martes, 26 de enero de 2016

El hombre más feliz del mundo

Dios como fuente de toda revelación
en mi ser que se amontona a la par
que crece en la luz de su imagen divina
que es imagen de otra cosa que no alcanzo
a vislumbrar.

No hay otra vía que el intentar
mejorar nuestro ser para después
tomarnos un café tranquilos
en algún lado donde se vea el mar
y lleguen las gaviotas cerca para espiarnos.

Las toninas son animales espectaculares.
Eso lo sé. Como también sé que las escolleras
tienen la fascinación de los viajes.
Que los transeúntes reúnen historias
que me gustaría conocer de los mejores
modos, en la forma de esos relatos solícitos,
relajados, en donde el que cuenta deja
que las cosas se expresen por sí mismas
y no por algún gesto dramático.

Hay en la lucha por insistir e insistir
un círculo que no sé para qué sirve,
no entiendo todavía la ganancia que tiene
la obsesión. Me imagino que es un no conformarse
con la realidad, o algo así. Me acuerdo de tantas cosas.
Ahora, sin ir más lejos, quisiera estar
sin retractarme todo el tiempo de lo que uno es,
de lo que uno hace. Si tan solo pudiera irme
del uno, del sentir por unos instantes
para integrarme mejor a un sentir más cósmico.
Pavada de cosa, me imagino. Como me imagino que para eso
tendría que meditar muchos pero muchos años,
en alguna montaña apartada como hace el hombre
más feliz del mundo. Ricard Mathieu, se llama
y habla de la felicidad en lugares modernos
y aboga porque seamos más altruistas,
más despojados de nosotros mismos.
Pero, claro, no es fácil ver una vela, que es lo
que por fugaces momentos veo, en uno mismo,
ahí mismo donde está el corazón y se forman las imágenes
y las ideas que después se proyectan en uno,
en la mente, todo el tiempo, de una manera que
no dejar de sorprenderme ni por un día.


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