Un territorio necesito. Esa cuestión me obsesiona de un modo bastante claro. Preciso pertenecer a un lugar. O mejor dicho: quiero estar en paz con cierto lugar. Debo, a esta altura de mi vida, encontrar eso. Salir de mi departamento, en lo alto, después de mirar la calle que baja, de otear un poco, apenas, entre dos edificios, el estado del Río de la Plata, y luego recalar, apenas, al abrir la puerta de calle, en la fuente de la plazoleta contigua a mi entrada, y por un instante —esto lo tengo que respetar mucho más— mirar el agua elevándose y también cayendo en esa fuente.
Quiero disfrutar del sonido que despliega y también de las plantas alrededor y, a continuación, quiero caminar por la calle que sube y llega hasta el Palacio de la Cancillería. Debo elegir bien después si doblar en el pasaje Sargento Cabral y caminar esa cuadra tranquila, casi sin gente, solo para doblar otra vez en el edificio Brunetta —una torre de los años sesenta— y cruzar la avenida Santa Fe, caminar una cuadra más y volver a doblar y, después de superar la avenida 9 de Julio, tomar aire en la Plaza Libertad, adentrarme hasta el monumento que está en el centro, pero un poco más abajo, fijarme bien en los gorriones que hacen su nido en las lámparas antiguas que rodean al monumento, mirar un poco el árbol enorme, el gomero, que hay al costado, retener en la memoria los perros que saltan las verjas con entusiasmo y seguir hasta la esquina del Teatro Cervantes, y seguir por la calle Libertad, luego de haber hecho contacto visual con el edificio art déco de la esquina, y mirar la sinagoga antigua.
Recién entonces podría ver hacia las araucarias de la plaza de enfrente que, con suerte, tienen en sus ramas un carancho, y que con mucha más suerte dará un graznido de esos que me gustan tanto, y luego seguiré hasta la esquina, veré otros dos gomeros inmensos, tendré el Teatro Colón a mi costado izquierdo, otra plaza más, y luego otra —en total son tres que se extienden por una cuadra—, veré el edificio de la Escuela Roca, de estilo neogriego, y por fin, a mi derecha, tendré el enorme Palacio de Tribunales, y cruzando la calle llegaré a mi oficina.