Cincuenta y tres años. Hoy mi día se consumió en gran parte en la oficina porque esa oficina ha sido lo único que he podido sostener, en forma rentable, constante, sostenida, incólume, durante más de treinta años, desde que empecé a estudiar derecho, en desmedro en teoría, de lo que soñaba hacer -ser artista-. Hoy a la salida de la oficina -seis menos diez de la tarde-, cuando ya casi anochecía, cruzando la plaza, un día gris que se iba, casi mirando el Teatro Colón, dejando atrás el Palacio de Tribunales, pensé: me dirijo al taller para pintar al menos una hora, dos a lo sumo.
llamasdel73
Lucas Videla entona
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jueves, 22 de octubre de 2026
martes, 20 de octubre de 2026
Nada que decir.
Nada que decir. Desgano frente al relato. Sucesión de robos increíbles.. Eso me ha tocado vivir. Primero mientras caminaba hablando por teléfono con una abogada que trabaja conmigo y alguien me arrebató el celular. Para eso me empujó por la espalda y luego, cuando extendí los brazos, me quitó el aparato. Giré y lo vi correr a toda máquina y subirse a una moto. Lo maldigo. Lo lleno de mi odio, de mi ira, de mi energía negra. Si soy un brujo, como me han dicho que soy, y por eso pido: que se pudra, que su vientre se infle y reviente con gusanos y luego, echado en el mismo asfalto de la misma avenida donde me arrebató mi teléfono, que implore la ayuda de Dios, y que espere la llegada, el auxilio, del Divino.
Que aguarde a ver si aparece.
domingo, 18 de octubre de 2026
César
César está los domingos detrás de la gran puerta de madera de la entrada de mi edificio, sentado en un sillón art déco verde con un matiz muy tenue de amarillo limón, al que el paso de los años le ha dado mucho encanto. Permanece allí de 8 a 20 horas, casi todo el tiempo con el celular en la mano —hasta hace unos años, con un libro o un diario—. Lo acompaña una fuente con la figura de un niño que podría ser un ángel, situada en una plazoleta del otro lado de la puerta. Luego está la calle que baja. En el interior, los mármoles de distintos tonos claros que revisten el piso e incluso las paredes ven pasar a muy poca gente: los once propietarios o algún invitado.
Si bajo, con un mínimo entusiasmo, abre la puerta después de opinar sobre el estado del tiempo. Luego veo que vuelve a su lugar frente a la ventana que da a la calle y se sienta en el sillón verde que tiene algo de amarillo limón y sobre el cual hay un mural puntillista que representa a un hombre solitario en un puerto.
viernes, 16 de octubre de 2026
La ira
Noche de tormenta. También noche de continuos despertares, de estar en la cama medio aturdido por el sueño y, al mismo tiempo, incapaz de volver al descanso. Hay algo que me impide descansar y es una sensación inmensa de angustia, que a su vez está disparada por acontecimientos que me alteran más allá de la «lógica». Por ejemplo: ayer hablé con esta proveedora, y a la vez clienta, a quien debí darle explicaciones bastante reiteradas acerca del derrotero judicial del expediente que le interesa. Ante su falta de comprensión de la incertidumbre que implica un proceso judicial, perdí la paciencia y enseguida, advertido de mi inflamación, tuve que bajar mis bríos.
Mi problema, por lo tanto, parece estar en mi incapacidad para regular mis reacciones frente a ciertas frustraciones. Un reflejo que se remonta a los cuentos de mi madre sobre episodios de mi infancia que no recuerdo, pero que me dan una pauta bastante certera de mi funcionamiento estructural. Cuenta mi madre que, cuando yo pasaba por la puerta del edificio de mi abuela, con uno, dos o incluso tres años, y no subíamos a verla, ponía mis brazos en el piso de la vereda y comenzaba a lanzar patadas al aire en señal de protesta. El ataque de la cabra, lo llamaba.
martes, 13 de octubre de 2026
El agua cae
Me levanté a las ocho y media del domingo. Afuera, la fuente en funciones y, por lo tanto, el encanto del sonido del agua. Su dulzura. Luego, una sirena. No sé si es la de la entrada del garaje o la del semáforo. Mejor volver a la cama. Más tarde, la lectura y, después de cierto empeño, de vuelta al sueño. Cuando me levanto de nuevo, miro el reloj. Once y diez. No dormí mucho, pienso. Debo haber consumido antes bastante tiempo en la compu y, más tarde, leyendo.
A las doce y media dejo a mi familia y parto rumbo a la casa de fin de semana. Voy por el día. No me importa el frío ni que llovizne. Necesito ver plantas, árboles. Escuchar a los pájaros. Cincuenta minutos me marca Waze. Cuando llego, me encuentro a la felicidad. Nadie en los jardines aledaños. El vecino de atrás, que todos los domingos recibe a sus hijos, nietos y perros, ni sus luces. Saco de una bolsa una escultura de barro y empiezo a trabajarla con una sierra. Prendo el fuego. Dispongo unos bifes de chorizo en una bandeja de madera. Los pájaros saltan en el jardín. Seis zorzales, un benteveo. Pienso que debería vivir en el campo. He perdido mucho tiempo de mi vida en la ciudad. Incluso, y por sobre todo, en mi trabajo. Sigo con la escultura. Sacar láminas de barro sí que me gusta, y me calma, pienso. Un chimango chilla a lo lejos. Las gotas caen sobre el techo de chapa. Su ruido es justo, perfecto. Me puedo concentrar en él sin ningún problema. Creo que podría pasar mucho rato escuchándolas. Luego hablo con mi padre por teléfono. Me habla de un bisabuelo suyo. Me vuelve a contar que fundó una ciudad llamada Necochea. Dice que vamos a ir todos a conocerla muy pronto. Los pájaros saltan todavía en el pasto. El fuego de los leños se aviva y el agua cae.sábado, 10 de octubre de 2026
Edificio Pinedo
A las cinco y media estaba pintando a la espera de mi amigo N., que iba a venir al taller para encontrarse con mi hija y con V., una joven que de algún modo es su socia. Luego se sumaría mi pareja. El propósito: que N. les diera pautas para desarrollar el emprendimiento de prendas de fieltro de mi hija y mi pareja. Apareció afable como es, calmo, vestido de saco y pantalón de franela gris, con anteojos y una mochila al hombro. Serio y a la vez descontracturado. Barba algo incipiente y una cierta tristeza sostenida por una presencia suave, de una nobleza que no encuentro en casi nadie.
A las siete y media terminamos de ver el plan de negocios de mi hija con la ayuda de N., siempre contento y, al parecer, entusiasmado de colaborar de manera desinteresada. Me puse a pintar apenas unos pocos minutos mientras ellos intercambiaban las palabras finales y después acompañé a N. hasta su camioneta, estacionada a pocas cuadras. En el camino hablé de las dificultades que tengo para insertarme en el mundo del arte y repetí el discurso más o menos armado que tengo para justificarme. Lo bueno es que esta vez lo hice sin demasiado convencimiento. La noche era fría. N. me dejó a pocas cuadras de mi casa, en la esquina de Arroyo y la avenida 9 de Julio. Cuando me bajé de la camioneta, a la espera de que cambiara el semáforo, miré un edificio de estilo art nouveau italiano. El último piso, iluminado, mostraba una lámpara moderna fantástica. Pensé en las tardes en que volvía de la oficina sin sentir que el día hubiera tenido demasiado sentido y miraba ese mismo edificio, cientos de días, miles, durante años. Al menos ahora vuelvo por otras cuadras, pensé, gracias a que voy al taller. Me vino entonces la imagen de esos cuadros nunca acabados, nunca del todo bien pintados.
jueves, 8 de octubre de 2026
Un Territorio
Un territorio necesito. Esa cuestión me obsesiona de un modo bastante claro. Preciso pertenecer a un lugar. O mejor dicho: quiero estar en paz con cierto lugar. Debo, a esta altura de mi vida, encontrar eso. Salir de mi departamento, en lo alto, después de mirar la calle que baja, de otear un poco, apenas, entre dos edificios, el estado del Río de la Plata, y luego recalar, apenas, al abrir la puerta de calle, en la fuente de la plazoleta contigua a mi entrada, y por un instante —esto lo tengo que respetar mucho más— mirar el agua elevándose y también cayendo en esa fuente.
Quiero disfrutar del sonido que despliega y también de las plantas alrededor y, a continuación, quiero caminar por la calle que sube y llega hasta el Palacio de la Cancillería. Debo elegir bien después si doblar en el pasaje Sargento Cabral y caminar esa cuadra tranquila, casi sin gente, solo para doblar otra vez en el edificio Brunetta —una torre de los años sesenta— y cruzar la avenida Santa Fe, caminar una cuadra más y volver a doblar y, después de superar la avenida 9 de Julio, tomar aire en la Plaza Libertad, adentrarme hasta el monumento que está en el centro, pero un poco más abajo, fijarme bien en los gorriones que hacen su nido en las lámparas antiguas que rodean al monumento, mirar un poco el árbol enorme, el gomero, que hay al costado, retener en la memoria los perros que saltan las verjas con entusiasmo y seguir hasta la esquina del Teatro Cervantes, y seguir por la calle Libertad, luego de haber hecho contacto visual con el edificio art déco de la esquina, y mirar la sinagoga antigua.
Recién entonces podría ver hacia las araucarias de la plaza de enfrente que, con suerte, tienen en sus ramas un carancho, y que con mucha más suerte dará un graznido de esos que me gustan tanto, y luego seguiré hasta la esquina, veré otros dos gomeros inmensos, tendré el Teatro Colón a mi costado izquierdo, otra plaza más, y luego otra —en total son tres que se extienden por una cuadra—, veré el edificio de la Escuela Roca, de estilo neogriego, y por fin, a mi derecha, tendré el enorme Palacio de Tribunales, y cruzando la calle llegaré a mi oficina.
La hora de la verdad
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