sábado, 27 de diciembre de 2008

Chicharras, chicharras

Algo era seguro: debía resolver dos cuestiones. Primera cuestión: tenía que decidirme si me dejaba penetrar por el juguete de Flavia. Parecía ser la forma de acceder a algo que todavía no vislumbraba pero que debería tener su importancia, al menos en el plan Tordelli. Segunda: tenía que ver cómo enfrentar el deseo de Tordelli. Estaba claro que iba tras el culo de mi mujer. Entonces, ¿qué actitud convendría tomar frente a este mago? ¿Sería mejor soltársela? Pero, en ese caso, ¿estaba yo preparado para tanto? ¿Uno debe entregarse en cuerpo y alma al Maestro? ¿Cuál era mi situación? ¿Estaba frente a una prueba como la que Dios le impuso a Abraham? ¿Pero para qué?

Esas preguntas e inconfesables pesadillas me capturaban durante la noche. A la mañana me levantaba como si no hubiese dormido. Y sin embargo, sólo tomar un café me dejaba una excitación corporal inexplicable. Eran verdaderas batallas medievales. Lo peor era que estaba en Punta del Este para disfrutar y descansar. Por supuesto que a Tordelli no lo llamé, prefería pensar. Lo primero que hice, por conveniencia -conducta habitual en mí si las hay-, fue ser más amoroso con mi mujer. Un hito era ir de compras con ella; cosa que hice. También consentí esos tediosos juegos previos antes de garchar. Los sostenía con una sola cosa en la cabeza: era de las últimas veces que podía tocarla en exclusividad. Pronto Tordelli la iba a tener en sus brazos –y esto era seguro-, Carola iba hallar “algo”. No sabía bien qué; si una mayor destreza, más placer, pero lo más probable es que yo quedaría en desventaja. Una sola había para rescatar: la autocrítica me funcionaba.


Después, ante la falta de novedades, los días empezaron a tener un poco de calma; playa, mar, paseos por la rambla, cenas en casa, lectura: Ana K; todo iba mejor. Hasta que cometí un error: bajé mis mails y recibí lo que no imaginé jamás: Remitente: “Sir Tordelli”: Asunto: “Chicharras”: El mail decía así: “El día de sol. El campo quieto y precioso. Arriba, un cielo cubierto de nubes medianas y de otras más pequeñas. Todas pasan sobre hondonadas llenas de árboles y plantas que, en su mayoría, tienen formas extrañas. Son plantas satisfechas por la abundancia de agua. Se las ve bien erguidas en la felicidad de la selva. Por eso, en lugares insondables, hay muchas pero muchas chicharras. Es la época, y como viene lloviendo se produce el fenómeno de muchos veranos: cada vez hay más chicharras. La lluvia les sirve, es buena, no sé bien cómo es el asunto, pero a las chicharras les gusta el agua. Les viene súper bien la humedad. Si llueve se reproducen durante la noche por obra y gracia de la humedad, y después, cuando sale el sol, cantan fascinadas. Y cuando el sol sube un poco más, cantan con más fuerza. Pareciera que están encantadas porque cada día son más. Llueve y ellas crecen. Su canto siempre es igual: primero amagan con sonidos breves; son cuatro o cinco avisos y después estallan. Ese último grito es mucho más fuerte y desafía algo. ¿Qué es exactamente? Bueno, eso es lo que no está claro.”
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