viernes, 23 de enero de 2009

Girls on film II, Pierluigi

Creo oportuno detenerme un poco a describirles la flora y fauna de la fiesta. Es cierto que en este tipo de relatos una mirada exhaustiva me llevaría un tiempo considerable. Debería pulir mi lente hasta el hartazgo –como hago con los relatos de mi pretendida “literatura”, unos que, como ya les conté, sigo y sigo retocando-. Sin embargo un paneo bastará. La fiesta estaba plagada de gente que pretendía –y yo diría que lo lograba- encarnar la escena de la costa sur más tilinga de nuestro planeta. Todo esto en los parámetros de cualquier revista de moda. Había modelitos y modelos, largas, flacas y apáticas. Rockers que se vanagloriaban por las muestras de afecto que recibíany viejitas escotadas con las ganas y los recursos necesarios para resultar insinuantes –rubro que es mi debilidad-. Y había otras que se esforzaban con seguir una senda que las ubica, según la impresión de algunos, en el rubro de la elegancia. Mujeres finesse, les digo, y había también empresarios tostados e hipersonrientes, y putos, en toga que serviciales les alcanzaban tragos a putos más armados, los de la troupe gay dominante. Y como figuras exóticas (que no deben faltar en estos casos), había un ex tenista negro que se empecinaba en cantar reggae con la gracia de un desalojo. Un italiano en calzas negras y una camiseta azzura y, como me enteré gracias a una oportuna presentación, poseedor de un nombre que me encanta: Pierluigi y, como si fuera poco, dotado de un apellido que eleva ese nombre hasta el firmamento: Allattesta. Pierluigi Allattesta. Con ese nombre su vida no podía andar mejor. Llamaba la atención también un viejo tejano que se empecinaba en hacer lo que muchos americanos hacen: “hacerse el simpático” porque entienden que eso es pasar por educado.
Por último, había media docena de mejicanos, todos engominados, que tomaban tequila y festejaban cada fondo blanco. Ah! Y me olvidaba: asistido por un ser normal, también estaba el hombre más chico del mundo.
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