jueves, 26 de marzo de 2009

Un Tordelli y un funeral

José Ignacio estaba en calma. No había gente en el codo donde hay cuatro o cinco chalanas varadas. La luna estaba inusualmente baja y dos o tres nubes la tocaban. Alrededor de la península, el mar apenas se sentía. Era una noche de absoluta paz.

----¿Y ahora…? ---le pregunté a Tordelli.

---Y ahora vos me tenés que decir cómo va a terminar nuestra querida Flavia ---me respondió.

Esa falta de rumbo me desconcertó. ¿Estábamos embarcados en este tren en función de mis pareceres? Si era así estaba confirmado: participaba de una locura. ¿Acaso Tordelli no estaba guiando el entierro de Flavia según un sentido esotérico y sacro? ¿Qué estábamos haciendo sino?

---Bueno ---dije, y me puse a pensar ---- subámonos a una chalana….

---- Muy bien ---se limitó a decir Tordelli.

Miramos para constatar que nadie nos veía. Envuelta en una manta del telo, una escocesa, llevábamos a Flavia. Elegí una Chalana con un nombre excepcional “Il divo”. ---Bueno, arrancamos ---dije, y prendí el motor. Conocía bien esos barcos, el tío de mi amigo Ever –el hijo del casero de la esquina de mi abuela- tenía uno. Por ese motivo ir por la bahía me llevó a mi infancia. Lo miré a Tordelli, él también parecía disfrutarlo. Con los ojos cerrados inspiraba el aire. El efecto del agua cortada por nuestra embarcación nos daba una felicidad inexplicable. A lo lejos las luces del pueblo magnificaban ese sensación.

---Bueno ---concluí. --- Creo que es mejor dejarla acá.

Tordelli asintió con la cabeza. Por un motivo insondable yo había tomado el control del funeral.

---¿Si la arrojamos se hunde nomás? ---pregunté.

---Sí --- se limitó a decir Tordelli una tristeza desconocida en él.

---- Siento todo lo que pasó ---se me ocurrió decir.
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