lunes, 23 de febrero de 2009

El servidor

Una vez que le expliqué a Tordelli el estado de situación, me dijo: ---Voy para allá ---, y cortó. Me senté en la cama a esperar. Era el momento de un cigarrillo pero no tenía uno (no fumo). Me quedé pensando en eso: en la gracia que adquirieren las personas que fuman en momentos así. Siempre atractivos, indolentes… Miré el cadáver: Flavia tenía el encanto de antes. Las líneas blancas de su piel, signos de sus tangas, volvieron a enquistarse en mi ánimo. Se me cruzó por la cabeza desquitarme. Merecía superar esa imagen. Conseguir ese cuerpo. Había luchado por tenerlo. Debía hacer lo que tanto me había propuesto. Esas cosas pensaba.

Así que me acerqué a ella, la acomodé lo mejor que pude en el piso del baño y, cuando llegó el momento, noté que iba a tener que hacer un esfuerzo importante para que se me parase. Y eso me desoló. Me dejó frente a lo más crudo: mi histeria. Mi fijación por algo que en esencia no es nada pero que representa todo. A esa sensación la defino como "la histeria". Un lazo que anuda el aire y deja indemne lo más cierto, la figura monstruosa que está a un costado.

De manera que para terciar entre mi histeria y yo resolví hacerme una buena paja y acabar en las preciosas tetas de Flavia. No era una conclusión que tuviese una lógica estricta, pero me complació -me imagino que por liviandada ética que contenía-. Y en eso estaba, o mejor dicho a eso me disponía, cuando alguien tocó la puerta. ---¿Si?, ¿quién es?---pregunté.

---Mr Tordelli. Su servidor, my friend ---agregó.
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