Cinco y cuarenta y ocho de la mañana. Dormí mal acicateado por el dolor de estomago, pero lo más claro es el sentimiento de angustia por la cantidad de juicios que tengo. Durante años, luché por lograr tener muchos clientes, muchos juicios. Ahora ellos son mi éxito y mi condena. Debo elegir tener menos juicios o ser capaz de lidiar mejor con los que tengo. O bien debería sumar otra posibilidad -que ahora no vislumbro-.
Ahora -cerca de las seis de la mañana- veo que a lo lejos el cielo se empieza a ver más celeste, el sol todavía no asoma cerca de un edifico que dice en su parte más alta "IBM" en grandes letras luminosas. Un avión pasa. Su estruendo lejano me sosiega. También espero que me sosiegue escribir y que me sirva para algo y que ese beneficio no termine en un tipo de encierro como me ha sucedido con los juicios. Una vez se me apareció esa idea en Paría, en un bañera, estaba en el piso más alto de ese edificio por supuesto antiguo, por la ventana se veía la torre Eifell. Veía su figura en el agua caliente -era invierno-. De pronto, de la nada, apareció ese pensamiento: en algún momento lo deseado durante tantos años se iba a concretar y esa realización sería una condena.