martes, 24 de febrero de 2009

La hawaiana bordó pega más

Abrí la puerta y apareció frente a mí Tordelli, inexorable, pletórico, majestuoso, de camisa hawaiana bordó, pantalón blanco y mocasines blancos. Nunca supe si venía de una fiesta de disfraces o qué.

---- ¿Qué anda pasando mister?--- preguntó, parecía inusualmente feliz.

---- Flavia…, se desnucó en el baño ---dije lo más lacónico que pude.

--- Ohlalá! ---dijo Tordelli sin perder ni un poco de su felicidad. ----Veamos…---agregó, y fue conmigo hasta el baño.

Una vez que miró bien el hermoso cadáver, sardónico me preguntó: ---¿Te la llegaste a tumbar?

---No…, se desnucó antes ---dije.

--- ¿Pero antes te rompió bien el ano, no?

Yo me limité a callar.

----Bien--- dijo. Parecía complacido con lo que había pasado.

---Bien, bien… --- repitió con la vista fija en Flavia. --- Una pena ---dijo después.

---Sí… ---me limité a decir.

----A esta lady lo mejor es que la hagamos desaparecer.

---¿Cómo? ---dije yo.

----Después te explico...----dijo mientras, acuclillado, husmeaba la concha de Flavia. No sé qué olía, pero su gestos, su propuesta, todo empezaba a darme pánico. Uno intenso. Supe entonces que con el llamado a Tordelli había elegido caer en las fosas. Y ahí estaba con mi maestro. Yo gladiador, él insondable.

lunes, 23 de febrero de 2009

El servidor

Una vez que le expliqué a Tordelli el estado de situación, me dijo: ---Voy para allá ---, y cortó. Me senté en la cama a esperar. Era el momento de un cigarrillo pero no tenía uno (no fumo). Me quedé pensando en eso: en la gracia que adquirieren las personas que fuman en momentos así. Siempre atractivos, indolentes… Miré el cadáver: Flavia tenía el encanto de antes. Las líneas blancas de su piel, signos de sus tangas, volvieron a enquistarse en mi ánimo. Se me cruzó por la cabeza desquitarme. Merecía superar esa imagen. Conseguir ese cuerpo. Había luchado por tenerlo. Debía hacer lo que tanto me había propuesto. Esas cosas pensaba.

Así que me acerqué a ella, la acomodé lo mejor que pude en el piso del baño y, cuando llegó el momento, noté que iba a tener que hacer un esfuerzo importante para que se me parase. Y eso me desoló. Me dejó frente a lo más crudo: mi histeria. Mi fijación por algo que en esencia no es nada pero que representa todo. A esa sensación la defino como "la histeria". Un lazo que anuda el aire y deja indemne lo más cierto, la figura monstruosa que está a un costado.

De manera que para terciar entre mi histeria y yo resolví hacerme una buena paja y acabar en las preciosas tetas de Flavia. No era una conclusión que tuviese una lógica estricta, pero me complació -me imagino que por liviandada ética que contenía-. Y en eso estaba, o mejor dicho a eso me disponía, cuando alguien tocó la puerta. ---¿Si?, ¿quién es?---pregunté.

---Mr Tordelli. Su servidor, my friend ---agregó.

martes, 17 de febrero de 2009

Tordelli, el regreso

Y desmoronado como estaba recibí el lazo sagrado. Entró en mí el juguete voluptuoso de Flavia. Y cuando entró, empecé a sentir un dolor que, además de gustoso –porque ciertamente era liberador-, tuvo el don de permitirme ver escenas de mi niñez. Escenas plácidas. Partes de mi vida lindantes con los sueños. Recuerdo una: estoy en una esquina de Maldonado con mis amigos Ever y Joselo –dos uruguayos-. Es invierno de un día gris y ventoso. Anochece. Nos sentamos a la salida de la rotiseria de la madre de Joselo –a él lo conozco porque sus padres eran caseros de una casa vecina en Punta del Este-. Sin apuro, pasa un viejo en bicicleta y nos saluda, apenas eso, sólo baja su cabeza. Encuentro esa imagen increíblemente placentera. E incluso en el dolor revivo ese placer, lo tengo otra vez. El dolor en mi culo me lo permite.

Lo extraño es que mientras siento dolor no me quejo. No podría. Flavia también elige el silencio. De esa forma las imágenes se potencian. Llegan a cierta integración.Es cierto lo que dice Tordelli -esa noche lo corroboro-: el culo es el punto sagrado del hombre. Es el núcleo energético por excelencia. De su fuente manan todas las energías que nos constituyen. Y ahí está el centro. El haz de fuerza donde recala nuestra sabiduría. Un punto donde anida nuestra gran serpiente. Sería demasiado largo y tedioso de explicar ahora. Quiero que se limiten a aceptar esa premisa. Nada más; lo único que puedo agregar es que esa noche los padecimientos me llevaron a un estado que está más allá. El flanco de los sueños, una función que no tiene más utilidad que dejarnos ver que nuestras percepciones esconden puntos que se abren. Puntos en los que uno cae.

Y en ellos caí hasta que Flavia sacio no sé qué fragor. Y cuando lo hizo fue al baño y me dijo: ---Está bien. Bien ganado. Ahora te toca a vos…---Sonreí y ella dijo: ---Para que chupes bien el culo, primero me voy a bañar---. Y se desnudó. Y cuando salió de la ducha –pude ver la escena a la perfección desde mi cama-, mientras se secaba con una toalla, resbaló –fue de golpe seco, y todavía no sé bien por qué-. Simplemente se desnucó contra el bidet. Fue un golpe hermoso como el de la mejor botella de champagne. Me quedé quieto, muy conciente de lo que había pasado, y de cierta forma disfrutándolo. Me parecía tan propio de un plan celestial que me gustó saber que yo podía protagonizar una historia bíblica. Después me levanté y corroboré que estaba muerta; le cerré los ojos, me mojé un poco la cara, y me miré al espejo. Después, increíblemente tranquilo fui a llamar a la única persona que podía saber qué hacer y qué decir en este caso: Hugo Ángel Tordelli. Lo conocen.

lunes, 16 de febrero de 2009

Out of time

---Estoy listo--- me limité a decir frente al objeto sideral que Flavia blandía.

Ella sonrío apenas.

Mi afirmación no era cierta. Uno nunca está preparado para enfrentar lo terrible. Uno al miedo lo tiene, lo padece, lo tolera y hasta llegado un punto, después de un importante esfuerzo, puede superarlo. Pero en la previa decir que uno está listo es darse coraje, nada más.

---Boca abajo, papito ---me dijo Flavia ---¡Y con el culo alegre! ¡Vamos!--- agregó. Después me lamió toda la línea y me dio un beso en cada cachete.

Y eso hice, me saqué pantalón y calzoncillo, despacio, realzando que el desafío que debía enfrentar, si lo había elegido, lo había elegido de manera muy inconsciente. De forma esotérica, diría. Pero jamás querida en el plano visible de mis ideas o recuerdos. De hecho no quería esta experiencia, se me ocurrió pensar en ese momento, como en la infancia quise miles de helados. Y casi hago referencia a todo esto; en especial al recuerdo de los helados, de cómo me gustaban. Creo que porque me imaginé que todas esas cosas que me daban placer me ayudarían frente al objeto que debía subyugar –única forma de superar un desafío-.

Y entonces pensé en lo que pensaría un buda o algo así: al terror lo mejor es seducirlo, chancearlo, invertir la dinámica-. Y así esperaba el momento de sentir ese objeto adentro –como lo llamaba frente a Flavia, para restarle entidad, para quitarle importancia-, apelando a los más lindos recuerdos. Pero Flavia se demoraba masajeándome el culo, soplando el objeto. En verdad no estaba claro por qué; pero se demoraba en ese rito. Parecía buscar sólo extravagancias.

--¿No tenés un CD de Enya?---me preguntó

----Sí, creo que en el auto--- respondí.

---- No es mejor no interrumpir el clima hasta ese punto--- me dijo ---Bueno, preparate, inhalá fuerte y exhala despacio. Esto a la larga te va a gustar…--- agregó. Y lo dijo en un susurro que, no obstante mis esfuerzos dialécticos por lograr un buen espíritu, me volvió a asustar. Es que me pareció entrever la voz del diablo; pero no estaba ni siquiera demasiado seguro y, como siempre, esas intuiciones tan vagas, esos sentimientos tan alejados de las certezas, todo eso, todo ese registro incomprensible proveniente de hálitos divinos, me desmoronó.

jueves, 12 de febrero de 2009

El tiro con arco

Bajé del escenario y quise apartar esos recuerdos. Decidí concentrarme en Flavia que, platinada, broncedada y feliz, me esperaba en la barra. ---Estuvo muy bien lo suyo ----me dijo. Los mejicanos también me felicitaron. El único que no apareció fue Copito. ----Se las tomó ---me dijo Flavia----Nuria va a recibir sus encantos.

---¿Y por qué no partimos también? ----pregunté.

---- Bien, dale, vamos---. Y, tomados de la mano, después de saludar a los mejicanos, partimos. Ellos, sonrientes, a modo de saludo, se limitaron a levantar sus vasos y a decirnos: ----Que el diablo los rapte.

--- Esta vez vamos a casa ---dije en la puerta del auto mientras le acariciaba una mejilla. Era extraño: había algo que me parecía un sueño. Una sensación repetida en mis noches: la de acceder a una mujer que me ofrece un amor muy requerido y esperado. Y sentí que con ella podía formar algo y destruir prejuicios. Reformarla. Convertirla en una perra domada. Todas esas ideas ambiguas y compuestas por palabras absurdas pasaban por mi cabeza mientras manejaba y ella me miraba sonriente y en calma. En el auto sonaba mozart; lo que más me gusta, una sonata para piano.

En casa decidí que lo mejor era ir en un tren lento y romántico. Uno a vapor. Atravesemos los Alpes, pensé. Lo primero que sugerí fue tomar un gin tonic. Lo preparé en la cocina mientras con dulzura la besaba. Ella chupó un poco los limones que había en la mesada y después los exprimió arriba de los vasos. Me pareció un gesto cursi que rompió el encanto que había proyectado en su cuerpo. Atacó esa noción de ser alguien capaz de tener gestos acertados. Bien en el centro siempre. Eso es el amor real, pensé: cuando alguien acierta en los gestos. Decidí olvidar ese detalle. Pero una veta de ese estilo transgresor, uno capaz de llevarme al zen en el arte del tiro con arco, resurgió cuando pasamos al cuarto. En un momento, sin decir nada, Flavia se levantó de la cama y fue hasta su cartera.

---Este detalle está pendiente querido amigo--- me dijo con una sonrisa que, para mi gusto, demostró demasiada complaciencia. Y alzó el instrumentó. Era el mismo de la otra vez: algo poderoso en su imagen y en su esencia. Un consolador blanco, inmenso.

martes, 10 de febrero de 2009

Rafaella y el temblor

Pero toda esa confianza recibió la presencia de un súbito nubarrón cuando me acordé de mi otra devoción infantil: Raffaella Carrá. También la imitaba a ultranza. Era un dato que lo tenía olvidado. Pero reapareció. Volvió esa noche mientras la miraba a Flavia que sonreía a lo lejos y volvía a levantar su copa –como reconfirmando que me quería-. Y me acordé de que sólo Elvira era la única que sabía de mi fijación. Una vez me descubrió con un vestido púrpura de mamá en mi cuarto entonando “Fiesta”. Desde entonces siempre me alentaba a cantar a Raffaella. Me pintaba primero y después me veía encantada. No sé qué era lo que la deslumbraba. Pero lo concreto es que gracias a mi devoción llegó al límite de tener una foto enmarcada de Rafaella en su mesita de luz. Eso me parecía el colmo de lo fascinante, pero yo no me atrevía a hacer lo mismo. Me acuerdo que estaba alterado por la ambigüedad del caso: quería ser Rafaella y al mismo tiempo me quería casar con ella. Todo muy extraño para un chico de diez años.

Después, me acordé de cosas más arduas, al menos para mi conciencia de entonces. La manera en que me calzaba, a escondidas, la ropa interior de mi vieja, y feliz, escuchaba a Raffaella. Lo hacía mientras con las bombachas amoldaba mi propia tanga. Sentir el género en el culo me alucinaba. Me imaginaba lo que sentía una mujer al hacer eso y esa identificación, el captar su placer, me proveía mucho a mí. Y después en todo ese racconto que duró segundos, pero que me abstrajo del público que me vitoreaba, de la noche, de mi deseo por Flavia, llegó el recuerdo de mi profesor de gimnasia. Nacho se llamaba. Él ponía a Raffaella Carrá en el ómnibus que nos llevaba al colegio. De hecho, no sé por qué, él también manejaba el colectivo. Todo parecía un sueño, pero estaba despierto. Pude ver sus piernas forradas con su equipo de gimnasia Adidas, el tema 03 03 456 sonando y su gesto: con la mano me llamaba, me acercaba y me sentaba en sus faldas, ya con el ómnibus parado. Después me acariciaba. Y yo temblaba. Temblaba como un perro que tiene ganas de pelear pero no puede. Creo que un perro tiembla porque hay algo que le impide descargar su ira. Un límite que escapa a su comprensión. Un hito que no armoniza con su instinto. Creo que a mí me pasaba lo mismo. No captaba bien qué me estaba pasando. La irrupción del sexo, la llegada de algo que después me encargaría de poner en su lugar. Lo haría por mi propio bien, por la salud de mi familia, de la sociedad.

domingo, 8 de febrero de 2009

Solo y triste bajo el sol

El genio rockero me miró con sorpresa y después, víctima de cierta discordancia, tentado, me respondió: “Okay my lord”. Se volteó y preguntó a la banda: ---La chica del bikini azul, ¿la saben?---. El tecladista arrancó con la tonada y el rocker empezó a tareadear la canción, y yo, furioso, le saqué el micrófono de las manos y entoné: ---- Solo y triste bajo el sol…

Ahora bien, creo que es preciso que haga un alto, quiero explicarles una cuestión. Cuando era chico tenía un ídolo: Elvis. Lo imitaba frente al espejo del living cuando volvía del colegio. Mis ensayos arrancaban después del té y duraban hasta la hora del baño –momento previo a la cena-. No eran menos de dos horas y media de escuchar a Elvis, de cantar con Elvis, de bailar con Elvis. También era tiempo de mirar a Elvis, en los discos, revistas y hasta en los libros que mis abuelos me habían traído de Estados Unidos. Mi predilecto era uno que se llamaba: “Elvis, the king of Graceland”. Las fotos me alucinaban. Mamá para mis diez años me había comprado un micrófono y mi abuela me hizo un traje blanco enterizo de lycra con bordes dorados. Me picaba, pero mi deseo de ser Elvis lo superaba. De hecho, mi fervor casi no tenía límites. Después de haber ensayado frente al espejo, en la ducha seguía entonando. Mis vecinos eran testigos involuntarios de interpretaciones que, según creía, se iban perfeccionando hasta la trasmigración del alma, y nuestra mucama Elvira era el público de mis performances junto a mi madre, abuela y hermanas. Por eso al tono de Elvis lo tengo incorporado. Y también tengo su estampa. Debería ser célebre gracias a tantos méritos. No lo soy porque no me he abocado a demostrarlo. No obstante es algo que me va a acompañar toda mi vida. Un talento. Uno que incluso supera mi manera de tocar el piano –que siempre he sentido insustancia-. Como sea..., es algo que tiene un profundo significado. No sé cuál es, pero capto que es fuerte y que cuando era chico lo fue mucho más.

Hecha la aclaración vale seguir: tomé el micrófono y, fiel a mis antecedentes, comencé a interpretar la chica del bikini azul con el tono de Elvis, y esa impronta al tema lo alzó. Y, por supuesto, la banda se encendió. Lo noté cuando el guitarrista puso su instrumento más denso. Sentí un sonido que cuajaba al tema y de buenas a primeras no tuve dudas: estaba interpretando la canción como fuego, como hay que estar sobre el escenario, porque el cantor debe convertirse en fuego. Uno debería encarnar una canción hasta que su imagen, su voz, su interpretación, hasta que todo sea devorado por las llamas. De eso se trata. Inmolarse por el tema, el público, el show y la escena. Y eso hice. De punta a punta. Y cuando terminé pude ver que la gente tronaba, y Flavia, al final, sonreía acodada en la barra. De pronto alzó su copa. Supe entonces que algo había cambiado. Y sentí confianza, en la vida y en mi caso.

viernes, 6 de febrero de 2009

Amor a la mexicana

Para el momento en que dije eso, una banda liderada por un rockero, muy festejado por los ibéricos, hacía sonar sus delirios sobre el escenario improvisado en la playa. Las chicas abajo bailaban y los chicos se plegaban a la tronada. Mi deber era focalizarme en lo que tenía delante: la troupe de mexicanos. Dos no eran gemelos pero sí idénticos. El tipo de indio que no se diferencia entre sí porque desciende de unos chinos que cruzaron el estrecho de Baring y tocaron Alaska. Después, sin prisa, bajaron. Eso está claro. Metro sesenta a lo sumo, ojos finos, pelo, como dice Copito, cabudo (de carpincho sería otra explicación plausible). Eran categoría gallos. ----Teo y Pico---. Se presentaron señalándose como chimpancés amigables. Los otros dos no eran monigotes como ellos, eran los jefes. Panzas bien armadas, bolas ajustadas. Metro ochenta que los afianzaba y pelo engominado peinado para atrás. Otra vez en palabras de Copito, “peinado lamida de vaca.” Sus patillas eran un punto importante, también sus relojes.

Flavia me puso en autos del encanto de esos dos: ----La familia de Esteban y Juan Francisco (así se llamaban), son los dueños de Televisa----. “Ah, bueno!”, pensé yo, está todo dicho. Pero Esteban y Mario no lo interpretaron así y empezaron a dar precisiones acerca del yacht que uno había traído de Huatulco. A ese periplo le sumaron paparruchadas por el estilo en torno a los autos antiguos y su encanto. Algo era evidente: Flavia estaba hechizada con la palabra Televisa. La repetía a cada instante. Y también preguntaba mucho por Luis Miguel. Luis Miguel esto, Luis Miguel lo otro. Yo en otras circunstancias, un poco lúcido, habría volado de ese fango. Antiguamente tenía la capacidad de desplegar mis alas y elevarme desde un metro cincuenta y más de barro. Sólo necesitaba tener la cabeza libre. Pero las cosas habían cambiado. Estaba en una crisis que tenía ribetes colosales. Moraba en el mundo de las obsesiones. Y mi obsesión en esos minutos, cada segundo, cada fracción, tenía un punto: el culo de Flavia. Me lo había prometido… O más bien: sentía, sentía con mucha urgencia (hablo de un llamado religioso), que precisaba penetrar ese culo. Era un punto clave para mi vida. Con ella había un tema pendiente y debía afrontarlo. La pregunta era cómo. Las cosas no se presentaban fáciles. Tomábamos, nos reíamos, pero ella seguía encandilada con los jefes mexicas. Daba la impresión de que Esteban y Juan Francisco se la terminarían pernando al unísono con sólo volver a decir la frase “Luismi en nuestro yate..”. Rezaba para que no lo hicieran. Si lo hacían, mi deseo no tendría destino. A menos que me adentrase en la esfera de los monigotes –Teo y Pico- para festejar cada frase de Esteban o de Juan Francisco. Para ellos la devoción era algo indistinto.

De pronto, azotado por perspectivas tan agrias, una parte de mí, una que no puedo reconocer dónde vive, ni de qué se alimenta, tuvo una idea que no me atrevo a calificar de brillante pero sí puedo llamar plena: ----Yo te voy a dedicar un tema de Luis Miguel, Flavia; ahora mismo me subo al escenario--- dije sin ninguna ilación. Dejé mi copa y me fui directo a la tarima. Tuve la suerte de que la banda terminaba un tema. Una vez allí, saludé al genio rockero con un fuerte abrazo, como si lo conociera de toda la vida y, jadeando, sin darle tiempo de nada, le dije al oído: ---Necesito cantar la chica del bikini azul. Es para una mina. De vida o muerte ---agregué agarrándolo fuerte por los hombros. Y lo miré a lo ojos. Y me sentí por primera vez un padre.

miércoles, 4 de febrero de 2009

Extratordelli: Querida amiga, ¿te hiciste las tetas?

Vuelvo de la playa abrumado. Y lo peor no es esa sensación tan grande, lo peor es cuando la realidad te persigue y te alimenta: hoy iba por la calle y me encontré con una vieja amiga. Una que no valía mucho pero que desde la última vez que la vi dio “un paso” –y yo ni enterado-. Me puse las gomas, me dijo. Y me lo dijo “divertida”. Lo interesante es que ella no era divertida. Es cierto, ahora tiene motivos para divertirse: se zarpó bien. Cien o ciento diez, calculé a ojo. Un ojo que estaba como loco por otear. En el último tiempo no sé qué pasa, pero es una constante. Las amigas de mi jermu, las primas de mi jermu, y ahora mis propias amigas, todas las ladys, se pusieron gomas. Con algunas el encuentro en la playa fue un asunto difícil, álgido es la palabra. La peor, la más mala, fue una que las lucía un traje de baño blanco que en una goma decía Donna y en la otra Karan. No sé por qué, pero ese nombre, esa marca, me resultó lujuriosa en demasía. Me hacía muy mal mirarla pero al mismo tiempo no podía sacarle los ojos de encima. Llegué a soñar con esa marca más que con las gomas o la chica. Es que no es fácil el papel que me toca. Las veo a estas nuevas teutonas, felices, algunas con sus novios, otras con sus maridos, otras solitas, y me pongo a ensayar todo tipo de interpretaciones. ¿Por qué dieron ese paso tan bien logrado? Y en la búsqueda de respuestas me siento Lacaniano. Eso quiere decir que me confundo. ¿Cuáles son las razones que llevan a una mujer de treinta y pico a ponerse gomas? Mi primera respuesta siempre fue y es: Quieren pija! Pero el problema es que no me conformo con esa simpleza tan digna y empiezo a decir: “… pero también lo que quieren es impresionar a sus amigas. Hay un tema con gomorra en todo esto… Y también está la ecuación histérica…. No hay como caminar y gustar… Y con dos buenas tetas sí, está probado, lo lográs, deben pensar.

Con todo me interesa establecer ciertos rangos en torno a las mujeres con tetas hechas. Primero: me enloquecen las que se las calzan para coronar su éxito. Son geniales. Algunas son profesionales exitosas y otras mujeres de profesionales exitosos. Se saben consagradas y quieren lucir, más que la belleza, su éxito. Están en la gloria. Una gloria supuesta y ostentosa en el principio y en el fin. Lo que está en el medio, el interior, lo importante, bueno, de eso no se sabe –pero se sospecha-. Pero una vez más: lo importante es su actitud. Y su actitud es lo suficiente determinada para que yo, hombre gobernado por las imágenes, me la crea. Las de este rubro no bajan de unas gomas cien o más. Son las reinas.

Después me gustan las que siempre fueron feuchas y que ahora quieren levantar el rating. Y sí así sí, así ganan. Son mujeres que no decían nada y que de pronto, gracias a buenas gomas, empiezan a hablar. Y lo mejor: ahora logran dar de qué que hablar. Las celebro. Eran insípidas, algunas desgarbadas, otras de culos chatos. Muchas incluso con cara de ratas. No importa. A partir de las buenas gomas todo cambia. El mundo las empieza a querer y ellas lo notan. Y agradecidas te sonríen. Soy de la opinión que ahora garchan más y mejor. Sostengo –miren la determinación espantosa que empleo- que a partir de sus nuevas gomas: la chupan mejor, conceden el culo con suficiencia y gracia, e inclusive quieren ahondar en los etcétera. Son cuices exaltados.

Por último están las pendejas: ¿hay algo más adorable que una nena de veintitrés años que se hace las gomas? Considero que no. Los motivos son variados, pero en general puede resumirse el caso como: “… no se sienten realizadas porque les falta eso, lo esencial, los buenos pechos, lo que exigimos porque es una dignidad, una que está cien por ciento certificada”. Eso sí –la felicidad nunca es completa me enseñó mi padre-: son pocas las nenas que superan los noventa. Una lástima.

Con todo creo que la edad me está ablandando y me acerca al metal de una manera insospechada. Las que más admiro son las exitosas profesionales, las que se hacen las gomas porque se saben, se creen, brillantes. Esas las quiero: las espero para mi provecho personal.

lunes, 2 de febrero de 2009

Quién sigue siendo el rey?

Ahora bien, volvamos a la fiesta y dejemos lo inasible para después. La fiesta, la casa, la noche entera, presencia compuesta por el espacio infinito y millones de estrellas –algunas ya muertas- en las que, según creo, nadie pensaba, y mucho menos miraba, esa fiesta tan bien lograda desde todos los aspectos materiales, y sin el más mínimo “daemon”, seguía dentro de los parámetros normales para el tipo de evento que pretendía ser: la gente iba, venía, muchos tomaban, algunos que pretendían ser los más alegres, bailaban y otros, los más apasionados ya estaban sexeando en la playa. Había buenas perras y perritas, dignísimos trolos, hasta buenos surfistas (reconocibles por su pelo a base de reflejos, para mí la estirpe más indeseable), y lo que las revistas catalogan como gente de éxito en general. También había drogas, tragos, pero lo importante para mí se llamaba Flavia. Y Flavia estaba, en el preciso momento en que terminé de hablar con ese Mario tan empresario, abordada por cuatro mejicanos que, con una estampa muy varonil –tan varonil que resultaba arcaica: pantalones ajustados, camisas abiertas, gomina y cadenas-, la cortejaban –término que cuadra a la perfección para lo que acabo de decir-. Me urgía ir a su encuentro. Copito por su parte ya estaba muy de charla con la amiga de Flavia, con Nuria. En eso Copito era más sabio que nadie: él siempre iba al número puesto. Era un rastro de su origen de pobre turco nacido y criado en un pueblo riojano que los millones de dólares one on one, a diferencia de otros turcos de su misma cepa, no habían cambiado. Él era feliz con una chica del montón. Hasta las prefería -tal vez porque le daban cierta seguridad-. Yo, como sea, a ese rasgo no podía más que admirarlo: era lo opuesto a mis ansias. Por eso Copito ya estaba con Nuria, esa chica morocha, flaca y con cara de nada. Encantado la agarraba de la cintura y bailaba. Copito, si ustedes lo pudieran ver se reirían: su pelo es tan blanco que conforma junto con su pancita, su poca estatura y su incipiente barba, “la imagen” de su nombre. Era, lo que llamo, una consagración lacaniana. Tordelli, a los fines energéticos, diferencia a las personas según tres criterios: los que sufren de más –mi caso-, los que sufren lo justo –el punto ideal y por ende el más difícil- y los que sufren de menos. En ese último rubro estaba Copito. No había dudas.

Urgido por la felicidad que demostraba Flavia me acerqué al grupo de mejicanos y, de la manera más decidida que pude, me presenté. Enseguida, mientras le di la mano a Flavia le pregunté: --- ¿No querés que vamos a la playa? Era una jugada de riesgo que podía fracasar exactamente de la manera en la que fracasó: ---No, mejor me quedo… ---contestó y, con una sonrisa adorable para los cuatro mejicanos, agregó: ---estos son divertidos ---. Y los cuatro señores, de pronto, como por arte de la magia más oriental, sonrieron apenas y se me representaron, de manera concluyente, como los hijos dilectos de Emiliano Zapata. Sé muy bien lo que digo: tenían la misma mirada.

---Bueno, quedémonos entonces a ver la diversión ---dije para salir del paso.