Viaje a San Martín de los Andes. Despierto en la mitad de la noche, víctima de una pesadilla -el haber perdido un detalle de cuentas a mano en un papel que me han robado arriba de mi cama, donde insólitamente estaba lleno de gente-. Debo abstraerme. Pero no lo logro. Quiero llorar incluso, necesito desahogarme. Pero tampoco lo logro. Al fin me duermo de nuevo. Pero enseguida suena el despertador. Seis de la mañana. Debemos tomar un vuelo pronto. Nos espera un venezolano amable, gentil y voluminoso, que no se impacienta por mi leve retraso porque, me parece, acepta las imprecisiones de uno porque sabe que él también tiene las suyas. Nos deja en un sitio alejado de arribos fingiendo un desconcierto apenas actuado. El vuelo sale en horario. El viaje me deja ver primero el río, después la ciudad, extendida, plena de construcción que veo como parte de una maqueta inmensa. Solo a los quince minutos -controlo- veo el campo y por fin, una hora después -constato- el desierto. Me gusta ver que hay lugares todavía amplios y deshabitados y luego los lagos, montañas no del todo altas y bosques diseminados. Entre extranjeros que viajaron con nosotros vestidos para una excursión del montaña, tomamos nuestras valijas y vamos a retirar el auto de alquiler. En la oficina de la empresa, nos informan que nuestra reserva es en la del centro y hacia allá vamos. El taxista es un joven bien predispuesto con una sonrisa implícita en la cara. El clima en el auto es genial. Escuchamos en su radio un concurso de cultura general y arriesgamos con mi hijo y el conductor las respuestas que sigue con sus sonrisas impregnadas. Cuando nos despedimos le pregunto el nombre e incluso el apellido. Gallardo, me responde. Retiro del auto después de ser atendidos por una joven también muy simpática. En este lugar, me digo, la gente parece tener un buen trato muy cordial.
Luego, en la entrada a la casa que alquilamos, no opino lo mismo. La dueña es correcta, pero no se esmera demasiado por agradarnos. La casa mira al valle y constato, tal como en las fotos, que es amplia y nueva. Pero hay algo en ella que no termina de cerrarme. Me pregunto qué es. Salimos al supermercado y luego a comprar empanadas para almorzar. Por fin me tiro en la cama para tomar una siesta. Cuando me despierto, descubro que mi hijo tiene mucho sueño incluso a las cinco y media de la tarde y me resuelvo a salir solo rumbo al lago Loglog. Media hora después, luego de superar varias curvas subiendo y bajando unas cuestas que muestran carteles donde se habla de la nieve que puebla el camino en invierno, llego a una playa donde hay unas pocas familias sentadas sobre las piedritas de la orilla. Un niño incluso, a pesar del viento frío, está con el torso desnudo y los pies en el agua. Va y viene imaginándose cosas. Lo sé porque habla solo. Un poco más retirado, me siento a contemplar el lago. Pronto, sus pequeñas olas me arrullan y me sosiegan hasta que, sobre el final del día, se alza la luna casi llena apenas sobre una montaña. Permanezco sentado como un indio mientras el sol se oculta y casi todos se van. Solo queda una familia y las olas que persisten en el frío que se intensifica. Debo volver.