viernes, 20 de marzo de 2009

Consultemos el mapa

Terminé de leer esa hoja y miré para los costados. Quería ver dónde estaba Tordelli. Es que la lectura del texto, 2012, como lo llamo yo, me generó una necesidad: quería protección, y me sentí mal. Pero Tordelli no estaba por ningún lado; había desaparecido. Urgido, salí del auto y miré para todos lados. Tenía un dolor especial en la panza. Advertí que era la misma sensación que tenía de chico cuando me perdía. No sé por qué me perdía tanto. Llegué a creer que eran mis padres quienes intentaban perderme. Por eso había desarrollado una obsesión. No quería perderlos de vista. Era una meta imposible y cada vez que los perdía empezaba el big bang. Lo mismo cuando me tenían que buscar al colegio. Siempre, por lo que recuerdo, se demoraban. Todas esas cosas me vinieron a la mente mientras oteaba ese gran bosque donde estábamos. Entonces me puse a pensar en la cantidad de padecimientos que había tenido a lo largo de mi vida. Todos me parecieron insustanciales, forzados, hasta buscados sería la palabra. Pero el presente, el sufrimiento que tenía en ese instante, sí me pareció justificado. Todos los demás fueron inventados, pero este sí que está bravo, me dije. Estoy en el medio del bosque, con un cadáver en el baúl, y con un loco que desapareció… Miré la hora: las tres y cuarenta. Tres y cuarenta, repetí. Empecé a preguntarme qué podrían significar las tres y cuarenta. Y en eso estaba cuando, de la oscuridad, entre una cañas, apareció Tordelli. Parecía contrariado. --- No, no ---dijo---, la cosa no es por acá. No es acá donde tenemos que ofrendarla.

---¿Qué? –dije yo.

---Que este no es el lugar ---dijo en voz alta. Parecía enojado.

Feliz de que hubiera regresado, opté por decir ---Ah, bueno. ¿Y entonces? --- pregunté.

----Entonces vamos a ver otra vez el mapa. En algo le estoy chingando ---dijo Tordelli.

Y eso hizo. Desplegó el mándala lleno de símbolos en el capot del auto y volvió a consultarlo. La imagen fue adorable. Tordelli consultando ese mapa y yo a su lado intentando pescar algo. Intentaba aportar algo revelador. No sé por qué tenía la sospecha de que yo debería tener poderes o algo así. De otra manera no estaría acá, me dije. Alrededor nuestro estaban los árboles, hermosos, altos y, por sobre todo, quietos. Los grillos en el pasto cantaban. Más arriba, el cielo, sus estrellas y la luna, una inmensidad; un manto tendido para iluminar ese mándala.
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