Archivo del blog

martes, 7 de abril de 2026

Agua vivas

 Día último de playa. Decido ir al mar no obstante son las tres de la tarde. El calor es abrasador. Me bajo del auto y subo el médano. La arena quema mis pies incluso con las ojotas puestas. Bajo la pendiente con la idea de dejar mi mochila en custodia del bañero, pero desisto porque tengo que caminar demasiado hacia la izquierda. Voy a la orilla, digo: "Buenas tardes" a un señor que está con su familia. Le pido si me cuida la mochila mientras me baño en el mar. Me responde que sí, pero me advierte: "Hay muchas aguas vivas en el agua". Su hijo -unos cuatro años- se dedica en la orilla a armar una montaña con ellas. La miro sin desistir de mi propósito. Le aclaro que me estoy volviendo a la ciudad y que nada en el mundo me va a impedir el último baño. Pero voy a estar atento. 

Veo pronto una agua viva a la distancia. No es grande, me digo cuando me sumerjo. La sensación de un peligro controlado -no es tan grave finalmente ser picado por una agua viva- me hace disfrutar todavía más el contacto con las olas. Siento su fuerza, esa frescura y, pronto, me animo a barrenar una. 

Junto a otras personas me acerco a una ola que está por romper, la tomo en el punto medio, el preciso para luego barrenar, braceo, y sí, la tomo. Ella me lleva de un modo impecable. De hecho, soy el único que la ha tomado tan bien. Luego repito esas barrenadas dos veces más y juzgo que es mejor no tentar más a la suerte. Me acerco a la orilla. Meto simbólicamente por última vez la cabeza bajo el agua y trato de retener la sensación del agua. 

domingo, 29 de marzo de 2026

Tipo de vida

 El día prometía ser de sol pero está más bien nublado. Después del desayuno me resuelvo a pintar un poco. No avanzo mucho con la pintura, pienso mientras acomodo una tela. Supongo que porque no tengo ánimo para trabajar de un modo sistemático. 

Cerca de las tres salimos a caminar y luego a la playa. El bosque y sus caminos. Eso me entusiasma. En la playa, desde el médano, sentimos el alboroto de la gente sobre la orilla. Perros, vendedores ambulantes, chicos que juegan. Elegimos un lugar cerca del mar. Ni bien pongo mi silla, siento el viento agradable. El mar, por lo que veo en la reacción de la gente, tiene agua vivas. Cuando me meto lo corroboro y opto por nadar con precaución. Tanta que pronto desisto. Me quedo un poco más cerca de la orilla. Quiero recibir el embate de las olas (ya menos intensas después de un recorrido). 

El agua tiene hoy un color marrón. No así más atrás, después de la rompiente. Cuando salgo del agua charlamos un poco con mi pareja. Hay bastante gente alrededor y eso me distrae a la hora de contemplar el mar. Por eso me fijo en las olas a lo lejos. Pero me cuesta abstraerme de la gente que pasa por la orilla. Me pregunto cómo sería si pudiera abstraerme de mis pensamientos y lograr una concentración serena, limpia. El mar y la continuidad de sus olas hasta lograr el desapego que tiene el viento cuando toca mi cara.

jueves, 26 de marzo de 2026

Noche de verano

 Sueños intensos. Creo entender después de tantos años, decenas de años, que mi mayor temor, con viene del hecho que mi pareja repita la historia de mi madre. Yo pensé que ella me quería, mi madre, pero luego descubrí que su amor era lábil, intermitente, impredecible, y sobre todo que su cuerpo estaba atrapado en sus deseos. 

Me despierto. Quiero fijar esta comprensión que me llevó décadas alcanzar. Pero las imágenes se pierden. Prendo la luz. Tomo un poco de limón con agua y miro por la ventana. Amanece cuando bajo al living y busco el reloj: seis y cinco de la mañana. Decido que lo mejor es leer un libro de ensayos de Cootzee. Me pierdo en la vida de un poeta que luchó contra el apartheid y contra sus rigideces sin mayor éxito y por fin me duermo. 

A partir de entonces, los sueños otra vez me agarran. Estoy de nuevo en el vaivén de un barco. Las olas bajan, suben, no paran. 

martes, 24 de marzo de 2026

Terminal del ómnibus

 Diez y cinco de la noche; estoy en la terminal de ómnibus a la espera de mi pareja. Elijo un agua, pido un vaso -me dan uno de cartón-. Me siento. Las sillas tienen un diseño que me da mucho placer en la espalda. Son de hierro y tienen el calce justo para que las contracturas se compongan en su estructura. Son rojas.  

Enfrente un joven y su madre charlan con un tono dulce, cansino y relajado. Me gusta estar cerca de ellos. Los anuncios se reiteran. Hay muchos arribos y salidas en ese lugar. La cantidad de anuncios terminan por confundirme. No estoy seguro si ya arribó el ómnibus de mi pareja y en eso estoy cuando la veo pasar junto a mí. Le chiflo y se vuelve. Nos sentamos a terminar el agua. No nos hemos visto por dos días. 

Pago el estacionamiento y salimos en busca de un restaurante. Nos resolvemos por probar en un clásico del lugar. Mundo hobbit. Un lugar inspirado en Tolkien bastante concurrido, pero hay mesa, me informa mi pareja ni bien se baja a averiguar. Una vez que salgo del auto, me topo con el cuidador de coches. Buenas noches, ¿cómo anda? pregunto. Me responde: De diez casi para once. Ojalá algún día llegue a tanto..., le digo y me toma del brazo de un modo cariñoso sonriéndome. 

domingo, 22 de marzo de 2026

El mar a las siete

Voy al mar a las siete de la tarde como hice el día de ayer. Mucha gente baja el médano con sus sillas y sombrillas. Se retiran. Como ayer, un hombre de mi edad está sentado en un costado a la izquierda. Elijo esa zona, dejo mi silla y me meto en el agua. Está tibia. Juego con las olas en un intento por creer que soy un delfín o una foca como en mi infancia. Pero la magia ha desaparecido. De todas maneras, nado contra la corriente en el canal que se hizo cerca de la orilla. Hago pie si quiero. Luego viene un banco de arena y más atrás rompen las olas. 

Hay algunas aguavivas pequeñas; me arden algunas zonas del cuerpo, pero no demasiado. Sigo con el nado. Me gusta saber que relajado avanzo casi nada. Hay un joven cerca mío en el agua. Quiero esperar a salir del agua luego que él salga. Me gusta pensar que soy el último. Pero el hombre no sale incluso cuando el sol se oculta detrás de los médanos. El frío empieza a arreciar. Salgo. Me seco con una gran toalla. Miro dos mujeres y una niña que se sacan fotos en la orilla a lo lejos. La madre no deja de apuntar su celular a ella mientras varía las poses provocadoras. No distingo bien su expresión a la distancia. 

Como ayer la luna está casi llena. El hombre de mi edad permanece todavía en una reposera detrás mío. Mira el mar como yo. Me gustaría estar del todo solo. Como otras veces  intento concentrarme en el ruido de las olas, pero mi cabeza quiere divagar. Siento una respiración acelerada incluso cuando lo intento. Desisto. Dejo que las ideas pasen por el paisaje. Por fin el hombre alza sus cosas. A los pocos minutos lo imito. 

sábado, 21 de marzo de 2026

En el sueño

 Una noche y su silencio y más allá el mar aficionado a su viento. Se fueron todos. Solo quedan los recuerdos de los cuerpos sobre la arena de pie, acostados, vestidos apenas, jovenes y viejos en el agua. No sé dónde se han ido las gaviotas. Quedan las estrellas y la luna casi llena. Se refleja, tal como quería, en el agua. Recuerdo casi nada del pasado, pienso siempre. Por eso anoto. Quisiera también registrar mis sensaciones, y sobre todo esas intuiciones, que no llegan a ser ideas, pero captan más de lo que podría poner en palabras. Hablo de imágenes que no tienen traducción para otros y que explicarlas les haría perder la gracia. Estaba en un colegio en mitad de un plaza en un sueño reciente. Desde la ventana del aula veía las ramas de unos eucaliptos moverse apenas. Nada perturbaba la forma que me frotaba contra el delantal de una maestra, apoyada en un banco, mientras pegaba las notas en una pared. El guardapolvo era azul. Lo recuerdo bien. Más vaga es la sensación de tocar su cuerpo. Pero lo estaba tocando y era increíble. Su cuerpo tenia un peso, una forma que me daba mucho placer. Creía que nunca pero nunca iba a pasar. Pero en el sueño sucedía. 



viernes, 20 de marzo de 2026

Ocean Allure

 En la playa, cosa extraña para este lugar del caribe. hay viento y amaneció fresco. Me despierto a las ocho de la mañana debido a la puerta del cuarto cerrándose. Salió mi pareja. En el balcón, veo en la playa a una persona trotando. La luz todavía no ocupó del todo la escena que cierran las nubes en el horizonte mientras sale el sol. Al rato, decido salir a caminar. Quiero sentir que aprovecho un poco mejor la mañana -cosa que en general me cuesta-. En la playa, que tiene bastante sargazo, un tractor se encarga de rastrillar. En el hotel del al lado veo gente echada en las reposaras. Una familia argentina, por lo que escucho. 

Nadie en el mar. La bahía termina y pego la vuelta. En mi hotel, dado que hay un cartel que dice con bandera roja, le pregunto al bañero si me puedo bañar. Me dice que sí, pero sin traspasar unas sogas con boyas ubicadas a metros de la costa. El agua no está muy limpia. El sargazo por instantes roza mi cuerpo. Trato de nadar un poco, de sentir el placer de flotar. Pero el sargazo y la marejada me cansan. 

Voy a ducharme antes de ingresar al espacio donde empieza la zona de las piletas donde un hombre trabajando con un amoladora corta unas baldosas. Le comento que está fresco el día. Asiente. Es respetuoso, pero al mismo tiempo desenvuelto y calmo. Busco a mi pareja en los salones donde se sirve el desayuno, pero no la encuentro. Tampoco la veo en el gimnasio. Por fin, vuelvo a la playa y la descubro donde termina una pasarela de tablas, justo antes de donde empieza la arena. Me sonríe. 

Agua vivas

 Día último de playa. Decido ir al mar no obstante son las tres de la tarde. El calor es abrasador. Me bajo del auto y subo el médano. La ar...