A las cinco y media estaba pintando a la espera de mi amigo N., que iba a venir al taller para encontrarse con mi hija y con V., una joven que de algún modo es su socia. Luego se sumaría mi pareja. El propósito: que N. les diera pautas para desarrollar el emprendimiento de prendas de fieltro de mi hija y mi pareja. Apareció afable como es, calmo, vestido de saco y pantalón de franela gris, con anteojos y una mochila al hombro. Serio y a la vez descontracturado. Barba algo incipiente y una cierta tristeza sostenida por una presencia suave, de una nobleza que no encuentro en casi nadie.
A las siete y media terminamos de ver el plan de negocios de mi hija con la ayuda de N., siempre contento y, al parecer, entusiasmado de colaborar de manera desinteresada. Me puse a pintar apenas unos pocos minutos mientras ellos intercambiaban las palabras finales y después acompañé a N. hasta su camioneta, estacionada a pocas cuadras. En el camino hablé de las dificultades que tengo para insertarme en el mundo del arte y repetí el discurso más o menos armado que tengo para justificarme. Lo bueno es que esta vez lo hice sin demasiado convencimiento. La noche era fría. N. me dejó a pocas cuadras de mi casa, en la esquina de Arroyo y la avenida 9 de Julio. Cuando me bajé de la camioneta, a la espera de que cambiara el semáforo, miré un edificio de estilo art nouveau italiano. El último piso, iluminado, mostraba una lámpara moderna fantástica. Pensé en las tardes en que volvía de la oficina sin sentir que el día hubiera tenido demasiado sentido y miraba ese mismo edificio, cientos de días, miles, durante años. Al menos ahora vuelvo por otras cuadras, pensé, gracias a que voy al taller. Me vino entonces la imagen de esos cuadros nunca acabados, nunca del todo bien pintados.