domingo, 18 de enero de 2009

Tangas y música hindú

El descubrimiento del diario en su momento –unos diez años atrás-, me conmovió bastante. ¿El motivo? Carola me había dicho que antes de estar conmigo no había estado con nadie. Es cierto siempre había descreído de eso, pero la mentira me afectó mucho, y fue una época patética (y si el patetismo sirve para crecer espero que haya hecho lo suyo, pero sinceramente lo dudo).

Como sea, creo que es mejor aprovechar estos días de una calma improbable. O al menos inusual. Estoy muy cerca del lugar donde pasamos tantos veranos, en “La Leonesse”. Veo la casa desde aquí, la playa, y sí, es verano, el sol brilla y el mar es una imagen serena; algunas gaviotas, las que pretenden según mi conciencia vincularse a un ámbito poético, pasan como lo han hecho siempre: al final de la tarde; en bandadas de dos o tres. Ellas no saben el significado que les otorgo. Sólo vuelan quién sabe a dónde… ¡Qué horribles que son las frases que tienen que ver con gaviotas! No lejos de mi silla, mi cuerpo y mi notebook, algunos chicos juegan. Se divierten en la orilla; yo me fijo en las madres que los cuidan. Dos están buenas. Será por eso que todavía se arriesgan a una buena tanga. Lo mismo hace una famosa que tengo al lado de mi importante sombrilla, una blanca que dice, (no sé por qué), Stockholm, Sweeden. Escucho, como en las últimas tardes, música hindú. Después de días y días de viento, este reino está en calma. Y yo también me siento quieto. Tengo, y lo agradezco, menos “mentalidad”. Creo que hasta podría dormir acá: una pausa marítima… Será como en los viejos tiempos... Aprovecharé para corregir este relato –hay mucho-, y para continuar con las dos novelas que reconstruyo desde hace años. Es como una pasión comparable a los crucigramas. Por ahora, no quisiera agregar más a esta saga, ustedes sabrán entender. Un impasse.
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