sábado, 28 de marzo de 2009

A night at the opera

Tordelli me miró y no dijo nada. Estaba como abstraído. Me pareció que con la vista en el agua meditaba.

----Bueno --- dije ---ayudame a levantarla. Flavia se va para el agua.

Tordelli me ayudó y, entre los dos, tomando impulso, él en sus brazos y yo en sus piernas, como quien juega con un chico, la tiramos al agua. Fue rápido. E igual de rápida fue la reacción de Tordelli. Diría que instantánea. Ni bien Flavia tocó el agua, Tordelli fue detrás. Al principio fantaseé que había elegido el suicidio. Pero no, se tiró al agua como un rayo, tomó a Flavia entre sus brazos y, en una escena de verdadero dramatismo, empezó a bailar con ella. Al menos fue lo que me evocó el momento. Me hizo acordar a una película de Esther Williams. La luna en el agua creaba un hálito plateado. El agua estaba en calma, como si no importara que estuviéramos bien lejos de la costa, en el medio del mar. Tordelli seguía abrazado a Flavia, mirándola, besándola, incluido en un sentimiento de tristeza, pasión y locura. Recordé mis idas a la ópera con mi abuela. ¿Qué busca este hombre? Me pregunté. Por un momento creí que con ese rito Tordelli sería capaz de resucitarla. Llegué incluso a creer que Flavia abría los ojos. Pero estaba equivocado. Lo supe enseguida, cuando le dio un beso en la frente, hizo una cruz frente a su cara y la largó y Flavia, como si hubiese estado en el aire, desapareció. Se fue al fondo. Fue drástico, profundo y trágico. Tordelli después nadó hacia la chalana.

Cuando por fin subió, dijo: ---- En un tiempo sabremos por qué se tuvo que ir Flavia. Era un alma nueva…, no sé para qué vino con nosotros. ¿Qué función traía?...---se preguntó--- No te preocupes, lo sabremos pronto…---- dijo al fin. Y se tomó un objeto que tenía en su cuello, a lado de una cruz y lo besó. Miré bien qué era. Una chicharra negra y pequeña. Quise preguntar por qué la tenía, pero me pareció que hablar en ese momento era un sacrilegio, y me senté al lado de él a mirar la costa. Después intenté entregarme a la inmensidad. Sólo esa potencia podía mitigar mi tristeza, mi individualidad.
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