jueves, 28 de mayo de 2009

little jesuscrist

Así conocí a Eleonora que al principio me pareció muy recatada. Una energía que me hizo cauteloso. Estudiaba para contadora y había nacido como Flavia en Santiago del Estero. La menor de un total de seis, cinco mujeres y un varón. Una chica criada en el norte para ser explorada en Buenos Aires, según imaginé; me encantaba pensar "en ella todo estaba por hacer". Y esas posibilidades me alejaron de Carola y de Flavia, del Ministerio, y de mis pesadillas imposibles con el Reich. Para salir de esos delirios estaba la imagen de Eleonora.
Le pedí fotos. Ni siquiera nos habíamos dado un beso y ya tenía una foto de ella. ¡Y cómo me servía! Me hacía la paja dos y hasta ¡tres veces por día! Miraba la foto muchas veces. Era una manía. Eleonora, en traje de baño, aparecía acostada sobre una lancha. La foto se la había sacado un ex novio en Carlos Paz. Me gustaba porque la lancha era realmente chica y estaba algo deteriorada. A ella se la veía incómoda con el rol provocativo que, se notaba, le había impuesto su ex. El agua, las sierras atrás, un leve viento en la cara. Me imaginaba todo tipo de escenas ese verano en Carlos Paz, y al novio detrás de la cámara: un actor porno yankie, rubio, grande, con una pija inhumana que castigaba a la triste Eleonora; la castigaba y castigaba. No podía ser mejor. Veía esa foto y mi maquinaría fantástica arrancaba, tomaba vuelo y subía hasta acabar en un círculo de amor. Un salto onanista.

Y no me angustiaba tanta irrealidad porque creía que era la antesala de algo cierto. Todo lo soñado iba a llegar; lo sentía. De manera que programaba todo tipo de perversiones sin pensar en la muerte de Flavia. En el sentido de su tragedia. Porque todos los que mueren temprano son pequeños Cristos. Seres que, por motivos insondables, vienen al mundo para sacrificarse por otros. Así nos redimen y nos exaltan. Son parte de redes energéticas que nos vinculan de manera extraña, almas sacrificadas.


sábado, 23 de mayo de 2009

Chippendales go extreme, qué video!

---Sí ---me respondió, y puso la llave en la puerta sin darle importancia a mi presencia.

---Soy Rupert –dije--- el amigo de tu hermana Flavia ---. Pero eso tampoco la conmovió, y giró la llave. Iba a entrar sin detenerse a conversar.

Sin duda era una chica insulsa, y no le interesaba decir algo. Como un último recurso, sonreí; pero ella nada, abrió la puerta.

Lo gracioso, ahora que lo cuento, es que... ¡esa chica terminaría en un video célebre chupando pijas!, ¡y ustedes la hubiesen visto en ese momento de mi aparición!, seria, implacable, mientras llegaba vaya a ser uno de dónde. El video transcurre en un bar cerca de Miami, es de chippendales y se llama Saratoga. Llegaríamos ahí unos meses después del momento que les cuento, por indicación de Nico, un amigo muy querido. El video se llama “Chippendales go extreme”. Solía estar en xvideos.com. Pero me detengo acá porque me estoy adelantando demasiado. Lo que pasa es Eleonora cambió tanto que me entusiasmo.

Pero, como dije, volvamos, regresemos a la puerta de un edificio francés en una calle del Once. Como ella entraba sin darme tiempo a nada, desesperado, apelé a lo extremo: ---Hace días que sueño con vos. Sueño, me levanto, me hago la paja con vos… ---y me detuve como arrepentido. Pero enseguida, conciente de que era mejor no volver atrás, desembarqué a lo grande, ---Fue un mar de leche… ---, rematé, y sonreí. Y eso, esa frase, la delicadeza de mi dicción, no sé, tal vez la seguridad con que lo dije, y mi alegría al decirlo, o la satisfacción por ser capaz de concretar esa locura con ánimo sereno, algo de todo eso quebró a esa chica llamada Eleonora hasta entonces tan gélida. ---¿Me estás jodiendo? ---me preguntó divertida.

---Pareciera, pero no tanto -- dije ya hecho un mago.

sábado, 16 de mayo de 2009

Eleonora dime tú!

Mis invocaciones continuaron los días siguientes. Me gustaba volver del trabajo y meterme en la bañadera para imaginármela. Y claro: cada día me hacía una paja. Y otra al levantarme. Si no podía dormirme también pensaba en ella. Lo mismo si en una reunión en el trabajo alguien hablaba demasiado. Era un hecho: estaba enloquecido con una chica a quien nunca había visto, pero continuaba con el rito porque, de alguna manera, sabía que todo ese trabajo mental y físico terminaría llegándole. Mi energía, caliente, llena de leche y ganas, al menos como un cuerpo etéreo, llegaría a rozarla. Y entonces el destino nos reuniría. De eso no había duda.

Al cabo de unas dos o tres semanas de sostener ese ritual tan frenético, resolví que lo mejor sería contactarla, y que el contacto fuese directo, presencial, con toda la fuerza, decisión y ganas. Me di cuenta de que si hacía eso las cosas iban a salir bien. Van a salir bien, conjeturé, porque tengo mucha potencia. Es que si algo tenía en claro, incluso en ese tiempo de oscuridad, es que si uno está cargado de decisión, las cosas se animan, van, ruedan, no podría explicarlo con mucho detalle porque es una certeza interior que tiene que ver con un lazo sagrado, un lazo con el punto misterioso, como lo llama Tordelli, el contacto con la otra realidad, la esotérica.

Pero también es cierto que en mi caso las conexiones con la mayor potencia nacían de una neurosis, y en ese punto andaba mal la cosa, pero yo entonces esos detalles no los manejaba muy bien que digamos.

Como sea, el caso es que una tarde, cuando salí del Ministerio, me fui a la puerta de la casa de Eleonora y me quedé esperando. No tenía la menor idea de cómo era su aspecto, así que se trataría de evaluar cuál de las chicas que entrasen al edificio podría ser ella. Rápido y decidido debía encararla. La otra, pensé enseguida, es hablar con el portero previo ponerle un billete en la mano, eso siempre da réditos, me dije. Y con esa decisión toqué portería. Pero nadie atendió. Así que tuve que contentarme con esperar. El edificio era de esos antiguos, los tipos parisinos en una zona fascinante y a la vez lamentable, El once. A la media hora de estar esperando entró un viejo, unos quince minutos después una vieja, supe entonces que la tercera sería la vencida, es decir, no lo supe, lo presentí, y así fue: vino una chica, un poco alta, un poco encorvada, de pelo castaño, anteojos, nada especial, y puso la llave en la cerradura.

--- Hola, ¿vos sos Eleonora? ----pregunté.

domingo, 3 de mayo de 2009

el camino tejano

Me propuse averiguar si Flavia tenía una hermana y al mismo tiempo sentí alegría. Lo mejor era hablar con Tordelli.

----Hola,cómo andás maestri?

---Bien, bien.

--- Te llamo para preguntarte algo, ¿ Flavia tenía una hermana?

---- (silencio) Sí, una menor, Eleonora. Vivía acá en Buenos Aires. Estudiaba para ser contadora. .. usaba lentes… Pero no la veo por lo menos desde hace cinco o seis años…

---- ¿Y dónde la podré ubicar?

----Dejá, yo me ocupo. Te llamo en un rato.

Así es Tordelli, una diligencia. Deslumbra en su logística. El caso es que a la media hora me llamó y me dio nombre completo, dirección y teléfono de la hermana de Flavia.

Anote todo y después, con la vista en la anotación, pensé cómo sería hermana de Flavia. Me imaginé su cuerpo y, por esas cosas que no se explican, vi su concha, de cerca, en detalle, me metí incluso entre sus labios. Como si un ánima, una energía capaz de penetrarla. Y lo hice, así, a la distancia. Fue inédito. Después, tomé el teléfono y marqué. Del otro lado me atendió una voz que tenía un acento norteño.

---¿Hola Eleonora?

---Sí, ¿quién es?

----Rupert, así me dicen, un muy amigo de tu hermana. Quisiera verte.

----¿Ruper? Nunca la escuché a Flavia pronunciar ese nombre ---dijo con un tono vacilante.

---- Sí, no sé..., me llamó Lucas en realidad ---consentí, y agregué: ---Yo estuve con ella al final…

----Bueno, adiós ---dijo, y me colgó.

Sentí pavor. Miré el aparato con la idea de volver al papel. De pronto, había nacido esa fijación por el papel, quería concentrarme en las palabras: estaba seguro de que podía hacer cosas potentes con sólo focalizarme en el nombre. Y eso hice, con seguridad, miré cada trazo, cada letra y la acaricié sin conocerla. La imagen de esa mujer era vaga. Por momentos, se parecía a la Virgen, por otros a mi abuela, después, a una chica que apareció una vez en la revista Playboy, una tejana. Tenía botas, las marcas de la bikini, un cinturón, una pistola, nada más. Decidí besarla por todos lados, de a poco, empezando por los pies, atento a su respiración y, de la nada, excitado, empecé a pajearme, en trance. Pasa muy pocas veces. En el último momento, casi al acabar, vi un planeta, grande, formado por pintitas blancas, indescriptible, lleno de fuerza.