viernes, 31 de julio de 2009

hormiguero

El problema es que, del otro lado, por momentos, sólo vemos vacío. No parece haber nada más allá de los conceptos. Sólo incertidumbre..., una pasta horrible. Y en ese caso el problema es evidente: a priori, todos precisamos niveles de definición. Anhelamos lo preciso. Pero calma, llegará un tiempo que no será así. La comunicación será tan diferente que a nuestros descendientes les parecerá increíble que alguna vez se hayan usado sólo conceptos (este tema es complejo y luego lo desarrollaré más, creo suficiente decir que el lenguaje se transformará profundamente en la medida que lo haga la conciencia humana).

Los límites actuales de la astrología

El principal problema de la astrología es que todavía precisa de palabras. Y ahí se condena, pierde mucho. Incluso más que una traducción convencional. ¿Y por qué lo digo? Porque la astrología parte de una potencia y después esa energía se “envasa” en un símbolo (Aries por ejemplo). Y desde ese reducto es “narrada” mediante conceptos que, por supuesto, responden al lenguaje convencional. Queda claro: el pastiche existe. Por eso, creo que el principal aporte que uno puede esperar de la astrología – en mi opinión muy poco desarrollado-, es el adentrarnos, como lo estamos haciendo, en la dimensión astrológica. Porque pensar en términos astrológicos supone riqueza, implica abrir espacios diferentes.

¿Por qué? Dirán algunos. Por distintos motivos. Para empezar, porque es un acto creativo, un paso adelante. Es adentrarnos en una posición crítica que, en primer lugar, cuestiona el sentido unívoco. Creo que participar de un tiempo y un espacio debe implicar una posición crítica. Y para eso hay que tomar distancia de los acontecimientos. Valorar las cosas por lo que son; no aceptarlas porque están consagradas. En pocas palabras: hay que tomar distancia de la hegemonía. Soy partidario de desconfiar de todo lo que nos viene de arriba, de todo lo entronizado. Hay que hacerlo: todo lo que emana desde un lugar de poder pertenece al pasado. Eso, en tanto y en cuanto, las lógicas de dominación que han imperado desde que el mundo es mundo no cambien –cosa que también podría suceder en algún tiempo (en ese sentido, creo que llegó el momento de imaginar que una revolución más increíble que la acontecida en los últimos cien años con la tecnología, va a llegar en los próximos cien a nivel del pensamiento emocional)-.

Bien, pero concentrémonos en lo que pasa hoy. Para empezar, diría que en nuestra cultura, la occidental, hay una marcada tensión entre lo racional e irracional. Formas catalogadas como irracionales –pienso en la New Age genéricamente hablando, y con el riesgo que tiene la carga despectiva que acarrea el término-, han tomado nuevos bríos (como no lo hacían desde la Edad Media me atrevo a decir), y son cada vez más aceptadas a nivel general. La ciencia, lo racional, lo metodológico –que pretendió ser la estricta justicia, la explicación última desde la Modernidad-, tiende a perder protagonismo; pero no cede aún su lugar preferencial, sigue siendo el canon.

El debate por ende promete continuar; no hay duda. Y la fusión aparece como la alternativa más probable. Lo interesante es que, en medio esa tensión, en esa lucha fructífera, hay cosas interesantes. Una de ellas es la tecnología, y el desarrollo fenomenal que impone. Cualquiera puede sentirlo: no hay escapatoria, la tecnología está en todos lados. Escaparse de ella es absurdo, un fracaso, una pelea pérdida de antemano. Es el individuo contra la realidad. El mundo hoy es tecnológico. Estar contra la tecnología es situarse fuera del mundo. Es el exilio, y eso es amargo.

Pero, por otra parte, entrar en la tecnología es entregarse de manera triste al consumismo, a las megacorporaciones (estatales y privadas), a un hormiguero infernal (por lo inmenso, complejo y laborioso). Y es por lo tanto convertirse en una hormiga. Una hormiga obrera. Nunca tuvo tanta potencia esa metáfora.

El dilema es complicado. O prendo la tele y me someto a la sarta de productos pensados para dirigir mi deseo y, en última instancia, condicionar mi vida; o bien, no la prendo y vivo aislado. Como puedo, con limitaciones evidentes –sería mejor no salir ni a la calle para no verme abrumado por incitantes carteles-. Como puedo, con un montón de esfuerzo, intento ignorar lo que pasa en el mundo-consumo que está por todos lados.

Una alternativa, la que plantearía cualquier persona sabia –ya no me fío de ellos-, sería hacer el propio camino en función de lo dado –el mundo consumo-. Yo prefiero una alternativa más espectacular (todavía me siento joven). Prefiero creer en un rompimiento del esquema global, producto de un hecho que todavía no puedo dimensionar. Pero me quedo con esa posibilidad frente al tamaño tan inmenso que tiene el hormiguero.
Publicar un comentario