sábado, 20 de diciembre de 2008

Fort Nox? Nou, nou

Flavia, Flavia, a esa mujer la miraba y la miraba. Era como cuando estaba en la playa de adolescente y miraba a una mujer con mucho sufrimiento. ¿Cómo podría penetrarla? Esa mujer pertenecía a mi Maestro, es cierto. Pero ese convencimiento me impulsaba al desafío. Por lo pronto ya era un verdadero discípulo: deseo a la mujer de Tordelli, pensaba con fuerza. Después, pensé lo más lógico: en ocasiones así uno debe tomar. Y así lo hice: pedí un Tom Collins y empecé a charlar con la mujer de Tordelli con mi famoso sistema de preguntas y repreguntas.

Ahora bien, una cuestión que no obstante mi obnubilación por Flavia no perdía de vista era la siguiente: ¿Tordelli es capaz de multiplicar sus riquezas en la ruleta? A priori diría que sí. Estaba convencido de que no le iba a costar mucho, y por eso presté atención al juego. Pero Tordelli perdía fichas y más fichas, y el hombre de remera y mocasines rojos ganaba y ganaba. Miré al siguiente, al turco alto de rulos, y ese también ganaba. ¿Era posible que Tordelli los estuviese beneficiando o algo por el estilo? Sí, no me extrañó ese tipo de jugadas. Miré un poco a mi mujer: “¿A ver qué hace?” me dije. Y Carola miraba la sala, aunque en verdad su cara de aburrida mirada la nada: era su forma de decirme que nada de esto le interesaba y que mis amistades estaban muy por debajo de lo que ella consideraba “atendible”. ---¿Por qué no seguís para casa?--- le sugerí con una mirada desafiante. ----Tomá, llevate el auto, yo vuelvo en taxi--- y le extendí las llaves.

---Ok,--- fue su respuesta. Y sólo eso bastó.

Y así continúo la noche: los popes del sindicato ganaban; Tordelli fumaba, ya libre de fichas, y yo hablaba con todos pero preferentemente con la mujer de Tordelli. Era el tipo de situación en la que uno habla, mira, y piensa que ante sí tiene una caja fuerte inmensa y gloriosa con muchos billetes dentro. ¿Cómo la podría abrir? Por lo pronto estaba alegre: volvía a tener ganas de garchar. Eso era importante. La proximidad del Maestro también me alegraba. Me proveía potencia. En eso iba bien; lo que empantanaba las cosas es que Flavia era la señora de Tordelli, pero de manera muy intima también sabía que en el mundo Tordelli las cosas, las reglas, las expectativas, todo se quiebra y deviene en un mundo supra real, uno más acelerado que el común, que por eso se vuelve mágico.
Publicar un comentario