lunes, 2 de febrero de 2009

Quién sigue siendo el rey?

Ahora bien, volvamos a la fiesta y dejemos lo inasible para después. La fiesta, la casa, la noche entera, presencia compuesta por el espacio infinito y millones de estrellas –algunas ya muertas- en las que, según creo, nadie pensaba, y mucho menos miraba, esa fiesta tan bien lograda desde todos los aspectos materiales, y sin el más mínimo “daemon”, seguía dentro de los parámetros normales para el tipo de evento que pretendía ser: la gente iba, venía, muchos tomaban, algunos que pretendían ser los más alegres, bailaban y otros, los más apasionados ya estaban sexeando en la playa. Había buenas perras y perritas, dignísimos trolos, hasta buenos surfistas (reconocibles por su pelo a base de reflejos, para mí la estirpe más indeseable), y lo que las revistas catalogan como gente de éxito en general. También había drogas, tragos, pero lo importante para mí se llamaba Flavia. Y Flavia estaba, en el preciso momento en que terminé de hablar con ese Mario tan empresario, abordada por cuatro mejicanos que, con una estampa muy varonil –tan varonil que resultaba arcaica: pantalones ajustados, camisas abiertas, gomina y cadenas-, la cortejaban –término que cuadra a la perfección para lo que acabo de decir-. Me urgía ir a su encuentro. Copito por su parte ya estaba muy de charla con la amiga de Flavia, con Nuria. En eso Copito era más sabio que nadie: él siempre iba al número puesto. Era un rastro de su origen de pobre turco nacido y criado en un pueblo riojano que los millones de dólares one on one, a diferencia de otros turcos de su misma cepa, no habían cambiado. Él era feliz con una chica del montón. Hasta las prefería -tal vez porque le daban cierta seguridad-. Yo, como sea, a ese rasgo no podía más que admirarlo: era lo opuesto a mis ansias. Por eso Copito ya estaba con Nuria, esa chica morocha, flaca y con cara de nada. Encantado la agarraba de la cintura y bailaba. Copito, si ustedes lo pudieran ver se reirían: su pelo es tan blanco que conforma junto con su pancita, su poca estatura y su incipiente barba, “la imagen” de su nombre. Era, lo que llamo, una consagración lacaniana. Tordelli, a los fines energéticos, diferencia a las personas según tres criterios: los que sufren de más –mi caso-, los que sufren lo justo –el punto ideal y por ende el más difícil- y los que sufren de menos. En ese último rubro estaba Copito. No había dudas.

Urgido por la felicidad que demostraba Flavia me acerqué al grupo de mejicanos y, de la manera más decidida que pude, me presenté. Enseguida, mientras le di la mano a Flavia le pregunté: --- ¿No querés que vamos a la playa? Era una jugada de riesgo que podía fracasar exactamente de la manera en la que fracasó: ---No, mejor me quedo… ---contestó y, con una sonrisa adorable para los cuatro mejicanos, agregó: ---estos son divertidos ---. Y los cuatro señores, de pronto, como por arte de la magia más oriental, sonrieron apenas y se me representaron, de manera concluyente, como los hijos dilectos de Emiliano Zapata. Sé muy bien lo que digo: tenían la misma mirada.

---Bueno, quedémonos entonces a ver la diversión ---dije para salir del paso.
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