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lunes, 21 de septiembre de 2026

Kavanagh, se llama

yer me levanté a las nueve y treinta, cuando mi hijo salió para la facultad, donde cursa, por el ascensor de servicio.

Debería pedirle que salga por el ascensor principal. Los últimos días, en especial, me cuesta mucho dormir de corrido —me levanto en la mitad de la noche y no vuelvo a encontrar el sueño hasta dos horas después—, pero también debería gestionar ante el Gobierno de la Ciudad que una alarma para ciegos que hay en un semáforo de la esquina de mi edificio deje de sonar por las noches —un ruido que justamente me perturba cuando me despierto en la mitad de la noche e intento meditar en la oscuridad de mi living, frente al edificio antiguo llamado Estrugamou, que baja la calle en forma perpendicular—.

En esas ocasiones, durante la madrugada, me ponía a escribir, pero en el último tiempo prefiero no saber qué hora es y solo me quedo frente a los grandes ventanales antiguos de mi edificio art déco y miro el cielo, la azotea del edificio antiguo, del otro lado de la calle, o el primer rascacielos de esta ciudad, a lo lejos, detrás de la plaza San Martín. Kavanagh, se llama.

Si veo un avión cruzar el cielo, después de despegar de Aeroparque, significa que son al menos cerca de las cinco de la mañana. Mi antigua referencia —que las luces del supermercado Disco ya se encuentren encendidas— ya no funciona. El establecimiento ha sido cerrado hace más o menos un mes para que, según me ha dicho una vecina, se levante una torre que me ha de privar de la vista directa al Río de la Plata.

Ese supermercado estaba desde que llegué a este departamento hace veintidós años y pertenecía a una gran cadena que sigue en pleno funcionamiento en otros lugares de la ciudad. No he tenido suerte al respecto. Aunque es cierto que también generaba un ir y venir de camiones que lo abastecían, que originaban bocinazos a veces y, en muchas más ocasiones, un molesto sonido de alarma de los vehículos cuando hacían marcha atrás.

También se reunían, por turnos al parecer, dos personas al menos para pedir una limosna o alimentos a la salida. Supongo que venían desde un barrio llamado popular poco distante —un asentamiento antiquísimo en tierras fiscales detrás de la estación central del tren—.

O no sé, en realidad, de dónde venían con exactitud; mi cabeza le suele asignar a ese barrio popular unos efectos que tal vez no sean ciertos.

domingo, 20 de septiembre de 2026

Cierta paz

 Una y otra vez ha intentado, a lo largo de las décadas, no pensar y no ha podido, porque siempre aparece un pensamiento o una imagen. Una sucesión de escenas atraviesa su cabeza incluso durante la noche, en sueños.

Quisiera ser capaz de permanecer mucho tiempo atento a un ruido placentero. Las casi imperceptibles olas que golpean ahora los escalones de hormigón del club náutico en donde está sentado. Ocupa un banco de madera blanco y enfrente está el Río de la Plata, que en realidad se parece más bien a un mar, pero de un color marrón extraño y apasionante.

Hay cuatro mástiles, también blancos, sin banderas, que, gracias al viento, generan un mínimo ruido —también agradable— con sus cuerdas al rozar el metal. Unos patos pasan en dirección al Este y varios chimangos —al menos cuatro, dos y dos— en dirección al Oeste. Los patos han seguido hasta la siguiente península —un espacio con muchos árboles que pertenece a la Ciudad Universitaria—.

Pronto se han perdido muy a la distancia. Los chimangos, en cambio, recalaron en el único árbol de grandes proporciones que se ve en la franja izquierda de la costa, luego del canal.

Pero eso ha sido todo y de nuevo ha vuelto a pensar. Quiere escribir un libro. Tratará, se dice, acerca de las afecciones que toman a los cuerpos. Así dirá con lujo de detalles lo que pasa en su cabeza. Esa sucesión de imágenes y pensamientos que lo tienen maniatado entre temores, fugaces placeres y preocupaciones será retratada. Así alguien podría tomar nota del enorme caudal de tráfico que tiene dentro de su cerebro y tal vez eso produzca algo.

sábado, 19 de septiembre de 2026

El zorzal.

Mañana de sol. Dormí ocho horas, pero con sueños, como siempre, intensos, vertiginosos y, por lo tanto, agotadores. Los pájaros cantan. No tengo problemas evidentes de ningún tipo y, sin embargo, mi sensación emocional no es buena.

Quisiera sentirme tan feliz como ese pájaro, un zorzal, que veo trinar sobre un arbusto frente a la casa. Se esfuerza por sacar de sí todo lo que necesita, se estira, alza su pico y sí, nos vierte un canto monumental, fantástico.

Imposible que sepa el tipo de milagro que realiza.

viernes, 18 de septiembre de 2026

Otra noche

 Luego de dormir mordiendo el protector bucal toda la noche, como lo hace siempre, se levanta al fin para ir al baño. Ha dormido bien, se puede decir. Más de nueve horas, calcula. Al fin.

Los sueños han sido intensos. Dudaba, en el último, si comprar un libro de poesías clásicas chinas porque su valor era alto —cincuenta dólares— y ya había comprado otro de ese mismo precio. Se decía en el sueño: ¿los iré a leer o será más bien algo aburrido? El detalle de que hubiesen quedado en el tiempo le infundía esperanzas y preguntaba dónde debía pagarlo.

Pero se despertó, fue al baño y, luego de correr las cortinas —en esa época de invierno no bajaba las persianas—, se preguntó por qué se sentía tan mal.

Era viernes. No debía ir a la oficina si no lo deseaba. Podía incluso ir al club junto al río, pero nada de eso lo sacaba de una angustia inmensa que lo abrazaba. Esa era la verdad.

Los últimos días se sentía especialmente de mal humor. No tenía un trabajo que lo entusiasmara. Tampoco el arte parecía conducirlo a ningún lado. Incluso no podía decir que tuviera un lugar, una casa, que amara.

Y había algo en él que no quería para nada: una codicia mezclada con una forma de calcular sus jugadas, sumada a un narcisismo perpetuo, fatuo y, al mismo tiempo, imborrable; llevado a un límite —el vivir pendiente de sí mismo— que le provocaba un malestar aprisionante.

Esa era la verdad.

Debía cambiar, pero no confiaba ya demasiado en poder hacerlo.

¿O sí?

Algo haría, se dijo.

Mirar el río un buen rato, por lo pronto, más tarde.

jueves, 17 de septiembre de 2026

El limonero

 Este limonero, dice el hombre que cuida mi jardín, necesita protección frente a las heladas que vienen. Y toma una hoja de la planta en sus manos de manera suave, la apoya casi sobre la palma de su mano, y luego me hace ver sus frutos y agrega: Ya tiene limoncitos. ¿Lindo no?, pregunta. 

Luego, me dice: Bueno, sigo, me voy. 

Así vamos. Con un tono jovial, casi el de un niño. Lo miro irse. Calculo que debe tener más de sesenta años. Reparo en su andar. Pasos cortos, rápidos, felices y se sube a una camioneta nueva. Gris oscura. Limpia. Incluso brillante. 

miércoles, 16 de septiembre de 2026

Amanece

 Amanece. Todo un mundo se abre más allá de la ventana que mira a la calle que baja. La primavera está cerca. Un zorzal ha trinado cuando todavía las sombras eran mucho más grandes. Ahora por lo visto ha callado. Nada se mueve. Más temprano, solo el portero que limpia la vereda casi al final de la calle que baja a eso de las cinco y media de la mañana. Antes también un avión dobló en dirección al Río de la Plata. Ahora otra vez un zorzal a Dios gracias. He realizado una serie de ejercicios que me han dado cierto sosiego. Uno mínimo frente a las cuestiones que me acicatean. Y lo más importante: me he dado cuenta que puedo cambiar mis pensamientos. Una escultura hecha por mí en mi casa podría tener una trascendencia bíblica. 

domingo, 13 de septiembre de 2026

Joven madre

 Salí con el tiempo justo de mi oficina porque, como tantas veces, permanezco hasta el último minuto trabajando en pos de una productividad que me dé un sosiego que será pasajero. Cumplir con las cargas del día para poder descansar.

Tomé un taxi que por suerte pasaba por la esquina de mi oficina. Lo primero que hice fue felicitar al taxista por lo nuevo que era el auto. El hombre, algo apocado, sonrió apenas. En el viaje hablamos de las posibilidades que existen hoy en día para obtener el tipo de auto que él manejaba e incluso evaluamos la alternativa de compra de los vehículos chinos nuevos en nuestro mercado.

Mi hijo me llamó cuando cruzaba la Nueve de Julio para ver si estaba llegando. Ya estaba esperándome en la cancha de paddle junto con su amigo y el padre, que es amigo mío.

En la esquina de Alsina y Piedras admiré una iglesia antigua que no conozco; me propuse entrar en ella ni bien pudiera. Ya en la entrada, el hombre de la recepción me dijo que me estaban esperando en el tercer piso. Cuando quise tomar el ascensor, acotó: «No anda», y subí rápido por las escaleras.

Jugué con mi hijo y perdimos de un modo bastante categórico. Los peloteos, no obstante, fueron animados. Esperaba incluso menos de mi hijo, dado que no había jugado más que un par de veces al paddle y pocas veces más al tenis.

La visión de los edificios antiguos de la vereda de enfrente y los costados me sumergió en un ambiente de principios del siglo pasado. Trabajé en el edificio de enfrente hace no menos de veinticinco años, le dije a mi hijo, fijo en las ventanas del edificio donde iba a hacer monótonos controles burocráticos para ganarme un sustento. Recordé entonces cómo cantaba mientras trabajaba. Una mujer un poco más grande que yo me daba a entender de muchas maneras que le gustaba escucharme. Era atractiva, casada, joven madre.

Kavanagh, se llama

yer me levanté a las nueve y treinta, cuando mi hijo salió para la facultad, donde cursa, por el ascensor de servicio. Debería pedirle que s...