sábado, 3 de enero de 2009

Hacia lo sentimental

A partir del encuentro con Franco mi sensibilidad explotó. Me dulcifiqué y mi energía femenina empezó a fluir. Fue un nacimiento que me dejó a las puertas de sensaciones que, por provenir de un mundo onírico, me trajeron muchas ilusiones y problemas de orden práctico. Además, dado que mi conciencia todavía registraba férreos mandatos masculinos, y como no los podía compatibilizar con mi recién ganada alma venusina, comencé a desarrollar una neurosis: tenía la sensación de haber transgredido un punto elemental. El castigo, por lo tanto, estaba al caer. Sí, debo estar alerta, me repetía. Y me lo decía al punto que ese temor condicionaba cada momento de mi vida: cuando cruzaba la calle, cuando manejaba, hasta cuando me duchaba. Estaba convencido de que en cualquier instante un mazazo del destino iba a volverme carne. Entré así en una crisis intensa. Con todo, lo bueno era que notaba que mi capacidad para distinguir las notas musicales había aumentado. Los conciertos de piano los seguía con tanto detalle que, después, frente al teclado, era capaz de reproducirlos sin intervalos. Volví a tocar el piano después de muchos años. Como cuando era adolescente sentí el impulso de ser concertista. El mundo de la política me resultó de pronto, en vez de un palacio atrayente, un pasadizo siniestro. No me imaginaba de vuelta en el Ministerio. Deseché los diarios y mis lecturas se volvieron poéticas: retomé a mi amigo Marcel P. Era una droga leerlo en la playa. Sus largos párrafos me evocaban un estado interior que me aislaba en la preciosura de mi infancia. Al mismo tiempo me costaba hablar. Me era imposible marcar el teléfono de mi suegra y pedir por Carola. No quería saber qué había pasado con Tordelli. Sus frases, antes de irse de nuestra querida casa “La Leonesse”, me habían dejado muy perplejo: ---- Me fui con tu amigo para no ver tu homosexualidad --- (uno). -----Si esto va para largo tenés que saber que lo mío también --- (dos).Uno y dos, dos y uno. Eran comentarios que me obligaban a no querer saber más. Era mejor evitarla. Sólo los baños con sales, sonatas para piano de Wolfgang y velas aromáticas me pacificaban. Muchas veces sentía la necesidad de llorar. Y lo intentaba hasta que el éxito llegaba: lo conseguía con Enya.
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