jueves, 29 de enero de 2009

Girls on film III, una potencia que nace

La casa, alta, terracota, con paredes de piedras y ventanales, estaba iluminada con velas. Había mantas con motivos hindúes (o algo parecido) en un jardín lleno de palmeras extrapoladas que miraban, en líneas de tres o cuatro, a la playa. Las mantas colgaban de unos mástiles de bambú. Es por eso que andan estos putitos en togas ofreciendo tragos, pensé. El anfitrión, vestido de pantalón y camisa de lino blanco, se presentó como Mario. Me pareció conocerlo de algún lado, pero al principio no detecté bien de dónde. Lo supe al rato. Lo había visto en lo de don Alfredo. ¿Cómo ahora se había convertido en un sofisticado empresario con chica tan fantástica a su lado? Eso no sabría decirlo. Pero de ganster había mutado. Ahora, por un artilugio infrecuente (hablo de su capacidad de representación), me hubiese despistado. Lo confieso: no podría haber captado su origen. Parecía un hombre formado en un colegio inglés y habituado a ir al campo de papá o de mamá. Creo que su don más preciado era el teatral. Era evidente que podía representar cualquier papel que se propusiese hasta lograr “consumarlo.” Era todo un empresario. Pero con él no me detuve a charlar. No quería perder de vista a mis nuevas amigas. Ni bien entramos, se habían ido a buscar tragos y ahora estaban acodadas en una barra improvisada casi en la playa. Por su perfil temía que se independizaran.

No obstante la potencia de la anécdota prefiero hacer un alto. Es tiempo de contarles quién era el amigo que me acompañaba en esa fiesta a la que entramos –muy de la mano- con Flavia y su amiguita Nuria. Mi amigo es riojano y se llama “Copito de nieve”. Le dicen así porque, desde que pasó los treinta, tiene el pelo blanco. Copito (así se abrevia su nombre) estuvo a cargo de un organismo de control al cual supo regular con destreza para su provecho y el de sus líderes. En esos tiempos lo conocí y enseguida nació una amistad. En Copito encontré el optimismo instintivo y la confianza irreflexiva que a mí me falta. Es un ejemplo útil para entender el concepto de complementariedad que, de manera habitual, cita Tordelli. Complementariedad no sólo significa que algo se perfecciona con su opuesto, también implica entender que todas las cualidades funcionan en íntima relación con su opuesto. Por eso Tordelli descarta la moral convencional con tanto énfasis. ¿Cómo podemos creer que existen cosas que están del lado del “bien” y que funcionan con independencia del “mal”? ---se pregunta--- ¿Tiene sentido separar el bien y el mal en compartimentos estancos? ¿Para qué? ¿O más bien eso sólo sirve para crear un sistema expeditivo de dominación fundado en premisas férreas e indiscutibles?
El poder pide corderos y los hombres se someten a sus designios sólo para no ejercer su libertad. ¿Eso es así? Son preguntas capitales en Tordelli. Preguntas que por primera vez me hicieron “pensar”. Me volvieron lo que Tordelli pide: un crítico. Alguien capaz de cuestionar lo que le ofrecen. Alguien capaz de buscar los propios valores, con dudas, en soledad, en un acto creativo fundamental que debe asumir toda persona: su propia elucubración más allá de los términos, el conocimiento superior a los sentidos lingüísticos. Lo que nunca vamos a poder decir porque es inexpresable: el conocimiento que algún día veremos. Y que callaremos porque se tratará de una experiencia imposible de compartir. Será algo íntimo. La construcción de nuestros propios valores y de nuestros límites. Nuestra individualidad. Una que después debemos consagrar al todo a partir de una certeza: somos una potencia. Una potencia que nace en nuestro culo. ¿Voy muy rápido? Entiendo que no. ¿Se comprende bien lo que digo? Espero que sí.
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