lunes, 16 de febrero de 2009

Out of time

---Estoy listo--- me limité a decir frente al objeto sideral que Flavia blandía.

Ella sonrío apenas.

Mi afirmación no era cierta. Uno nunca está preparado para enfrentar lo terrible. Uno al miedo lo tiene, lo padece, lo tolera y hasta llegado un punto, después de un importante esfuerzo, puede superarlo. Pero en la previa decir que uno está listo es darse coraje, nada más.

---Boca abajo, papito ---me dijo Flavia ---¡Y con el culo alegre! ¡Vamos!--- agregó. Después me lamió toda la línea y me dio un beso en cada cachete.

Y eso hice, me saqué pantalón y calzoncillo, despacio, realzando que el desafío que debía enfrentar, si lo había elegido, lo había elegido de manera muy inconsciente. De forma esotérica, diría. Pero jamás querida en el plano visible de mis ideas o recuerdos. De hecho no quería esta experiencia, se me ocurrió pensar en ese momento, como en la infancia quise miles de helados. Y casi hago referencia a todo esto; en especial al recuerdo de los helados, de cómo me gustaban. Creo que porque me imaginé que todas esas cosas que me daban placer me ayudarían frente al objeto que debía subyugar –única forma de superar un desafío-.

Y entonces pensé en lo que pensaría un buda o algo así: al terror lo mejor es seducirlo, chancearlo, invertir la dinámica-. Y así esperaba el momento de sentir ese objeto adentro –como lo llamaba frente a Flavia, para restarle entidad, para quitarle importancia-, apelando a los más lindos recuerdos. Pero Flavia se demoraba masajeándome el culo, soplando el objeto. En verdad no estaba claro por qué; pero se demoraba en ese rito. Parecía buscar sólo extravagancias.

--¿No tenés un CD de Enya?---me preguntó

----Sí, creo que en el auto--- respondí.

---- No es mejor no interrumpir el clima hasta ese punto--- me dijo ---Bueno, preparate, inhalá fuerte y exhala despacio. Esto a la larga te va a gustar…--- agregó. Y lo dijo en un susurro que, no obstante mis esfuerzos dialécticos por lograr un buen espíritu, me volvió a asustar. Es que me pareció entrever la voz del diablo; pero no estaba ni siquiera demasiado seguro y, como siempre, esas intuiciones tan vagas, esos sentimientos tan alejados de las certezas, todo eso, todo ese registro incomprensible proveniente de hálitos divinos, me desmoronó.
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