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jueves, 10 de septiembre de 2026

La empresa y su arte.

Volver a encontrar el placer de escribir. De registrar un poco lo que me ocurre. Eso quiero lograr. Pero no es fácil. Máxime cuando se está inmerso en la creación de una "empresa". Me levanto en el medio de la noche agobiado por una carga inmensa. Absorto en cada uno de los pagos y de los roces con las personas que trabajan conmigo; fricciones que me irritan y que, lo peor, me alejan de las cosas más significativas de la vida, que me ocurren en el medio: mi padre debería encarar una cirugía para reemplazar su cadera, mi madre debería hacer una consulta con un neurólogo. También en el mientras tanto he tenido un ataque de celos -por llamarlo de alguna manera- que habla de una problemática mucho más profunda que la vinculada a una serie de preocupaciones "laborales" y que ni siquiera en este espacio me animo a tratar -por ahora-. 
Mi cabeza tiene caspa. Otro dato relevante. Quiere decir que hay algo en mi cabeza que está irritado; desea reaccionar. La duda por supuesto es si debo bajar el nivel de exigencias en torno a la "empresa" o si debo persistir hasta que "ella" rinda sus frutos. 
Sé que la dinámica del esfuerzo en pos de una recompensa material no paga. Pero no encuentro nada para hacer -esa es la verdad- significativo con mi tiempo de otro modo. Lo diferente sería ser "artista". Pero el "arte" es un camino mucho más sacrificado que el de la "empresa". Es un terreno minado. Dedicarle los años todavía más "productivos" de mi vida podría ser una jugada de riesgo que no estoy en condiciones de afrontar. No me podría liberar de la necesidad de triunfar en el mundo del "arte", y el triunfo en el mundo del arte, no solo es sumamente difícil sino que seguramente me llevase al mismo lugar que estoy ahora con mi "empresa". La solución entonces sería apartarme de muchas de las ideas de triunfo que tengo en mi cabeza. Una revolución que no logro encarar.

lunes, 7 de septiembre de 2026

La realidad

Hoy, como tantos domingos, al final, en plena madrugada, después de tantos pero tantos años —creo que casi treinta—, en vez de descansar y sentir al fin la cabeza ligera, inmersa en los resultados del fútbol o en cosas por el estilo, tengo un deseo que me impulsa a crear algo digno, imperecedero.

En la antigüedad, supongo, serían creaciones imprevistas o necesidades religiosas, incluso espirituales. En mi caso, también supongo, la compulsión pretende borrar el hecho de que el tiempo pasa, los hechos se pierden y la memoria no alcanza ni remotamente para evocarlos. Luego viene el fin.

Estuvimos hace un rato en el cumpleaños número ochenta y cinco de mi suegro. Mi suegra, a su lado, casi no gesticulaba. Sus hijas, en especial la mayor, reían de un modo estruendoso. Parte de sus nietas también hablaban a los gritos. Todos parecían especialmente exaltados. Me sentí sumamente ajeno a esa escena. Distante y triste, incluso. Los miraba como desde un bote en el que remaba por un río ancho durante una noche cálida, mientras ellos, a lo lejos, en la orilla, sentados alrededor de una mesa, reían a carcajadas.

sábado, 5 de septiembre de 2026

Los piletones

 De regreso, en la bajada, mi hijo me intenta explicar dónde quedan lotes libres en el club de campo que vamos los fines de semana. Pero sus referencias me resultan confusas y me ofusco. Percibo con claridad mi ira, una reacción visceral que no tiene fundamento lógico. Me abruma mi incapacidad de retener las referencias que emplea. No obstante, con un éxito relativo, intento matizar ese enojo. 

Una vez que llegamos al auto le digo que conduzca y de nuevo el hecho de que vaya a lo que considero alta velocidad enciende mi ira. Debo otra vez enfrentar el trabajo de contenerla. Por qué debo vivir con esta ira tan lista para aflorar en cualquier minuto no lo entiendo.

Tomamos un camino que tiene a sus costados personas y máquinas trabajando en lo que supongo pronto será un tramo asfaltado. El valle y la ruta corren en forma paralela al río. Luego cuando cruzamos un puente, nos quedamos en la mitad para sacarle fotos a unos álamos que, gracias a sus hojas amarillas, son despampanantes. Pero a lo lejos viene una camioneta y debemos seguir viaje. 

Al llegar a lugar indicado como la cascada y los piletones, bajamos del auto y caminamos un poco entre los pinos. Desde lo alto, contemplamos el paisaje. Un canal formado por rocas en donde el agua avanza. Me fijo en un turquesa mezclado con la espuma y con un azul en las partes más profundas. También hay grandes rocas que se alzan con formas redondeadas. Del otro lado, veo una cuesta muy pronunciada que aloja un caballo con manchas marrones y blancas pastando. Nos preguntamos de quién será; y también de quién será la tierra que vemos todo a lo largo y lo ancho. Se ven cerros más ceca y montañas a lo lejos. 

Un hombre, también con su hijo, aparece desde un costado cerca del lugar donde estamos sentados. Es más viejo que yo y tiene una panza prominente. Cuando parten nos quedamos a mirar cómo viaja ese enorme caudal de agua que envuelve a las rocas, las empapa, las cubre y sigue. Como otras veces mi hijo me pide que sigamos viaje y como otras veces le digo que me deje contemplar el paisaje dos minutos más. 


jueves, 3 de septiembre de 2026

Las cartas

Siete menos cinco. Logré dormir de corrido al menos desde casi la una de la mañana. Las cuestiones laborales me abruman. Lo de siempre: demasiados juicios. Muchos temas, muchas responsabilidades. Pero tampoco me animo a desistir de ellos —aunque podría—. Por un lado, la ambición me empuja a seguir; por otro, mi tolerancia a la exigencia me pide parar.

El aire está calmo. Casi no hay ruidos. Amanece. Debo fijarme en eso. Concentrarme en el sonido que hacen mis dedos sobre el teclado. En el sonido de los autos a lo lejos. Apenas escucho un gorjeo. Casi nada.

La fuente de abajo no funciona desde hace meses. Escuchar el rumor del agua me ayudaría. Debería contactarme con una mujer que conoce mi pareja y trabaja en el gobierno de la ciudad para pedirle que vuelva a emerger el chorro de agua de esa escultura —un niño—. Así se escucharía el agua caer sobre el bronce.

martes, 1 de septiembre de 2026

Ningún peso en los pies

 

31 de agosto de 2026

Once y cuarto de la noche. Perdió uno a cero nuestro equipo una vez más. Mi hijo de veinte años me dijo: “No puedo creer que mañana tenga que ir temprano a la facultad.” A su lado, en el sillón, se me ocurrió pensar fijo en la cara de preocupación de algunos jugadores de nuestro equipo que caminaban hacia el vestuario, “Hasta hace poco era un niño”. Lo vi entonces a mi hijo a la salida del colegio, también caminando, pero viniendo hacia mí sin ningún tipo de peso en sus pies, con la mochila inmensa para su cuerpo en la espalda, que ni siquiera parecía molestarlo, y el pantalón gris que a mí, de chico, me picaba y que él usaba hasta la noche. Nada impedía que a cada paso pareciera que él danzase, apenas contoneándose, o más bien desplegando una gracia que se fijaría en esos años.

domingo, 30 de agosto de 2026

Recuerdo de una noche

No había nada que decir

y por eso no dijimos nada.

 

Un beso y cada uno 

caminó en un sentido distinto.

 

La noche continuó, sin embargo,

como si nada.

 

Los autos pasaban por la calle,

uno tras otro.

El semáforo pasó

del verde al colorado.

Recuerdo ese color

de un modo perfecto.

También el impacto del frío en mi cara

y el sonido de mis pasos.

Me pareció que sonaban

como si tuviese las botas altas

que usaban los soldados alemanes.

 

Pero solo llevaba unas zapatillas 

Nike grises, de lo más livianas,

que hasta entonces amaba.

sábado, 29 de agosto de 2026

Feria de arte

 

Estaba en el medio 

de un pabellón inmenso 

en ese sueño. 

Se desarrollaba una feria de arte,

pero no había nadie más que yo

y montones de stands con objetos de arte. 

Pinturas y esculturas 

que me parecían de baja calidad.

Luego estaban las mías

(también insatisfactorias).

Arriba, cerca del altísimo techo, 

 un ave bastante grande,

un carancho me parecía que era,

sobrevolaba el techo 

del predio buscando un lugar 

donde posarse.

Aleteaba cerca de las chapas,

pero no lo encontraba. 

La empresa y su arte.

Volver a encontrar el placer de escribir. De registrar un poco lo que me ocurre. Eso quiero lograr. Pero no es fácil. Máxime cuando se está ...