miércoles, 21 de enero de 2009

Racconto Tordelli

Hagamos entonces un racconto –arbitrario y por ende criminal- de esta historia. A Tordelli lo conocí en el Ministerio mientras cumplía tareas de “orden financiero” para la cúpula, -tareas que aprendí en tiempo de Carlos I y continúe brindando a los que siguieron según una máxima acomodaticia que sale muy bien: “Servir al poder es no mirar a quién”-. Contra mis presunciones iniciales, Tordelli no sólo resultó ser un burócrata capaz de aliarse al gremio para cocinar su propio estofado, sino que también resultó un mago, e inclusive el Maestro que tanto busqué en mis horas desesperadas. Pero mi Maestro, también contra mis pronósticos, no tardó en demostrarme que me tenía reservadas las pruebas más inverosímiles. Las que le exige cualquier fábula. Y también pronto sentí que estaba lejos del término nobleza, y muy cerca de todas las formas imaginables de cobardía. Las pruebas de Tordelli por lo tanto me resultaron demasiado exigentes. O más bien exorbitantes. Si no, diganme si me equivoco: tuve que probar la homosexualidad para integrar mi lado femenino y masculino. Debí entregarle a mi mujer y, en el colmo de lo insospechado, terminé golpeando al propio Tordelli y, para peor, temiendo sus eventuales represalias. Y en esos temores andaba cuando Carola apareció esa mañana para que: 1. le echase un polvo astral y decidiese desaparecer sin explicaciones, solo para dejarme como estaba muy poco antes: incapaz de pensar en otro cosa que no fueran mis temores; incapaz de imaginarme mi vida sin ella, y con una sensación tan patética como insoportable: con muchas ganas de llamar a mi mamá. Si no, ¿quién podría ayudarme?
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