martes, 17 de febrero de 2009

Tordelli, el regreso

Y desmoronado como estaba recibí el lazo sagrado. Entró en mí el juguete voluptuoso de Flavia. Y cuando entró, empecé a sentir un dolor que, además de gustoso –porque ciertamente era liberador-, tuvo el don de permitirme ver escenas de mi niñez. Escenas plácidas. Partes de mi vida lindantes con los sueños. Recuerdo una: estoy en una esquina de Maldonado con mis amigos Ever y Joselo –dos uruguayos-. Es invierno de un día gris y ventoso. Anochece. Nos sentamos a la salida de la rotiseria de la madre de Joselo –a él lo conozco porque sus padres eran caseros de una casa vecina en Punta del Este-. Sin apuro, pasa un viejo en bicicleta y nos saluda, apenas eso, sólo baja su cabeza. Encuentro esa imagen increíblemente placentera. E incluso en el dolor revivo ese placer, lo tengo otra vez. El dolor en mi culo me lo permite.

Lo extraño es que mientras siento dolor no me quejo. No podría. Flavia también elige el silencio. De esa forma las imágenes se potencian. Llegan a cierta integración.Es cierto lo que dice Tordelli -esa noche lo corroboro-: el culo es el punto sagrado del hombre. Es el núcleo energético por excelencia. De su fuente manan todas las energías que nos constituyen. Y ahí está el centro. El haz de fuerza donde recala nuestra sabiduría. Un punto donde anida nuestra gran serpiente. Sería demasiado largo y tedioso de explicar ahora. Quiero que se limiten a aceptar esa premisa. Nada más; lo único que puedo agregar es que esa noche los padecimientos me llevaron a un estado que está más allá. El flanco de los sueños, una función que no tiene más utilidad que dejarnos ver que nuestras percepciones esconden puntos que se abren. Puntos en los que uno cae.

Y en ellos caí hasta que Flavia sacio no sé qué fragor. Y cuando lo hizo fue al baño y me dijo: ---Está bien. Bien ganado. Ahora te toca a vos…---Sonreí y ella dijo: ---Para que chupes bien el culo, primero me voy a bañar---. Y se desnudó. Y cuando salió de la ducha –pude ver la escena a la perfección desde mi cama-, mientras se secaba con una toalla, resbaló –fue de golpe seco, y todavía no sé bien por qué-. Simplemente se desnucó contra el bidet. Fue un golpe hermoso como el de la mejor botella de champagne. Me quedé quieto, muy conciente de lo que había pasado, y de cierta forma disfrutándolo. Me parecía tan propio de un plan celestial que me gustó saber que yo podía protagonizar una historia bíblica. Después me levanté y corroboré que estaba muerta; le cerré los ojos, me mojé un poco la cara, y me miré al espejo. Después, increíblemente tranquilo fui a llamar a la única persona que podía saber qué hacer y qué decir en este caso: Hugo Ángel Tordelli. Lo conocen.
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