Archivo del blog

miércoles, 15 de abril de 2026

Un día como tantos otros


Día como tantos otros, aunque no insulso. Duermo y me despierto con el siguiente recuerdo: mi hija me explicaba que la persona que cayó al vacío, en su intento por atemperar el golpe, se tomó las rodillas. Ocho pisos. Pero aún tenía esperanza. 

Me despierto con una angustia severa. Es un día de sol. Nueve y treinta. Aparezco en la sala de estar y no encuentro a nadie. Todo limpio. La señora que hace las tareas domésticas está en el lavadero. "Cómo anda María", pregunto. Bien y usted, responde. Bien, digo. Le ofrezco un café con leche y acepta. 

Empiezo a ver el diario en la computadora e intento corregir algo que he escrito. Un libro incluso publicado. Siempre hay algo que falta y me impide sentirme complacido. Ejercicios mínimos en una alfómbra y se despierta mi hija y al rato mi hijo. Desayuno. Ellos están sumamente preocupados por nuestra perra. No se siente bien desde hace unos días. Tal vez un virus estomacal. Tiene trece años. El tiempo se va para ella, sospecho. Salgo para mi oficina diciéndome que es un día es fresco, pleno. En el camino le dicto al teléfono asuntos de trabajo y pretendo avanzar con lo mío. 

En el oficina converso con mi padre los detalles de su retiro. Tiempo histórico. Una etapa se cierra. Pronto él se va y me quedo trabajando con la computadora como cada día. El palacio de tribunales está enfrente. Mudo.  

lunes, 13 de abril de 2026

Maderas y hierros

Pasamos por el llamado "Paseo H" donde un par de conocidos tienen su puesto. Una señora que vende artesanías del pueblos originarios del norte y un hombre que realiza objetos decorativos con materiales reciclados -madera y hierros-. Con el hombre me puse a charlar de varias cosas hasta que llegamos al tema de su madre. Deprimida, me explicó, desde los cuarenta años. Tiene ochenta y anda en un plano bien bajo, mucho más que antes, me dijo mirando hacia la gente que pasa por la peatonal. No quiere salir de su casa. Él tiene que proveerle la comida y la visita día por medio (la señora vive en un lugar a quince o veinte minutos en auto). 

Mi amigo, hijo único, me contó también que su padre murió hace doce años. Lo acompañó el último mes de vida. Había fumado mucho. Casi no podía respirar. Sus padres se llevaban bien, pero estaban separados. Él también está separado. Le dejó su parte de la casa a la ex mujer y ahora alquila un departamento pequeño a media cuadra de su negocio (lo he visto ingresando raudo a ese lugar que está junto a un restaurante y un grupo de cabañas). 

Su hijo estudia terapia ocupacional en una ciudad distante unos trescientos kilómetros. Me explicó todo eso con un tono neutro con un trapo de rejilla en la mano.  Luego me dijo que tenía que ir a lavar un pincel y desapareció. 

domingo, 12 de abril de 2026

Cinco de la mañana

Me levanté antes de la cinco y vi al portero que suele limpiar la vereda con una manguera a esa hora. Riega la vereda frente a un edifico casi al final de la calle que baja. Mi balcón y ventana están una esquina particular. Hay un plazoleta abajo y la esquina sobresale un poco más que la vereda de enfrente. Por eso mi balcón mira franco a la calle que baja. 

Al costado, se levanta un edifico antiguo palaciego y, a continuación de la calle que baja, se ve una avenida, la estación central de trenes, la terminal del ómnibus, unos silos en el puerto y el río. Además del portero, en el supermercado un poco antes, se veían las luces prendidas y la puerta entreabierta. En esos momentos suelen verse a personas entrando a trabajar. 

Decidí tirarme el tarot. Las preguntas fueron las de siempre y lo mismo las respuestas. 

sábado, 11 de abril de 2026

Un ejemplo

 Liberarme de esas ideas convertidas 

en sentimientos que me han tenido 

con una soga gruesa 

-como la de los trasatlánticos- 

atada a mi pierna izquierda -soy zurdo-. 

Quisiera adentrarme en otras cabezas. 

Saber cómo siente otra gente.

Si tuviera esa facultad viviría lejos.

jueves, 9 de abril de 2026

Con todo mi amor

 Me bajo del auto en la estación de servicio ubicada en el kilometro ochenta y tres de la ruta 2. Cargo nafta. En el auto están mis hijos, mi pareja. El hombre que me atiende -sesenta años, reposado, y que supongo amante de la buena comida, me limpia los vidrios del auto. Luego, me da una moneda para usar el medidor de aire. Se lo agradezco. Mido el aire de mis neumáticos y miro al otro lado de la ruta, justo donde hay unos eucaliptos. Apenas se mueven. Cae la tarde del fin de un verano. La temperatura es ideal. Cantan los pájaros. El mundo se aquieta por un instante. 


martes, 7 de abril de 2026

Agua vivas

 Día último de playa. Decido ir al mar no obstante son las tres de la tarde. El calor es abrasador. Me bajo del auto y subo el médano. La arena quema mis pies incluso con las ojotas puestas. Bajo la pendiente con la idea de dejar mi mochila en custodia del bañero, pero desisto porque tengo que caminar demasiado hacia la izquierda. Voy a la orilla, digo: "Buenas tardes" a un señor que está con su familia. Le pido si me cuida la mochila mientras me baño en el mar. Me responde que sí, pero me advierte: "Hay muchas aguas vivas en el agua". Su hijo -unos cuatro años- se dedica en la orilla a armar una montaña con ellas. La miro sin desistir de mi propósito. Le aclaro que me estoy volviendo a la ciudad y que nada en el mundo me va a impedir el último baño. Pero voy a estar atento. 

Veo pronto una agua viva a la distancia. No es grande, me digo cuando me sumerjo. La sensación de un peligro controlado -no es tan grave finalmente ser picado por una agua viva- me hace disfrutar todavía más el contacto con las olas. Siento su fuerza, esa frescura y, pronto, me animo a barrenar una. 

Junto a otras personas me acerco a una ola que está por romper, la tomo en el punto medio, el preciso para luego barrenar, braceo, y sí, la tomo. Ella me lleva de un modo impecable. De hecho, soy el único que la ha tomado tan bien. Luego repito esas barrenadas dos veces más y juzgo que es mejor no tentar más a la suerte. Me acerco a la orilla. Meto simbólicamente por última vez la cabeza bajo el agua y trato de retener la sensación del agua. 

domingo, 29 de marzo de 2026

Tipo de vida

 El día prometía ser de sol pero está más bien nublado. Después del desayuno me resuelvo a pintar un poco. No avanzo mucho con la pintura, pienso mientras acomodo una tela. Supongo que porque no tengo ánimo para trabajar de un modo sistemático. 

Cerca de las tres salimos a caminar y luego a la playa. El bosque y sus caminos. Eso me entusiasma. En la playa, desde el médano, sentimos el alboroto de la gente sobre la orilla. Perros, vendedores ambulantes, chicos que juegan. Elegimos un lugar cerca del mar. Ni bien pongo mi silla, siento el viento agradable. El mar, por lo que veo en la reacción de la gente, tiene agua vivas. Cuando me meto lo corroboro y opto por nadar con precaución. Tanta que pronto desisto. Me quedo un poco más cerca de la orilla. Quiero recibir el embate de las olas (ya menos intensas después de un recorrido). 

El agua tiene hoy un color marrón. No así más atrás, después de la rompiente. Cuando salgo del agua charlamos un poco con mi pareja. Hay bastante gente alrededor y eso me distrae a la hora de contemplar el mar. Por eso me fijo en las olas a lo lejos. Pero me cuesta abstraerme de la gente que pasa por la orilla. Me pregunto cómo sería si pudiera abstraerme de mis pensamientos y lograr una concentración serena, limpia. El mar y la continuidad de sus olas hasta lograr el desapego que tiene el viento cuando toca mi cara.

Un día como tantos otros

Día como tantos otros, aunque no insulso. Duermo y me despierto con el siguiente recuerdo: mi hija me explicaba que la persona que cayó al v...