martes, 10 de marzo de 2009

The boy with a thorn in his side

Ese vuelo tan extraño fue interrumpido por Tordelli cuando dijo: ---- Ya está querido (él emplea demasiado el querido para mi gusto).

---¿Ya está, qué? ---pregunté con fastidio por haber sido salido de mi trance.

---Ya está, podemos irnos; Flavia ya está en el auto --- me contestó.

Ya en el auto, mientras manejaba, mi amigo desplegó de su hawaiana un mapa, y a cada rato lo consultaba. Miré bien. El mapa era un mandala lleno de líneas, puntos y colores, algunos intensos y otros más apagados. Fue ante ese mapa que mi mente empezó a dudar. Al fin y al cabo ¿por qué seguía sosteniendo que Tordelli no era un loco? Para tranquilizarme me decía que ya me había dado muestras de ser un Maestro. Hubo señales, pruebas, me repetía. Pero a renglón seguido me cuestionaba esas muestras, ninguna era contundente.

De manera que me debatía entre darle preeminencia a mi mente y terminar con todo, acabar con mis locuras. Pero mi sensación corporal, lo que llamo la sensación más íntima y más inasible, me decía que todo lo disparatado tenía un sentido, un orden, era cuestión de esperar. Esperar, esperar, me repetía. Invocaba esa palabra para no tirarme del auto porque Tordelli a mi lado seguía consultando el mapa con calma, cosa que más me enajenaba.

Después, vino lo frecuente para esa época, empecé a jugar con la idea de un suicidio. Era algo que nunca iba a concretar. Me faltaban fuerzas, o mejor: ese show del suicidio era un entretenimiento, una soga que me permitía superar a Tordelli, superar la muerte de Flavia, la ida de Carola, mis instintos gays, mi falta de rumbo, en fin, la confunsión sideral, como la llamaría Tordelli después.

Una que resultó muy necesaria. Pero mientras tanto en mi mente, en la única dimensión donde vivía y sufrí me bastaba pensar que pronto iba a morir, que me iba a suicidar. Una idea bastante desesperada y triste, pero muy útil por lo estereotipada.
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