jueves, 4 de junio de 2009

El chango Barreno -Dios lo tenga en su inmensa gloria-

Toca hoy que nos situemos en una salida con Eleonora. Habrá sido la segunda, o la tercera, la vez que la llevé a un bistró. Hasta entonces nuestra salidas habían sido a comer o a tomar algo, cosa tranquilas, tanto que hablábamos de nuestras vidas. En esas charlas yo mentía en todo. Acepté que trabajaba en el Ministerio y que estaba separado. Pero me vendí como un ser perfeccionado en Harvard y cosas así. Según dije, trabajaba en el Estado para llevarle a la contra a mis primos y amigos –títeres relucientes de megacorporaciones-, y por el afán –creo que usé esa palabra tan arcaica-, de reformarlo desde dentro. Para armar ese personaje usé todo lo que me imaginaba hubiese maquinado un tal Mariano Redruedo, un tipo que conozco de la época de Carlos I.

En fin, de Carola sólo dije que me separé porque “la dejé de amar”, con comentarios llenos de lugares comunes y estrofas insufribles que Eleonora recibía con anemia, como es ella, sin placer ni dolor. Cosa que me desesperaba. Y cuanto más desesperado estoy, más miento. Al menos las cosas solía ser así.

Hasta que en momento determinado, de la nada, mientras mentía bien específicamente acerca de mis funciones en el ministerio, Eleonora me preguntó:

---¿Conocés al chango Barreno?

---- Sí –dije con la voz entrecortada (estábamos en terreno peligroso). El chango Barreno –hombre de manos inmensas, hablar pausado y trato infalible- era un asesor del Ministro, oriundo de Santiago del Estero, y parte de la banda para la cual yo trabajaba, y…

----Yo también lo conozco me dijo Eleonora ---con menos debilidad de la que solía hablar

----Ah ---me limité a decir.

----Es mi tío ---agregó sonriente ----¿Y sabés qué? ---- La primera sonrisa brutal desde que la conocí.

---¿Qué? ---pregunté tentado

----¡No mentas más! ---me gritó divertida. Y lo gritó así, con tono norteño, con la palabra mentas en vez de mientas, y lo dijo muy bien. Tanto que terminé de reírme y la besé con ganas. La escena, el círculo energético, la exigencia de nuestra unión, no podría darse mejor.

Mientras la besaba, soñé que ella ya tenía su mano en mi pija. Y de alguna forma así era. Las cartas ya estaban echadas. Había en términos esotéricos lo que llamamos un decreto. Todo cuadraba por obra y gracia del Señor en la figura insoslayable del chango Barreno. Por eso sentía bienestar. La felicidad celestial.
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