Diez y cinco de la noche; estoy en la terminal de ómnibus a la espera de mi pareja. Elijo un agua, pido un vaso -me dan uno de cartón-. Me siento. Las sillas tienen un diseño que me da mucho placer en la espalda. Son de hierro y tienen el calce justo para que las contracturas se compongan en su estructura. Son rojas.
Enfrente un joven y su madre charlan con un tono dulce, cansino y relajado. Me gusta estar cerca de ellos. Los anuncios se reiteran. Hay muchos arribos y salidas en ese lugar. La cantidad de anuncios terminan por confundirme. No estoy seguro si ya arribó el ómnibus de mi pareja y en eso estoy cuando la veo pasar junto a mí. Le chiflo y se vuelve. Nos sentamos a terminar el agua. No nos hemos visto por dos días.
Pago el estacionamiento y salimos en busca de un restaurante. Nos resolvemos por probar en un clásico del lugar. Mundo hobbit. Un lugar inspirado en Tolkien bastante concurrido, pero hay mesa, me informa mi pareja ni bien se baja a averiguar. Una vez que salgo del auto, me topo con el cuidador de coches. Buenas noches, ¿cómo anda? pregunto. Me responde: De diez casi para once. Ojalá algún día llegue a tanto..., le digo y me toma del brazo de un modo cariñoso sonriéndome.