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jueves, 5 de marzo de 2026

Salida de Tulum

Salimos de Tulum. Nos transporta una camioneta grande, presuntuosa, del tipo americano. Flavio es el nombre del conductor y resulta extremadamente educado y reposado al hablar. Sus modos son certeros. El tiempo, para él, no parece ser un problema.

Accede de buen modo a parar en un supermercado para que compremos una valija dado que hemos adquirido demasiadas cosas en el viaje. En la caja del supermercado, algo extraño ocurre: mi pareja tiene un modo un tanto brusco con otro cliente porque ha apoyado su botella muy cerca de nuestra valija. Ese detalle, y el hecho de que la cajera no aceptara el billete de cien dólares que le dio —tenía una marca insignificante—, le provocaron ese infrecuente nerviosismo.

Seguimos viaje. El trayecto hasta un lugar llamado Playa Mujeres, al norte de Cancún. La visión de la ruta, me confirma una impresión que ya había tenido en el viaje de ida, hace más de tres semanas: esta zona, llamada Riviera Maya, ha crecido a un ritmo ampuloso, persistente. Los espacios de selva son cada vez menores y en su lugar se ven grandes hoteles y barrios cerrados.

Cuando paramos cerca de Cancún para que mi hija pueda ir al baño, en una estación de servicio, unos hombres, en una camioneta, se estacionan a mi lado. Parado junto a la nuestra, esperando a mi pareja y a mi hija, noto que varios hombres viajan adelante y otros en la caja de la camioneta. Vienen a comer unos sándwiches que venden en un local pequeño, al lado de la cafetería y se los ve jocosos. Comentan cosas y se ríen a carcajadas. No parece tener sentido la proporción entre sus risas y la insignificancia de los comentarios. Se ríen varias veces, a toda gana.


sábado, 7 de febrero de 2026

Caleta Tankah 2

 Ida otra vez a la caleta Tankah. Arribo demorado a las dos y diez de la tarde. Pasamos el ingreso, siempre injusto; cobran una entrada al club de playa. A nosotros solo nos interesa la playa, pero no existe otro modo de ingresar. Cuando vamos a unos camastros alejados de todo, viene un joven vestido con bermuda y remera azul y nos informa que para echarnos en esos camastros es necesario consumir por persona una suma inaudita. 

Nos vamos a las reposeras donde está la gente. Un vecino  escucha música en un parlante. Mejor ir al agua. Nado en la caleta con mi hija, su novio y mi hijo. Viene incluso mi pareja. La sostengo en el agua; las olas nos impactan apenas. En el lugar, se forma una especie de pileta. 

Cuando salimos, vamos a caminar por la playa donde encontramos, en la playa solitaria, a dos mujeres de edad avanzada sacando fotos. Mi pareja les pregunta si no les gustaría que les saque una foto. Le responden que sí. Sonrientes, encantadas.

Cuando les muestra las fotos en el celular, le agradecen de una forma sentida, incluso desproporcionada. 



viernes, 6 de febrero de 2026

Parque ecológico

Me levantó temprano debido a una pesadilla. Ella se reitera a lo largo de los últimos treinta años. El día es nublado. Desayuno algo apesadumbrado, no corre viento. 

Más tarde, ida a un parque ecológico frente a la playa. Se suben a la camioneta mi pareja, hija, novio de mi hija e hijo. A mitad del trayecto, mi hijo me dice que el cenote del lugar está cerrado, que solo queda la playa para ver. Me irrito ante su comentario y reacciono censurándolo. Mi molestia con su parte es por boicotear el lugar tan tarde. O más bien, estoy irritado en general porque la llegada de mi hija y el novio días atrás ha roto cierta estabilidad. El tener que adaptarme al novio de mi hija, supongo, no me es indiferente. Llegada al lugar. Nos explican las reglas y el costo del ingreso. El tono que pretende ser amoroso, cosa que también no me gusta -y a esto se suma el tema de la falta de accesos públicos a la playa en la zona-. Ingreso por un túnel de vegetación que tiene carteles con la foto de animales que supuestamente habitan el lugar. Ocelotes, un jabalí pequeño -Pecarí de collar- y alguno más. La playa tiene una barrera de coral en la mitad izquierda, nos explica la persona que cuida a los que se bañan. Luego es mar abierto. Vamos para esa zona; casi no hay gente. Por la hora, el sol quema demasiado. Le sugiero a mi pareja que armemos un protección con su manta y dos palos -tal como han hecho unos vecinos nuestros-. Los palos que encontramos son más chicos, lo mismo ocurre con nuestra manta. No termina de dar sombra suficiente a una sola persona. Voy al agua. Mis hijos han visto algunos peces. Nado, también los veo. Permanezco en el agua. Al salir, de nuevo la fuerza del sol me quema de una manera que no da tregua. Lo siento en mis hombros, en la espalda, me pica. Me pongo una remera, pero la sensación casi insoportable persiste. Le pido a mi hijo me haga un lugar en la carpa improvisada. Debo cuidar mis reacciones, pienso echado bajo esa sombra. Mi hijo no reacciona. Insisto, y me libera el lugar. 


jueves, 5 de febrero de 2026

Sueño intenso

 Sueño intenso con mi entonces joven secretaria. Los dos éramos jóvenes cuando nos conocimos. Pero ella no me atraía; tenía un aire contrariado, una tristeza que ocultaba algo férreo. Pero en el sueño, desnuda, hacía lo que necesitaba. Su pelo rizado se movía apenas en una penumbra. Estábamos en un reservado de una discoteca; no había nadie más por ningún lado. Tampoco música. Era más bien el final de una tarde de calor. Un ventilador de techo giraba a toda marcha. Tenía puestos solo unos tacos que usaba contadas veces.

La sensación no era de felicidad. No sé describirla. Pero si lo hiciera, entendería cosas que no he llegado a saber por muchos años.


miércoles, 4 de febrero de 2026

Fiestas

Desde que llegué a este lugar —Tulum— escucho una música electrónica a lo lejos por las tardes y luego por la noche. Con el paso de los días empecé a oírla también durante las mañanas. Pensé entonces que no se trataba de una fiesta ocasional sino de un bar en las inmediaciones. Sin embargo, no lograba ubicar ninguno cercano: alrededor solo hay selva, departamentos dispersos o casas.

Hoy me levanté con el ruido dispuesto a investigar. Salimos con mi pareja siguiendo el estruendo unos doscientos metros, hasta dar con una casa rodeada por murallas de piedra y varios autos estacionados en la vereda. Mi pareja se bajó de la camioneta y tocó el timbre. Nadie respondió. Alcanzó a ver, no obstante, a varios hombres bailando al borde de una pileta. Solo hombres, me dijo.

Frustrados, dimos la vuelta a la manzana. Nos cruzamos con una mujer que salía en bicicleta, rapada y con tatuajes incluso en la cara. No hablaba casi español. Calculé que tendría más de cincuenta años. Su hija, de unos veinte, nos observaba un poco más atrás. Le preguntamos por la casa de los ruidos y nos dijo: “Sí, son un desastre. Hacen fiestas todos los fines de semana, desde la tarde hasta la medianoche”. Le pregunté si valía la pena llamar a la policía y respondió que sí, aunque sin convicción. La saludamos y nos fuimos a la playa.

Más tarde, al salir de la playa, nos encontramos con un policía apoyado en un vehículo que decía Control de tránsito. Le expusimos nuestro caso. Nos dio un teléfono de contacto para emergencias. Ya lo contactamos.

martes, 3 de febrero de 2026

Caleta Tankah

 Ida otra vez a la caleta Tankah. Arribo a las dos y diez de la tarde. Un poco demorados. Pasamos el ingreso, siempre injusto (cobran una entrada al club de playa). Dedicaría buena parte de mi vida a litigar en este país para que los accesos a las playas sean públicos. He persistido tanto tiempo en el mundo del derecho, aunque no lo disfruto mayormente, dedicado a causas parecidas. Es una pulsión lo que siento frente a lo que considero una injusticia. La injusticia me subleva; necesito repararla. Una pena. Porque lleva mucho tiempo intentar esa reparación y nunca es plena. Nunca alcanza.

lunes, 2 de febrero de 2026

Michael, el gato

 Ida a desayunar al café de los gatos. Mi hija, encantada. Al entrar, el problema de la otra vez: el volumen de la música. Le pido a una moza que por favor la baje un poco. Tantito, me responde, y no lo hace. Nos mudamos de mesa. Al vernos, la moza de la vez pasada se acerca. Me pregunta por mi hijo. Se volvió a Argentina, le digo. Es más amable e incluso se ofrece a bajar la música.

Un gato se sube a mi falda en busca de comida. Pronto, aparece un mozo a traernos el café. Nos pregunta de dónde somos. Él es de la Ciudad de México, nos cuenta. Se acaba de recibir de licenciado en Relaciones Internacionales. Nos recomienda varios lugares de la costa del Pacífico. Nos habla de Oaxaca, de Huatulco y de otros sitios. Es algo infantil y educado. Despierta en mí una ternura inesperada. Lo veo demasiado puro y eso me conmueve. En ese punto de la charla el gato vuelve a subir encima mío. Se llama Michael, me informa el mozo. Gris, con un aire de astucia superior a la media de los gatos.

Salida de Tulum

Salimos de Tulum. Nos transporta una camioneta grande, presuntuosa, del tipo americano. Flavio es el nombre del conductor y resulta extremad...