Hoy, como tantos domingos, al final, en plena madrugada, después de tantos pero tantos años —creo que casi treinta—, en vez de descansar y sentir al fin la cabeza ligera, inmersa en los resultados del fútbol o en cosas por el estilo, tengo un deseo que me impulsa a crear algo digno, imperecedero.
En la antigüedad, supongo, serían creaciones imprevistas o necesidades religiosas, incluso espirituales. En mi caso, también supongo, la compulsión pretende borrar el hecho de que el tiempo pasa, los hechos se pierden y la memoria no alcanza ni remotamente para evocarlos. Luego viene el fin.
Estuvimos hace un rato en el cumpleaños número ochenta y cinco de mi suegro. Mi suegra, a su lado, casi no gesticulaba. Sus hijas, en especial la mayor, reían de un modo estruendoso. Parte de sus nietas también hablaban a los gritos. Todos parecían especialmente exaltados. Me sentí sumamente ajeno a esa escena. Distante y triste, incluso. Los miraba como desde un bote en el que remaba por un río ancho durante una noche cálida, mientras ellos, a lo lejos, en la orilla, sentados alrededor de una mesa, reían a carcajadas.