sábado, 13 de junio de 2009

una rosa

El punto crucial ocurrió -se convirtió en una casualidad eterna, diría-, como un hecho capaz de hacerme ver que todo el universo nació y evolucionó inimaginables años para que en ese preciso momento yo estuviera ahí. ---!Es el presente!---me dije ---todo pasó para que yo esté acá, en un ascensor de un bonito petit hotel, con Eleonora enfrente. Después, pasó por mi mente un delfín –los adoraba de niño-, y pensé: en minutos voy a estar adentro de ella, penetrándola, y antes –la miré con cariño y ella ensayó una mirada cómplice-, le voy a chupar la concha. Le va a gustar que le refriegue mi pija por su boca y su culo -que imaginé ceñido y extasiado-. Y ella, tan cerca de mío –apenas cabíamos en ese ascensor-, sintió mi mano en concha, y respiró un poco más fuerte. Sonreí al tocarla. Llegaría a la materia que deja de ser cuerpo para ser sentido y más. Así voy a estar, insistí, descendiendo al nicho del muy temido cementerio; entonces me acordé de la bóveda de mi familia en la Recoleta. Pronto la divina va estar con las piernas bien abiertas, y voy a entrar, insistí. Será una taladrada brutal. Porque le voy a dar hasta que salga una rosa. Una rosa de algún lado va a salir. Sí o sí. Una rosa va a salir, insistí otra vez. Y entonces la pude ver, lo juro, –el ascensor todavía subía-, y yo pude ver, entre nosotros, cada vez más roja, reluciente al máximo, una rosa, una suerte de espíritu santo.

martes, 9 de junio de 2009

Super trooper

Después de unos besos, urgido, arranqué. Y, al poco tiempo de manejar, exaltado, pero con la música baja, estacioné en mi telo predilecto -Uriburu y Las Heras-. Es un petit hotel que de afuera para los desprevenidos puede no decir nada. Pero cala hondo: para empezar, porque tiene la bondad de estar cerca del cementerio y eso sin duda asegura un buen encuadre energético. Sexo y muerte van de la mano.

Hacía mucho que no iba y el solo hecho de estacionar en el garage de enfrente y de saludar a José el encargado me hizo sentir que las cosas no podían ir mejor. Veía, del otro lado de la calle, una montaña rusa. Chicas y chicos a punto de subir a un tren con estrellas fucsias, amarillas y violetas. Desde algún lugar, fuerte, sonaba Super tropper. La escena era el revival de un film adolescente espectacular.

Yo frente a tamaño éxito sensorial no dije nada. Me bajé del auto y, a la vieja usanza, le abrí la puerta a Eleonora. Caminaba como un payaso. ¡Y cómo lo disfrutaba! Estaba en el período en que el alcohol te potencia y te lleva hacia una actuación insuperable. Eleonora me seguía en el juego y se reía, y yo por momentos imaginaba que una cámara nos seguía y, por ser amantes tan felices, nos filmaba. Captaba todo el tiempo las caricias que le daba a Eleonora con dulzura, simulando un amor incalculable; uno para la posteridad. Y esa afectación me gustaba. Estas cosas no le pasan a uno seguido, alcancé a pensar ni bien pasamos por la puerta y el romanticismo, Eleonora y yo, al fin, juntos, creábamos ese instante de luz, sonrientes, de la mano.

jueves, 4 de junio de 2009

El chango Barreno -Dios lo tenga en su inmensa gloria-

Toca hoy que nos situemos en una salida con Eleonora. Habrá sido la segunda, o la tercera, la vez que la llevé a un bistró. Hasta entonces nuestra salidas habían sido a comer o a tomar algo, cosa tranquilas, tanto que hablábamos de nuestras vidas. En esas charlas yo mentía en todo. Acepté que trabajaba en el Ministerio y que estaba separado. Pero me vendí como un ser perfeccionado en Harvard y cosas así. Según dije, trabajaba en el Estado para llevarle a la contra a mis primos y amigos –títeres relucientes de megacorporaciones-, y por el afán –creo que usé esa palabra tan arcaica-, de reformarlo desde dentro. Para armar ese personaje usé todo lo que me imaginaba hubiese maquinado un tal Mariano Redruedo, un tipo que conozco de la época de Carlos I.

En fin, de Carola sólo dije que me separé porque “la dejé de amar”, con comentarios llenos de lugares comunes y estrofas insufribles que Eleonora recibía con anemia, como es ella, sin placer ni dolor. Cosa que me desesperaba. Y cuanto más desesperado estoy, más miento. Al menos las cosas solía ser así.

Hasta que en momento determinado, de la nada, mientras mentía bien específicamente acerca de mis funciones en el ministerio, Eleonora me preguntó:

---¿Conocés al chango Barreno?

---- Sí –dije con la voz entrecortada (estábamos en terreno peligroso). El chango Barreno –hombre de manos inmensas, hablar pausado y trato infalible- era un asesor del Ministro, oriundo de Santiago del Estero, y parte de la banda para la cual yo trabajaba, y…

----Yo también lo conozco me dijo Eleonora ---con menos debilidad de la que solía hablar

----Ah ---me limité a decir.

----Es mi tío ---agregó sonriente ----¿Y sabés qué? ---- La primera sonrisa brutal desde que la conocí.

---¿Qué? ---pregunté tentado

----¡No mentas más! ---me gritó divertida. Y lo gritó así, con tono norteño, con la palabra mentas en vez de mientas, y lo dijo muy bien. Tanto que terminé de reírme y la besé con ganas. La escena, el círculo energético, la exigencia de nuestra unión, no podría darse mejor.

Mientras la besaba, soñé que ella ya tenía su mano en mi pija. Y de alguna forma así era. Las cartas ya estaban echadas. Había en términos esotéricos lo que llamamos un decreto. Todo cuadraba por obra y gracia del Señor en la figura insoslayable del chango Barreno. Por eso sentía bienestar. La felicidad celestial.