jueves, 12 de febrero de 2009

El tiro con arco

Bajé del escenario y quise apartar esos recuerdos. Decidí concentrarme en Flavia que, platinada, broncedada y feliz, me esperaba en la barra. ---Estuvo muy bien lo suyo ----me dijo. Los mejicanos también me felicitaron. El único que no apareció fue Copito. ----Se las tomó ---me dijo Flavia----Nuria va a recibir sus encantos.

---¿Y por qué no partimos también? ----pregunté.

---- Bien, dale, vamos---. Y, tomados de la mano, después de saludar a los mejicanos, partimos. Ellos, sonrientes, a modo de saludo, se limitaron a levantar sus vasos y a decirnos: ----Que el diablo los rapte.

--- Esta vez vamos a casa ---dije en la puerta del auto mientras le acariciaba una mejilla. Era extraño: había algo que me parecía un sueño. Una sensación repetida en mis noches: la de acceder a una mujer que me ofrece un amor muy requerido y esperado. Y sentí que con ella podía formar algo y destruir prejuicios. Reformarla. Convertirla en una perra domada. Todas esas ideas ambiguas y compuestas por palabras absurdas pasaban por mi cabeza mientras manejaba y ella me miraba sonriente y en calma. En el auto sonaba mozart; lo que más me gusta, una sonata para piano.

En casa decidí que lo mejor era ir en un tren lento y romántico. Uno a vapor. Atravesemos los Alpes, pensé. Lo primero que sugerí fue tomar un gin tonic. Lo preparé en la cocina mientras con dulzura la besaba. Ella chupó un poco los limones que había en la mesada y después los exprimió arriba de los vasos. Me pareció un gesto cursi que rompió el encanto que había proyectado en su cuerpo. Atacó esa noción de ser alguien capaz de tener gestos acertados. Bien en el centro siempre. Eso es el amor real, pensé: cuando alguien acierta en los gestos. Decidí olvidar ese detalle. Pero una veta de ese estilo transgresor, uno capaz de llevarme al zen en el arte del tiro con arco, resurgió cuando pasamos al cuarto. En un momento, sin decir nada, Flavia se levantó de la cama y fue hasta su cartera.

---Este detalle está pendiente querido amigo--- me dijo con una sonrisa que, para mi gusto, demostró demasiada complaciencia. Y alzó el instrumentó. Era el mismo de la otra vez: algo poderoso en su imagen y en su esencia. Un consolador blanco, inmenso.
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