miércoles, 10 de diciembre de 2008

El Maestro toca a la puerta, se confirma

Mi deber era ordenarme. Lo mejor, pensé, es avanzar por el lado de la pista “quemera”. Y fui en busca de esa punta. Para eso me valí de un amigo que era amigo de un caudillo de Parque Patricios que tal vez ustedes no recuerden, pero que en este país de tantos altibajos supo ser nada más y nada menos que Presidente de la Honorable Cámara de Diputados. Sí, me refiero a “Bizcochito.” Lo visité en ese inmenso despacho del Congreso, junto con mi amigo “Kindi”. Bizcochito me supo contar cosas que subrayé en mi libreta de anotaciones como de “elevado interés.” Estuvo interesante porque, anotándolas, me sentía Harvey Keitel en Pulp Fiction.

¿Qué hacía en Huracán Hugo Ángel Tordelli? “Ahora nada –dijo Bizcochito-, a lo sumo, alguna trenza política. Eso creo, pero hasta hace unos años era una suerte de brujo (sic); ¿o cómo decirlo? Oficiaba de acupunturista. De kinesiólogo no, eh!, acupunturista, sí, eso, eso hacía. Había estudiado en China; no en la China comunista, sino en la isla, en Taikei (sic), en Taiwán, eso creo, al menos es lo que decía…, no sé si se pasó algunas temporadas ahí o vivía con una china (sic)… Sí, con una chinita que después trajo para acá, pero de esto último no estoy seguro…. De lo que estoy bien seguro es que dejó de trabajar de brujo cuando se armó ese kilombo que lo involucró con el Turquito y con un jugador de apellido Ramos; pero de eso, yo, que tengo códigos, ---dijo Bizcochito mirándome severo y haciendo un brevísima pausa---, de eso Rupert no te puedo contar nada… Bueno, ahora contame vos algunas cosas que me interesan de unas empresas de Franquito…” –no incluyo lo que sigue porque no hace al objeto de este relato-.

Bueno, me dije cuando salí del Congreso, no me queda otra que acercarme a Huracán. Y hacia esa atractiva entidad me dirigí. Paré un taxi y con mucha vehemencia dije: “Al Ducó, ¿lo conocés, no? El estadio.” Fue absurda mi expresión pero digamos que me ganó el entusiasmo. Porque ¿qué sentía en ese momento? Excitación, felicidad, sí, mucha. ¿Por qué? Porque cada vez lo veía mejor. Al fin estaba todo claro: Tordelli era el Maestro que tanto tiempo había estado esperando. Su conocimiento de Oriente, su versatilidad. Ahora todo encajaba como un hexagrama. Ya no había dudas: Tordelli sería mi Maestro. Sólo tenía que ir, ir y buscarlo con el corazón. Ya era de noche y comenzaba a soplar un viento extraño. Épico tal vez sea la palabra. Miraba los antiguos y hermosos edificios de la Avenida Rivadavia y disfrutaba de sus cúpulas, y una sonrisa me delataba. No podía dejar de agradecer a la Providencia. Tordelli era la composición que elevaría mi alma.

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