jueves, 25 de diciembre de 2008

A quién no lo carcomen los dilemas?

Salí del telo serio; Flavia lo estaba mucho más. Estaba peor que una puta a la que –ya pasado el asunto- uno le dice: “Uh!, no traje plata.” No había duda: ahora a Flavia le suscitaba mucho asco; tanto que cuando la dejé en lo de Ángelo –el gremialista de mocasines rojos-, me dijo algo que me hizo muy mal: ----Chau pibe, espero que con el tiempo sepas volar…----.Cerró la puerta y, mientras se iba, pude ver la tanguita blanca que traslucía su pollerita también blanca. Imposible no ver una punción críptica en esa última frase. Es algo tan propio de la familia Tordelli, pensé. Enseguida arranqué el auto y huí. Aceleré por esas calles de pedregullo que conozco tan bien; las cercanas al golf de San Rafael. Iba derrapando como en un rally. De esa forma esperaba ganar algo de autoestima o vaya saber qué. Lo siguiente fue pensar en cómo suicidarme; empecé a barruntar hipótesis truculentas: quería que mi final pudiera ensalzarme. Si había mucho drama tal vez lo lograse. Una posibilidad sería desviar el auto en el puente de La Barra y caer al arroyo Maldonado: sería espantoso ese final; tanto que me dio miedo y tuve que desecharlo. También deseché la ingesta de pastillas: me pareció algo que me dejaría sin gloria. El tema del arma…; eso pensaba cuando de pronto se me representó mi mujer: Carola, la chica alta y angelical; la chica Chanel, la más apta para trabajar de espléndida: ¿por qué seguía con ella? ¿Y con quién seguiría Carola después de mi muerte? ¿Con un hombre de éxito verdadero? ¿Y qué haría con mi patrimonio tan bien habido? Y a Carola misma: ¿por qué la había elegido? ¿Sólo porque mi madre y mi abuela la adoraban? ¿En todos estos puntos tan ruinosos centraba mi vida? ¿Y quién me iba a iluminar en el futuro si evitaba el suicidio? ¿Tordelli? ¿Después de todas las miserias de esta noche? Parecía improbable; máxime cuando habían sido tan absolutas. Y al final estaba la pregunta más lúgubre: ¿No debería haberme dejado penetrar por ese juguete rabioso? ¿No fue acaso mi huída un error garrafal? Algo era evidente: el destino me pedía que me dejara romper el ano para convertirme en un hombre, pero ¿por qué? O la cuestión pasaba por otro lado? Dios quiera, me dije.
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