No había nada que decir
y por eso no dijimos nada.
Un beso y cada uno
caminó en un sentido distinto.
La noche continuó, sin embargo,
como si nada.
Los autos pasaban por la calle,
uno tras otro.
El semáforo pasó
del verde al colorado.
Recuerdo ese color
de un modo perfecto.
También el impacto del frío en mi cara
y el sonido de mis pasos.
Me pareció que sonaban
como si tuviese las botas altas
que usaban los soldados alemanes.
Pero solo llevaba unas zapatillas
Nike grises, de lo más livianas,
que hasta entonces amaba.