yer me levanté a las nueve y treinta, cuando mi hijo salió para la facultad, donde cursa, por el ascensor de servicio.
Debería pedirle que salga por el ascensor principal. Los últimos días, en especial, me cuesta mucho dormir de corrido —me levanto en la mitad de la noche y no vuelvo a encontrar el sueño hasta dos horas después—, pero también debería gestionar ante el Gobierno de la Ciudad que una alarma para ciegos que hay en un semáforo de la esquina de mi edificio deje de sonar por las noches —un ruido que justamente me perturba cuando me despierto en la mitad de la noche e intento meditar en la oscuridad de mi living, frente al edificio antiguo llamado Estrugamou, que baja la calle en forma perpendicular—.
En esas ocasiones, durante la madrugada, me ponía a escribir, pero en el último tiempo prefiero no saber qué hora es y solo me quedo frente a los grandes ventanales antiguos de mi edificio art déco y miro el cielo, la azotea del edificio antiguo, del otro lado de la calle, o el primer rascacielos de esta ciudad, a lo lejos, detrás de la plaza San Martín. Kavanagh, se llama.
Si veo un avión cruzar el cielo, después de despegar de Aeroparque, significa que son al menos cerca de las cinco de la mañana. Mi antigua referencia —que las luces del supermercado Disco ya se encuentren encendidas— ya no funciona. El establecimiento ha sido cerrado hace más o menos un mes para que, según me ha dicho una vecina, se levante una torre que me ha de privar de la vista directa al Río de la Plata.
Ese supermercado estaba desde que llegué a este departamento hace veintidós años y pertenecía a una gran cadena que sigue en pleno funcionamiento en otros lugares de la ciudad. No he tenido suerte al respecto. Aunque es cierto que también generaba un ir y venir de camiones que lo abastecían, que originaban bocinazos a veces y, en muchas más ocasiones, un molesto sonido de alarma de los vehículos cuando hacían marcha atrás.
También se reunían, por turnos al parecer, dos personas al menos para pedir una limosna o alimentos a la salida. Supongo que venían desde un barrio llamado popular poco distante —un asentamiento antiquísimo en tierras fiscales detrás de la estación central del tren—.
O no sé, en realidad, de dónde venían con exactitud; mi cabeza le suele asignar a ese barrio popular unos efectos que tal vez no sean ciertos.