viernes, 19 de diciembre de 2008

A barrer con los convencimientos

Fue divisar a Tordelli e irme derecho hacia su mesa; sin pensarlo le dije: ---¿Cómo va? ¿Sabía don Tordelli que Elenita iba a estar por acá?

Tordelli me miró con su mejor cara de sorpresa: una reservada a los profesionales. Decir no dijo nada. Sólo pitó su cigarro. Después, me presentó a su mujer y a los dos popes sindicales: un hombre con mocasines rojos y remera al tono; el otro era un turco de rulitos muy alto y muy abstraído en la vicisitudes del juego. Yo les presenté a todos a mi mujer. Lo hice con cierta vergüenza y con una pena que no pueden imaginar. Mi mujer para ese momento ya no era nada. Apenas una chica que podía estar en cualquier revista de moda francesa. Marie Clare, tal vez. Y eso, esa delicadeza que antes me hacía sentir tan distinguido, esa tersura; esos rasgos bonitos que me hacían querer grabarlos en mis hijos; ahora ya no representaban nada. Por un arte extraño se habían borrado de mis registros. Ahora su cuerpo esbelto, su pelo lacio, tan lindo y castaño, sólo armaba una muñeca que me cargaba de ira. Su creencia de que era una chica sofisticada no la aguantaba. Yo tenía ojos para Flavia. Ojos para esa raza de guerrera interesada. Pero esa mujer le pertenecía a mi Maestro. Eso me punzaba: para entonces estaba lejos de imaginar que Tordelli tenía muchas Flavias. No podía vislumbrar que mi Maestro usaba múltiples mujeres que llamaba siempre igual. Dependía la ocasión y era una Flavia más recatada o una más alegre; le conocí varias. Tordelli las escogía según el programa. Lo que nunca supe es si sus hijos eran verídicos. Creo que sí, pero hasta acá llego porque me adelanté demasiado.
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