jueves, 8 de enero de 2009

Un flan, la malteada, pero antes la cruz

Abrí rápido, y gracias a la ansiedad, sin pensar en nada: detrás de la puerta era Carola. Y fue Carola quien me besó y abrazó como uno espera que lo haga quien es víctima de una dignísima calentura. “¡Y Carola lo es!” Pensé feliz. Y con acciones tan sanguíneas y extremas como las que ella me demostraba le respondí. Para eso corrí casi en un mismo acto su pollera y su bombachita e, impaciente, la penetré arriba de la mesa. Y lo hice con ganas. En esencia, porque no me gustaba eso de sentir, presumir, o lo que sea, que a esa mujer no la iba a poder penetrar nunca más. Y así llegué al hecho puntual: su concha era un flan. No recordaba haber captado esa sensación de tener mi pija tan bien untada. ¡Qué bueno!, la tenía adentro de algo que sólo podía ser el flan más inconsistente y preciso, en cuanto a sus límites, que yo haya fornicado en mi vida. Era una dulzura. Le miré esa cara que implicaba un hecho de por sí infrecuente: su armonía, su impacto. Su imagen superaba cualquier medida que no sea la belleza. Y esa cara tan inmaculada, sí, gozaba. Era una realidad. Y mientras más la penetraba y le chupaba esos pezones tan bien timbrados, mientras mi cabeza exaltaba cada parte de su cuerpo y una mano mía buscaba el ojo de su culo para darle una trascendencia magnífica al acto, mientras todo eso iba hacia un destino final que sólo podía vislumbrar como una tremenda malteada en su preciosa boca: descubrí que Carola tenía, en su cuello, y en una cadena de oro blanco, una cruz de hierro. La miré de nuevo y así era –no podía ser otra cosa-: la clásica cruz de hierro germana. ¿De dónde la habría sacado? “¿De qué estamos hablando?”. Todas esas cosas se me ocurrió preguntarme. Lo siguiente fue una convicción: “Esa cruz es algo grosso”. Y no era para menos; pero la importancia de todo lo que estaba vislumbrando por entonces anidaba muy lejos de los límites de mi imaginación.
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