viernes, 27 de abril de 2012

La historia del arte es la historia de la política y a mí me pican los mandatos

Es raro cuando te das cuenta de que la mayoría de la gente responde a una suerte de arquetipo y que, al fin y al cabo, según parece, uno es, por sobre todas las cosas, lo que puede ser en el tiempo y espacio que le toca vivir más allá de cualquier originalidad. Más raro todavía es advertir que la mayoría de las acciones que emprendemos, de una manera u otra, se inscriben en determinados esquemas de poder, y que en verdad las ideas sólo son motores de esas dinámicas. Te pasa cuando vas a un acto político, saltás en la cancha; o cuando te aferras a una imagen deseada y la perseguís con denuedo por años y, cuando ves que todo es un verso y perdés la ilusión -y valiente pensás en vivir sin todo eso-, te quedás girando en el aire y exhausto te tiras en el suelo y, con la vista fija en las nubes que pasan, te relajás y disfrutás, más allá de cualquier nombre o valor, del entorno monumental.
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