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viernes, 1 de mayo de 2026

La ofrenda

 Voy con mis hijos a almorzar a un lugar que me gusta cercano a la playa. Mi pareja permanece en la casa, tiene que trabajar. Nos sentamos frente a un estanque que tiene peces naranjas. Los cuento, son tres, y en eso se prende un regador cercano y un perro se acerca al estanque a tomar agua. 

Varios pajaritos se acercan a nuestra mesa, se posan en las ramas de un árbol añoso que despliega sus ramas encima de nuestras cabezas. 

Solo me perturba un hombre, a cierta distancia, que le habla a su celular -graba un mensaje interminable-. Pero por suerte pide la cuenta. Mi hija toma un pedazo de pan, abre su mano y un pajarito, que estaba posado en una rama, toma la ofrenda. Nunca hice algo así que recuerde, digo. Y el pajarito vuelve a la mano de mi hija.

La domanda

La Domanda”, una antigua hostería de la zona se llama el lugar a donde vinimos por recomendación del matrimonio que nos aloja en el complejo de cabañas. Solo debimos tomar la ruta, pasar por dos o tres casas construidas sobre las pendientes, ver las montañas a lo lejos y bajar un trecho. El lugar es más abierto que el sitio donde estamos; los árboles están más desperdigados.

La hostería, una casa de los años cuarenta, tiene una estética helvética con detalles más rústicos. Ostenta una pileta que mira a las montañas donde encontramos a varios huéspedes con los pies en el agua. No se tiran porque está más bien fresco. En el camino que baja hacia el río, un padre y varios preadolescentes nos saludan sin muchas ganas. Más abajo, encontramos un río contenido por un dique de piedras. Al costado, sobre un pasto bien cortado, un grupo de gente mayor conversa. Nos vamos más allá del paredón de piedras a escuchar el agua filtrándose por las rocas, justo donde se forma un estanque. Cuento: seis carpas japonesas. Dos de color naranja, una blanca; el resto son negras. Intento meditar; mi pareja lee. 

Los pensamientos me invaden, solo por momentos logro concentrarme en el ruido del agua. En un momento, vienen los ancianos a tomarse una foto al paredón. Hablan alto, parecen contentos. Cuando ellos se van, mi pareja dice que quiere subir hasta la hostería y me quedo solo con un border collie acostado a mi lado. No hace mucho por acercarse a donde estoy y yo tampoco lo busco. Solo el silencio es cortado cada tanto por el canto de los pájaros.

miércoles, 29 de abril de 2026

Hoy a la tarde

 Volví a la pileta; vuelvo a escribir. Es la primera vez desde la muerte de mi perra, hace no menos de tres semanas (todavía debo ir a buscar sus cenizas, pero no he tenido fuerzas para hacerlo). 

El agua estaba fría. Había salido de mi casa perturbado por el estruendo de la música de un vecino. Pero en el club también había música. Olimpiadas para jóvenes; la consigna. Sobre el final de la tarde, para colmo, se reunieron todos en las inmediaciones de la pileta para seguir con la música y con los comentarios de un locutor que hablaba sobre los eventos con una voz monótona. Solo casi al anochecer se fueron. Entonces, salí del agua, miré un poco los álamos carolinos y caminé descalzo por el pasto. Un zorzal saltaba a pocos metros. Me miró y se fue. 

martes, 28 de abril de 2026

Nada

 

Ya el cuerpo comienza a cambiar de manera clara, concisa, a veces fuerte. Esa manera que tenía de saltar, esa agilidad, está en mis recuerdos, que a su vez también se van. 

Un filo recorre ahora mis noches y más que nada se acerca a mi cuerpo bajo las estrellas.

Se acerca mi perra (recién llegada de su paseo matinal) moviendo la cola mientras escribo esto. Está feliz encontrar a su dueño sentado en un sillón. La acaricio.

Me pregunto qué tanto disfruta de confiar en mí como dueño. Intento meditar. Como siempre, se me dificulta no pensar. Estoy en un cuerpo atado a una consciencia (y entre ellos hablan todo el día e incluso por la noche), y esa consciencia inventa mis creencias, ¿o lo hace el mismo instinto que muestra mi perra? 

sábado, 25 de abril de 2026

Un atisbo

Voy al taller al mediodía. Sábado. Fin del verano. Falta un día para mi cumpleaños. Ni bien llego, saludo al encargado y le pregunto si quiere un café. Suelo pedirle uno cuando llamo para pedir el mío. Me dice que sí. Abro el local y veo las pinturas. Le faltan definiciones, me digo. Los cuerpos y los paisajes todavía no representan un "lenguaje personal", diría un crítico. Pero continúo. Me da placer y eso es lo principal. Pinto un cuadro, luego otro, repaso al menos seis y les saco fotos afuera, en el patio. 

Mezclo los colores. Azul y luego el amarillo con un poco de rojo -apenas- en pos de la vitalidad que encuentro en ciertos cuadros en épocas donde abundaban los reinos con bosques interminables. Quisiera encontrar algo en algún punto de mi lienzo. Un atisbo. 

jueves, 23 de abril de 2026

Seis

Seis de la mañana casi. Me desperté en medio de un sueño con ganas de ir al baño como tantas veces. Del sueño solo recuerdo que una amiga de mi pareja, ligada a una familia de mucho dinero, presenciaba un torneo de tenis al lado del tablero que indica los resultados, en el piso. Me preguntaba en el sueño cómo haría para ir al baño y entonces me desperté.

Y cuando me quise volver a dormir me lo impidió un murciélago. Rasgaba las tejas del techo.

Ahora los pájaros empiezan a cantar porque clarea. El rumor de unos autos a lo lejos, en la autopista, me resulta agradable. Se intensifican los cantos. Quisiera salir de mis pensamientos y ser capaz de quedarme con los cantos. Lo intento sin éxito; los pensamientos vuelven.

lunes, 20 de abril de 2026

Salida

 

Salida de mi oficina a las tres de la tarde. Viernes, quiero disfrutar. He comido una ensalada comprada en un lugar atendido por chinos. La hija de la dueña, captó mi atención con su piel blanca y sus gestos tímidos o más bien contenidos y distantes. 

Su madre hablaba detrás con un hombre en chino en un tono insoportablemente alto. 

Al salir de mi oficina, caminé a toda marcha para lograr salir cerca de las cuatro de la tarde con mi pareja para la casa de fin de semana. 

Seis y media por fin fui a nadar en la pileta del club. El momento deseado. Pero pronto llegó un grupo de gente y comenzó una clase de natación. La pileta se convirtió en un ir y venir bastante frenético mientras algunos miraban sus relojes midiendo los tiempo de sus recorridos. En el borde la parte baja de la pileta, un hombre supervisaba a estas personas y cada tanto daba precisiones en torno al modo de usar los brazos. Me puse a mirar los árboles, unos álamos carolinos, a mi derecha, con la cabeza afuera del agua mientras nadaba pecho. En eso una estrella blanca que venía de un árbol se posó en el agua. 

La ofrenda

 Voy con mis hijos a almorzar a un lugar que me gusta cercano a la playa. Mi pareja permanece en la casa, tiene que trabajar. Nos sentamos f...