viernes, 6 de febrero de 2009

Amor a la mexicana

Para el momento en que dije eso, una banda liderada por un rockero, muy festejado por los ibéricos, hacía sonar sus delirios sobre el escenario improvisado en la playa. Las chicas abajo bailaban y los chicos se plegaban a la tronada. Mi deber era focalizarme en lo que tenía delante: la troupe de mexicanos. Dos no eran gemelos pero sí idénticos. El tipo de indio que no se diferencia entre sí porque desciende de unos chinos que cruzaron el estrecho de Baring y tocaron Alaska. Después, sin prisa, bajaron. Eso está claro. Metro sesenta a lo sumo, ojos finos, pelo, como dice Copito, cabudo (de carpincho sería otra explicación plausible). Eran categoría gallos. ----Teo y Pico---. Se presentaron señalándose como chimpancés amigables. Los otros dos no eran monigotes como ellos, eran los jefes. Panzas bien armadas, bolas ajustadas. Metro ochenta que los afianzaba y pelo engominado peinado para atrás. Otra vez en palabras de Copito, “peinado lamida de vaca.” Sus patillas eran un punto importante, también sus relojes.

Flavia me puso en autos del encanto de esos dos: ----La familia de Esteban y Juan Francisco (así se llamaban), son los dueños de Televisa----. “Ah, bueno!”, pensé yo, está todo dicho. Pero Esteban y Mario no lo interpretaron así y empezaron a dar precisiones acerca del yacht que uno había traído de Huatulco. A ese periplo le sumaron paparruchadas por el estilo en torno a los autos antiguos y su encanto. Algo era evidente: Flavia estaba hechizada con la palabra Televisa. La repetía a cada instante. Y también preguntaba mucho por Luis Miguel. Luis Miguel esto, Luis Miguel lo otro. Yo en otras circunstancias, un poco lúcido, habría volado de ese fango. Antiguamente tenía la capacidad de desplegar mis alas y elevarme desde un metro cincuenta y más de barro. Sólo necesitaba tener la cabeza libre. Pero las cosas habían cambiado. Estaba en una crisis que tenía ribetes colosales. Moraba en el mundo de las obsesiones. Y mi obsesión en esos minutos, cada segundo, cada fracción, tenía un punto: el culo de Flavia. Me lo había prometido… O más bien: sentía, sentía con mucha urgencia (hablo de un llamado religioso), que precisaba penetrar ese culo. Era un punto clave para mi vida. Con ella había un tema pendiente y debía afrontarlo. La pregunta era cómo. Las cosas no se presentaban fáciles. Tomábamos, nos reíamos, pero ella seguía encandilada con los jefes mexicas. Daba la impresión de que Esteban y Juan Francisco se la terminarían pernando al unísono con sólo volver a decir la frase “Luismi en nuestro yate..”. Rezaba para que no lo hicieran. Si lo hacían, mi deseo no tendría destino. A menos que me adentrase en la esfera de los monigotes –Teo y Pico- para festejar cada frase de Esteban o de Juan Francisco. Para ellos la devoción era algo indistinto.

De pronto, azotado por perspectivas tan agrias, una parte de mí, una que no puedo reconocer dónde vive, ni de qué se alimenta, tuvo una idea que no me atrevo a calificar de brillante pero sí puedo llamar plena: ----Yo te voy a dedicar un tema de Luis Miguel, Flavia; ahora mismo me subo al escenario--- dije sin ninguna ilación. Dejé mi copa y me fui directo a la tarima. Tuve la suerte de que la banda terminaba un tema. Una vez allí, saludé al genio rockero con un fuerte abrazo, como si lo conociera de toda la vida y, jadeando, sin darle tiempo de nada, le dije al oído: ---Necesito cantar la chica del bikini azul. Es para una mina. De vida o muerte ---agregué agarrándolo fuerte por los hombros. Y lo miré a lo ojos. Y me sentí por primera vez un padre.
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