martes, 1 de septiembre de 2009

Escenas para la educación sexual del zarevich

Cuarto Acto:

Afuera llovizna; la noche no llega a estar helada. Gira la cámara: un grupo de sesentones contemplan un pavo en una mesa bien arreglada; todos llevan puesto su frac. Aparece una sirvienta con una botella de champagne. Sirve, se inclina despacio, y mientras empieza a chupar una pata del pavo, mirando a la cámara, se levanta el delantal: es negro con blanco. Se corre la bombacha –concha bien depilada, tal como la imaginábamos-, y empieza a masturbarse. Hay un violín muy lánguido. La luz se concentra en los comensales. Se los ve felices mientras toman. Las luces se apagan. Hay fervorosos aplausos.

sábado, 22 de agosto de 2009

Escenas para la educación sexual del zarevich

Tercer Acto:

El escenario resplandece. Voz en off: --- Anoche, una joven pisó en falso... Son los riesgos de atravesar un lago congelado ---. Dos mujiks retiran una mujer del agua. Incluso congelada tiene una expresión feliz. Después, cuando la ubican en un abrigo, su piel parece más blanca. La miran. Está bueno grabarla para cuando las mujeres duerman y cada uno pueda masturbarse entre frazadas. El más pequeño se arrodilla junto al cuerpo y le acomoda el pelo; rápido, asoma su pija todavía blanda y le abre las piernas para formar una v corta. El otro mujik lo mira y enseguida lo toma por la espalda; forcejean.

El más caliente no tarda en darse por vencido y se queda en el piso jadeando. La cámara se aleja. Los hombres ahora son dos puntos en el blanco; el público aplaude.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Escenas para la educación sexual del zarevich

(Se apagan las luces)

Segundo Acto:

El público se reacomoda. Un lacayo con voz aflautada, dice: “La representación que ustedes acaban de ver se trató de un sueño mancomunado”. Ordena unos leños (la chimenea es inmensa), enciende un fósforo y, mientras crece el fuego, toma distancia.
A medida que se aleja, vemos una mujer que amamanta en un sillón dorado; tiene facciones suaves, demasiado suaves para ser rusa; tal vez sea escandinava.

Arranca un piano. De pie, un militar enciende un cigarro mientras, parsimonioso, contempla la escena. Una vez devuelto el niño a la cuna, la madre se arrodilla frente al hombre, le baja el cierre y comienza a hacerle una felatio. El piano suena cada vez más lento. De pie, el hombre sigue fumando. La pija nunca queda en el primer plano que quisiéramos. La cubre la boca de la madre; hasta que sus labios terminan iluminados, da así a entender que ha tragado.

El piano culmina, se apagan las luces.

lunes, 10 de agosto de 2009

Escenas para la educación sexual del Zarevich -teatro-

Primer Acto:

Se ve un lago congelado: los troncos de los abedules son igual de blancos que la nieve. El cielo acompaña el blanco y una bandada atraviesa el fondo. En el centro vemos una bañadera; cuando la cámara se acerca, entre el vapor, vemos a un adolescente masturbándose. Al costado unos perros descansan, todo lo demás está quieto.

Se escucha un silbido y los perros se incorporan, pronto arrastran la bañadera como si fuera un trineo. El concierto de piano hace que el joven se masturbe con más saña. La cámara se aleja. A la distancia los perros arrastran la bañera en círculos. Cae el telón; es bordó con ribetes dorados. En el palco, el Zar y la Zarina aplauden, el piano se detiene. Miro a mi alrededor: hay muchos entusiasmados.

viernes, 31 de julio de 2009

hormiguero

El problema es que, del otro lado, por momentos, sólo vemos vacío. No parece haber nada más allá de los conceptos. Sólo incertidumbre..., una pasta horrible. Y en ese caso el problema es evidente: a priori, todos precisamos niveles de definición. Anhelamos lo preciso. Pero calma, llegará un tiempo que no será así. La comunicación será tan diferente que a nuestros descendientes les parecerá increíble que alguna vez se hayan usado sólo conceptos (este tema es complejo y luego lo desarrollaré más, creo suficiente decir que el lenguaje se transformará profundamente en la medida que lo haga la conciencia humana).

Los límites actuales de la astrología

El principal problema de la astrología es que todavía precisa de palabras. Y ahí se condena, pierde mucho. Incluso más que una traducción convencional. ¿Y por qué lo digo? Porque la astrología parte de una potencia y después esa energía se “envasa” en un símbolo (Aries por ejemplo). Y desde ese reducto es “narrada” mediante conceptos que, por supuesto, responden al lenguaje convencional. Queda claro: el pastiche existe. Por eso, creo que el principal aporte que uno puede esperar de la astrología – en mi opinión muy poco desarrollado-, es el adentrarnos, como lo estamos haciendo, en la dimensión astrológica. Porque pensar en términos astrológicos supone riqueza, implica abrir espacios diferentes.

¿Por qué? Dirán algunos. Por distintos motivos. Para empezar, porque es un acto creativo, un paso adelante. Es adentrarnos en una posición crítica que, en primer lugar, cuestiona el sentido unívoco. Creo que participar de un tiempo y un espacio debe implicar una posición crítica. Y para eso hay que tomar distancia de los acontecimientos. Valorar las cosas por lo que son; no aceptarlas porque están consagradas. En pocas palabras: hay que tomar distancia de la hegemonía. Soy partidario de desconfiar de todo lo que nos viene de arriba, de todo lo entronizado. Hay que hacerlo: todo lo que emana desde un lugar de poder pertenece al pasado. Eso, en tanto y en cuanto, las lógicas de dominación que han imperado desde que el mundo es mundo no cambien –cosa que también podría suceder en algún tiempo (en ese sentido, creo que llegó el momento de imaginar que una revolución más increíble que la acontecida en los últimos cien años con la tecnología, va a llegar en los próximos cien a nivel del pensamiento emocional)-.

Bien, pero concentrémonos en lo que pasa hoy. Para empezar, diría que en nuestra cultura, la occidental, hay una marcada tensión entre lo racional e irracional. Formas catalogadas como irracionales –pienso en la New Age genéricamente hablando, y con el riesgo que tiene la carga despectiva que acarrea el término-, han tomado nuevos bríos (como no lo hacían desde la Edad Media me atrevo a decir), y son cada vez más aceptadas a nivel general. La ciencia, lo racional, lo metodológico –que pretendió ser la estricta justicia, la explicación última desde la Modernidad-, tiende a perder protagonismo; pero no cede aún su lugar preferencial, sigue siendo el canon.

El debate por ende promete continuar; no hay duda. Y la fusión aparece como la alternativa más probable. Lo interesante es que, en medio esa tensión, en esa lucha fructífera, hay cosas interesantes. Una de ellas es la tecnología, y el desarrollo fenomenal que impone. Cualquiera puede sentirlo: no hay escapatoria, la tecnología está en todos lados. Escaparse de ella es absurdo, un fracaso, una pelea pérdida de antemano. Es el individuo contra la realidad. El mundo hoy es tecnológico. Estar contra la tecnología es situarse fuera del mundo. Es el exilio, y eso es amargo.

Pero, por otra parte, entrar en la tecnología es entregarse de manera triste al consumismo, a las megacorporaciones (estatales y privadas), a un hormiguero infernal (por lo inmenso, complejo y laborioso). Y es por lo tanto convertirse en una hormiga. Una hormiga obrera. Nunca tuvo tanta potencia esa metáfora.

El dilema es complicado. O prendo la tele y me someto a la sarta de productos pensados para dirigir mi deseo y, en última instancia, condicionar mi vida; o bien, no la prendo y vivo aislado. Como puedo, con limitaciones evidentes –sería mejor no salir ni a la calle para no verme abrumado por incitantes carteles-. Como puedo, con un montón de esfuerzo, intento ignorar lo que pasa en el mundo-consumo que está por todos lados.

Una alternativa, la que plantearía cualquier persona sabia –ya no me fío de ellos-, sería hacer el propio camino en función de lo dado –el mundo consumo-. Yo prefiero una alternativa más espectacular (todavía me siento joven). Prefiero creer en un rompimiento del esquema global, producto de un hecho que todavía no puedo dimensionar. Pero me quedo con esa posibilidad frente al tamaño tan inmenso que tiene el hormiguero.

jueves, 23 de julio de 2009

El mundo hoy -(libro sacro-Tordelli)

Esto es importante: cada uno tiene lo que se merece. La familia que se merece, el jefe que se merece, la suegra que se merece. La lista es infinita. Es duro porque en nuestra cultura es común sostener que lo que nos pasa puede ser injusto; pero para la astrología todo lo que nos pasa es estrictamente un acto justo. Es lo que merecemos, todo lo que pasa es la realidad energética que nos pertenece según el tiempo y espacio determinado que protagonizamos. Es radical, pero es así. Es lo contrario de lo que se cree: no somos juguetes del destino para la astrología, desde un punto de vista, somos artífices absolutos.

Ahora bien, abro un paréntesis: dije recién “desde un punto de vista”, es importante retener eso; la astrología es muy conciente de que cada enfoque, cada mirada, tiene muchas caras. Para la astrología distintos enfoques sobre una misma cosa son posibles; la diversidad de significados –todos válidos en tanto sean complementarios- superan cualquier significado aislado y por ende categórico.

El mundo es lo que debe ser

El mundo es lo que puede ser. Imposible pretender algo diferente. El mundo es la manifestación de diferentes energías que, combinadas según intensidades diferentes y particulares, conforman "la realidad". La realidad por lo tanto es un complejo sistema alquímico. Diferentes energías universales interactúan, según distintos grados de intensidad y se compatibilizan con las energías que me constituyen.

¿Imposible mejorar entonces? Sí, para el futuro todo es posible. En el futuro, en el minuto que sigue, todo se conformará según las energías que despliegue mi mundo personal, y según esa manifestación se correlacione con los infinitos eslabones que me atañen. En resumidas cuentas, no hay condicionamiento alguno en la dimensión astrológica. Las ideas de predestinación que le son achacadas a la astrología son falsas. La única marca que condiciona nuestra vida son las energías que nos componen, pero nada más. Eso es importante.

También es importante saber, o entender, que, como dije, para la astrología los fenómenos son complejos. Digo complejos en cuanto a las energías que interactúan, su poder, su intensidad, y, fundamentalmente, en cuanto a la capacidad del ser humano para comprenderlas.

¿Por qué ocurre esto? Porque el ser humano para comprender a las energías, a lo sumo, apela a símbolos. Así al menos es como hemos logrado reunir a las energías cósmicas.
Pero los símbolos (tal como los conocemos hoy día) serán superados porque todavía apelan –con su ambigüedad, su carácter equívoco y su consecuente riqueza-, a definir "idealmente" las cosas, y ahí está la cuestión.

Si la literatura, si la ciencia, si todo lo que ha dominado el mundo en el último tiempo está atado a los conceptos, "a lo ideal", eso tiene que morir. El concepto será superado. Y en parte eso es lo que está ocurriendo. Es fácil verificarlo en la pérdida de valor que tienen los conceptos y, de manera consecuente, la pérdida de valor-significado que tienen los dogmas, las ideas en general.

(to be continued)

lunes, 20 de julio de 2009

La dimensión desconocida

Esa servilleta me obligó a ir por el libro. Se lo pedí a Tordelli en voz baja, como si su contenido fuera un gran misterio -ya lo presentía-. Él me lo extendió con expresión seria. A partir de entonces pude acceder a esa revelación. Nunca supe si a ese libro lo escribió Tordelli -presumo que sí-. Lo importante es que en la primera página dice:

"La dimensión astrológica

Advertencia al amigo lector: lo escrito no son más que ideas, una interpretación de algo que está más allá. Pero cuidado: las ideas de una forma mágica le dan forma a nuestras percepciones, condicionan la realidad tal cual la experimentamos.

Explicar qué es la dimensión astrológica no es, –por más que lo parezca-, difícil. Para lograrlo, sólo hay que decir algo simple: todo el universo está constituido por diferentes energías. Esas energías conforman las cosas, los acontecimientos, crean todo. No hay más. Insisto, es como dije, todo es energía, diferentes energías.

Decirlo es fácil. Creer entenderlo también puede ser fácil. Pero aplicarlo es difícil. Dimensionarlo en todas sus consecuencias, valorar todas sus implicancias, es realmente difícil.

Es que creer que nosotros mismos somos energías, sostener que todo lo que nos pasa pertenece a un conjunto de energías, parece mucho. Por lo pronto, implica sostener que la realidad que narran los diarios, lo que leemos en los libros de historia, los encuentros y desencuentros amoroso que tenemos, lo que llamamos "realidad", es un fenómeno energético. Eso, todavía hoy, suena raro.

No obstante, pensemos un poco. Pensemos, en niveles diferentes a lo acostumbrado. Veamos. Digo que el mundo es un compendio energético. Diferentes energías integran las cosas y crean todo lo que existe. Si pienso eso debería llegar a este punto: cada escena, cada espacio, lo que vemos, lo que percibimos y lo que entendemos, es, ni más ni menos, lo que tiene que ser.

Cada escena, cada fenómeno, los históricos, los artísticos, del tipo que sean, encarnan, (son obra, si se prefiere), de las energías que existen en un espacio y tiempo determinado.

¿Y eso a qué equivale?

Para empezar, significa que nada podría ir mejor. Insisto, nada podría ser mejor. Las cosas, en el futuro, podrían ser diferentes, incluso preferibles –si así se quieren ver-, pero el presente, cada acontecimiento, es imperfectible.

Cada instante es lo que tiene que ser. Y del pasado ni hablar. Lo que fue, cualquier proceso, insisto, fue pura y exclusivamente lo que tenía que ser. Imposible que haya sido mejor. O peor. Ese tipo de lamentos tan comunes en nuestra cultura: “Si a este país no lo hubiera gobernado fulano…” Son cien por ciento inconducentes en la dimensión astrológica. Al país lo gobierna el que lo tiene que gobernar, y lo hace cómo lo tiene que hacer según las energías que constituyen ese momento. Para eso daban, no para más; ni para menos..."

(To be continued)

martes, 7 de julio de 2009

Tordelli anota

Así iban las cosas con Eleonora: dentro de poco les cuento más. Ahora quisiera volver a Tordelli, es fundamental para ensamblar lo que pasó después. En ese tiempo en el Ministerio no hacía mucho; mantenía su reserva habitual. Iba a su despacho de 9 de la mañana y lo abandonaba a las seis de la tarde. Recibía a delegados sindicales, funcionarios de otros ministerios. Nada fuera de lo común. Sólo bajaba para almorzar en un bar que atiende un hincha del globo. Don Mario. Marito –como lo llaman todos-, un gordo que tiene predilección por el bordó (lo atesora en manteles, cortinas, delantales), y por la cocina porteña de los años setenta. La cocina “a la vieja usanza”. En su bar se come lengua a la vinegrata y muchas cosas fritas (incluso buñelitos de acelga). Yo siempre lo evité, pero ahora, como tenía la intención de hablar con Tordelli, intenté un encuentro en ese lugar.

Y lo intenté un día, dos. Pero -cosa curiosa- no apareció. Hasta que el tercer día, una y cuarto, lo encontré sentado en una mesa contra la pared leyendo plácido un libro forrado con motivos florales. Parecía un libro de cocina de mi abuela.

---¿Cómo anda don Tordelli? ---le pregunté

----Oh!, don Rupert---me dijo---, vení sentate, dale…

Mientras me sentaba alcancé a ver un dibujo en su libro. Era un círculo, más bien un mándala con símbolos pintados de colores. Una imagen fascinante.

Después, noté que en una servilleta Tordelli había anotado cosas. Le pedí si podía leerlas y me extendió el papel. Y decía:

No existe el Ser, tampoco el no Ser. Todas las nociones están fundadas en una sumatoria de energías. Esos conjuntos no debieran llegar a ser conceptualizados, ni siquiera definidos. Pero para eso deberíamos reformular toda nuestra lengua…
Las cosas están formadas por átomos, y esos átomos son energías. Lo mismo pasa con los conceptos.
Y lo mismo nos pasa a nosotros. En cada persona no existe un alma individual, tampoco una colectiva. Hay composiciones energéticas que encarnan en un cuerpo. Vivimos con distintas composiciones energéticas; de manera que somos distintas dimensiones en una…. En fin, todo está compuesto de energías. Hay que empezar por ver eso.

sábado, 13 de junio de 2009

una rosa

El punto crucial ocurrió -se convirtió en una casualidad eterna, diría-, como un hecho capaz de hacerme ver que todo el universo nació y evolucionó inimaginables años para que en ese preciso momento yo estuviera ahí. ---!Es el presente!---me dije ---todo pasó para que yo esté acá, en un ascensor de un bonito petit hotel, con Eleonora enfrente. Después, pasó por mi mente un delfín –los adoraba de niño-, y pensé: en minutos voy a estar adentro de ella, penetrándola, y antes –la miré con cariño y ella ensayó una mirada cómplice-, le voy a chupar la concha. Le va a gustar que le refriegue mi pija por su boca y su culo -que imaginé ceñido y extasiado-. Y ella, tan cerca de mío –apenas cabíamos en ese ascensor-, sintió mi mano en concha, y respiró un poco más fuerte. Sonreí al tocarla. Llegaría a la materia que deja de ser cuerpo para ser sentido y más. Así voy a estar, insistí, descendiendo al nicho del muy temido cementerio; entonces me acordé de la bóveda de mi familia en la Recoleta. Pronto la divina va estar con las piernas bien abiertas, y voy a entrar, insistí. Será una taladrada brutal. Porque le voy a dar hasta que salga una rosa. Una rosa de algún lado va a salir. Sí o sí. Una rosa va a salir, insistí otra vez. Y entonces la pude ver, lo juro, –el ascensor todavía subía-, y yo pude ver, entre nosotros, cada vez más roja, reluciente al máximo, una rosa, una suerte de espíritu santo.

martes, 9 de junio de 2009

Super trooper

Después de unos besos, urgido, arranqué. Y, al poco tiempo de manejar, exaltado, pero con la música baja, estacioné en mi telo predilecto -Uriburu y Las Heras-. Es un petit hotel que de afuera para los desprevenidos puede no decir nada. Pero cala hondo: para empezar, porque tiene la bondad de estar cerca del cementerio y eso sin duda asegura un buen encuadre energético. Sexo y muerte van de la mano.

Hacía mucho que no iba y el solo hecho de estacionar en el garage de enfrente y de saludar a José el encargado me hizo sentir que las cosas no podían ir mejor. Veía, del otro lado de la calle, una montaña rusa. Chicas y chicos a punto de subir a un tren con estrellas fucsias, amarillas y violetas. Desde algún lugar, fuerte, sonaba Super tropper. La escena era el revival de un film adolescente espectacular.

Yo frente a tamaño éxito sensorial no dije nada. Me bajé del auto y, a la vieja usanza, le abrí la puerta a Eleonora. Caminaba como un payaso. ¡Y cómo lo disfrutaba! Estaba en el período en que el alcohol te potencia y te lleva hacia una actuación insuperable. Eleonora me seguía en el juego y se reía, y yo por momentos imaginaba que una cámara nos seguía y, por ser amantes tan felices, nos filmaba. Captaba todo el tiempo las caricias que le daba a Eleonora con dulzura, simulando un amor incalculable; uno para la posteridad. Y esa afectación me gustaba. Estas cosas no le pasan a uno seguido, alcancé a pensar ni bien pasamos por la puerta y el romanticismo, Eleonora y yo, al fin, juntos, creábamos ese instante de luz, sonrientes, de la mano.

jueves, 4 de junio de 2009

El chango Barreno -Dios lo tenga en su inmensa gloria-

Toca hoy que nos situemos en una salida con Eleonora. Habrá sido la segunda, o la tercera, la vez que la llevé a un bistró. Hasta entonces nuestra salidas habían sido a comer o a tomar algo, cosa tranquilas, tanto que hablábamos de nuestras vidas. En esas charlas yo mentía en todo. Acepté que trabajaba en el Ministerio y que estaba separado. Pero me vendí como un ser perfeccionado en Harvard y cosas así. Según dije, trabajaba en el Estado para llevarle a la contra a mis primos y amigos –títeres relucientes de megacorporaciones-, y por el afán –creo que usé esa palabra tan arcaica-, de reformarlo desde dentro. Para armar ese personaje usé todo lo que me imaginaba hubiese maquinado un tal Mariano Redruedo, un tipo que conozco de la época de Carlos I.

En fin, de Carola sólo dije que me separé porque “la dejé de amar”, con comentarios llenos de lugares comunes y estrofas insufribles que Eleonora recibía con anemia, como es ella, sin placer ni dolor. Cosa que me desesperaba. Y cuanto más desesperado estoy, más miento. Al menos las cosas solía ser así.

Hasta que en momento determinado, de la nada, mientras mentía bien específicamente acerca de mis funciones en el ministerio, Eleonora me preguntó:

---¿Conocés al chango Barreno?

---- Sí –dije con la voz entrecortada (estábamos en terreno peligroso). El chango Barreno –hombre de manos inmensas, hablar pausado y trato infalible- era un asesor del Ministro, oriundo de Santiago del Estero, y parte de la banda para la cual yo trabajaba, y…

----Yo también lo conozco me dijo Eleonora ---con menos debilidad de la que solía hablar

----Ah ---me limité a decir.

----Es mi tío ---agregó sonriente ----¿Y sabés qué? ---- La primera sonrisa brutal desde que la conocí.

---¿Qué? ---pregunté tentado

----¡No mentas más! ---me gritó divertida. Y lo gritó así, con tono norteño, con la palabra mentas en vez de mientas, y lo dijo muy bien. Tanto que terminé de reírme y la besé con ganas. La escena, el círculo energético, la exigencia de nuestra unión, no podría darse mejor.

Mientras la besaba, soñé que ella ya tenía su mano en mi pija. Y de alguna forma así era. Las cartas ya estaban echadas. Había en términos esotéricos lo que llamamos un decreto. Todo cuadraba por obra y gracia del Señor en la figura insoslayable del chango Barreno. Por eso sentía bienestar. La felicidad celestial.

jueves, 28 de mayo de 2009

little jesuscrist

Así conocí a Eleonora que al principio me pareció muy recatada. Una energía que me hizo cauteloso. Estudiaba para contadora y había nacido como Flavia en Santiago del Estero. La menor de un total de seis, cinco mujeres y un varón. Una chica criada en el norte para ser explorada en Buenos Aires, según imaginé; me encantaba pensar "en ella todo estaba por hacer". Y esas posibilidades me alejaron de Carola y de Flavia, del Ministerio, y de mis pesadillas imposibles con el Reich. Para salir de esos delirios estaba la imagen de Eleonora.
Le pedí fotos. Ni siquiera nos habíamos dado un beso y ya tenía una foto de ella. ¡Y cómo me servía! Me hacía la paja dos y hasta ¡tres veces por día! Miraba la foto muchas veces. Era una manía. Eleonora, en traje de baño, aparecía acostada sobre una lancha. La foto se la había sacado un ex novio en Carlos Paz. Me gustaba porque la lancha era realmente chica y estaba algo deteriorada. A ella se la veía incómoda con el rol provocativo que, se notaba, le había impuesto su ex. El agua, las sierras atrás, un leve viento en la cara. Me imaginaba todo tipo de escenas ese verano en Carlos Paz, y al novio detrás de la cámara: un actor porno yankie, rubio, grande, con una pija inhumana que castigaba a la triste Eleonora; la castigaba y castigaba. No podía ser mejor. Veía esa foto y mi maquinaría fantástica arrancaba, tomaba vuelo y subía hasta acabar en un círculo de amor. Un salto onanista.

Y no me angustiaba tanta irrealidad porque creía que era la antesala de algo cierto. Todo lo soñado iba a llegar; lo sentía. De manera que programaba todo tipo de perversiones sin pensar en la muerte de Flavia. En el sentido de su tragedia. Porque todos los que mueren temprano son pequeños Cristos. Seres que, por motivos insondables, vienen al mundo para sacrificarse por otros. Así nos redimen y nos exaltan. Son parte de redes energéticas que nos vinculan de manera extraña, almas sacrificadas.


sábado, 23 de mayo de 2009

Chippendales go extreme, qué video!

---Sí ---me respondió, y puso la llave en la puerta sin darle importancia a mi presencia.

---Soy Rupert –dije--- el amigo de tu hermana Flavia ---. Pero eso tampoco la conmovió, y giró la llave. Iba a entrar sin detenerse a conversar.

Sin duda era una chica insulsa, y no le interesaba decir algo. Como un último recurso, sonreí; pero ella nada, abrió la puerta.

Lo gracioso, ahora que lo cuento, es que... ¡esa chica terminaría en un video célebre chupando pijas!, ¡y ustedes la hubiesen visto en ese momento de mi aparición!, seria, implacable, mientras llegaba vaya a ser uno de dónde. El video transcurre en un bar cerca de Miami, es de chippendales y se llama Saratoga. Llegaríamos ahí unos meses después del momento que les cuento, por indicación de Nico, un amigo muy querido. El video se llama “Chippendales go extreme”. Solía estar en xvideos.com. Pero me detengo acá porque me estoy adelantando demasiado. Lo que pasa es Eleonora cambió tanto que me entusiasmo.

Pero, como dije, volvamos, regresemos a la puerta de un edificio francés en una calle del Once. Como ella entraba sin darme tiempo a nada, desesperado, apelé a lo extremo: ---Hace días que sueño con vos. Sueño, me levanto, me hago la paja con vos… ---y me detuve como arrepentido. Pero enseguida, conciente de que era mejor no volver atrás, desembarqué a lo grande, ---Fue un mar de leche… ---, rematé, y sonreí. Y eso, esa frase, la delicadeza de mi dicción, no sé, tal vez la seguridad con que lo dije, y mi alegría al decirlo, o la satisfacción por ser capaz de concretar esa locura con ánimo sereno, algo de todo eso quebró a esa chica llamada Eleonora hasta entonces tan gélida. ---¿Me estás jodiendo? ---me preguntó divertida.

---Pareciera, pero no tanto -- dije ya hecho un mago.

sábado, 16 de mayo de 2009

Eleonora dime tú!

Mis invocaciones continuaron los días siguientes. Me gustaba volver del trabajo y meterme en la bañadera para imaginármela. Y claro: cada día me hacía una paja. Y otra al levantarme. Si no podía dormirme también pensaba en ella. Lo mismo si en una reunión en el trabajo alguien hablaba demasiado. Era un hecho: estaba enloquecido con una chica a quien nunca había visto, pero continuaba con el rito porque, de alguna manera, sabía que todo ese trabajo mental y físico terminaría llegándole. Mi energía, caliente, llena de leche y ganas, al menos como un cuerpo etéreo, llegaría a rozarla. Y entonces el destino nos reuniría. De eso no había duda.

Al cabo de unas dos o tres semanas de sostener ese ritual tan frenético, resolví que lo mejor sería contactarla, y que el contacto fuese directo, presencial, con toda la fuerza, decisión y ganas. Me di cuenta de que si hacía eso las cosas iban a salir bien. Van a salir bien, conjeturé, porque tengo mucha potencia. Es que si algo tenía en claro, incluso en ese tiempo de oscuridad, es que si uno está cargado de decisión, las cosas se animan, van, ruedan, no podría explicarlo con mucho detalle porque es una certeza interior que tiene que ver con un lazo sagrado, un lazo con el punto misterioso, como lo llama Tordelli, el contacto con la otra realidad, la esotérica.

Pero también es cierto que en mi caso las conexiones con la mayor potencia nacían de una neurosis, y en ese punto andaba mal la cosa, pero yo entonces esos detalles no los manejaba muy bien que digamos.

Como sea, el caso es que una tarde, cuando salí del Ministerio, me fui a la puerta de la casa de Eleonora y me quedé esperando. No tenía la menor idea de cómo era su aspecto, así que se trataría de evaluar cuál de las chicas que entrasen al edificio podría ser ella. Rápido y decidido debía encararla. La otra, pensé enseguida, es hablar con el portero previo ponerle un billete en la mano, eso siempre da réditos, me dije. Y con esa decisión toqué portería. Pero nadie atendió. Así que tuve que contentarme con esperar. El edificio era de esos antiguos, los tipos parisinos en una zona fascinante y a la vez lamentable, El once. A la media hora de estar esperando entró un viejo, unos quince minutos después una vieja, supe entonces que la tercera sería la vencida, es decir, no lo supe, lo presentí, y así fue: vino una chica, un poco alta, un poco encorvada, de pelo castaño, anteojos, nada especial, y puso la llave en la cerradura.

--- Hola, ¿vos sos Eleonora? ----pregunté.

domingo, 3 de mayo de 2009

el camino tejano

Me propuse averiguar si Flavia tenía una hermana y al mismo tiempo sentí alegría. Lo mejor era hablar con Tordelli.

----Hola,cómo andás maestri?

---Bien, bien.

--- Te llamo para preguntarte algo, ¿ Flavia tenía una hermana?

---- (silencio) Sí, una menor, Eleonora. Vivía acá en Buenos Aires. Estudiaba para ser contadora. .. usaba lentes… Pero no la veo por lo menos desde hace cinco o seis años…

---- ¿Y dónde la podré ubicar?

----Dejá, yo me ocupo. Te llamo en un rato.

Así es Tordelli, una diligencia. Deslumbra en su logística. El caso es que a la media hora me llamó y me dio nombre completo, dirección y teléfono de la hermana de Flavia.

Anote todo y después, con la vista en la anotación, pensé cómo sería hermana de Flavia. Me imaginé su cuerpo y, por esas cosas que no se explican, vi su concha, de cerca, en detalle, me metí incluso entre sus labios. Como si un ánima, una energía capaz de penetrarla. Y lo hice, así, a la distancia. Fue inédito. Después, tomé el teléfono y marqué. Del otro lado me atendió una voz que tenía un acento norteño.

---¿Hola Eleonora?

---Sí, ¿quién es?

----Rupert, así me dicen, un muy amigo de tu hermana. Quisiera verte.

----¿Ruper? Nunca la escuché a Flavia pronunciar ese nombre ---dijo con un tono vacilante.

---- Sí, no sé..., me llamó Lucas en realidad ---consentí, y agregué: ---Yo estuve con ella al final…

----Bueno, adiós ---dijo, y me colgó.

Sentí pavor. Miré el aparato con la idea de volver al papel. De pronto, había nacido esa fijación por el papel, quería concentrarme en las palabras: estaba seguro de que podía hacer cosas potentes con sólo focalizarme en el nombre. Y eso hice, con seguridad, miré cada trazo, cada letra y la acaricié sin conocerla. La imagen de esa mujer era vaga. Por momentos, se parecía a la Virgen, por otros a mi abuela, después, a una chica que apareció una vez en la revista Playboy, una tejana. Tenía botas, las marcas de la bikini, un cinturón, una pistola, nada más. Decidí besarla por todos lados, de a poco, empezando por los pies, atento a su respiración y, de la nada, excitado, empecé a pajearme, en trance. Pasa muy pocas veces. En el último momento, casi al acabar, vi un planeta, grande, formado por pintitas blancas, indescriptible, lleno de fuerza.

miércoles, 29 de abril de 2009

la hermana existe?

Volvamos, después de pulidas las nociones tordellianas, a nuestra historia: estamos en febrero o marzo del año 2001. Mi vida, como les conté, se limita a los negocios, el Ministerio, las paraguayas y a visitas “forzadas” a familiares y amigos. Mis intentos por salir de esa situación son un fracaso: la meditación me resulta un estado inalcanzable; incluso el tenis me deja de entusiasmar, requiere demasiada concentración. La lista sigue. En ese estado me encuentro una noche mientras miro tele y viene a mi memorio el protagonista de The Wall haciendo lo mismo que yo, cuando de pronto suena el teléfono. ----Querido amigo ----dice una voz que sin dudas es la de Tordelli ---¿Cómo va todo?

Como respuesta, lo más conciso que puedo, le relato mi estado; el cual resumo como "un profundo vacío existencial". No me interesan las cosas materiales; pero sería incapaz de dejarlas. Y el mundo espiritual me interesa, pero me resulta inalcanzable, concluyo dándome importancia por lo que creo una frase sublime o algo así.

Tordelli, al otro lado del teléfono, respira hondo. Es claro que, por su respiración, quiere decir que estoy errado. Y en un punto también su silencio transmite, creo yo, su desazón por mis comentarios. Debe creer que no entendí nada, pienso. Después, vuelve a respirar, con lentitud, y a la vez de una forma marcada, profunda, y por último dice: ---Vas a tener que seguir… El camino es largo. Bueno, te dejo ---concluye. Y me cuelga, sin mayores explicaciones, y sin sus proverbiales enseñanzas.

En ese instante por un momento me quedo con el tubo en la mano. Nadie me ve, pero me siento obligado a interpretar la escena con dramatismo. Después, me voy a la cocina, me sirvo un poco de vino y me pongo a pensar qué hacer. Sin duda este estado catatónico merece alguna acción extrema, reflexiono. Y sólo me imagino algo tremendo por el lado del sexo, pienso. No sé por qué llego a esa elucubración, pero por un largo rato pienso en cuánto bien me haría una sesión extrema con Flavia. Después, por esas cosas inexplicables, pienso que Flavia tal vez tuviera una hermana, alguien que pudiera sostener su legado, sus enseñanzas. Y en mi locura me propongo encontrarla.

martes, 28 de abril de 2009

Aparecieron los escritos de Tordelli!

Estoy contento: después de contarles las ideas de Tordellli acerca de la astrología y cosas por el estilo, me puse a buscar entre papeles viejos y... bualá! Apareció una carpeta que dice: Escritos. Nada más que eso. ¿Qué son? Son unos escritos que me dio hace años Tordelli. Creo, si no recuerdo mal, que los escribió para un congreso esóterico que se hizo en el año 2002 en Genova. El caso es que los volví a leer y corroboré que mis ideas acerca de sus pareceres estaban muy claras, casi calcadas. O más bien yo repito todo como quien reza. Les transcribo lo que les conté el otro día, pero textual:

Las realidades energéticas por sobre las doctrinas

Miguel Ángel Tordellli

Me gusta la astrología porque, entre otras cosas, me permite entender mis vivencias de manera distinta. A la hora de definir nuestras creencias, tenemos ante nosotros diferentes caminos. Cada uno, de manera tradicional, apuesta a constituirse en un nexo con la Verdad. En todos los órdenes del pensamiento, tanto en el pensamiento occidental como en el oriental, es común que cada fundador de una filosofía, religión o movimiento, difunda un modo y una esencia que define su revelación. Eso es lo que, en definitiva, nos permite hablar de un credo o una doctrina. También es común que las personas que suceden a esos fundadores sientan la misma pulsión. Los urge la necesidad de proclamar la verdad, el camino correcto. Deben correr y hacerle saber a otros la revelación que los convenza y los guíe.Pero las cosas cambian si pensamos todo ese proceso de otra manera: ¿Qué pasa si pensamos que cada “padre”, que cada fundador de una religión, que cada filósofo, cuando fundó su doctrina, respondió a las energías que le eran propias? ¿Qué pasa si pensamos que cada persona hace, dice y busca, lo que esencialmente es? Hagámoslo. Pensémoslo. No hay una verdad. Hay energías. Y esas energías se funden y encausan según la proporción en la que viven. O mejor dicho: según la proporción que constituyen a cada individuo.La forma final que toman el pensamiento y acciones de cada persona, como cauce real y definitivo, es un misterio; pero la génesis, el componente esencial, está en la energía que le es inherente a cada Ser. Cada persona, piensa, dice y actúa, según su composición energética. El grado de sutileza con que termina pensando, hablando y actuando una persona es el resultado de una alquimia muy sutil. Pero, en definitiva, siempre es el resultado de una composición dinámica-energética primigenia.A su vez, la composición energética de cada persona, y la evolución que tiene esa energía en cada Ser, está completamente relacionada con la composición energética del medio. ¿Qué tipo de energías se dinamizan en un momento y espacio determinado? La respuesta sería: las energías propias de ese momento y tiempo determinado. Cada pensamiento, que prevalece y se desarrolla de manera primordial, en la historia de la humanidad, responde a una composición energética particular. Las dinámicas que triunfan, las que se materializan, son las conformadas por las energías que representan cabalmente un tiempo y un espacio determinado. Lo mismo nos pasa a nosotros a nivel, digamos, doméstico.

“Sólo Es lo que tiene que Ser”, ésa, por simple y contundente que parezca, es una base nuclear de la astrología. En un punto, las potencialidades existentes, son importantes; pero la acción que se concreta, la hipótesis que triunfa a niveles reales, es la energía, o el conjunto de energías que tienen más potencia.La energía más potente triunfa y así logra la categoría de “realidad”. Lo hace porque supera el conjunto de energías que están latentes en un espacio y tiempo determinado. Creo que debe ser difícil de entender, pero es así, sólo la vivencia, la percepción más sensorial, nos permitirá captar estas sutilezas. Es indefectible: la materialización de estos fenómenos dentro de un discurso, que es lo que ahora estoy haciendo, por desgracia, le quita pureza a lo que es el fenómeno esencial: existen energías en continuo movimiento: ellas luchan y establecen cauces fundados en nociones que, a priori, son opuestas, y que después demuestran que son complementarias. De esa manera, misteriosa y sutil, se componen mis vivencias, las tuyas y las de todos.

domingo, 26 de abril de 2009

astrotordelli

Tordelli pondera la astrología porque, entre otras cosas, le permitió entender sus vivencias de manera muy distinta a la que estamos acostumbrados. A la hora de definir nuestras creencias, solemos tener ante nosotros diferentes ofertas, diferentes caminos. Cada uno apuesta a llegar a la verdad. En todos los órdenes del pensamiento, tanto en el pensamiento occidental como en el oriental, es común que cada fundador de una filosofía, religión o movimiento, difunda un modo, una verdad, un camino que define su revelación. Es lo que, en definitiva, nos permite hablar de una obra. También es común que las personas que preceden a esos fundadores sientan la misma pulsión, la necesidad de dar con la verdad, el camino correcto, la revelación que los convenza y los guíe.

Tordelli dice que las cosas cambian si pensamos todo ese proceso de otra manera: ¿Qué pasa si pensamos que cada “padre”, que cada fundador de una religión, que cada filósofo trascendental, cuando fundó su doctrina, respondió a las energías que le eran propias? Cada persona hace, dice y busca, lo que esencialmente es. Tal sería el postulado. Nada más. No hay una sola verdad. Hay energías y esas energías se funden y se encausan según la proporción en la que viven. O mejor dicho: según la proporción que tiene cada individuo.

La forma final que toman las acciones, vivencias y el pensamiento de cada persona, como cauce real y definitivo, es un misterio; pero la génesis, la explicación primigenia, el componente esencial, está en la energía que le es inherente a cada Ser. Cada persona, piensa, dice y actúa, según su composición energética. El grado de sutileza con que termina pensando, hablando y actuando una persona es el resultado de una alquimia muy sutil, una interacción muy particular, pero, en definitiva, es el resultado, como dije, de una composición dinámica-energética básica.

A su vez la composición energética de cada persona, y la evolución que tiene esa energía en cada ser, está completamente relacionada con la composición energética del medio. ¿Qué tipo de energías se dinamizan en un momento y espacio determinado? La respuesta sería: las energías propias de ese momento y tiempo determinado. Cada pensamiento que prevalece y se desarrolla de manera primordial en la historia de la humanidad responde a una composición energética particular. Las dinámicas que triunfan, las que se materializan, son consecuencia de la interacción de las energías que componen la realidad. “Sólo Es lo que tiene que Ser”, ésa sería, por simple y contundente que parezca, una base nuclear de la astrología. En un punto las potencialidades existentes son importantes, pero la acción que se concreta, la hipótesis que triunfa a niveles reales, es la energía, o el conjunto de energías que tienen más potencia.

La energía más potente es la que triunfa, es por lo tanto la que se encarna. La que se hace realidad. Y lo hace porque supera el conjunto de energías que están latentes en un espacio y tiempo determinado. Creo que debe ser difícil de entender, pero es así, sólo la vivencia, la percepción más sensorial, nos permitirá captar estas sutilezas. Es indefectible: la materialización de estos fenómenos dentro de un discurso, que es lo que ahora estoy haciendo, por desgracia le quita pureza a lo que es el fenómeno esencial: existen energías en continuo movimiento, ellas luchan y establecen cauces fundados en nociones que son opuestas a priori, y que después demuestran que son complementarias. De eso se componen mis vivencias, las tuyas y las de todos.

viernes, 24 de abril de 2009

Basic Tordelli

Ahora creo que es mejor que les expliqué algunas ideas, sensaciones, no sé cómo llamarlas, que aprendí con Tordelli. Si no creo que va a ser difícil que entiendan lo que sigue. Para Tordelli estamos entrelazos. Durante la vida, encontramos personas que tienen una conexión kármica con nosotros, y de ellas aprendemos, y ellas aprenden de nosotros y, por supuesto, pasan muchas otras cosas que no están claras y son parte del misterio kármico, como dice Tordelli. El misterio kármico es el mundo esóterico, que es el más real, y que tiene que ver con una dimensión espiritual. Pero se manifiesta en coordenadas de difícil captación porque, en general, no corren dentro de nuestra lógica. Para entenderlas por lo tanto hay que desarrollar otra lógica. Aunque no es que no existan ciertas congruencias, razones, en el mundo esotérico. Las hay, pero se basan en otra sensibilidad. Por eso hay que tener mucha atención a las sensaciones. En lo esotérico, unir la intuición, la percepción momentánea y una reflexión sobre ese evento, es lo que nos permite entender un poco más.

En general nuestra vida está llena de eventos que parecen casuales, y que no nos sorprenden porque pertenecen a eso, al azar, a una dimensión ingobernable que no tiene mucho que ver con nada. Así, más o menos, solemos pensar.

Pero el mundo esotérico no lo vive así. Y Tordelli no piensa así. Saquemos el azar, dice esa dimensión, y empieza distinto: todo lo que me pasa tiene que ver con mi ser. Me constituye. Desde el momento de mi nacimiento. El tiempo y el espacio existentes cuando nací, me constituyen. Son parte de mí. Soy un tiempo y un espacio determinado. Los tengo grabados. Ningún evento está disociado al tiempo y al espacio en que ocurre. Cuando encarno, cuando salgo al mundo, menos que menos. Después, si yo protagonizo cualquier evento de mi vida, como de hecho lo hago –lo digo así para que se entienda-, nada de lo que me pasa me es ajeno. Todo me constituye y a la vez tiene una íntima relación con mi ser, con mis propósitos. Y todo lo que me pasa, me pasa para que yo aprenda algo. El mundo, cada momento que vivo, está lleno de oportunidades. El tema es ¿cómo encararlas? ¿Hacia dónde ir? Bueno, para eso, dice Tordelli, hay que empezar por conocer qué energías existen sobre esta tierra. Como se necesitan unas a otras, aunque sean opuestas. Porque no son opuestas en realidad, y uno termina captándolo: son opuestas-complementarlas. La primera gran acción, el primer paso fundamental, es salir de la creencia que por un lado está el bien y por el otro está el mal. Está lo claro y está lo oscuro. Son independientes. Como entidades abstractas, bien y mal sí existen de manera independiente en cuanto a categorías, pero nunca pueden existir de forma separada desde una mirada completa. Bien y mal por separado son entidades imposibles, mueren al instante porque se necesitan. Es decir: sólo funcionan juntas, como parte de una integración que supera nuestros conceptos habituales y nos lleva a dimensiones donde las palabras resbalan, fallan. Es que nuestro lenguaje está habituado, o mejor dicho, está formado, según concepciones clásicas: el bien es el bien, y el mal es el mal. Lo blanco es blanco. Lo negro es negro. Ha sido necesario estructurar el lenguaje así, pareciera, porque el lenguaje precisa limitar las cosas, categorizarlas, inventariarlas para ordenarlo todo. Primero el discurso, después las acciones, y por último la gente. La sociedad. De otra manera parece que no hubiésemos entendido nada. Bueno, también parece que nos acercamos a una Era donde estas limitaciones se van al tacho.

martes, 21 de abril de 2009

Me despertaban los sueños

Fue para esa época que empezaron los sueños del bunker. Eran previos al film “La caída”. De manera que la película más tarde me confirmó algunas sensaciones. Pero no quiero adelantarme. Empiezo entonces por los sueños. Transcurrían en un gimnasio que había estado de chico –cuando tenía unos cinco o seis años-, durante un campamento del colegio. Recuerdo que después de que armamos las carpas empezó a llover, y llovió tanto que tuvimos que dormir a ese gimnasio en el medio de la noche. Muchos chicos se reían, pero yo estaba desesperado. Quiero volverme a casa, le dije a un profesor de gimnasia, y más no recuerdo.

O más bien recuerdo que al día siguiente nos bañamos en un arroyo, y que pisar el fondo de tierra me resultó una experiencia impresionante. Después tengo grabada la llegada a casa. Pensé que no me iba a ir nunca más; y me lo juré mientras me daba un baño de inmersión.

Pero volviendo a mis sueños: soñaban que estaba en ese gimnasio donde había camas con enfermos y, entre las camas, pastores alemanes que perseguían a unos pavos inmensos por los pasillos.

Seguían a esos perros hombres con botas altas y negras perfectamente lustradas.

En otro sueño –prácticamente los sueños eran un continuado-, me pedían que ayude a curar a los enfermos. Y por las conversaciones que escuchaba estaba seguro de que no era posible salir de ese lugar, que era muy peligroso. De manera que yo estaba afligido por tener que estar ahí, entre todos esos enfermos, cables de suero y bandejas de acero llenas de instrumentos y guantes.

Después recuerdo que buscando un poco de coca cola para un hombre de uniforme abría una heladera y daba con muchas bolsas transparentes de plástico llenas de agua. Todas las bolsas tenían fetos. ---Esa heladera no la debiste abrir --- me decía el hombre. ----Yo sólo te pedí una coca. La cagaste…---concluía.

En otro sueño, algunas personas, aparentemente bondadosas, me acariciaban la cabeza y me preguntaban cómo estaba; cosas así. Pero eran sonrisas falsas. Lo que no estaba claro es qué maldad querían hacerme. A mi lado aparecían yendo o viniendo distintos compañeros del colegio: Toni Braganza, el enano Gorostiaga, el gordo Olima y, con el andar de de siempre, Arnaldo Peters. Ellos no parecían preocupados. Me hablaban de que pronto iríamos a natación, que el profesor Ríos ya estaba listo, y me preguntaban por qué no tenía puesto el traje de baño. Pero a mí me parecía necesario saber qué estaba pasando. Es decir: por qué algunas personas que pasaban tenían esas botas tan bien lustradas, y por qué me fascinaban. Me quedaba mirándolas; sin duda quería tener unas. El tema era que no sabía qué tenía que hacer uno para merecerlas.

miércoles, 15 de abril de 2009

Tanga y tacos es lo más

Con la luna cayendo, volvimos. Dejamos la chalana en la playa y Tordelli se fijó que todo estuviera bien acomodado. Después, se puso a rezar contra el barco, como si ése fuese el muro de los lamentos, y al final nos subimos al auto. En el viaje, ninguno hablaba, Tordelli parecía sereno. Prendí el CD a ver qué había: Johan Sebastian Bach. Perfecto. Su nombre me gusta más que su música, y en eso pensé hasta que llegamos a casa.

Tordelli me dejó en la puerta cuando estaba amaneciendo. Siempre que pasa eso me acuerdo de una escena de Buenos Muchachos. ¡Cómo se te graban ciertas películas! Por eso no veo muchas.

Al día siguiente, yo en buquebús, Tordelli en avión, volvimos a Buenos Aires. En el Ministerio nos saludamos bien pero sin efusividad. Tomamos cierta distancia, y yo volví a mi colaboración en negocios. No tenía ningún interés; pero tampoco tenía algo que hacer: Carola no atendía mis llamados, estar con mi familia no era una opción, y mis más amigos estaban fuera del país –por un motivo u otro se habían ido disconformes en los 90-.

Pero los días pasaban y empecé a extrañar estar con una mujer. El problema resultó que, cuando llegaba el momento, no tenía ganas. Legaba el momento y me daba cuenta de que no iba a poder, que no se me iba a parar. De manera que sacaba el pie del acelerador y me ponía a conversar pergeñando un comentario inminente de que tenía sueño.

Lo único que toleraba era el contacto con masajistas paraguayas. En eso iba bien porque es como estar en casa. Voy con mi CD de Enya en la mano, pido que lo pongan, saludo, elijo una –son casi todas amigas-. Charlo un poco, me hacen masajes, y miro: la paraguaya está en tanga y tacos y sí, soy feliz. Y ellas también. Son felices porque nacieron en Paraguay y tienen esas maneras tan dulces, me acarician, me preguntan qué quiero, y elijo: Tirame la goma nomás. Hoy estoy pa eso. Y eso hacen y al rato, les doy un besito, y estoy más relajado: miro el reloj. Quiero ver cuánto queda para la hora. Después siguen los masajes, y al final la pregunta: ¿el señor se va a duchar?

martes, 7 de abril de 2009

As Time goes by

Al ver a Tordelli tan entusiasta, me alegré. Volví al barco, y cuando subí dije: ----Sí. Sí que me siento bien, sí señor.----Tordelli se limitó a poner una mano en mi hombro. ---Qué bueno ---dijo--- porque vienen momentos difíciles. Te lo adelanté: de acá al 2012 vamos a tener un lindo baile.

La alegría por lo tanto duró poco. ¿Por qué siempre Tordelli me hablaba de tiempos difíciles, de desafíos inmensos? Yo sólo quería disfrutar de la vida, quería entender mejor el sexo, limitarme al placer. Quise decírselo, pero él antes dijo: ----Tenemos la suerte de asistir a un quiebre. Por supuesto: va a venir con cimbronazos. La intensidad del final de esta Era lo vamos a sentir fuerte. Lo vamos a sentir en todo el mundo a partir del 2008. Acá, por supuesto, vamos a tener baile antes. A fin de año sin ir más lejos (estábamos en el 2001). Es mejor, es para que nos preparemos; nosotros dos y otro grupo de personas….

---¿Cómo? ---atiné a decir

----Sí, se trata de un grupo de almas que estuvimos en Alemania. Ya nos curtimos en períodos de grandes crisis. Vimos de cerca el horror, lo más crudo. Un preámbulo necesario para lo que viene ahora. Un hito para liberarnos… Y bueno, ahora vamos a ver si damos una mano para el cruce que le toca dar a la humanidad…

----¿En Alemania? ---me limité a preguntar.

Pero Tordelli no hizo caso a mi pregunta. ----A partir del 2008, y hasta el 2012, va a ser un tiempo de derrumbe. Se caerá todo lo conocido. Es como digo, en ese papel que te pasé... Todo se va caer… ¿No te das cuenta? ---preguntó--- la humanidad construyó un paradigma, un sistema que debe morir. Esta vida fundada en la producción, en el metal, en el crecimiento. Este desborde tecnológico orientado a la producción… Ya comenzó a perecer el mundo dogmático. En estos años le toca morir al mercado, al consumo, pero también van a morir las instituciones tal como las conocemos…¡Qué suerte tenemos! ----se exaltó--- Vamos a vivir el fin de una Era, 25.000 años que terminan…. ¡Imaginate! nosotros… ----me tomó otra vez del hombro--- nosotros que somos almas viejas. ¡El fin de una Era! ¡Qué suerte!…---, y suspiró.

Esa expresión almas viejas, qué rara, pensé. Una ráfaga pasó cuando Tordelli dijo eso. Pero enseguida el mar recupero la calma. Me fijé en el agua, y me quedé pensando con la mirada fija en el agujero donde había desaparecido Flavia.

jueves, 2 de abril de 2009

Aleluya

Al ver tantas mujeres, conciente de que estaba alucinando, me desesperé. ---Veo muchas mujeres acá ---dije---, veo a mi vieja, a mi abuela, a Carola, a muchas…

--Claro ---dijo Tordelli--- se te abrió un karma. Flavia te abrió un karma que viene por la rama femenina. Se ve que te tenía cooptado…

---¿Cómo? ---pregunté, mientras distinguía a una maestra de la primaria que ni siquiera recordaba, a miss Estela.

---Es que vas a tener que dejarte llevar. Acá las cosas no se pueden explicar… ---me respondió Tordelli. Y era verdad, un cambio profundo en mi cuerpo, alma y composición energética. Todo eso se estaba dando... Sentí la necesidad de orientar mis manos hacia las estrellas. Cerré los ojos. Buscaba relajarme. No mucho después se me apareció una Virgen hermosa del renacimiento. Ni real ni pintada. Era deseable y amorosa al mismo tiempo. No había pensado en la Virgen, ni la había visto en mi mente. Al menos desde mi infancia y no supe bien cuál era el significado de esa imagen. Pero me sorprendió. Abrí los ojos. Todas las mujeres habían desaparecido. Me paré y busqué si estaban por algún lado. Fue entonces que sentí una transformación en el cuerpo. Me sentí más erguido, con el pecho más arraigado…, no podría explicarlo. Son cosas que exceden la comunicación conocida. Por eso Tordelli dice que algún día nos podremos comunicar con las manos. Con sólo tocarnos vamos a recibir canales de experiencias de vidas presentes y pasadas. Potenciado, elegí tirarme al mar. Me sumergí, y después, desde el agua, miré la inmensidad, lo oscuro, el mar en calma, todo me purificaba. Me dotaba de más forma. Recién entonces tuve la sensación de que una energía se había liberado en mi cuerpo, y algo nuevo me recorría, tomaba forma, se encarnaba, y a la vez, inmantaba el paisaje. Algo así pasaba.

Tordelli me miró desde el barco: ---A que te sentís más limpio---dijo---, más liviano, más versátil, más fuerte ---y cada vez estaba más entusiasmado, alzó la voz--- más claro en la cabeza… Dale gracias a Flavia. ¡Dale gracias! ---y alzó los brazos. Faltó un aleluya.

lunes, 30 de marzo de 2009

Me están llenando el bote

Después volví a sentir el espacio de mi infancia. Animales pintados en cartulinas pasaron por la noche. Un tigre, un león, un elefante sonriente, dos focas…, y enseguida apareció Flavia. Llevaba un vestidito corto, blanco y a lunares negros y tenía unos zapatos colorados preciosos. Nunca la había visto así; ahora me sugería desde el más allá algo tierno y atractivo a la vez; quise contárselo a Tordelli pero ningún lenguaje sería capaz de expresar mis sentimientos. Y esa impotencia me alegró. El mundo complejo e inalcanzable había regresado. Puse un brazo en su hombro. Quería significar así la hermosura del momento. Y supe entonces que con su muerte Flavia empezaba a hilar puntos dispersos y envolvía las cosas hasta construir conjuntos dotándome de sensaciones.

Tordellli en ese instante dijo: ---- Era una mujer extraordinaria… El sentido de su partida será algo que deberemos desentrañar… Las cosas ahora se presentan diferentes a lo que había imaginando…---y miró sus pies.

Pero esa confusión no me alarmó. Todo lo contrario, me acercó más a él. Lo hizo más humano, un semejante. Era tan precioso el momento: un barco en la oscuridad, la bahía en calma y un cuerpo perdido en el fondo del mar. Un cuerpo hermoso y perdido para siempre. Las estrellas sobre nosotros, incontables. Casi de inmediato apareció Carola. Mi mujer, ahora lejana, a quien evocaba por la partida de Flavia, estaba sentada a mi lado. Y volvieron también mi madre y mi abuela. Estaban, de alguna forma, las tres en el barco, una chalana que se fue poblando de mujeres que tenían que ver con mi vida. Y de pronto eran montones: maestras de colegio, mucamas, vecinas, madres de compañeros, hermanas, ex novias, amigas de Carola, hermanas de Carola… Tordelli, en mi delirio, extrañado, las miraba. Era un arca de Noé femenina bien rara.

sábado, 28 de marzo de 2009

A night at the opera

Tordelli me miró y no dijo nada. Estaba como abstraído. Me pareció que con la vista en el agua meditaba.

----Bueno --- dije ---ayudame a levantarla. Flavia se va para el agua.

Tordelli me ayudó y, entre los dos, tomando impulso, él en sus brazos y yo en sus piernas, como quien juega con un chico, la tiramos al agua. Fue rápido. E igual de rápida fue la reacción de Tordelli. Diría que instantánea. Ni bien Flavia tocó el agua, Tordelli fue detrás. Al principio fantaseé que había elegido el suicidio. Pero no, se tiró al agua como un rayo, tomó a Flavia entre sus brazos y, en una escena de verdadero dramatismo, empezó a bailar con ella. Al menos fue lo que me evocó el momento. Me hizo acordar a una película de Esther Williams. La luna en el agua creaba un hálito plateado. El agua estaba en calma, como si no importara que estuviéramos bien lejos de la costa, en el medio del mar. Tordelli seguía abrazado a Flavia, mirándola, besándola, incluido en un sentimiento de tristeza, pasión y locura. Recordé mis idas a la ópera con mi abuela. ¿Qué busca este hombre? Me pregunté. Por un momento creí que con ese rito Tordelli sería capaz de resucitarla. Llegué incluso a creer que Flavia abría los ojos. Pero estaba equivocado. Lo supe enseguida, cuando le dio un beso en la frente, hizo una cruz frente a su cara y la largó y Flavia, como si hubiese estado en el aire, desapareció. Se fue al fondo. Fue drástico, profundo y trágico. Tordelli después nadó hacia la chalana.

Cuando por fin subió, dijo: ---- En un tiempo sabremos por qué se tuvo que ir Flavia. Era un alma nueva…, no sé para qué vino con nosotros. ¿Qué función traía?...---se preguntó--- No te preocupes, lo sabremos pronto…---- dijo al fin. Y se tomó un objeto que tenía en su cuello, a lado de una cruz y lo besó. Miré bien qué era. Una chicharra negra y pequeña. Quise preguntar por qué la tenía, pero me pareció que hablar en ese momento era un sacrilegio, y me senté al lado de él a mirar la costa. Después intenté entregarme a la inmensidad. Sólo esa potencia podía mitigar mi tristeza, mi individualidad.

jueves, 26 de marzo de 2009

Un Tordelli y un funeral

José Ignacio estaba en calma. No había gente en el codo donde hay cuatro o cinco chalanas varadas. La luna estaba inusualmente baja y dos o tres nubes la tocaban. Alrededor de la península, el mar apenas se sentía. Era una noche de absoluta paz.

----¿Y ahora…? ---le pregunté a Tordelli.

---Y ahora vos me tenés que decir cómo va a terminar nuestra querida Flavia ---me respondió.

Esa falta de rumbo me desconcertó. ¿Estábamos embarcados en este tren en función de mis pareceres? Si era así estaba confirmado: participaba de una locura. ¿Acaso Tordelli no estaba guiando el entierro de Flavia según un sentido esotérico y sacro? ¿Qué estábamos haciendo sino?

---Bueno ---dije, y me puse a pensar ---- subámonos a una chalana….

---- Muy bien ---se limitó a decir Tordelli.

Miramos para constatar que nadie nos veía. Envuelta en una manta del telo, una escocesa, llevábamos a Flavia. Elegí una Chalana con un nombre excepcional “Il divo”. ---Bueno, arrancamos ---dije, y prendí el motor. Conocía bien esos barcos, el tío de mi amigo Ever –el hijo del casero de la esquina de mi abuela- tenía uno. Por ese motivo ir por la bahía me llevó a mi infancia. Lo miré a Tordelli, él también parecía disfrutarlo. Con los ojos cerrados inspiraba el aire. El efecto del agua cortada por nuestra embarcación nos daba una felicidad inexplicable. A lo lejos las luces del pueblo magnificaban ese sensación.

---Bueno ---concluí. --- Creo que es mejor dejarla acá.

Tordelli asintió con la cabeza. Por un motivo insondable yo había tomado el control del funeral.

---¿Si la arrojamos se hunde nomás? ---pregunté.

---Sí --- se limitó a decir Tordelli una tristeza desconocida en él.

---- Siento todo lo que pasó ---se me ocurrió decir.

lunes, 23 de marzo de 2009

Neptuno en los días

Me concentré en los dibujos del mándala y me dejé llevar. Busqué el símbolo que más me atraía. Lo encontré y me puse a mirarlo. Sin llegar a una conclusión, señalándolo, dije: --- Este me gusta ----. Tordelli miraba la hoja. Parecía concentrado en ciertos cálculos. Con lentitud, giró la cabeza y se fijó en mis indicaciones.

---- ¡Ajá! ¡Neptuno! Tu regente. Sí, sí, claro, hay que dejarla en el mar; no en el bosque, ¿pero dónde? ¿En qué playa? --- preguntó con entusiasmo.

Dije lo primero que se me vino a la mente. ---En la península de José Ignacio ----. También yo estaba excitado. Me sentía un médium o algo así.

--- Bueno, vamos ---dijo Tordelli, y replegó su mapa. Lo seguí. Fue el momento en que más me asusté. Opté por no pensar. Mi intención era dejarme ir. Que lo que sea que me pudiera llevar, me llevase al fin. Para distraerme le pregunté a Tordelli: ---Y a Flavia, ¿de dónde la conocés?

---¡Uh, bueno!, es una historia larga. A ver, el tema es así. Cuando tenía tu edad, en la mitad de un invierno, sentí ganas de parar la pelota. De tener una mina fija, qué se yo…, me sentí un poco vacío al llegar a los treinta y pico. Yo en ese entonces trabajaba en un Ministerio de la Nación –no dijo cuál era-. En ese Ministerio trabajaba una chica de Santiago del Estero. Era media árabe, una morocha linda. Empezamos a salir y de lo más bien… Era dócil, buena, una mujer en el buen sentido ---dijo----. Como necesitaba. Pero cuando empezamos a estar juntos noté que no se bañaba todos los días. Y fue tremendo ese descubrimiento, me liquidó. No es que tuviera un mal olor o algo así. Creo que era parte de sus costumbres. Se bañaba día por medio. Era de un lugar cercano a Catamarca. Chañar blanco era el paraje. Su familia trabajaba una finca de olivos y tenía, por lo que recuerdo, otras cuatro hermanas. Su padre, un hombre flaquito y alegre, decía que había empezado primero por las chinitas. Tenía cinco hijas cuando su mujer murió durante el sexto embarazo. Nunca supieron si se trataba de un varón… Bueno, el caso es que presumí que esa preciosura no se bañaba porque no quería abusar del agua. Solana, era su nombre. Solana Salman. El caso es que la terminé dejando. Nunca pude superar que no se bañase todos los días. Me resultó una barrera insalvable. Una lástima… ----dijo, y me miró con nostalgia-- Pero así fue…. ---continúo--- El punto es que unos veinte años después, en pleno apogeo menemista, me la encuentro un noche en Olivos en una especie de fiesta. Sí, era ella, estaba cambiadal; pero era ella. Ahora rubia, tenía operada las tetas y se hacía llamar Flavia… Era la mina de un apóstol de Carlos y sí, se bañaba cada día, de noche o de mañana…---- y sonrío de una forma tan emotiva que pensé que iba a llorar. Es lo menos que se merece nuestra Solana, Flavia o cómo se llame, pensé. Reapareció entonces la imagen del cadáver en el baúl. Tomar conciencia de esa realidad me hizo también sentir ganas de llorar. Pero ni Tordelli ni yo lo hicimos. Él sólo se limitó a prender el C.D. del auto. Y cuando sonó Abba respiró hondo. Me pareció sereno, consciente de que ese momento era nuestra verdad. Lo intenté imitar.

viernes, 20 de marzo de 2009

Consultemos el mapa

Terminé de leer esa hoja y miré para los costados. Quería ver dónde estaba Tordelli. Es que la lectura del texto, 2012, como lo llamo yo, me generó una necesidad: quería protección, y me sentí mal. Pero Tordelli no estaba por ningún lado; había desaparecido. Urgido, salí del auto y miré para todos lados. Tenía un dolor especial en la panza. Advertí que era la misma sensación que tenía de chico cuando me perdía. No sé por qué me perdía tanto. Llegué a creer que eran mis padres quienes intentaban perderme. Por eso había desarrollado una obsesión. No quería perderlos de vista. Era una meta imposible y cada vez que los perdía empezaba el big bang. Lo mismo cuando me tenían que buscar al colegio. Siempre, por lo que recuerdo, se demoraban. Todas esas cosas me vinieron a la mente mientras oteaba ese gran bosque donde estábamos. Entonces me puse a pensar en la cantidad de padecimientos que había tenido a lo largo de mi vida. Todos me parecieron insustanciales, forzados, hasta buscados sería la palabra. Pero el presente, el sufrimiento que tenía en ese instante, sí me pareció justificado. Todos los demás fueron inventados, pero este sí que está bravo, me dije. Estoy en el medio del bosque, con un cadáver en el baúl, y con un loco que desapareció… Miré la hora: las tres y cuarenta. Tres y cuarenta, repetí. Empecé a preguntarme qué podrían significar las tres y cuarenta. Y en eso estaba cuando, de la oscuridad, entre una cañas, apareció Tordelli. Parecía contrariado. --- No, no ---dijo---, la cosa no es por acá. No es acá donde tenemos que ofrendarla.

---¿Qué? –dije yo.

---Que este no es el lugar ---dijo en voz alta. Parecía enojado.

Feliz de que hubiera regresado, opté por decir ---Ah, bueno. ¿Y entonces? --- pregunté.

----Entonces vamos a ver otra vez el mapa. En algo le estoy chingando ---dijo Tordelli.

Y eso hizo. Desplegó el mándala lleno de símbolos en el capot del auto y volvió a consultarlo. La imagen fue adorable. Tordelli consultando ese mapa y yo a su lado intentando pescar algo. Intentaba aportar algo revelador. No sé por qué tenía la sospecha de que yo debería tener poderes o algo así. De otra manera no estaría acá, me dije. Alrededor nuestro estaban los árboles, hermosos, altos y, por sobre todo, quietos. Los grillos en el pasto cantaban. Más arriba, el cielo, sus estrellas y la luna, una inmensidad; un manto tendido para iluminar ese mándala.

domingo, 15 de marzo de 2009

Al fin una nueva Era!

Antes de seguir quiero recordarles una cosa: al momento de este relato estábamos recién en enero del año 2001. Es por eso que lo que sigue me resultó inclusive más increíble. Y lo que siguió fue esto: Tordelli manejaba consultando ese extraño mandala que para sus propósitos oficiaba de mapa. íbamos por el bosque que circunda el jaguel y, de pronto, satisfecho, Tordelli frenó el auto; se bajó, miró el cielo -se veía muy lindo en el lugar donde estábamos, bajos los eucaliptus-, y vino hasta mi ventanilla. De su pantalón blanco sacó una hoja doblada en cuatro.

--- Lee esto ---- me dijo.

La desdoblé y leí lo siguiente:

"2012 representa un quiebre en la conciencia humana. El fin de una Era y el nacimiento de otra. ¿Y qué es lo que muere? La actual dimensión del mundo. Lo conocido; las dimensiones de hoy serán superadas. Es por eso que es tan difícil imaginarnos cómo será el 2012.

Sin embargo, algunas ideas se pueden ensayar. Las formas de razonamiento, la mente, el lenguaje mismo, cambiará; los fenómenos podrán ser comunicados más allá de la palabra. Una forma de decirlo tal vez sea: el lenguaje oral o escrito será superado. Habrá una nueva forma de comunicación. Me imagino que estará mucho más centrada en la captación energética. En lo que llamamos intuición. La humanidad perfeccionará su capacidad de intuir. Y la intuición de las vibraciones energéticas de unos y otros llegará a un punto en donde lo que nos estemos comunicando sea más rico, mucho más importante que la palabra. Ese lenguaje ya existe; pero en la nueva era permitirá que la gente se conozca mejor, habrá más valoración de la empatía y sin las limitaciones que entrañan los términos. Parece extraño, pero si lo pensamos es algo que se verifica desde siempre. A partir del 2012 esa capacidad crece. Es por eso que las dimensiones intelectuales dejarán de estar exaltadas en desmedro de otras.
Otra cuestión, entre muchas otras en la que imagino cambios, es en la salud. La concepción del cuerpo como una dimensión integrada por diferentes energías que deben fluir de manera dinámica y equilibrada estará incluso más presente. También la noción del íntimo contacto que existe entre la persona con el medio. De alguna forma, el mayor registro energético, el mayor grado de sutileza que se espera a partir del 2012, intensificarán la idea –que ya existe, por supuesto- de que las enfermedades representan desórdenes energéticos que a veces tienen que ver con el enfermo y otras con su entorno. La medicina, de alguna manera, se focalizará más en captar y entender estos lazos. Aproximará entonces su mirada a la persona y cederá en su necesidad de establecer curas genéricas. Cada persona podrá ser comprendida según sus cualidades y, a la vez, se podrán establecer con más precisión cuáles son las energías de la humanidad.
En ese nuevo establecimiento, existen algunas energías que tienen que ver con estadios más primitivos de la conciencia humana que tenderán a menguar. Lo harán en pos de energías diferentes. La necesidad de tener lazos de pertenencia tribales, nuestro apego a figuras idílicas –clave de nuestra dependencia al ego-, todo eso va a caer en favor de formas más arriesgadas y más personales. El individuo en sí no necesitará estar sujeto, desde el punto de vista energético, a organizaciones que lo estructuren. Es por ese motivo que se espera que todas las instituciones comiencen a declinar en los tiempos que siguen. Pero la tendencia no será a favor del individualismo. Ni a favor de las experiencias pasadas que pretendieron ser de liberación. Se tratará de formas que son difíciles de imaginar; todas tienen en común la posibilidad de integraciones fundadas en la diversidad. Así, desde el punto de vista colectivo, se entenderá mejor la función que tiene cada aspecto o cualidad dentro de un sistema, inclusive hablo de los que aspectos hasta hoy son asumidos como nocivos, y que más tarde serán comprendidos de otra forma.
Como pueden ver, la nueva era que comienza nos llevará a entender mejor los fenómenos a los que asistimos. Esa mejor comprensión responderá al hecho de que habrá otro ámbito energético en la Tierra.
Estará más claro que todos los fenómenos están constituidos por fuerzas energéticas. Esas corrientes, esos lazos tan sutiles, a partir del 2012, los vamos a poder captar con mayor profundidad. Seremos conscientes de ciertos nexos que ligan a las personas unas con otras. Se trata de nexos que hoy apenas vislumbramos, o más bien que sólo nos asombran. “Esto tan extraño que me acaba de pasar, fue casualidad?” Eso dejará de ser una pregunta.
2012 es un quiebre. Y es inevitable: representa una crisis destinada a barrer con lo mayor parte de lo establecido; caerán las categorías –lo más lindo será que también cederá el amor por categorizar-, las instituciones, tal como las conocemos, morirán. Lo absoluto, las visiones fundadas en el blanco y el negro no tienen perspectiva de funcionar. Nos sentiremos en el aire. Después veremos en colores. " A continuación, manuscrito decía: "Miguel Ángel Tordelli" la letra me pareció hermosa.

martes, 10 de marzo de 2009

The boy with a thorn in his side

Ese vuelo tan extraño fue interrumpido por Tordelli cuando dijo: ---- Ya está querido (él emplea demasiado el querido para mi gusto).

---¿Ya está, qué? ---pregunté con fastidio por haber sido salido de mi trance.

---Ya está, podemos irnos; Flavia ya está en el auto --- me contestó.

Ya en el auto, mientras manejaba, mi amigo desplegó de su hawaiana un mapa, y a cada rato lo consultaba. Miré bien. El mapa era un mandala lleno de líneas, puntos y colores, algunos intensos y otros más apagados. Fue ante ese mapa que mi mente empezó a dudar. Al fin y al cabo ¿por qué seguía sosteniendo que Tordelli no era un loco? Para tranquilizarme me decía que ya me había dado muestras de ser un Maestro. Hubo señales, pruebas, me repetía. Pero a renglón seguido me cuestionaba esas muestras, ninguna era contundente.

De manera que me debatía entre darle preeminencia a mi mente y terminar con todo, acabar con mis locuras. Pero mi sensación corporal, lo que llamo la sensación más íntima y más inasible, me decía que todo lo disparatado tenía un sentido, un orden, era cuestión de esperar. Esperar, esperar, me repetía. Invocaba esa palabra para no tirarme del auto porque Tordelli a mi lado seguía consultando el mapa con calma, cosa que más me enajenaba.

Después, vino lo frecuente para esa época, empecé a jugar con la idea de un suicidio. Era algo que nunca iba a concretar. Me faltaban fuerzas, o mejor: ese show del suicidio era un entretenimiento, una soga que me permitía superar a Tordelli, superar la muerte de Flavia, la ida de Carola, mis instintos gays, mi falta de rumbo, en fin, la confunsión sideral, como la llamaría Tordelli después.

Una que resultó muy necesaria. Pero mientras tanto en mi mente, en la única dimensión donde vivía y sufrí me bastaba pensar que pronto iba a morir, que me iba a suicidar. Una idea bastante desesperada y triste, pero muy útil por lo estereotipada.

jueves, 5 de marzo de 2009

Una papaya y a volar

Inclinado, Tordelli seguía husmeando la concha de Flavia. Husmeaba y al fin terminó haciendo lo que me temía: se la empezó a lamer. Y lo hizo de una manera difícil de explicar, como queriendo sacarle jugo, como si fuera una papaya, un durazno o algo así.

Durante el proceso mis sentimientos eran ambiguos: por momentos me parecía que asistía a un episodio majestuoso, atractivo. Por otros me asqueaba y me parecía vivir una dimensión aterradora. Las consecuencias podrían ser extremas, imaginaba.

Una vez que Tordelli chupó lo suficiente –presumí que los dos o tres minutos que pasó bebiendo fueron suficientes-, se sentó como los orientales, se inclinó como se saludan en las películas de samurais, y con una solemnidad que directamente incursionaba en la parodia, ensayó una jugada que me aterró más de lo que ya estaba: con esfuerzo, dio vuelta a Flavia, la puso boca abajo, y una vez que estuvo derechita en ese piso de losa negra, mientras le abría los cachetes del culo, y le inspeccionaba el ojete como un clínico, dijo: ---- Estuvo bien, es verdad, recién no la penetraste… ---. Yo me limité a callar. ---Está bien. Hacerlo ahora, quedate tranquilo, no ayudaría para nada. Ya te voy a decir cómo limpiar el karma que tiene que ver con este ano.

Ese comentario lo único que hizo fue darme unas ganas tremendas de terminar con el asunto de Flavia, y sea como sea, garcharla. Al fin y al cabo, el cuerpo todavía existe, pensé.

Pero Tordelli, como para demostrarme sus poderes psíquicos. O para que tomara conciencia en la dimensión en la que vuela, dijo: ----Garcharla ahora, ya muerta, creeme, no te va a solucionar nada…. A esta chica ya la falta el alma. Se fue. Llegué tarde…

----¡Qué lástima! ---me limité a decir con la vista fija en el ojete buscando una señal o algo –cosa que me hizo ver, en mi delirio, que una espada blanca salía del agujero-.

----No, no creas, esto sigue un camino que está claro. Yo lo veo bien marcado. Despreocupate. Eso sí, ahora vamos a tener que ver cómo la sacamos de acá y la metemos en mi auto.

---¿Qué? ---exclamé. ---¡No estarás pensando en hacer la de “Buenos muchachos!”.

Tordelli sonrío. ---- Sí, algo parecido…---dijo---., pero por razones que hoy no vienen al caso. Es preciso que des conmigo el salto. ---, y me miró con una seriedad que me trajo a mi padre. Y eso me quebró, sentí ganas de llorar. Y lloré, fui a la cama y, mientras Tordelli terminaba de acomodar el lugar, me la pasé llorando. Lloré en esa cama redonda en donde una energía escorpiana basada en las múltiples fornicaciones, prácticamente, me levantaba.

Por fin, aunque entonces no era consciente de lo que les voy a contar, mi registro energético se abrió. Volaba, apenas, pero en mis llantos, poco a poco, liberado, de cierta forma, volaba.

martes, 24 de febrero de 2009

La hawaiana bordó pega más

Abrí la puerta y apareció frente a mí Tordelli, inexorable, pletórico, majestuoso, de camisa hawaiana bordó, pantalón blanco y mocasines blancos. Nunca supe si venía de una fiesta de disfraces o qué.

---- ¿Qué anda pasando mister?--- preguntó, parecía inusualmente feliz.

---- Flavia…, se desnucó en el baño ---dije lo más lacónico que pude.

--- Ohlalá! ---dijo Tordelli sin perder ni un poco de su felicidad. ----Veamos…---agregó, y fue conmigo hasta el baño.

Una vez que miró bien el hermoso cadáver, sardónico me preguntó: ---¿Te la llegaste a tumbar?

---No…, se desnucó antes ---dije.

--- ¿Pero antes te rompió bien el ano, no?

Yo me limité a callar.

----Bien--- dijo. Parecía complacido con lo que había pasado.

---Bien, bien… --- repitió con la vista fija en Flavia. --- Una pena ---dijo después.

---Sí… ---me limité a decir.

----A esta lady lo mejor es que la hagamos desaparecer.

---¿Cómo? ---dije yo.

----Después te explico...----dijo mientras, acuclillado, husmeaba la concha de Flavia. No sé qué olía, pero su gestos, su propuesta, todo empezaba a darme pánico. Uno intenso. Supe entonces que con el llamado a Tordelli había elegido caer en las fosas. Y ahí estaba con mi maestro. Yo gladiador, él insondable.

lunes, 23 de febrero de 2009

El servidor

Una vez que le expliqué a Tordelli el estado de situación, me dijo: ---Voy para allá ---, y cortó. Me senté en la cama a esperar. Era el momento de un cigarrillo pero no tenía uno (no fumo). Me quedé pensando en eso: en la gracia que adquirieren las personas que fuman en momentos así. Siempre atractivos, indolentes… Miré el cadáver: Flavia tenía el encanto de antes. Las líneas blancas de su piel, signos de sus tangas, volvieron a enquistarse en mi ánimo. Se me cruzó por la cabeza desquitarme. Merecía superar esa imagen. Conseguir ese cuerpo. Había luchado por tenerlo. Debía hacer lo que tanto me había propuesto. Esas cosas pensaba.

Así que me acerqué a ella, la acomodé lo mejor que pude en el piso del baño y, cuando llegó el momento, noté que iba a tener que hacer un esfuerzo importante para que se me parase. Y eso me desoló. Me dejó frente a lo más crudo: mi histeria. Mi fijación por algo que en esencia no es nada pero que representa todo. A esa sensación la defino como "la histeria". Un lazo que anuda el aire y deja indemne lo más cierto, la figura monstruosa que está a un costado.

De manera que para terciar entre mi histeria y yo resolví hacerme una buena paja y acabar en las preciosas tetas de Flavia. No era una conclusión que tuviese una lógica estricta, pero me complació -me imagino que por liviandada ética que contenía-. Y en eso estaba, o mejor dicho a eso me disponía, cuando alguien tocó la puerta. ---¿Si?, ¿quién es?---pregunté.

---Mr Tordelli. Su servidor, my friend ---agregó.

martes, 17 de febrero de 2009

Tordelli, el regreso

Y desmoronado como estaba recibí el lazo sagrado. Entró en mí el juguete voluptuoso de Flavia. Y cuando entró, empecé a sentir un dolor que, además de gustoso –porque ciertamente era liberador-, tuvo el don de permitirme ver escenas de mi niñez. Escenas plácidas. Partes de mi vida lindantes con los sueños. Recuerdo una: estoy en una esquina de Maldonado con mis amigos Ever y Joselo –dos uruguayos-. Es invierno de un día gris y ventoso. Anochece. Nos sentamos a la salida de la rotiseria de la madre de Joselo –a él lo conozco porque sus padres eran caseros de una casa vecina en Punta del Este-. Sin apuro, pasa un viejo en bicicleta y nos saluda, apenas eso, sólo baja su cabeza. Encuentro esa imagen increíblemente placentera. E incluso en el dolor revivo ese placer, lo tengo otra vez. El dolor en mi culo me lo permite.

Lo extraño es que mientras siento dolor no me quejo. No podría. Flavia también elige el silencio. De esa forma las imágenes se potencian. Llegan a cierta integración.Es cierto lo que dice Tordelli -esa noche lo corroboro-: el culo es el punto sagrado del hombre. Es el núcleo energético por excelencia. De su fuente manan todas las energías que nos constituyen. Y ahí está el centro. El haz de fuerza donde recala nuestra sabiduría. Un punto donde anida nuestra gran serpiente. Sería demasiado largo y tedioso de explicar ahora. Quiero que se limiten a aceptar esa premisa. Nada más; lo único que puedo agregar es que esa noche los padecimientos me llevaron a un estado que está más allá. El flanco de los sueños, una función que no tiene más utilidad que dejarnos ver que nuestras percepciones esconden puntos que se abren. Puntos en los que uno cae.

Y en ellos caí hasta que Flavia sacio no sé qué fragor. Y cuando lo hizo fue al baño y me dijo: ---Está bien. Bien ganado. Ahora te toca a vos…---Sonreí y ella dijo: ---Para que chupes bien el culo, primero me voy a bañar---. Y se desnudó. Y cuando salió de la ducha –pude ver la escena a la perfección desde mi cama-, mientras se secaba con una toalla, resbaló –fue de golpe seco, y todavía no sé bien por qué-. Simplemente se desnucó contra el bidet. Fue un golpe hermoso como el de la mejor botella de champagne. Me quedé quieto, muy conciente de lo que había pasado, y de cierta forma disfrutándolo. Me parecía tan propio de un plan celestial que me gustó saber que yo podía protagonizar una historia bíblica. Después me levanté y corroboré que estaba muerta; le cerré los ojos, me mojé un poco la cara, y me miré al espejo. Después, increíblemente tranquilo fui a llamar a la única persona que podía saber qué hacer y qué decir en este caso: Hugo Ángel Tordelli. Lo conocen.

lunes, 16 de febrero de 2009

Out of time

---Estoy listo--- me limité a decir frente al objeto sideral que Flavia blandía.

Ella sonrío apenas.

Mi afirmación no era cierta. Uno nunca está preparado para enfrentar lo terrible. Uno al miedo lo tiene, lo padece, lo tolera y hasta llegado un punto, después de un importante esfuerzo, puede superarlo. Pero en la previa decir que uno está listo es darse coraje, nada más.

---Boca abajo, papito ---me dijo Flavia ---¡Y con el culo alegre! ¡Vamos!--- agregó. Después me lamió toda la línea y me dio un beso en cada cachete.

Y eso hice, me saqué pantalón y calzoncillo, despacio, realzando que el desafío que debía enfrentar, si lo había elegido, lo había elegido de manera muy inconsciente. De forma esotérica, diría. Pero jamás querida en el plano visible de mis ideas o recuerdos. De hecho no quería esta experiencia, se me ocurrió pensar en ese momento, como en la infancia quise miles de helados. Y casi hago referencia a todo esto; en especial al recuerdo de los helados, de cómo me gustaban. Creo que porque me imaginé que todas esas cosas que me daban placer me ayudarían frente al objeto que debía subyugar –única forma de superar un desafío-.

Y entonces pensé en lo que pensaría un buda o algo así: al terror lo mejor es seducirlo, chancearlo, invertir la dinámica-. Y así esperaba el momento de sentir ese objeto adentro –como lo llamaba frente a Flavia, para restarle entidad, para quitarle importancia-, apelando a los más lindos recuerdos. Pero Flavia se demoraba masajeándome el culo, soplando el objeto. En verdad no estaba claro por qué; pero se demoraba en ese rito. Parecía buscar sólo extravagancias.

--¿No tenés un CD de Enya?---me preguntó

----Sí, creo que en el auto--- respondí.

---- No es mejor no interrumpir el clima hasta ese punto--- me dijo ---Bueno, preparate, inhalá fuerte y exhala despacio. Esto a la larga te va a gustar…--- agregó. Y lo dijo en un susurro que, no obstante mis esfuerzos dialécticos por lograr un buen espíritu, me volvió a asustar. Es que me pareció entrever la voz del diablo; pero no estaba ni siquiera demasiado seguro y, como siempre, esas intuiciones tan vagas, esos sentimientos tan alejados de las certezas, todo eso, todo ese registro incomprensible proveniente de hálitos divinos, me desmoronó.

jueves, 12 de febrero de 2009

El tiro con arco

Bajé del escenario y quise apartar esos recuerdos. Decidí concentrarme en Flavia que, platinada, broncedada y feliz, me esperaba en la barra. ---Estuvo muy bien lo suyo ----me dijo. Los mejicanos también me felicitaron. El único que no apareció fue Copito. ----Se las tomó ---me dijo Flavia----Nuria va a recibir sus encantos.

---¿Y por qué no partimos también? ----pregunté.

---- Bien, dale, vamos---. Y, tomados de la mano, después de saludar a los mejicanos, partimos. Ellos, sonrientes, a modo de saludo, se limitaron a levantar sus vasos y a decirnos: ----Que el diablo los rapte.

--- Esta vez vamos a casa ---dije en la puerta del auto mientras le acariciaba una mejilla. Era extraño: había algo que me parecía un sueño. Una sensación repetida en mis noches: la de acceder a una mujer que me ofrece un amor muy requerido y esperado. Y sentí que con ella podía formar algo y destruir prejuicios. Reformarla. Convertirla en una perra domada. Todas esas ideas ambiguas y compuestas por palabras absurdas pasaban por mi cabeza mientras manejaba y ella me miraba sonriente y en calma. En el auto sonaba mozart; lo que más me gusta, una sonata para piano.

En casa decidí que lo mejor era ir en un tren lento y romántico. Uno a vapor. Atravesemos los Alpes, pensé. Lo primero que sugerí fue tomar un gin tonic. Lo preparé en la cocina mientras con dulzura la besaba. Ella chupó un poco los limones que había en la mesada y después los exprimió arriba de los vasos. Me pareció un gesto cursi que rompió el encanto que había proyectado en su cuerpo. Atacó esa noción de ser alguien capaz de tener gestos acertados. Bien en el centro siempre. Eso es el amor real, pensé: cuando alguien acierta en los gestos. Decidí olvidar ese detalle. Pero una veta de ese estilo transgresor, uno capaz de llevarme al zen en el arte del tiro con arco, resurgió cuando pasamos al cuarto. En un momento, sin decir nada, Flavia se levantó de la cama y fue hasta su cartera.

---Este detalle está pendiente querido amigo--- me dijo con una sonrisa que, para mi gusto, demostró demasiada complaciencia. Y alzó el instrumentó. Era el mismo de la otra vez: algo poderoso en su imagen y en su esencia. Un consolador blanco, inmenso.

martes, 10 de febrero de 2009

Rafaella y el temblor

Pero toda esa confianza recibió la presencia de un súbito nubarrón cuando me acordé de mi otra devoción infantil: Raffaella Carrá. También la imitaba a ultranza. Era un dato que lo tenía olvidado. Pero reapareció. Volvió esa noche mientras la miraba a Flavia que sonreía a lo lejos y volvía a levantar su copa –como reconfirmando que me quería-. Y me acordé de que sólo Elvira era la única que sabía de mi fijación. Una vez me descubrió con un vestido púrpura de mamá en mi cuarto entonando “Fiesta”. Desde entonces siempre me alentaba a cantar a Raffaella. Me pintaba primero y después me veía encantada. No sé qué era lo que la deslumbraba. Pero lo concreto es que gracias a mi devoción llegó al límite de tener una foto enmarcada de Rafaella en su mesita de luz. Eso me parecía el colmo de lo fascinante, pero yo no me atrevía a hacer lo mismo. Me acuerdo que estaba alterado por la ambigüedad del caso: quería ser Rafaella y al mismo tiempo me quería casar con ella. Todo muy extraño para un chico de diez años.

Después, me acordé de cosas más arduas, al menos para mi conciencia de entonces. La manera en que me calzaba, a escondidas, la ropa interior de mi vieja, y feliz, escuchaba a Raffaella. Lo hacía mientras con las bombachas amoldaba mi propia tanga. Sentir el género en el culo me alucinaba. Me imaginaba lo que sentía una mujer al hacer eso y esa identificación, el captar su placer, me proveía mucho a mí. Y después en todo ese racconto que duró segundos, pero que me abstrajo del público que me vitoreaba, de la noche, de mi deseo por Flavia, llegó el recuerdo de mi profesor de gimnasia. Nacho se llamaba. Él ponía a Raffaella Carrá en el ómnibus que nos llevaba al colegio. De hecho, no sé por qué, él también manejaba el colectivo. Todo parecía un sueño, pero estaba despierto. Pude ver sus piernas forradas con su equipo de gimnasia Adidas, el tema 03 03 456 sonando y su gesto: con la mano me llamaba, me acercaba y me sentaba en sus faldas, ya con el ómnibus parado. Después me acariciaba. Y yo temblaba. Temblaba como un perro que tiene ganas de pelear pero no puede. Creo que un perro tiembla porque hay algo que le impide descargar su ira. Un límite que escapa a su comprensión. Un hito que no armoniza con su instinto. Creo que a mí me pasaba lo mismo. No captaba bien qué me estaba pasando. La irrupción del sexo, la llegada de algo que después me encargaría de poner en su lugar. Lo haría por mi propio bien, por la salud de mi familia, de la sociedad.

domingo, 8 de febrero de 2009

Solo y triste bajo el sol

El genio rockero me miró con sorpresa y después, víctima de cierta discordancia, tentado, me respondió: “Okay my lord”. Se volteó y preguntó a la banda: ---La chica del bikini azul, ¿la saben?---. El tecladista arrancó con la tonada y el rocker empezó a tareadear la canción, y yo, furioso, le saqué el micrófono de las manos y entoné: ---- Solo y triste bajo el sol…

Ahora bien, creo que es preciso que haga un alto, quiero explicarles una cuestión. Cuando era chico tenía un ídolo: Elvis. Lo imitaba frente al espejo del living cuando volvía del colegio. Mis ensayos arrancaban después del té y duraban hasta la hora del baño –momento previo a la cena-. No eran menos de dos horas y media de escuchar a Elvis, de cantar con Elvis, de bailar con Elvis. También era tiempo de mirar a Elvis, en los discos, revistas y hasta en los libros que mis abuelos me habían traído de Estados Unidos. Mi predilecto era uno que se llamaba: “Elvis, the king of Graceland”. Las fotos me alucinaban. Mamá para mis diez años me había comprado un micrófono y mi abuela me hizo un traje blanco enterizo de lycra con bordes dorados. Me picaba, pero mi deseo de ser Elvis lo superaba. De hecho, mi fervor casi no tenía límites. Después de haber ensayado frente al espejo, en la ducha seguía entonando. Mis vecinos eran testigos involuntarios de interpretaciones que, según creía, se iban perfeccionando hasta la trasmigración del alma, y nuestra mucama Elvira era el público de mis performances junto a mi madre, abuela y hermanas. Por eso al tono de Elvis lo tengo incorporado. Y también tengo su estampa. Debería ser célebre gracias a tantos méritos. No lo soy porque no me he abocado a demostrarlo. No obstante es algo que me va a acompañar toda mi vida. Un talento. Uno que incluso supera mi manera de tocar el piano –que siempre he sentido insustancia-. Como sea..., es algo que tiene un profundo significado. No sé cuál es, pero capto que es fuerte y que cuando era chico lo fue mucho más.

Hecha la aclaración vale seguir: tomé el micrófono y, fiel a mis antecedentes, comencé a interpretar la chica del bikini azul con el tono de Elvis, y esa impronta al tema lo alzó. Y, por supuesto, la banda se encendió. Lo noté cuando el guitarrista puso su instrumento más denso. Sentí un sonido que cuajaba al tema y de buenas a primeras no tuve dudas: estaba interpretando la canción como fuego, como hay que estar sobre el escenario, porque el cantor debe convertirse en fuego. Uno debería encarnar una canción hasta que su imagen, su voz, su interpretación, hasta que todo sea devorado por las llamas. De eso se trata. Inmolarse por el tema, el público, el show y la escena. Y eso hice. De punta a punta. Y cuando terminé pude ver que la gente tronaba, y Flavia, al final, sonreía acodada en la barra. De pronto alzó su copa. Supe entonces que algo había cambiado. Y sentí confianza, en la vida y en mi caso.

viernes, 6 de febrero de 2009

Amor a la mexicana

Para el momento en que dije eso, una banda liderada por un rockero, muy festejado por los ibéricos, hacía sonar sus delirios sobre el escenario improvisado en la playa. Las chicas abajo bailaban y los chicos se plegaban a la tronada. Mi deber era focalizarme en lo que tenía delante: la troupe de mexicanos. Dos no eran gemelos pero sí idénticos. El tipo de indio que no se diferencia entre sí porque desciende de unos chinos que cruzaron el estrecho de Baring y tocaron Alaska. Después, sin prisa, bajaron. Eso está claro. Metro sesenta a lo sumo, ojos finos, pelo, como dice Copito, cabudo (de carpincho sería otra explicación plausible). Eran categoría gallos. ----Teo y Pico---. Se presentaron señalándose como chimpancés amigables. Los otros dos no eran monigotes como ellos, eran los jefes. Panzas bien armadas, bolas ajustadas. Metro ochenta que los afianzaba y pelo engominado peinado para atrás. Otra vez en palabras de Copito, “peinado lamida de vaca.” Sus patillas eran un punto importante, también sus relojes.

Flavia me puso en autos del encanto de esos dos: ----La familia de Esteban y Juan Francisco (así se llamaban), son los dueños de Televisa----. “Ah, bueno!”, pensé yo, está todo dicho. Pero Esteban y Mario no lo interpretaron así y empezaron a dar precisiones acerca del yacht que uno había traído de Huatulco. A ese periplo le sumaron paparruchadas por el estilo en torno a los autos antiguos y su encanto. Algo era evidente: Flavia estaba hechizada con la palabra Televisa. La repetía a cada instante. Y también preguntaba mucho por Luis Miguel. Luis Miguel esto, Luis Miguel lo otro. Yo en otras circunstancias, un poco lúcido, habría volado de ese fango. Antiguamente tenía la capacidad de desplegar mis alas y elevarme desde un metro cincuenta y más de barro. Sólo necesitaba tener la cabeza libre. Pero las cosas habían cambiado. Estaba en una crisis que tenía ribetes colosales. Moraba en el mundo de las obsesiones. Y mi obsesión en esos minutos, cada segundo, cada fracción, tenía un punto: el culo de Flavia. Me lo había prometido… O más bien: sentía, sentía con mucha urgencia (hablo de un llamado religioso), que precisaba penetrar ese culo. Era un punto clave para mi vida. Con ella había un tema pendiente y debía afrontarlo. La pregunta era cómo. Las cosas no se presentaban fáciles. Tomábamos, nos reíamos, pero ella seguía encandilada con los jefes mexicas. Daba la impresión de que Esteban y Juan Francisco se la terminarían pernando al unísono con sólo volver a decir la frase “Luismi en nuestro yate..”. Rezaba para que no lo hicieran. Si lo hacían, mi deseo no tendría destino. A menos que me adentrase en la esfera de los monigotes –Teo y Pico- para festejar cada frase de Esteban o de Juan Francisco. Para ellos la devoción era algo indistinto.

De pronto, azotado por perspectivas tan agrias, una parte de mí, una que no puedo reconocer dónde vive, ni de qué se alimenta, tuvo una idea que no me atrevo a calificar de brillante pero sí puedo llamar plena: ----Yo te voy a dedicar un tema de Luis Miguel, Flavia; ahora mismo me subo al escenario--- dije sin ninguna ilación. Dejé mi copa y me fui directo a la tarima. Tuve la suerte de que la banda terminaba un tema. Una vez allí, saludé al genio rockero con un fuerte abrazo, como si lo conociera de toda la vida y, jadeando, sin darle tiempo de nada, le dije al oído: ---Necesito cantar la chica del bikini azul. Es para una mina. De vida o muerte ---agregué agarrándolo fuerte por los hombros. Y lo miré a lo ojos. Y me sentí por primera vez un padre.

miércoles, 4 de febrero de 2009

Extratordelli: Querida amiga, ¿te hiciste las tetas?

Vuelvo de la playa abrumado. Y lo peor no es esa sensación tan grande, lo peor es cuando la realidad te persigue y te alimenta: hoy iba por la calle y me encontré con una vieja amiga. Una que no valía mucho pero que desde la última vez que la vi dio “un paso” –y yo ni enterado-. Me puse las gomas, me dijo. Y me lo dijo “divertida”. Lo interesante es que ella no era divertida. Es cierto, ahora tiene motivos para divertirse: se zarpó bien. Cien o ciento diez, calculé a ojo. Un ojo que estaba como loco por otear. En el último tiempo no sé qué pasa, pero es una constante. Las amigas de mi jermu, las primas de mi jermu, y ahora mis propias amigas, todas las ladys, se pusieron gomas. Con algunas el encuentro en la playa fue un asunto difícil, álgido es la palabra. La peor, la más mala, fue una que las lucía un traje de baño blanco que en una goma decía Donna y en la otra Karan. No sé por qué, pero ese nombre, esa marca, me resultó lujuriosa en demasía. Me hacía muy mal mirarla pero al mismo tiempo no podía sacarle los ojos de encima. Llegué a soñar con esa marca más que con las gomas o la chica. Es que no es fácil el papel que me toca. Las veo a estas nuevas teutonas, felices, algunas con sus novios, otras con sus maridos, otras solitas, y me pongo a ensayar todo tipo de interpretaciones. ¿Por qué dieron ese paso tan bien logrado? Y en la búsqueda de respuestas me siento Lacaniano. Eso quiere decir que me confundo. ¿Cuáles son las razones que llevan a una mujer de treinta y pico a ponerse gomas? Mi primera respuesta siempre fue y es: Quieren pija! Pero el problema es que no me conformo con esa simpleza tan digna y empiezo a decir: “… pero también lo que quieren es impresionar a sus amigas. Hay un tema con gomorra en todo esto… Y también está la ecuación histérica…. No hay como caminar y gustar… Y con dos buenas tetas sí, está probado, lo lográs, deben pensar.

Con todo me interesa establecer ciertos rangos en torno a las mujeres con tetas hechas. Primero: me enloquecen las que se las calzan para coronar su éxito. Son geniales. Algunas son profesionales exitosas y otras mujeres de profesionales exitosos. Se saben consagradas y quieren lucir, más que la belleza, su éxito. Están en la gloria. Una gloria supuesta y ostentosa en el principio y en el fin. Lo que está en el medio, el interior, lo importante, bueno, de eso no se sabe –pero se sospecha-. Pero una vez más: lo importante es su actitud. Y su actitud es lo suficiente determinada para que yo, hombre gobernado por las imágenes, me la crea. Las de este rubro no bajan de unas gomas cien o más. Son las reinas.

Después me gustan las que siempre fueron feuchas y que ahora quieren levantar el rating. Y sí así sí, así ganan. Son mujeres que no decían nada y que de pronto, gracias a buenas gomas, empiezan a hablar. Y lo mejor: ahora logran dar de qué que hablar. Las celebro. Eran insípidas, algunas desgarbadas, otras de culos chatos. Muchas incluso con cara de ratas. No importa. A partir de las buenas gomas todo cambia. El mundo las empieza a querer y ellas lo notan. Y agradecidas te sonríen. Soy de la opinión que ahora garchan más y mejor. Sostengo –miren la determinación espantosa que empleo- que a partir de sus nuevas gomas: la chupan mejor, conceden el culo con suficiencia y gracia, e inclusive quieren ahondar en los etcétera. Son cuices exaltados.

Por último están las pendejas: ¿hay algo más adorable que una nena de veintitrés años que se hace las gomas? Considero que no. Los motivos son variados, pero en general puede resumirse el caso como: “… no se sienten realizadas porque les falta eso, lo esencial, los buenos pechos, lo que exigimos porque es una dignidad, una que está cien por ciento certificada”. Eso sí –la felicidad nunca es completa me enseñó mi padre-: son pocas las nenas que superan los noventa. Una lástima.

Con todo creo que la edad me está ablandando y me acerca al metal de una manera insospechada. Las que más admiro son las exitosas profesionales, las que se hacen las gomas porque se saben, se creen, brillantes. Esas las quiero: las espero para mi provecho personal.

lunes, 2 de febrero de 2009

Quién sigue siendo el rey?

Ahora bien, volvamos a la fiesta y dejemos lo inasible para después. La fiesta, la casa, la noche entera, presencia compuesta por el espacio infinito y millones de estrellas –algunas ya muertas- en las que, según creo, nadie pensaba, y mucho menos miraba, esa fiesta tan bien lograda desde todos los aspectos materiales, y sin el más mínimo “daemon”, seguía dentro de los parámetros normales para el tipo de evento que pretendía ser: la gente iba, venía, muchos tomaban, algunos que pretendían ser los más alegres, bailaban y otros, los más apasionados ya estaban sexeando en la playa. Había buenas perras y perritas, dignísimos trolos, hasta buenos surfistas (reconocibles por su pelo a base de reflejos, para mí la estirpe más indeseable), y lo que las revistas catalogan como gente de éxito en general. También había drogas, tragos, pero lo importante para mí se llamaba Flavia. Y Flavia estaba, en el preciso momento en que terminé de hablar con ese Mario tan empresario, abordada por cuatro mejicanos que, con una estampa muy varonil –tan varonil que resultaba arcaica: pantalones ajustados, camisas abiertas, gomina y cadenas-, la cortejaban –término que cuadra a la perfección para lo que acabo de decir-. Me urgía ir a su encuentro. Copito por su parte ya estaba muy de charla con la amiga de Flavia, con Nuria. En eso Copito era más sabio que nadie: él siempre iba al número puesto. Era un rastro de su origen de pobre turco nacido y criado en un pueblo riojano que los millones de dólares one on one, a diferencia de otros turcos de su misma cepa, no habían cambiado. Él era feliz con una chica del montón. Hasta las prefería -tal vez porque le daban cierta seguridad-. Yo, como sea, a ese rasgo no podía más que admirarlo: era lo opuesto a mis ansias. Por eso Copito ya estaba con Nuria, esa chica morocha, flaca y con cara de nada. Encantado la agarraba de la cintura y bailaba. Copito, si ustedes lo pudieran ver se reirían: su pelo es tan blanco que conforma junto con su pancita, su poca estatura y su incipiente barba, “la imagen” de su nombre. Era, lo que llamo, una consagración lacaniana. Tordelli, a los fines energéticos, diferencia a las personas según tres criterios: los que sufren de más –mi caso-, los que sufren lo justo –el punto ideal y por ende el más difícil- y los que sufren de menos. En ese último rubro estaba Copito. No había dudas.

Urgido por la felicidad que demostraba Flavia me acerqué al grupo de mejicanos y, de la manera más decidida que pude, me presenté. Enseguida, mientras le di la mano a Flavia le pregunté: --- ¿No querés que vamos a la playa? Era una jugada de riesgo que podía fracasar exactamente de la manera en la que fracasó: ---No, mejor me quedo… ---contestó y, con una sonrisa adorable para los cuatro mejicanos, agregó: ---estos son divertidos ---. Y los cuatro señores, de pronto, como por arte de la magia más oriental, sonrieron apenas y se me representaron, de manera concluyente, como los hijos dilectos de Emiliano Zapata. Sé muy bien lo que digo: tenían la misma mirada.

---Bueno, quedémonos entonces a ver la diversión ---dije para salir del paso.