sábado, 16 de mayo de 2009

Eleonora dime tú!

Mis invocaciones continuaron los días siguientes. Me gustaba volver del trabajo y meterme en la bañadera para imaginármela. Y claro: cada día me hacía una paja. Y otra al levantarme. Si no podía dormirme también pensaba en ella. Lo mismo si en una reunión en el trabajo alguien hablaba demasiado. Era un hecho: estaba enloquecido con una chica a quien nunca había visto, pero continuaba con el rito porque, de alguna manera, sabía que todo ese trabajo mental y físico terminaría llegándole. Mi energía, caliente, llena de leche y ganas, al menos como un cuerpo etéreo, llegaría a rozarla. Y entonces el destino nos reuniría. De eso no había duda.

Al cabo de unas dos o tres semanas de sostener ese ritual tan frenético, resolví que lo mejor sería contactarla, y que el contacto fuese directo, presencial, con toda la fuerza, decisión y ganas. Me di cuenta de que si hacía eso las cosas iban a salir bien. Van a salir bien, conjeturé, porque tengo mucha potencia. Es que si algo tenía en claro, incluso en ese tiempo de oscuridad, es que si uno está cargado de decisión, las cosas se animan, van, ruedan, no podría explicarlo con mucho detalle porque es una certeza interior que tiene que ver con un lazo sagrado, un lazo con el punto misterioso, como lo llama Tordelli, el contacto con la otra realidad, la esotérica.

Pero también es cierto que en mi caso las conexiones con la mayor potencia nacían de una neurosis, y en ese punto andaba mal la cosa, pero yo entonces esos detalles no los manejaba muy bien que digamos.

Como sea, el caso es que una tarde, cuando salí del Ministerio, me fui a la puerta de la casa de Eleonora y me quedé esperando. No tenía la menor idea de cómo era su aspecto, así que se trataría de evaluar cuál de las chicas que entrasen al edificio podría ser ella. Rápido y decidido debía encararla. La otra, pensé enseguida, es hablar con el portero previo ponerle un billete en la mano, eso siempre da réditos, me dije. Y con esa decisión toqué portería. Pero nadie atendió. Así que tuve que contentarme con esperar. El edificio era de esos antiguos, los tipos parisinos en una zona fascinante y a la vez lamentable, El once. A la media hora de estar esperando entró un viejo, unos quince minutos después una vieja, supe entonces que la tercera sería la vencida, es decir, no lo supe, lo presentí, y así fue: vino una chica, un poco alta, un poco encorvada, de pelo castaño, anteojos, nada especial, y puso la llave en la cerradura.

--- Hola, ¿vos sos Eleonora? ----pregunté.
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