jueves, 29 de enero de 2009

Girls on film III, una potencia que nace

La casa, alta, terracota, con paredes de piedras y ventanales, estaba iluminada con velas. Había mantas con motivos hindúes (o algo parecido) en un jardín lleno de palmeras extrapoladas que miraban, en líneas de tres o cuatro, a la playa. Las mantas colgaban de unos mástiles de bambú. Es por eso que andan estos putitos en togas ofreciendo tragos, pensé. El anfitrión, vestido de pantalón y camisa de lino blanco, se presentó como Mario. Me pareció conocerlo de algún lado, pero al principio no detecté bien de dónde. Lo supe al rato. Lo había visto en lo de don Alfredo. ¿Cómo ahora se había convertido en un sofisticado empresario con chica tan fantástica a su lado? Eso no sabría decirlo. Pero de ganster había mutado. Ahora, por un artilugio infrecuente (hablo de su capacidad de representación), me hubiese despistado. Lo confieso: no podría haber captado su origen. Parecía un hombre formado en un colegio inglés y habituado a ir al campo de papá o de mamá. Creo que su don más preciado era el teatral. Era evidente que podía representar cualquier papel que se propusiese hasta lograr “consumarlo.” Era todo un empresario. Pero con él no me detuve a charlar. No quería perder de vista a mis nuevas amigas. Ni bien entramos, se habían ido a buscar tragos y ahora estaban acodadas en una barra improvisada casi en la playa. Por su perfil temía que se independizaran.

No obstante la potencia de la anécdota prefiero hacer un alto. Es tiempo de contarles quién era el amigo que me acompañaba en esa fiesta a la que entramos –muy de la mano- con Flavia y su amiguita Nuria. Mi amigo es riojano y se llama “Copito de nieve”. Le dicen así porque, desde que pasó los treinta, tiene el pelo blanco. Copito (así se abrevia su nombre) estuvo a cargo de un organismo de control al cual supo regular con destreza para su provecho y el de sus líderes. En esos tiempos lo conocí y enseguida nació una amistad. En Copito encontré el optimismo instintivo y la confianza irreflexiva que a mí me falta. Es un ejemplo útil para entender el concepto de complementariedad que, de manera habitual, cita Tordelli. Complementariedad no sólo significa que algo se perfecciona con su opuesto, también implica entender que todas las cualidades funcionan en íntima relación con su opuesto. Por eso Tordelli descarta la moral convencional con tanto énfasis. ¿Cómo podemos creer que existen cosas que están del lado del “bien” y que funcionan con independencia del “mal”? ---se pregunta--- ¿Tiene sentido separar el bien y el mal en compartimentos estancos? ¿Para qué? ¿O más bien eso sólo sirve para crear un sistema expeditivo de dominación fundado en premisas férreas e indiscutibles?
El poder pide corderos y los hombres se someten a sus designios sólo para no ejercer su libertad. ¿Eso es así? Son preguntas capitales en Tordelli. Preguntas que por primera vez me hicieron “pensar”. Me volvieron lo que Tordelli pide: un crítico. Alguien capaz de cuestionar lo que le ofrecen. Alguien capaz de buscar los propios valores, con dudas, en soledad, en un acto creativo fundamental que debe asumir toda persona: su propia elucubración más allá de los términos, el conocimiento superior a los sentidos lingüísticos. Lo que nunca vamos a poder decir porque es inexpresable: el conocimiento que algún día veremos. Y que callaremos porque se tratará de una experiencia imposible de compartir. Será algo íntimo. La construcción de nuestros propios valores y de nuestros límites. Nuestra individualidad. Una que después debemos consagrar al todo a partir de una certeza: somos una potencia. Una potencia que nace en nuestro culo. ¿Voy muy rápido? Entiendo que no. ¿Se comprende bien lo que digo? Espero que sí.

viernes, 23 de enero de 2009

Girls on film II, Pierluigi

Creo oportuno detenerme un poco a describirles la flora y fauna de la fiesta. Es cierto que en este tipo de relatos una mirada exhaustiva me llevaría un tiempo considerable. Debería pulir mi lente hasta el hartazgo –como hago con los relatos de mi pretendida “literatura”, unos que, como ya les conté, sigo y sigo retocando-. Sin embargo un paneo bastará. La fiesta estaba plagada de gente que pretendía –y yo diría que lo lograba- encarnar la escena de la costa sur más tilinga de nuestro planeta. Todo esto en los parámetros de cualquier revista de moda. Había modelitos y modelos, largas, flacas y apáticas. Rockers que se vanagloriaban por las muestras de afecto que recibíany viejitas escotadas con las ganas y los recursos necesarios para resultar insinuantes –rubro que es mi debilidad-. Y había otras que se esforzaban con seguir una senda que las ubica, según la impresión de algunos, en el rubro de la elegancia. Mujeres finesse, les digo, y había también empresarios tostados e hipersonrientes, y putos, en toga que serviciales les alcanzaban tragos a putos más armados, los de la troupe gay dominante. Y como figuras exóticas (que no deben faltar en estos casos), había un ex tenista negro que se empecinaba en cantar reggae con la gracia de un desalojo. Un italiano en calzas negras y una camiseta azzura y, como me enteré gracias a una oportuna presentación, poseedor de un nombre que me encanta: Pierluigi y, como si fuera poco, dotado de un apellido que eleva ese nombre hasta el firmamento: Allattesta. Pierluigi Allattesta. Con ese nombre su vida no podía andar mejor. Llamaba la atención también un viejo tejano que se empecinaba en hacer lo que muchos americanos hacen: “hacerse el simpático” porque entienden que eso es pasar por educado.
Por último, había media docena de mejicanos, todos engominados, que tomaban tequila y festejaban cada fondo blanco. Ah! Y me olvidaba: asistido por un ser normal, también estaba el hombre más chico del mundo.

jueves, 22 de enero de 2009

Girls on film

Llamé a mamá entonces. Pero mamá no tenía el don de antes. Ahora, por un designio solo explicable por muchas hipótesis que no vienen al caso, el vector de todas mis calmas había mutado: Carola había pasado a ser la piedra filosofal de mi serenidad. Pero mi amada no respondió a mis llamados. Su elegante madre, la conocida señora Teresa de …, me lo dijo de una manera tan lacónica que se me pasó por la cabeza putearla: “Mi hija no está para atenderte”. La realidad es que no tuve alternativas. La mejor para evitar que mi tristeza llegase a la faz maníaca depresiva era salir. Y eso hice. Llamé a un amigo de los tiempos de Carlos I y salimos en su coupé plateada en busca de nuestra consumada superficialidad. Y en ese tren íbamos, a veinte, por la Barra, mirando chicas, oteando los boliches, sabedores de que en lo que andábamos, un Porche Carrera todavía sin patentar, humillábamos. Y en esa gloria que para mí no dejaba de ser agria, la vimos: Flavia estaba parada –a mí me dio toda la impresión que yirando- en un punto llamativo para quienes transitábamos, y con todas las facilidades para ser vista que tiene quien desentona en medio de personas de un género determinado. Flavia era mucho más que el resto, de eso se trataba todo. Tenía un vestido celeste intenso, ajustado, buenas plataformas para afirmar su rol, el pelo planchado y una boca tan grande y de un rojo tan intenso que contaba chupadas cerrada. Nos acercamos, le pregunté por Tordelli y, en el momento que lo hice, caí en la cuenta: ella no era la mujer de Tordelli. Sin dudas se trataba de un gato que mi Maestro había contratado al efecto. ¡Qué idiota soy!, me dije con cierta razón. A partir de entonces una sola cosa tomó mi cabeza: “Tengo que terminar de garcharme a esta gata”. Esa pasó a ser mi nueva urgencia. Una manía que me pedía a gritos: “¡A garchar! ¡A garcharla con saña!”; pero ¿para qué? En resumen, sólo para redimir una afrenta que no estaba demasiado clara. El problema es que si bien Flavia se subió a nuestro auto con su amiga –que dijo llamarse Nuria, una morocha, como me gusta llamar, “del promedio” -, no demostraba signos de estar dispuesta a acceder a mis insinuaciones. Pero al menos dijo que sí cuando le pregunté si nos acompañaba con su amiga a una fiesta. Sin embargo, la pregunta más importante; la que rondaba mi mente era inconfesable: ¿Esta loca en verdad está ofendida porque no accedí a ponerme su consolador? Eso no puede ser, me repetía. Pero entonces ¿por qué tiene una actitud tan distante? Con todo, me dije, la fiesta puede ser capaz de cambiar el ritmo de sus apenas simpáticas respuestas. ¿Y por qué supuse eso? Porque la fiesta tenía la potencia de impactar a muchas ladys de la noche y, por sobre todo, a todo gato que se precie. Se focalizaba en una casa frente a la playa de indudable importancia, había gente que se creía participe de un evento tan exclusivo como desmedido, había drogas, tragos y todos y todas, aparecían en un punto de ebullición tan absurdo que motivaban a los más pavos a gritar, mientras saltaban con la música, el término que no puedo escuchar en ningún lado pero menos en una fiesta: Guauuuuu!

Girls on film

Llamé a mamá pero mamá no tenía el don de antes. La fuente de todas mis calmas había mutado: ya no era mamá la causa de mi serenidad, ahora era Carola. Pero Carola no respondió a mis llamados. Cuando llamé, su madre, lacónica, dijo: “Mi hija no está para atenderte”, y como no tuve alternativas: para que mi tristeza llegase a la faz maníaca depresiva, llamé a un amigo de los tiempos de Carlos I y salimos. Y en ese tren íbamos, a veinte, por la Barra, mirando chicas, oteando los boliches, sabedores de que en el auto que andábamos, humillábamos, cuando la vimos: Flavia estaba parada –a mí me dio toda la impresión que yirando- en un punto evidente para quienes transitábamos, y con todas las facilidades para ser vista que tiene quien desentona en un lugar. Tenía un vestido celeste intenso ajustado, plataformas que afirmaban su rol, pelo planchado y una boca tan grande y pintada de un rojo tan intenso que, como dice un amigo, contaba chupadas cerrada. Nos acercamos y le pregunté por Tordelli. Pero en el mismo momento entendí que ella no era la mujer de Tordelli. Era un gato que él había contratado al efecto. Y a partir de entonces una sola cosa se me apareció: “Tengo que terminar de garcharme a esta guaranga”. Esa pasó a ser mi nueva urgencia. De manera que una manía me pedía a gritos: “¡A garchar! ¡A garcharla con saña!”. ¿Y para qué? Para redimir una afrenta poco clara.

Pero Flavia si bien se subió a nuestro auto con su amiga –una morocha que dijo llamarse Nuria y me gusta llamar “del promedio” -, no demostró signos de estar dispuesta a acceder a mis insinuaciones. Pero al menos dijo sí cuando le pregunté si nos acompañaba con su amiga a una fiesta.


Por ese entonce la pregunta que me hacía era: ¿Esta loca en verdad está ofendida porque no accedí a ponerme su consolador? No, no puede ser, me repetía. Pero entonces ¿por qué tiene una actitud tan distante? Con todo, me dije, la fiesta puede ser capaz de cambiar el ritmo de sus apenas simpáticas respuestas. ¿Y por qué supuse eso? Porque la fiesta tenía la potencia de impactar a muchas ladys de la noche y, por sobre todo, a todo gato que se precie, dado que se focalizaba en una casa frente a la playa de indudable importancia donde había gente que se creía participe de un evento tan exclusivo como desmedido: drogas, tragos y todos y todas en un punto de ebullición tan absurdo que motivaba a los más pavos gritar, mientras saltaban con la música, el término que no puedo escuchar en ningún lado, y menos en una fiesta: Guauuuuu!

miércoles, 21 de enero de 2009

Racconto Tordelli

Hagamos entonces un racconto –arbitrario y por ende criminal- de esta historia. A Tordelli lo conocí en el Ministerio mientras cumplía tareas de “orden financiero” para la cúpula, -tareas que aprendí en tiempo de Carlos I y continúe brindando a los que siguieron según una máxima acomodaticia que sale muy bien: “Servir al poder es no mirar a quién”-. Contra mis presunciones iniciales, Tordelli no sólo resultó ser un burócrata capaz de aliarse al gremio para cocinar su propio estofado, sino que también resultó un mago, e inclusive el Maestro que tanto busqué en mis horas desesperadas. Pero mi Maestro, también contra mis pronósticos, no tardó en demostrarme que me tenía reservadas las pruebas más inverosímiles. Las que le exige cualquier fábula. Y también pronto sentí que estaba lejos del término nobleza, y muy cerca de todas las formas imaginables de cobardía. Las pruebas de Tordelli por lo tanto me resultaron demasiado exigentes. O más bien exorbitantes. Si no, diganme si me equivoco: tuve que probar la homosexualidad para integrar mi lado femenino y masculino. Debí entregarle a mi mujer y, en el colmo de lo insospechado, terminé golpeando al propio Tordelli y, para peor, temiendo sus eventuales represalias. Y en esos temores andaba cuando Carola apareció esa mañana para que: 1. le echase un polvo astral y decidiese desaparecer sin explicaciones, solo para dejarme como estaba muy poco antes: incapaz de pensar en otro cosa que no fueran mis temores; incapaz de imaginarme mi vida sin ella, y con una sensación tan patética como insoportable: con muchas ganas de llamar a mi mamá. Si no, ¿quién podría ayudarme?

martes, 20 de enero de 2009

El maestro habla una vez

Ayer una tormenta llegó a estas playas y barrió mi placidez. Más tarde, en sueños se presentó Tordelli –quién sabe proveniente de dónde- y, con esa mirada llena de vida y de amenaza, vestido como un sacerdote del antiguo Egipto, me conminó a que saliera de mi letargo. “Para vos, en este momento, es bueno el hacer” me dijo. Yo le contesté que después de tanto tiempo había encontrado algo de paz y que, por supuesto, la quería disfrutar. Me la merezco, acoté. “Es que ¡ah! –lloré de forma sensacional - ¡Por Dios! ¡Mi tarea a veces me resulta titánica! ¡Relatar una epopeya y a la vez sostener todas las cosas que me encargaste que sostenga! No es fácil, nada”. Él sólo se limitó a hacer una reverencia oriental –diría que del tipo nipona- y se esfumó como un verdadero mago que es.” Entonces recordé lo que dice el libro de la sabiduría china: “El maestro habla una vez”.

Hoy, 19 de Enero de 2009, están por cumplirse dos años –el 24 será la fecha exacta- del día que Carola desapareció en un velero de bandera francesa mientras navegaba con un corso llamado August Reynal. La tragedia fue cerca de Saint Barth, en el mar Caribe. A veces soy muy infeliz porque la extraño. Otras disfruto la tarea que Tordelli me ha encomendado. Pero no es fácil, ya lo dije. Mi vida nunca lo fue. De todas maneras, no quiero desarmar la cronología de mi relato. Prefiero dejar la descripción de Carola y volver a donde estábamos, al verano del 2001. Un tiempo propicio para recibir las energías que estaban aún por llegar. Las de mi tipo predilecto –aunque las padezca- las plutonianas a ultranza, las escorpianas: el máximo dolor y poder de transformación. El arte de todo brujo capaz de curarnos. Mucho más cuando integra la energía más revolucionaria –urano- y le suma la estructura capricorniana. Todo eso y más era lo que Tordelli me iba a enseñar.

domingo, 18 de enero de 2009

Tangas y música hindú

El descubrimiento del diario en su momento –unos diez años atrás-, me conmovió bastante. ¿El motivo? Carola me había dicho que antes de estar conmigo no había estado con nadie. Es cierto siempre había descreído de eso, pero la mentira me afectó mucho, y fue una época patética (y si el patetismo sirve para crecer espero que haya hecho lo suyo, pero sinceramente lo dudo).

Como sea, creo que es mejor aprovechar estos días de una calma improbable. O al menos inusual. Estoy muy cerca del lugar donde pasamos tantos veranos, en “La Leonesse”. Veo la casa desde aquí, la playa, y sí, es verano, el sol brilla y el mar es una imagen serena; algunas gaviotas, las que pretenden según mi conciencia vincularse a un ámbito poético, pasan como lo han hecho siempre: al final de la tarde; en bandadas de dos o tres. Ellas no saben el significado que les otorgo. Sólo vuelan quién sabe a dónde… ¡Qué horribles que son las frases que tienen que ver con gaviotas! No lejos de mi silla, mi cuerpo y mi notebook, algunos chicos juegan. Se divierten en la orilla; yo me fijo en las madres que los cuidan. Dos están buenas. Será por eso que todavía se arriesgan a una buena tanga. Lo mismo hace una famosa que tengo al lado de mi importante sombrilla, una blanca que dice, (no sé por qué), Stockholm, Sweeden. Escucho, como en las últimas tardes, música hindú. Después de días y días de viento, este reino está en calma. Y yo también me siento quieto. Tengo, y lo agradezco, menos “mentalidad”. Creo que hasta podría dormir acá: una pausa marítima… Será como en los viejos tiempos... Aprovecharé para corregir este relato –hay mucho-, y para continuar con las dos novelas que reconstruyo desde hace años. Es como una pasión comparable a los crucigramas. Por ahora, no quisiera agregar más a esta saga, ustedes sabrán entender. Un impasse.

jueves, 15 de enero de 2009

Bonzo goes to pittsburgh

Creo que ahora es útil que les transcriba algunas partes del diario de Carola. Lo encontré una tarde en un cajón de la casa de su madre y pude escondérmelo en mi campera. Lo siguiente fue fotocopiarlo para leerlo tranquilo. El diario fue escrito a sus diecisiete años. Copio, previo hacerle unos retoques a la sintaxis, partes que me parecen interesantes. Empiezo por las sexuales; me encantan:

“Chupársela a D me gustó por varios motivos: uno, contra lo que pensaba, porque está bueno sentir una pija en la boca. Te vas calentando y al final, sí, estás caliente. Estar caliente era algo que no creí que me fuera a pasar (tenía miedo al respecto). Por eso sentirme caliente es algo que estuvo súper bien. Y después está el otro tema a favor: a D, mientras se la chupaba, no le tenía que ver la cara. La chupada era un tema entre su pija y yo. El momento en sí era algo ajeno a ese flaco que podía no gustarme demasiado pero me permitía calentarme: el saber que estaba haciendo algo como chupársela superaba lo común, los besos, su boca, esas cosas románticas…”

Después de varias chupadas a D.,una noche de enero, en su auto, me sacó la bombacha, se calzó un forro y entró a darme como loco. O como un perro; su pija me hizo sentir dolor en algo tan sensible como mi concha. En fin, me dolió debutar con D. porque no me gustaba tanto como hubiese querido y porque que te entren así como así, no da placer.

Es mejor cuando me hacen la paja con el dedo más que cuando te meten la pija y te tratan de dar todo lo que pueden –que es lo que hizo D.-. No está bueno porque lo que sentís es un dolor claro y preciso que te sube por la columna –es como si te estuvieran pegando en un punto interno- y, la verdad, lo único que pasa es que te quedás a la espera del placer pero el placer no llega… ¿Por qué terminé debutando con D? Bueno, creo que porque, además de ser mi novio tantos meses, después de haber disfrutado ´el chupársela´, esperaba más... Qué se yo, no me imagino cómo sigue esto...”

martes, 13 de enero de 2009

Una mujer "le chuparía la concha"

Creo que es mejor que les cuente un poco de Carola. Una premisa que no es sencilla porque mis percepciones cambiaron con los años de manera exorbitante. Cuando la conocí, creo que dije: “¡Qué linda yegua!”, y no mucho más. En ese entonces ni siquiera pensaba demasiado. Mi gran bondad –de patas cortas pero, a los efectos de vivir, de buena tirada- era que no pensaba, actuaba. Vivía sólo en una dimensión masculina y esa dimensión fue la que, como primera fase de su enseñanza, Tordelli, como Maestro, quebró.

Tal como vieron, para compensar mis energías, y como un verdadero desafío existencial, hizo surgir mi lado femenino. Pero el caso es que mi lado femenino – que dicho de paso- era tan salvaje y frondoso, me llevó a la putez –ámbito de hermosura “par excellence”-. Y sin embargo, nada de eso se me pasaba por la cabeza cuando conocí a Carola. En ese entonces fue su imagen cardinal (y todas las promesas que englobaba) la que me compró. Me sentí feliz cuando ella también compró mi imagen. En una dimensión estética aplaudí su manera de creerme conveniente. Creo que éramos dos para un mismo éxito y, desde el primer momento soñé que era una mujer para un buen asentamiento. Lo que no impidió que también desde el inicio tuviera ciertas sospechas –que se confirmaron con el tiempo-, de que Carola era una mujer con la fuerza y la voluntad como para corromperse al punto de poder madurar y ser una voluntad ajena al orden. Cuando me di cuenta de eso, mi amor se exaltó. Creo que eso fue en verdad lo que se dice la historia.

Y la historia es buena contarla porque siempre es remontarse a los comienzos del amor. Nos conocimos en una fiesta en Punta del Este. Me acuerdo patente la primera vez que la vi. Ella había dejado su auto en una calle empinada y, desde la altura, caminaba hacia la entrada con un vestido de gasa turquesa y de una manera indudable disfrutaba lo que era y lo que generaba: el entorno de manera insondable a veces y, en general evidente, la miraba. Todo lo que protagonizaba, cada paso que daba, confirmaba un artificio que era genial (era la altura más intocable del deseo). Era, y lo sabía, el tipo de mujer que uno mira y piensa: “A esta sí le chuparía la concha de mañana y de tarde con ganas. Le lamería el orto sin fin…” Carola, desde su más tierna adolescencia, sabía que tenía el don de generar una atracción que superaba la dimensión sexual y, esa potencia, le proveía las cosas más requeridas en “esta” vida: amistades, bienes, éxito. Tenía una potencia inusitada porque encarnaba la época.

lunes, 12 de enero de 2009

Una buena imagen te barre mil palabras

Además de esas preguntas en torno a mi seguridad estaba el otro tema, algo que también era opresivo para mi queridísimo y delicado corazón: ese otro tema era Carola. Ahora sentía –tardíamente-, lo que le imprimía una marcada veta romántica a mi sentimiento-, que necesitaba a Carola, que la amaba. Era cierto –cosa que no tenía importancia- que era un amor inconveniente. ¿Y por qué inconveniente? Porque a Carola no la quería como siempre había soñado querer a una mujer. Es decir como un hecho positivo y fundado en premisas lógicas; basado “en acciones tiernas”. No tenía con ella un proyecto en común, ni siquiera una idea de que ella fuera alguien admirable (condición indispensable del buen amor). A Carola la amaba por motivos lúgubres y tibios, incluso irónicos –era muy conciente de eso-, pero no podía evitarlo. Los motivos de mi amor por Carola son difíciles de poner en palabras y por eso mi amor rozaba lo sentimental-.

Y sin embargo, puedo expresar mis motivos con dos palabras: codicia y vanidad. ¡Qué hermoso decirlo! A Carola la quería en primer lugar porque era un objeto divino que tenía un mirar tonto y, además, porque esa idiotez que trasuntaba era (y es) el summum en la escala social de nuestra snobista república. O mejor dicho: era el summum de la escala social en mi snobista mente –cosa que además tenía el don de realzar mi propia idiotez (¡y vaya si eso es mucho!)-.

Así está mejor dicho. Carola era un éxito y, de alguna forma, ahora que había resuelto coger con Tordelli, me resultaba inusual y atractiva. ¡Aleluya!, me dije. Por fin lo entendía. Sólo una mujer con el grado de inconsciencia que Carola tenía en torno a las cosas más sagradas de la existencia podía convertirse en el objeto de mi deseo: si mi pasión en el último tiempo era convertirme en un existencialista –reencarnación falopa del propio Kierkegaard- por fin veía claro que, de manera cabal y absurda, la liviandad de Carola sólo podría exaltar mi ego. Cada minuto con ella realzaba mi particularidad. Además, estaba otra cuestión que no dejaba de excitarme. No hay nada mejor que una perra encubierta en una imagen exquisita. No, no lo hay. Si ustedes fueran capaces de verla sabrían de lo que estoy hablando. Es una pena que no sea posible colgar una foto de ella en este relato. Carola en cuatro con Tordelli -o chupando una pija black-, ésa sería la imagen superior a mil palabras.

domingo, 11 de enero de 2009

Garchar hasta pedir la cuenta

Dicho lo anterior volvamos a la escena de esa mañana con Carola. Una vez que advertí esa cruz de hierro no lejos del cuello de mi mujer, los pensamientos que tan bien me colmaban variaron y, para mi desgracia, se perdieron los buenos, que eran más o menos así: “¿Convendrá intentar un poco por el culo y acabarle dentro? Puede ser…, sería una forma de terminar este polvo fenomenal. ¿O más bien me concentro en disfrutar esta concha hiperenchastrada y trato de que esta mina goce un poco más? ¿Debería entonces bajar un poco al subsuelo? No, me da paja… Lo que no me quiero perder, y por eso empiezo ya, son los pezones. Quisiera chuparlos. Esta vez la cosa va bien: volvimos a calentarnos. No es necesario que Carola me chupe el orto ni nada de esas cosas que están buenas pero mejor si es así, como hoy, hot, enloquecido, taladrar con buen ritmo, muy bueno, sí, lo es, … pero ¿y esa cruz? ¿De dónde la sacó? ¿Es una cruz de hierro?”

Después de advertir esa cruz increíble no pude disfrutar la sensación más digna que puedo adquirir en la cama: la de creerme protagonista de una película porno, al menos de una casera y aunque yo no sea un grone americano. Con todo ante la cruz no sufrí una zozobra absoluta. Digamos que pude acabar con ganas, con cierto dominio. Fue algo inusual si me atengo a lo que mi ser percibía cuando algo escapaba a lo que denominaba un tema bien controlado. En esencia, fue una suerte no imaginarme que esa cruz tan pequeña tenía enormes y magníficas implicancias que a la vez rozaban lo siniestro. Mundos negros. Así que una vez que acabé la miré a Carola con fingida ternura, le acomodé el pelo y le pregunté: ---¿Y esa cruz?---. Y ella, como eyectada por una fuerza sobrenatural, se paró, comenzó a vestirse y se limitó a decir: ---Es un regalo---. Y así supe lo que presentía: que esa cruz era un obsequio de Tordelli. Mi mujer entonces, para rematar lo insospechado de la escena, agregó: ---Va a ser mejor que por un tiempo no me llames--- y se fue –creería yo que indignada-. Así que volví otra vez a las tinieblas y a las preguntas sin respuestas: “Por qué Tordelli le regaló esa cruz a Carola? ¿Qué significa eso? ¿Es un mensaje para mí? ¿Habla de una posible venganza soberana y siniestra? Creería que sí, pero ¿cuál exactamente?”

viernes, 9 de enero de 2009

Karma Kamaleon

A esta altura del relato, y antes de volver a la escena con Carola, debo hacer un alto y permitirme una digresión. Lo hago por muchos motivos: el principal es que ya no aguanto más; me carcome la ansiedad por adentrarme en el fragor del mundo Tordelliano –el que más me atrae-, hablo de las aristas esotéricas. Tordelli sostiene, entre otras muchas otras cosas que dice, y que se irán enterando a su debido tiempo, que nuestro país está emparentado con un mundo frustrado y no imposible que pretende hacer base aquí: el del Tercer Reich. Algunos de nuestros dirigentes son espíritus reencarnados de la cúpula nazi. Así de claro. Por supuesto que no es sencillo decirlo y me ha llevado años comenzar este relato, pero creo que el tiempo llegó y es mejor hacerlo. Es una manera de conjurar algunas cosas. Pero empecemos por cierto principio: la dimensión nazi hoy la vemos como la consumación del mal. La identificamos con lo más tétrico que uno podía suponer para nosotros como conjunto, la humanidad. Pero por supuesto que si el III Reich hubiera triunfado esos parámetros serían muy distintos. Creo que por eso es mejor prevenirlos: en el mundo Tordelliano no se usan los conceptos bien y mal así como así, de manera burda. En la dimensión Tordelli hay muchas impresiones que cambian a un punto extremo. Tanto que notamos que el propio lenguaje no sirve. Es que los conceptos con todas sus implicancias culturales ensucian las cosas. Y ellas, las cosas, las personas, las situaciones, admiten -requieren diría mejor- la ambigüedad, la contradicción. Es por eso que Tordelli adora los lenguajes simbólicos: la astrología y el tarot son su preferencia, o al menos son los que mejor domina. Le encantan los símbolos porque le permiten definir algo y a la vez le brindan el don de lo equívoco, mantienen un filo ambiguo que los enriquece y los complementa, y así les da un contenido sistémico. Y eso, dice Tordelli con jsticia, refleja mejor la condición humana. La nuestra, que somos, para qué dudarlo, un conjunto de boludos de cierta complejidad. Ya verán.

jueves, 8 de enero de 2009

Un flan, la malteada, pero antes la cruz

Abrí rápido, y gracias a la ansiedad, sin pensar en nada: detrás de la puerta era Carola. Y fue Carola quien me besó y abrazó como uno espera que lo haga quien es víctima de una dignísima calentura. “¡Y Carola lo es!” Pensé feliz. Y con acciones tan sanguíneas y extremas como las que ella me demostraba le respondí. Para eso corrí casi en un mismo acto su pollera y su bombachita e, impaciente, la penetré arriba de la mesa. Y lo hice con ganas. En esencia, porque no me gustaba eso de sentir, presumir, o lo que sea, que a esa mujer no la iba a poder penetrar nunca más. Y así llegué al hecho puntual: su concha era un flan. No recordaba haber captado esa sensación de tener mi pija tan bien untada. ¡Qué bueno!, la tenía adentro de algo que sólo podía ser el flan más inconsistente y preciso, en cuanto a sus límites, que yo haya fornicado en mi vida. Era una dulzura. Le miré esa cara que implicaba un hecho de por sí infrecuente: su armonía, su impacto. Su imagen superaba cualquier medida que no sea la belleza. Y esa cara tan inmaculada, sí, gozaba. Era una realidad. Y mientras más la penetraba y le chupaba esos pezones tan bien timbrados, mientras mi cabeza exaltaba cada parte de su cuerpo y una mano mía buscaba el ojo de su culo para darle una trascendencia magnífica al acto, mientras todo eso iba hacia un destino final que sólo podía vislumbrar como una tremenda malteada en su preciosa boca: descubrí que Carola tenía, en su cuello, y en una cadena de oro blanco, una cruz de hierro. La miré de nuevo y así era –no podía ser otra cosa-: la clásica cruz de hierro germana. ¿De dónde la habría sacado? “¿De qué estamos hablando?”. Todas esas cosas se me ocurrió preguntarme. Lo siguiente fue una convicción: “Esa cruz es algo grosso”. Y no era para menos; pero la importancia de todo lo que estaba vislumbrando por entonces anidaba muy lejos de los límites de mi imaginación.

El valor del término "pibe"

¿Qué acciones podría adoptar Tordelli en mi contra? Esa era la única cuestión que me taladraba el cerebro mientras, muy abrazado al objeto fundamental de mi pregunta, lloraba. Pero los segundos seguían su conteo y él no emitía palabra y esa indefinición sólo me carcomía la cabeza. Y cada vez temblaba más. Hasta que por fin, después de unos segundos que fueron eternos, Tordelli me apartó con su tan justos brazos y, mirándome con una seriedad que no mostraba ira ni nada en particular, dijo: ---Andá…, en todo caso andá…----. Por un instante pensé que iba a agregar la palabra pibe –palabra que de manera muy puntual me hubiese obligado a pensar en un acto tan fatídico como el suicidio-, pero, a Dios gracias, no agregó ese lapidario término ni ningún otro. Sólo cerró los ojos –como para reconfirmar que debía partir-, y eso fue lo que hice: partí. Ni más ni menos: seguí camino rascándome la cabeza, respirando hondo y, por momentos, como parte de un teatro esmerado, bufando, golpeando a mi paso las cosas que tenía a mi alcance; primero un tacho de basura, después un cartel y, tras cada golpe, dije (conciso y claro): ---¡Qué cagada!, ¡qué cagada!--- como si mi deber fuera culminar la escena como la empecé: con el mayor patetismo posible.

Esa noche dormí mal. Presentía –y me hacía eco a cada instante de esa presunción-, que en cualquier momento iba a ser víctima de un ataque de pánico. Además, estaba la cuestión primordial: la represalia Tordelli. La primera decisión que adopté fue dormir con un arma –sabía que era absurda la tarea pero siempre me ha comprado lo absurdo (si tiene un tinte dramático y en este caso lo tenía)-. Segundo: empecé a calibrar por dónde y cómo podía llegar el castigo Tordelli. Esa será, me dije, mi denodada tarea en lo sucesivo. Y, a la mañana siguiente, sentado con un té de vainilla en eso estaba cuando alguien golpeó la puerta.

lunes, 5 de enero de 2009

Morrissey, Morrissey

Así continúe los días siguientes: caminaba por la playa escuchando a Morrissey y regodeándome de mi condición de ser sensible y delicado. Me creía una flor. A la mañana, cuando aún no había gente en la playa, la visión del azul, calmo en el horizonte y brioso en la costa, me exaltaba. Era la confirmación de un estado ambiguo y rico. Todo lo que tuviera que ver con la gente me preocupaba: había descubierto que a mi mundo había que protegerlo. Debía por lo tanto disfrutarlo en soledad. Pero la vida no está hecha de esa fantasía y muy pronto los acontecimientos se encargaron de hacérmelo ver.
La primera notificación la tuve un día que fui a pie a hacer unas compras al supermercado –ya casi no usaba el auto-, y mientras cruzaba una esquina un gordo de unos 20 años arrolló una pobre anciana. Para eso se valió de su BM negro muerte. Fue una señal, pero no quise verla. La violencia rondaba mi cuerpo para hacerle saber que nada corre sin su complemento, y que lo mejor es tomarse de la mano.

Al día siguiente del evento de la anciana decidí emprender una caminata hasta la península. El día tenía condiciones prometedoras: cielo despejado, viento tenue y fresco, un mar animoso y límpido y, gracias a una buena presión atmosférica, una sensación corporal que era cercana a lo que como toda persona atenta a su sentir diario califica de espléndida. Así que, feliz, caminé hasta el Virazón –el restaurante en el que nos habíamos encontrado con Tordelli la noche D-, y una vez ubicado en una mesa, la más bonita, aislada y próxima al agua, me dispuse a disfrutar de mi nueva capacidad para captar lo que, como no podía definir, llamaba de manera consumada y patética “matices existenciales”. Pero enseguida tuve la segunda notificación: Tordelli arribó con mi mujer en otro BM negro reluciente y carbonífero y, como ese hit no lo pude tolerar, fue mi muy perfecta sensibilidad la que mutó hacia un estado colérico tan agudo como su opuesto. El proceso fue más o menos así: me levanté como eyectado de la mesa y corrí hacia Tordelli y sólo mediando la frase: “Qué flor de hijo de puta que sos”, le propiné dos golpes fundamentales que, una vez aplicados, hicieron que mi Maestro tan venerado debiera evaluar, tranquilos, si su mandíbula en verdad estaba dañada, y a Carola la motivaron a correr despavorida, pero sin levantar mucho las piernas (tenía ojotas puestas), calle arriba.

Una vez que lo vi a Tordelli tan calmo ante mi agresión sentí un arrepentimiento inconmensurable. Y ese arrepentimiento me hizo adoptar dos acciones: uno, abrazarlo con fuerza mientras, gracias a la gran proximidad con su cuerpo, calibraba si tenía un miembro despampanante. Dos, llorar de manera desconsolada en su hombro. Ahora bien, ¿a qué se debió esta reacción? Como toda medida humana las razones son varias, pero la principal fue le miedo. Una vez que le pegué a Tordelli una sola cosa me abordó: ¿cómo se me ocurrió pegarle al Maestro? Y lo peor, ¿qué tremenda respuesta podría llegar adoptar en mi contra? Estas cuestiones eran para temblar, y yo cumplía con esa imposición: mi cuerpo temblaba como nunca antes y, por supuesto, como buen poseedor de un don extraordinario lloraba, lloraba a mares.

sábado, 3 de enero de 2009

Hacia lo sentimental

A partir del encuentro con Franco mi sensibilidad explotó. Me dulcifiqué y mi energía femenina empezó a fluir. Fue un nacimiento que me dejó a las puertas de sensaciones que, por provenir de un mundo onírico, me trajeron muchas ilusiones y problemas de orden práctico. Además, dado que mi conciencia todavía registraba férreos mandatos masculinos, y como no los podía compatibilizar con mi recién ganada alma venusina, comencé a desarrollar una neurosis: tenía la sensación de haber transgredido un punto elemental. El castigo, por lo tanto, estaba al caer. Sí, debo estar alerta, me repetía. Y me lo decía al punto que ese temor condicionaba cada momento de mi vida: cuando cruzaba la calle, cuando manejaba, hasta cuando me duchaba. Estaba convencido de que en cualquier instante un mazazo del destino iba a volverme carne. Entré así en una crisis intensa. Con todo, lo bueno era que notaba que mi capacidad para distinguir las notas musicales había aumentado. Los conciertos de piano los seguía con tanto detalle que, después, frente al teclado, era capaz de reproducirlos sin intervalos. Volví a tocar el piano después de muchos años. Como cuando era adolescente sentí el impulso de ser concertista. El mundo de la política me resultó de pronto, en vez de un palacio atrayente, un pasadizo siniestro. No me imaginaba de vuelta en el Ministerio. Deseché los diarios y mis lecturas se volvieron poéticas: retomé a mi amigo Marcel P. Era una droga leerlo en la playa. Sus largos párrafos me evocaban un estado interior que me aislaba en la preciosura de mi infancia. Al mismo tiempo me costaba hablar. Me era imposible marcar el teléfono de mi suegra y pedir por Carola. No quería saber qué había pasado con Tordelli. Sus frases, antes de irse de nuestra querida casa “La Leonesse”, me habían dejado muy perplejo: ---- Me fui con tu amigo para no ver tu homosexualidad --- (uno). -----Si esto va para largo tenés que saber que lo mío también --- (dos).Uno y dos, dos y uno. Eran comentarios que me obligaban a no querer saber más. Era mejor evitarla. Sólo los baños con sales, sonatas para piano de Wolfgang y velas aromáticas me pacificaban. Muchas veces sentía la necesidad de llorar. Y lo intentaba hasta que el éxito llegaba: lo conseguía con Enya.