miércoles, 17 de diciembre de 2008

Eh, putos!, dónde están?

Lo que siguió fue tremendo, el punto más bajo. La crisis sideral: no podía garchar. Ni con mi jermu –bonita flaca de piernas largas y ropa marcada- ni con nadie. No había mujer que me saque el pánico. La noción era clara y lamentable: yo era Elenita. Era imposible entonces penetrar a una dama. De eso estaba seguro. No había terapia o tratamiento que me llevase para otro lado. Nada. Sólo una tristeza ruidosa y ruinosa que me taladraba la mente: “Elenita, Elenita, ¿quién sos?”. Esas palabras me llagaban. Mi propia pija llego a ser como un estorbo. De una forma incierta ya deseaba que no estuviese ahí. Y por supuesto que la pregunta que empezó a corroerme fue: "¿Debo dar el paso y dejarme coger? ¿A eso es a lo que debo llegar?" Lo más dramático era que no podía contar con Tordelli para nada. De su parte, seguía un trato cortés pero frío. Lo mismo que el primer día. Mis informes a la superioridad fueron perdiendo rumbo, datos; en mi oficina no hacía nada. Ni negocios ni llamados. Me limitaba a leer el diario. No me importaba ya descubrir las maniobras de Tordelli. No me importaba otra cosa que llegar al fondo de lo que tuviese que llegar. Pero ese fondo no lo sentía. No lo palpaba bajo mis pies. Mucho menos en mi cuerpo. Mi pecho tenía aire, no había centro en mi corazón. Cada mañana al despertarme sentía que iba un poco más abajo. Las manías que antes no hubiese ni imaginado me asaltaban: necesitaba tocarme a cada rato la pija sólo para saber que estaba ahí. Probaba muy seguido ver si era o no posible que se me parase. Chequeaba con qué tipo sería capaz de garchar. En esas pesadillas andaba. Sólo creía estar un poco mejor el día en que empecé a cuestionarme mis funciones; mi modo de vida. Supe –reconocí- que vivía y que era una comadreja. Un sucio, un tipo que vive para su conveniencia. Un tipo que exprime a otros y saca lo que puede del sistema para sí y sólo para sí. Admití que tenía un deseo de poder inmenso y que la manera que jugaba con ese deseo sólo me hundía en conspiraciones y éxitos bajos. Después, llegaron los sueños con S.S., con Hitler, con oficinas y Ministerios del Reichstag. Era extraño, eran como flashes de otra vida. Historias nocturnas llenas de antorchas y botas de cuero negro alucinantes. Había Corps inmensos que siempre nos musitaban cosas; estábamos Goebbels, Hitler, Speer y yo. Cada día me miraba al espejo y me veía más ojeroso, más pelado y más flaco. Yo, Rupert, el tipo que supo tener trajes de la mismísima sastrería del Príncipe de Gales. Sí, lo crean o no. Queda cerca de Hyde Park y venden unos sacos de lino bárbaros: rayas celestes y blancas. Compré media docena en un viaje con Carlos I (Martín Red compró muchos más). Usaba pañuelos a tono con mis corbatas. Tenía un perfume que lo vertía en mi cuello, en mis manos, y después me lo esparcía por la espalda. Sólo así terminaba el día igual de espléndido que a las diez de la mañana. Vivía en Avenida Libertador y tenía el mismo Audi que antes, pero ahora cuando saludaba al portero y enfrentaba la calle tenía pensamientos diferentes: ahora buscaba al chongo óptimo.
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