Día como tantos otros, aunque no insulso. Duermo y me despierto con el siguiente recuerdo: mi hija me explicaba que la persona que cayó al vacío, en su intento por atemperar el golpe, se tomó las rodillas. Ocho pisos. Pero aún tenía esperanza.
Me despierto con una angustia severa. Es un día de sol. Nueve y treinta. Aparezco en la sala de estar y no encuentro a nadie. Todo limpio. La señora que hace las tareas domésticas está en el lavadero. "Cómo anda María", pregunto. Bien y usted, responde. Bien, digo. Le ofrezco un café con leche y acepta.
Empiezo a ver el diario en la computadora e intento corregir algo que he escrito. Un libro incluso publicado. Siempre hay algo que falta y me impide sentirme complacido. Ejercicios mínimos en una alfómbra y se despierta mi hija y al rato mi hijo. Desayuno. Ellos están sumamente preocupados por nuestra perra. No se siente bien desde hace unos días. Tal vez un virus estomacal. Tiene trece años. El tiempo se va para ella, sospecho. Salgo para mi oficina diciéndome que es un día es fresco, pleno. En el camino le dicto al teléfono asuntos de trabajo y pretendo avanzar con lo mío.
En el oficina converso con mi padre los detalles de su retiro. Tiempo histórico. Una etapa se cierra. Pronto él se va y me quedo trabajando con la computadora como cada día. El palacio de tribunales está enfrente. Mudo.