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viernes, 5 de junio de 2026

Villa Meliquina

 

Nos sentamos en un salón pensado para restaurante sin mayor gracia. Solo el hecho de ser nuevo. O sí, hay grandes ventanales que miran al lago. Hubiese preferido sentarme afuera, pero mi hijo no querido debido al viento (y con todo lo intentamos pero enseguida mi hijo optó por el interior). 

Pronto, aparece una señora de mi edad vestida con una prenda verde agua con gasas. Me parece bastante sofisticada para el lugar. El conjunto es un vestido corto, advierto. También le veo unos borceguíes negros. Es morocha y tiene retocada su cara, especulo. No sabría decir si con Botox o qué. 

De un modo muy amable, nos pregunta qué vamos a pedir. Una limonada de mente y jengibre, sin azúcar, `por favor, le digo. El hecho que sea sin azúcar la desconcierta. Me ofrece edulcorante. Le digo que no es necesario, e incluso insiste en traerlo aparte. De alguna forma su buena predisposición generan en mí una atracción antiquísima. Tal vez como la de un colegial que descubre a su lado a un chica de su edad.

En ese punto del día con mi hijo dudamos si también pedir de almorzar. Es más bien temprano para la hora en que suelo almorzar -la una y veinte de la tarde-. Pero resolvemos pedir. Mi hijo una milanesa con papas fritas. Yo dos empanadas de hongos y una de carne. 

Al rato, voy a la puerta de la cocina, llamo a la señora y le pido una papas fritas también. Ella me ofrece papas estrellas, con ese modo infantil y a la vez bastante sutil. Le digo que sí. 

Salgo entonces un poco afuera, a la terraza, a intentar pensar en nada y como siempre no lo logro. Miro el lago enfrente, me fijo en que hay un cerco a unos seis o siete metros de donde estoy parado -apoyado en una baranda de madera con las manos en mi mentón-. El cerco fue podado en fecha reciente. Los troncos, que han sido cortados, me dan la pauta que el cerca hasta hace poco era bastante más alto y tapaba la vista al agua. El lago tiene un oleaje moderado y el día es de sol. Las montañas atrás mantienen ese mudez acorde con el agua. Veo algunos álamos amarillos en las laderas de mi derecha, casi sobre el agua. También otros más arriba en la montaña. Se alzan en hilera, en el margen izquierdo. Mi voluntad de lograr crecer con mi oficina, ocupa por instantes mi cabeza, pero por otros momentos solo logro fijarme en las levantadas apenas sobre la superficie del agua.  Rompen apenas antes de la orilla. Se escucha algún pájaro, pero muy a lo lejos. Un churrín andino, creo.  

jueves, 4 de junio de 2026

Bendiciones

 San Martín de los Andes. Me levanté cerca de las ocho porque había dejado las cortinas sin bajar. La casa es nueva, amplia, rodeada de árboles. Mira a un valle. Pero no termina de convencerme el hecho de que la calidad de su construcción y su decoración sean el de una casa pensada para ser alquilada. Su dueña cuando trabé conversación con ella, no me pareció interesada en contestar más que lo necesario. También adolece de algunas toallas. Veo ollas viejas y sobre todo tres perros en las casas de enfrente que ladran cada tanto durante el día. 

Salimos después de una siesta que hice a las once de la mañana. Antes había barrido un poco la casa e incluso hecho mi cama. Tomamos lo que el google maps indica cómo entrada al Parque Lanin y no es más que el inicio de la ruta de los siete lagos. Pronto, nos detuvimos en un mirador. Al estacionar, me llamó la atención la presencia de un hombre de sesenta años avanzados con su familia, mujer, hijo, nuera y dos niños. Me hizo una seña amistosa para que tenga en cuenta el gran desnivel que tiene la banquina de la ruta con la gravilla. Gracias, le dije ni bien bajé del auto. ¿Quieren que les saque una foto?, pregunté. Mientras posaba con los suyos pregunté de dónde eran. De General Roca, dijo. Una ciudad ubicada a unos trescientos kilometros de donde era oriundo un amigo de mi padre, que con los años terminó siendo pareja de mi madre. Le pregunté si conocía a esa familia y me dijo que sí, y me explicó que a un amigo de él lo crío el padre del hombre que terminó siendo pareja de mi madre. Repasamos entonces un poco la historia de esa familia. Un padre que hizo una fortuna y unos hijos que más bien la perdieron. Luego nos despedimos. Bendiciones, recuerdo que dijo al final. 



miércoles, 3 de junio de 2026

Gato color miel

Al fin la luz en mis días. Fui esta vez con mi hijo a esa playa del lago Lolog al lugar exacto que me gustó tanto -más a la izquierda, casi sobre un tronco enorme recostado, junto a un árbol-. Como la otra vez eran casi pasadas las seis de la tarde y no había más que una docena de personas desperdigadas en las piedritas. Fuimos derecho a un gran tronco que, como es en cierto modo una escultura hecha por el agua, tiene una suavidad única y un color ceniciento. 

Al poco rato, vino un perro a saludarnos y lo acariciamos. Estuvo con nosotros y cuando se fue vino un gato que habíamos visto ni bien nos bajamos del auto. Un gato color miel que conmigo quiso subirse arriba mío -yo estaba acostado arriba del tronco- para que lo acariciara. Mi hijo tomó varias fotos para mostrárselas luego a mi hija porque ella adora los gatos. Todo el tiempo, el viento era suave, cálido incluso. La luna se elevaba como ayer arriba de una montaña cuando nos fuimos. 

martes, 2 de junio de 2026

Mujer en el avión

 

Antes de subir a la avión noto la presencia de una mujer joven, rubia, con expresión lánguida. Me pareció que tenía cara como de muñeca. Llevaba calzas. La vi con su pareja a mi lado y lo mismo después en el avión. Su pareja se sienta contiguo a mi hijo y yo. Ella se ubicó cruzando el angosto pasillo del avión. En un momento, cuando miro para su lado, noté que dormia con su cara de costado. Al principio, me convocaron sus labios, tan carnosos que supuse retocados, y luego, pasado un rato, cuando volví mi cabeza otra vez, la vi ya despierta de perfil. Su rostro entero, a pesar de su juventud, tenía un trabajo realizado para adaptarse a cierto canon de belleza. Lo constaté después cuando el avión llegó a destino y nos paramos. De pronto, una sensación nueva me tomó. Me resultaba ajena esa mujer, atractiva, en cierto punto, pero a la vez, me pareció distante, y al mismo tiempo había en mi impresión cierto desagrado en torno a su belleza tomada por lo que no es espontáneo. 

domingo, 31 de mayo de 2026

Lago Lolog

Viaje a San Martín de los Andes. Despierto en la mitad de la noche, víctima de una pesadilla -el haber perdido un detalle de cuentas a mano en un papel que me han robado arriba de mi cama, donde insólitamente estaba lleno de gente-. Debo abstraerme. Pero no lo logro. Quiero llorar incluso, necesito desahogarme. Pero tampoco lo logro. Al fin me duermo de nuevo. Pero enseguida suena el despertador. Seis de la mañana. Debemos tomar un vuelo pronto. Nos espera un venezolano amable, gentil y voluminoso, que no se impacienta por mi leve retraso porque, me parece, acepta las imprecisiones de uno porque sabe que él también tiene las suyas. Nos deja en un sitio alejado de arribos fingiendo un desconcierto apenas actuado. El vuelo sale en horario. El viaje me deja ver primero el río, después la ciudad, extendida, plena de construcción que veo como parte de una maqueta inmensa. Solo a los quince minutos -controlo- veo el campo y por fin, una hora después -constato- el desierto. Me gusta ver que hay lugares todavía amplios y deshabitados y luego los lagos, montañas no del todo altas y bosques diseminados. Entre extranjeros que viajaron con nosotros vestidos para una excursión del montaña, tomamos nuestras valijas y vamos a retirar el auto de alquiler. En la oficina de la empresa, nos informan que nuestra reserva es en la del centro y hacia allá vamos. El taxista es un joven bien predispuesto con una sonrisa implícita en la cara. El clima en el auto es genial. Escuchamos en su radio un concurso de cultura general y arriesgamos con mi hijo y el conductor las respuestas que sigue con sus sonrisas impregnadas. Cuando nos despedimos le pregunto el nombre e incluso el apellido. Gallardo, me responde. Retiro del auto después de ser atendidos por una joven también muy simpática. En este lugar, me digo, la gente parece tener un buen trato muy cordial. 

Luego, en la entrada a la casa que alquilamos, no opino lo mismo. La dueña es correcta, pero no se esmera demasiado por agradarnos. La casa mira al valle y constato, tal como en las fotos, que es amplia y nueva. Pero hay algo en ella que no termina de cerrarme. Me pregunto qué es. Salimos al supermercado y luego a comprar empanadas para almorzar. Por fin me tiro en la cama para tomar una siesta. Cuando me despierto, descubro que mi hijo tiene mucho sueño incluso a las cinco y media de la tarde y me resuelvo a salir solo rumbo al lago Loglog. Media hora después, luego de superar varias curvas subiendo y bajando unas cuestas que muestran carteles donde se habla de la nieve que puebla el camino en invierno, llego a una playa donde hay unas pocas familias sentadas sobre las piedritas de la orilla. Un niño incluso, a pesar del viento frío, está con el torso desnudo y los pies en el agua. Va y viene imaginándose cosas. Lo sé porque habla solo. Un poco más retirado, me siento a contemplar el lago. Pronto, sus pequeñas olas me arrullan y me sosiegan hasta que, sobre el final del día, se alza la luna casi llena apenas sobre una montaña. Permanezco sentado como un indio mientras el sol se oculta y casi todos se van. Solo queda una familia y las olas que persisten en el frío que se intensifica. Debo volver. 

sábado, 30 de mayo de 2026

Ligereza

 Día previo a mi salida de viaje a la Patagonia. Como todo día en que estoy por salir de viaje, los nervios se incrementan. De hecho, estoy más nervioso de lo habitual en el último tiempo debido -como siempre- al trabajo. Demasiadas personas vinculadas a mi oficina. Miles de expedientes, y por lo tanto clientes. Siempre quise tener muchos expedientes. Crecer para dirigir. Pero no es el éxito que imaginaba. El fracaso, con todo, el estar a pie, tiene su dulzura. No haber logrado casi nada en el terreno artístico me brinda una ligereza que podría disfrutar. 

Trabajé como tantas mañanas en mi casa temeroso de haber caído con una gripe que mi padre tuvo hace unos días. Pero después del mediodía me sentía mejor. Pasadas la una de la tarde salí para mi oficina intentando disfrutar del trayecto. Mi objetivo es no pensar en el trabajo durante ese lapso. Pero me cuesta. Antes de cruzar la Avenida 9 de Julio, me tope con un vendedor muy atento de una ferretería que frecuento. Caminaba a la par mío con una bolsa con comida y un agua mineral. Lo saludé y me sonrío. Me enterneció su aspecto poco agraciado. Una piernas un tanto vencidas, unos anteojos con lentes gruesos. Caminaba encorvado. Detrás del mostrador me había parecido un hombre en pleno dominio de las situaciones.

Una vez en mi oficina me enfrasqué en un reunión y en los números del mes y más tarde salí a buscar un par de libros de Annie Ernaux para el viaje. Apenas entré a la librería sobre la Avenida Corrientes, un vendedor de más sesenta años, con una expresión triste y el pelo algo largo y teñido, me preguntó que me necesitaba. En su semblante, había un aire amigable. Le expliqué que estaba buscando comprar un par de libros de Ernaux para leer en un viaje y el hombre me contestó: Como ganó el Nobel hace pocos años todavía hay bastantes..., me respondió. 

miércoles, 27 de mayo de 2026

Color sobre color

 

Seis y media por fin llegué a mi taller. Lo logré, pero demasiado tarde. ¿O nunca es tarde cuando la dicha es buena? Pronto, saqué un gran lienzo al patio y, cuando me puse a pintar, comencé a sentir el placer de crear una imagen en un lienzo, de emplear colores, el azul, el verde y el gris, en este caso. Busqué conectarlos en un entramado. No con la forma que busco. Pero al menos una forma que comienza a atraerme. Rodeado de esas paredes de cemento del patio, con pocas plantas a un costado y una fuente que no funciona, sentí ganas de conversar con mi amigo que vive en USA. Le conté algunas impresiones que tuve más temprano acerca de sus pinturas y sobre todo le dije que me intrigaba mucho qué haríamos si dispusiéramos de más tiempo para embarcarnos en un proyecto artístico. Dedicarle energía, tiempo, para crear un mundo personal. Es algo que me intriga y me produce temor. Al vacío. Al fracaso. O bien sea que no termino de sentir ese llamado. Entre tantas cuestiones, me siento incómodo en el llamado "ambiente artístico". Del mismo modo, que no me siento parte del ambiente académico, ni empresarial, ni en ningún otro lugar demasiado preciso. 

Villa Meliquina

  Nos sentamos en un salón pensado para restaurante sin mayor gracia. Solo el hecho de ser nuevo. O sí, hay grandes ventanales que miran al ...