jueves, 11 de diciembre de 2008

2001 la hecatombe

Una vez a Tordelli le escuché decir: “Una persona puede llegar a ser perversa, pero un sistema puede serlo mucho más.” No sé qué piensen ustedes, pero para mí esa frase está a la altura del comienzo de Ana Karenina o algo así. No sé…; en todas esas cosas pensaba en el taxi mientras iba al Estadio. Trataba de unir las frases de Tordelli desde aquel invierno en que lo conocí con su traje marrón clarito –sinónimo de un verano bien pasado porque él hacía caso omiso a la temperatura, en un despacho con tantos íconos de nuestro sistema burocrático: P.C. vetusta, bandera de la ciudad, teléfono con un listado de internos absurdos como: “III subsuelo archivo de legajos”.

Mientras el taxi seguía por Avenida Jujuy y los edificios perdían altura, pensaba: “Todo los sistemas de este país están a punto de sucumbir. Vamos a volar por el aire.” De alguna forma era un adelantado y eso tenía que ver con Tordelli. “Es un hecho, --pensaba-- desde que Tordelli entró a mi vida las cosas tienen una composición más diáfana. Son como que se llevan mejor con el aire.” Y no exageraba. Lo notaba a la mañana cuando tomaba mi café y veía el sol en los plátanos. Todo era más liviano, hasta los taxis por la calle tenían otra composición. Ya no tenía dudas: Tordelli era quien me ayudaría a capear el quiebre que se avecinaba. Porque si había algo seguro era que se avecinaba una hecatombe. Carlos I había dejado a Patito Deladuda al comando del Titanic y nuestra última esperanza –Súpermingo- le tocaba aprender que ni su creador puede con un sistema podrido. Es como dice Tordelli: Un sistema siempre es más perverso que el hombre. Es más perverso porque se nutre de muchos hombres y, sin reglas predecibles, tiene la fuerza de fagocitarse a millones y a sus cosas inasibles (esperanzas, ideas, pesos, dólares). Es un compendio energético poderoso. De todas esas cosas quería hablar con Tordelli. Se las quería plantear porque él sería capaz de arbitrarlas. De otra forma no veía cómo las oleadas de personas encapuchadas por el centro podían encontrar un cauce que determine, para ellas y para nosotros, algo de paz. Tordelli debería jugar un papel importante en lo que se avecinaba; pero Tordelli no estaría solo. ¿Tordelli y quién más? ¿Qué hombres inmensos comandarían la debacle? Todo eso pensaba mientras el curioso cuerpo del Ducó se vislumbraba al fin de la Avenida.
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