. Para colmo, todo eso lo tenés que hacer en los tiempos que ellos te marcan. Para mí no es fácil: estoy hasta la coronilla de los pelpa, de la Afip, de los expedientes... Lo que me faltaba es dar con estos nipones rigurosos del karate y de los formularios.

Bueno, el caso es que a último momento llené los papeles para rendir el quinto kiú. Como fue en el último momento –mientras el profesor me retaba-, no sé por qué dudé y puse que mi categoría era sexto kiú “temporario”. No estaba seguro y preferí tirarme a menos –con el término temporario-, no vaya a ser que creyeran que truchaba mi “estado”.

A los pocos días al examen lo rendí bien; pero hay un problema: ahora soy quinto kiú “temporario”. El tema es que rendí bien pero, como puse “temporario”, y ellos te suben de a un kiú, ahora soy quinto kiú “temporario” y, “en apariencia”, según mi profesor, rendí medio mal. El término “temporario” –que me lo compré- “dice/significa” que rendiste medio mal. La solución es hablar con un jerarca nipón –el petiso sanguinario-, “para solucionar los papeles”: Ánimo me digo: ¡ni para el karateca la vida es fácil! De manera que ahora sumo un nuevo reto: debo enfrentar a la burocracia del sol naciente. No hay problema: daré batalla.

lunes, 24 de noviembre de 2008

En el nuevo gasómetro hay un hombre sabio

El sábado a las 21,30 me encuentra en la cancha. Piden un minuto de silencio y la hinchada no amaina. Es que es la Gloriosa. Yo estoy en la platea con un amigo. Hace cien años que no vengo a ver a San Lorenzo (de hecho no conocía el nuevo gasómetro) y vine por distintos motivos: uno porque quería ver a mi amigo exaltado en esta dinámica. Con él tengo afinidad espiritual; por eso quiero de ver de cerca cómo se transforma y adentra en este mito tribal. Dos: porque quería conocer cómo todos los de mi equipo lo hacen. ¿Por qué no lo hice antes? Porque mi historia es triste: de chico mi padrino me hizo de San Lorenzo y después de llevarme una sola vez a la cancha se murió jugando al tenis con mi viejo de un accidente cerebro vascular. Tremendo.

Y tremendo resulta el partido: perdemos 3 a 1 porque los jugadores no pueden hilvanar lo esencial: no dan con el juego. Eso es lo que pasa. Y es frustrante; es como cuando no le podés pegar al objeto de tu deseo. Esta noche no existe ninguna relación entre jugadores y pelota. Al menos del lado de San Lorenzo. Del lado de Lanús pasa todo lo contrario. Parece ser un tema astral. Con todo con mi amigo rescatamos dos cosas (era una noche dual): una fue la dinámica de la popular; ellos siguen alentando como monjes budistas exaltados y eso –visto la realidad-, está muy bien. Es un tipo de rito moderno y efectivo. Vale. Lo segundo: tuvimos a Woody Allen al lado con el gorro con los colores de SL –ese gorro característico de él, el que es para la lluvia-, y lo vimos como se imaginan: totalmente deprimido. Fue lindo.

También rescato al viejo de mi amigo. Cumplió lo que suponía: es un hombre sabio, es un hombre que a los 80 años está pegado a SL porque sabe a dónde hay que pegarse. Me dio una revista que hace los pibes de la pensión de SL. “Cría Cuervos” se llama. Lo destacable es que usa equipo de gimnasia con camisa; pocas veces se ve eso y pocas veces se ve a un señor como él: un hombre sabio.

viernes, 21 de noviembre de 2008

Ultramodernos

El otro día pensaba: ¿por qué hay tantos putos en los gremios? Muchos argumentan que sólo les gustan los trava. Dicen que son los que mejor te la chupan. Dicen, pero la realidad es otra: eso lo sabe todo el mundo. El fenómeno responde a la misma lógica gremial. Paso a explicarme: los gremios son el terreno del ocio. Por eso también hay mucha falopa, mucho atraco. Y mucho sexo.

En los gremios hay marginalidad porque no hay que producir. O en realidad: lo que pasa es que los gremios son la institucionalización del ocio. En ese sentido son, y por eso siempre los quise, geniales. En un aspecto son la industria más creativa de nuestra sociedad. Ellos lograron vivir de lo que producen los otros.

Además, piensen: un buen gremio, por ejemplo, tiene veinte delegaciones en el interior, y un edificio central. Se trata de un edificio céntrico con diez o doce pisos. En su sede trabajan cerca de mil personas. Casi todas son gremialistas y tienen una función específica: establecer circuitos ilícitos (aunque ya a esta altura hasta descreo de que sean ilícitos). La idea, con la venia de la cúpula, es establecerlos y perpetuarlos; y eso, una vez que se llega a cierto dominio del tema, no demanda mucho. Ocurre que, una vez que esos circuitos se establecen, funcionan. Lo demás pasa a ser tiempo ocioso. Hay días y días en los que la dirigiencia sólo tiene que ir al sindicato para desayunar, almorzar, leer el diario, charlar, fumar, lo que se llama disfrutar la vida. Pero las tareas que no tienen que ver con nada te llevan a lugares muy distintos a los que, digamos, se presentan si hacés de la del laburante. O mejor dicho: la nada te lleva a la transgresión. Está visto: si el día no te impone barreras; si sos tan vivo que no te creás límites, bueno, entonces, te merecés ir un poco más allá. Y eso es lo que pasa en los gremios. Hay tipos que son tan creativos, hay tipos que tienen tantos huevos, que se van a un lugar más lejano. Y los lugares más lejanos son los más creativos. Por eso terminan haciéndose putos los compañeros. Creo que es entiende cómo es la dinámica, o no?

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Master of his own domain

Tengo un profesor de kárate que merece todo el respeto y más. Se llama el petiso belicoso. Mide 1,10 cm y, como se pueden imaginar, es un capo. Es un capo porque piensen un minuto: medir un metro y 10 cm y decir: ¿qué voy a hacer en la vida? Y responder: “Karate, cinturón negro de karate, eso voy a hacer. No mejor, no sólo voy a ser cinturón negro de karate, también voy a ser profesor. Voy a vivir de eso que se llama karate en los hechos.” ¡Qué grande! Ese petiso es un grande. Para obrar así hay que ser muy pero muy grande. Y mucho más si uno es profesor de karate porque uno acepta que es un petiso sanguinario. Y mi profesor lo es, lo sabe, y sublima por ahí, por el karate. A mi profesor (no hay la menor duda), le gusta la pelea. Es decir, le gusta que su alumnado se pelee. La fascina el contacto. A los petisos en general le gusta ver que los otros peleen –pasaba en la primaria con un petiso que se llama(ba) Arredondo, y pasa ahora en todos los cursos y lugares donde hay un petiso (en todos los hay)-. Es por eso que a este petiso le encanta el kumite; lo fascina la lucha frente a frente. Por eso es popular y feliz. Lo percibo con claridad. Cuando ve que dos alumnos se dan, es feliz. Es su dinámica, la dinámica del petiso belicoso. Un ser que concretó su oficio y puso su cuerpo y su mente donde tenían que estar. ¡Cómo lo admiro! Dios quiera que algún día todos nos ubiquemos donde tenemos que estar. Tal como lo hizo mi maestro.Violent shorty.

Sabrinita sálvate si puedes!!

Volví, como era de esperar, en búsqueda de Sabrina. Llamé para pedir un turno en llamas, llegué al depto en llamas, le pedí el “relax” al toque (por estar en llamas) y acabé pronto porque estaba que no daba más. Síntesis: derrapé por las llamas. Así fue. En un punto me sentí mal, pero el saber que todo era pago me trajo cierto alivio. Después, seguí con las averiguaciones. Lo principal era saber si Sabrinita se venía adaptando bien al ritmo de Caribe Masajes. Eso de que te pernen por día seis, siete y hasta ocho flacos no es para cualquiera. Al menos es lo que siempre digo.

Y sí, me puso contento saber que Sabrinita no se viene adaptando bien. Pienso que es un alma capaz de salvarse o alguna burrada por el estilo. O no sé…, pero el caso es que me lo dijo y sonreí contento.

Después, llegó el tiempo de los masajes. Calmos, como es ella. Pocas veces di con alguien tan buena haciendo masajes. Y se lo dije –porque a esa altura la conversación pasaba por qué mierda va a hacer Sabrina si se va de Caribe masajes...-. “Bueno, podés hacer masajes de una manera oficial. Tenés un poder curativo en las manos”, dije y la miré. Y mi comentario surtió efecto: ella sonrió. No hay dudas: que te concedan poderes siempre abona al ego. Le pone fichas. Eso no falla.

Después, mientras me masajeaba, divagué. Fui en búsqueda de mi última historia extra-oficial. Una de hace tiempo. Fue con una astróloga y por eso la añoro más que a ninguna. Fue una tarde de otoño; después de hacerme la devolución de mi carta astral en un altillo, esta señora tan elegante y tan cincuentona terminó conmigo en un lecho. Fue como tocar a una sacerdotisa, algo sagrado. Un hito: la visión de una vieja chupándote la pija; una vieja con unos pelos espeluznantes; una cabeza sacra que sube y baja en tu cintura y vos sobre un lecho en donde tantos fieles fueron a conocer su espíritu. Algo que bien vale otra entrada.

sábado, 15 de noviembre de 2008

Licio y el I Ching

Believed or not: el sábado voy con el auto por el country y veo que Licio, un vecino, está lavando uno de sus autos. Él tiene tres autos: un BM, un 306 coupé cabriolet y una 4 X 4. En este caso lavaba el 306, “porque me entretiene”, me aclara cuando me detengo para saludarlo. Rápido, aprovecho y le saco charla con un sola intención: --- Licio tengo un montón de soja, ¿qué hago? –Porque les aclaro: Licio es una suerte de cuevero, contrabandista, ex gerente general de una multinacinal, etc, etc.). Una persona que siempre envidié.

“Vendé todo ya” me dice con una franela en la mano. Y después su definición copada:“Cuando las porongas vuelan tenés que elegir la más chiquita y sentarse arriba”

“Pero yo no vendí cuando la soja estaba a mil…y ahora está 750”, digo.

“Por eso”, me aclara, “cuando estaba a mil, querías mil cien, cuando estaba novecientos querías mil, y así… Repetís la fórmula del fracaso... (en este punto sonríe con mucha autoridad); y después agrega: “Vendé.”

Por suerte, al día siguiente me llamó para jugar al tenis (cosa que nunca hace) y, en la cancha, me ratificó lo mismo. Todo eso me convenció un poco más. Así que el lunes, después de estar súper nervioso toda la noche, me levanto y, apenas pongo un pie en la oficina, levanto el teléfono y vendo. Vendo toda la soja que esperé tanto a una cifra decepcionante: siete cincuenta. Después de dar la orden cuelgo alterado. Y me altero más cuando me doy cuenta de que me olvidé de consultar al I Ching. Es tremendo: no hay vuelta atrás. Por un momento me siento pésimo. Después, decido tirármelo igual. Quiero saber si hice bien o mal (aunque sé que para el I Ching no hay bien ni mal, pero para mí, en esta situación, sí lo hay). Quiero saber si me equivoqué. Con desesperación, tiro las monedas al suelo y, casi temblando, anoto los resultados. ¿Y qué me sale? “La juventud necia”. El cabeza de rancho que se tropieza siempre con la misma piedra. Ese soy. El libro es lapidario. Pero en la cinco aparece cierta ventura: mi ignorancia no es completa, tengo al menos la capacidad de reconocer y escuchar al maestro: “Es Licio”, me digo. Licio me lo dijo claro: “Andaté al dólar”. Él es el maestro, pienso aliviado. “Dios lo honre y me enseñe a partir en dos la mediocre tabla de la moral. Licio es el maestro”, vuelvo a repetir ya un poco más alegre: “Licio gracie per existir! Sí ---repito---... ahora entiendo”, digo. “Licio, es Licio…”, y sonrío.

jueves, 6 de noviembre de 2008

Caribean Masajes

Hace tiempo que voy a “Caribe masajes" y puedo asegurarlo: son todas paraguayas las que atienden, a muchas las traen directo desde Asunción y otras vienen desde Ciudad del Este. No sé por qué, pero también puedo asegurarles que me gustan más las de Ciudad. Empecé a ir a Caribe Masajes hace diez años y mi debut fue con Araceli. La vi en platynum y me gustó. A diferencia de las que apuestan a ser guerreras, ésta tenía una expresión dulzona, cosa útil porque yo era tímido, tanto que ella, al final de la sesión, se desnudó solita y, una vez que se quitó la ropa, me preguntó si no la quería participar; así me dijo. Fue raro.

La cuestión es que, desde ese comienzo, quise que me pase lo que hoy terminó pasando. Qué pasó? Bueno, fácil: agarré a una paraguayita recién traída del monte. Fue como que estar en el agua, que salte un pez y uno lo agarre con la mano; un milagro.


El caso es así: hacía bastante que no iba a Caribe Masajes y decidí ir porque, entre muchas otras cosas, extrañaba ese aire a colmenar céntrico atorrante; además, la visión de culos en la calle había empezado a abrumarme. En todas las cuadras te azotan; es una guerra, ellos, los de la industria, tiene demasiados, y todos son demasiado perfectos. Y lo saben.

Una vez en el dpto, en la presentación –así llaman al momento en que las chicas desfilan-, descubrí una chica nueva. ---Sabrina, soy--; me dijo, y después, ya en el cuarto, me dijo lo increíble: --- No te había visto antes---comenté.--- Es que hoy es mi primer día---dijo--, usted es mi segundo cliente ---. Lo dijo y casi me infarto. --- Y antes qué hacías?

--- Hasta hace un mes trabajaba de moza---, soltó.

Después, le pregunté lo que pregunto siempre: cuándo garchaste por primera vez? cuántos novios tuviste?; cuándo fue la última vez que garchaste que no sea acá? Tenés novio ahora?... Le entregás la colita a tu novio? Esas cosas patéticas... Pero qué le vamos a hacer. Esas indagaciones son una religión adentro de Caribe Masajes y en este caso eran importantes.

Y así fue como Sabrina, súper tranqui, haciéndome masajes en la cola, me contó lo que quería saber. ---Sos tan tranquila que parecés pisciana---, conjeturé; pero no, todo lo contrario, resultó ser ariana. Eso hablamos mientras ella me hacía sus lindos masajes en paz. Pero el que no estaba tan tranquilo era yo: todo el tiempo elucubraba que de ahora en más a Sabrinita se le van a pernar unos ocho o nueve tipos por día. Y hacía cuentas.... Y cada vez era peor: me alteraba tantos tipos por un simple hecho del mercado porque quería agarrar toda esa divinidad sin explotar y seguir yendo por los próximos 20 o 30 días. En eso pensaba haciendo cuentas… Contabilizando cuánto sería prudente gastar en un caso como éste...

Pero al final pude dejar toda esa futurología y, una hora exacta después de haber ingresado, calmo, sintiéndome amigo de mi amiga, dije lo que digo siempre: ---Tratá de juntar unos mangos y volá de acá Sabri---Y me despedí de una divinidad guaraní a punto de ser masacrada en función del metal. Frase horrible si las hay.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

el regreso de los chetos vivos

El regreso de los chetos vivos

Hoy tuve una comida en una empresa, -supuestamente primera A- y el evento me sorprendió: todas las minas parecían sacadas del "último beso", (no si tienen esa películas italiana), y los flacos eran onda "el piola del equipo yankee de futbol americano". El que tira la bola. No sé cómo lo hacen; los hombres parecen americanos y las minas -que están buenísimas- italianas, o de las mejores francesas, ésas que viven en París y se parecen a Carla Bruni. Pero eso sí: el tono de mujeres y de los hombres es el mismo. Hablan como porteños chetos a full, ese tono que simula diversión. Todos los comentarios; todo lo que pasa es "divertido". En todas las charlas, no existe demasiada lógica. Sólo existe una liviandad que impulsa pequeñas olas sobre una playa estúpida. Así viven y así estamos. Para mí lo más increíble es que se trata de gente que vive en Buenos Aires y, por lo que cuentan, ganan fortunas. Trabajan en Puerto Madero, que es como otro rango.

Miro a los tipos con envidia. Miro las camisas; tienen gemelos y sus iniciales bordadas a la altura del corazón. Algunos fuman habanos. Y lo hacen con la suficiencia que te imparte el mismísimo objeto: el habano; el éxito de fumarte una especie de poronga... Las minas, por su parte, tienen unas piernas espectaculares. De eso no hay duda. El pelo y las piernas son directamente alucinantes. Lo festejo casi sufriendo: a muchas de estas divinas me las imagino teniendo sexo anal. No lo puedo evitar. Me intriga el tema en estos casos. Lo practican realmente? Si la respuesta es sí, me quiero matar. No puede ser que tipas tan histéricas lleguen a tanto. O tal vez sí, pienso. Y en eso estoy cuando viene un tipo y dice: "Me está pegando el champagne, men, lo peor es que hoy a mi nena la tengo que acostar…", y mirando una rubia infernal me abraza. Con él encima, siento muchas ganas de pegarle, y tiemblo, como un perro. "Está bien", digo; y me alejo al baño. Quiero echarme un poco de agua. La necesito. Algo fresco en la cara.