sábado, 13 de junio de 2009

una rosa

El punto crucial ocurrió -se convirtió en una casualidad eterna, diría-, como un hecho capaz de hacerme ver que todo el universo nació y evolucionó inimaginables años para que en ese preciso momento yo estuviera ahí. ---!Es el presente!---me dije ---todo pasó para que yo esté acá, en un ascensor de un bonito petit hotel, con Eleonora enfrente. Después, pasó por mi mente un delfín –los adoraba de niño-, y pensé: en minutos voy a estar adentro de ella, penetrándola, y antes –la miré con cariño y ella ensayó una mirada cómplice-, le voy a chupar la concha. Le va a gustar que le refriegue mi pija por su boca y su culo -que imaginé ceñido y extasiado-. Y ella, tan cerca de mío –apenas cabíamos en ese ascensor-, sintió mi mano en concha, y respiró un poco más fuerte. Sonreí al tocarla. Llegaría a la materia que deja de ser cuerpo para ser sentido y más. Así voy a estar, insistí, descendiendo al nicho del muy temido cementerio; entonces me acordé de la bóveda de mi familia en la Recoleta. Pronto la divina va estar con las piernas bien abiertas, y voy a entrar, insistí. Será una taladrada brutal. Porque le voy a dar hasta que salga una rosa. Una rosa de algún lado va a salir. Sí o sí. Una rosa va a salir, insistí otra vez. Y entonces la pude ver, lo juro, –el ascensor todavía subía-, y yo pude ver, entre nosotros, cada vez más roja, reluciente al máximo, una rosa, una suerte de espíritu santo.
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