Volvemos a San Martín de los Andes desde Villa Meliquina. El lugar me ha gustado. Mi hijo opina lo mismo mientras bordeamos de nuevo el lago, visible un poco más abajo. Solo al final del lago, el terreno se vuelve plano. Hay un playa donde dos personas suben una lancha a un trailer. Es el fin de su jornada de pesca, por lo que entiendo. Veo que hacen todos sus movimientos sin apuro, parecen pescadores que han terminado por hoy su trabajo, aunque son personas que han salido a disfrutar. La vida en otro lugar, pienso.
Tomamos por la ruta cuarenta. Curvas, subidas, bajadas. Mi hijo, le hago notar, maneja un tanto rápido. Llegados a San Martín, tomamos por las calles del centro -que muestran casas con flores espléndidas y frentes bien cuidados- y luego la ruta hacia nuestra casa circunstancial. El tiempo está templando a pesar de que ha caído el sol. Lo noto en unos jóvenes que salen de un colegio en remera. Una chica, en soledad, espera un ómnibus con una remera que incluso le deja la panza al aire.
Ya en la casa, es el turno de cocinar. Corto unos bife de chorizo en rodajas, le echo a una sartén el aceite de oliva premium que he comprado, corto dos cebollas y un marrón verde. Por otra parte, hiervo unas batatas y se las voy a echar a la carne. El resultado es bueno. Cenamos eso. Yo solo tomo un buen vino, mi hijo no toma.
Después, de comer, constato que afuera el tiempo sigue templado. Silencio casi absoluto. Agradezco eso. En el cielo, diviso algunas nubes. Anuncian lluvias para la madrugada y es comprensible: el aire tienen cierta densidad.