Anoche, de regreso con mi hijo e hija de la cancha, doce de la noche, parados en un semáforo de la nueve de julio. Mi hijo me dice: "A vos te gusta pelear todo el tiempo. No tenés paz", que es lo mismo que le digo de mi padre.
Antes, habíamos llegado a través de avenidas que suben y bajan y dejan ver casas bajas, negocios de venta de repuestos de autos, de cerámicas. También vimos un gran parque del que desconozco el nombre. Estacionamos lejos del ingreso de la cancha y por lo tanto debimos caminar bastante a toda marcha. Mis hijos me hicieron ver mi lentitud al caminar con relación a la rapidez de sus pasos (que es también algo que en su momento le he dicho a mi padre).
En las inmediaciones de la cancha, el clima esperado: cánticos, gente apurada, policías observando y sobre todo las figuras de un barrio muy precario que mira al estadio. En ciertas esquinas, vendían choripanes en parrillas en la vereda junto a parlantes que amplificaban la música.
En el estadio, el clima era diferente. Algunas familias en las plateas e incluso un niño de apenas un año sentado al lado de mi hija que agitaba sus brazos con entusiasmo al son de los cánticos y la música de la hinchada. Incluso sonreía a mi hija. Imaginé en él algo de seducción varonil innata.
El primer tiempo sin goles y sin jugadas lucidas. Solo el encanto de ver a una mujer atractiva que fumaba a mi izquierda. Luego, en el segundo tiempo, los goles. Abrazos y festejos y más tarde la caminata de vuelta hasta el auto. Fueron no menos de treinta minutos por las inmediaciones del estadio, sorteando los charcos generados por las últimas lluvias y luego, frente al barrio tan precario, acelerando el paso. Junto a nosotros caminaba un joven de aspecto humilde con la camiseta de nuestro club. Nos dijo: Estamos solos, hay que apurarse antes de que salgan los buitres.