domingo, 14 de diciembre de 2008

Tordelli juega conmigo

El fragmento que seguía me convenció de una cosa: Tordelli estaba jugando conmigo. Era evidente. Sabía que algún día iba a llegar a su P.C. y había puesto este diario para mi “entretenimiento”. Pero de lo importante, del mundo insondable que me acercaría a una nueva conciencia, de eso no había nada. Ni en Huracán ni en su P.C. Tampoco había rastros de sus jugadas con el gremio: sólo esto, este fragmento desconcertante que reproduzco para ustedes:

“La noche del sábado Gustavo, peinado y perfumado, con su jean blanco ajustado (un pantalón que lo ajustaba más de lo normal según Elenita), sus botas de cuero de carpincho, una camisa a rayas abierta a la altura del pecho (lugar que exhibía una cruz de plata), la pasaba a buscar. Salían y a la vuelta llegaba un programa difícil. Al menos para Elenita. ¿Cuál era ese programa? Ir a besarse a la costanera.

Tipo cuatro de la mañana (aunque Gustavo cada vez estaba más ansioso por pasar a esa fase de la salida), estacionaba en un lugar oscuro y empezaban los besos. Casi enseguida las manos de Gustavo empezaban a actuar. En el último tiempo, con más fuerza. Es que a poco de besarla (los besos eran rápidos, de compromiso), iba hacia su concha y la fregaba (así definía Elenita esa parte). Enseguida, llevaba la mano de Elenita a su pija y él mismo la movía, la frotaba un poco mientras estaba bajo el pantalón y, después, bajaba el cierre, sacaba su pija (una pija que por ser tal Elenita no se atrevía ni a mirar), y le volvía a poner la mano en ese palo caliente para que la subiese y la bajase. Y Elenita lo hacía; con lentitud, como él pedía, no rápido. “Quiero sentir bien la manito”. Pero Elenita lo hacía sin placer, nerviosa, con el corazón latiéndole a todo tranco, espantada con la idea de volver a sentir lo que sintió la primera vez que lo hizo: un chorrito de leche, tibia, espesa y pegajosa (según constató cuando se secó).

Pero las cosas hacia el fin de ese año se pusieron incluso peor que eso. Fue una noche de humedad y calor. Esa noche, Gustavo, con la pija al aire y como parte de algo bien premeditado preguntó: “No me das besitos en la panza?”. Y Elenita lo miró horrorizada. Estaba claro cuál era la intención de Gustavo. Entonces, lo miró otra vez. Pero él mantuvo su autoridad y eso terminó de convencer a Elenita (siempre había algo en esas instancias que a Elenita la complacía). De manera que Gustavo se desabrochó la camisa y Elenita lo miró otra vez. Quería ver si Gustavo mantenía ese aire que hasta entonces no le había visto. Y Gustavo lo mantuvo. Entonces Elenita empezó a darle besitos como pedía, cerca del ombligo. Y empezó a sentir chocando contra su garganta esa presencia que debía probar. En ese punto Elenita no sabía muy bien qué hacer, pero Gustavo se encargaba de marcarle el rumbo: con una mano le acariciaba la nuca y por momentos le empujaba la cabeza. Esa era su estrategia y la actuaba. Y Elenita bajaba. Y bajaba. Y bajaba cada vez más, asqueada y a la vez intrigada por la sensación que tendría si su boca probaba esa cosa que todos llamaban pija, pero que entre ella y Gustavo nunca se había nombrado. Y así fue como Elenita terminó lengueteando la punta de eso que Gustavo tanto quería; y después, cuando Gustavo, de manera inconsulta, impulsó para arriba todo su cuerpo, la sintió bien de lleno en la boca. La sintió tan en la garganta que tuvo arcadas. Y enseguida Gustavo salió y empezó a subirse y bajarse la pija mientras acababa con cara de epiléptico (según constató Elenita cuando levantó la cabeza). Por suerte, esta vez, nada de ese líquido blanco que los chicos llaman wasca llegó a tocarla (porque le quedó todo a Gustavo en su pantalón y en sus manos). Lo primero que hizo Elenita fue buscar sus anteojos. Se los puso para sentirse un poco más decente.”
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