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lunes, 8 de junio de 2026

Lanin Sur

 

Subimos de nuevo al auto. Nuestro destino son las cascadas. Antes, paramos en una capilla que tiene una cúpula estilo ortodoxo. Una excentricidad. Dentro tiene bancos y un altar hechos con maderas de la zona (que en este caso tienen un lustre muy claro). Miro a Cristo en un friso de madera que, junto a la representación del pesebre, muestra animales de la zona. Un puma, ciervos. Afuera, el viento mueve las ramas de una caña (que más o menos se eleva solo un metro y medio del suelo y abunda en la zona). Del otro lado, está el lago. Sentado frente a ese Cristo, solo dentro de esa capilla, la calma, la soledad, me sobrecogen, pero un pensamiento del trabajo, el descubrimiento en mi cabeza de que un proveedor no me ha enviado el detalle de sus horas de trabajo, me saca de ese lugar. Intento volver a Cristo, pero el momento parece haberse ido. 

Seguimos viaje hasta la cascada sin encontrar carteles que indiquen distancias en el parque. Es todo bastante peculiar. Vamos detrás de un hombre que avanza en su camioneta a paso de hombre sacando parte de su brazo por la ventana. Al fin, veo un cartel que dice: Cascada, y una flecha. Nos bajamos. El sendero avanza entre árboles altísimos y grandes, rocas y troncos caídos. Cuando llegamos a la cascada, no nos podemos acercar demasiado a la baranda de madera más cercana a la caída: una nube de agua invade el espacio. Nos acercamos igualmente bastante. El agua en su caída logra un sonido perpetuo, contundente, que me resulta reparador. Permanezco atento al sonido del agua, aunque nunca lo bastante, mientras sacamos fotos. 

Al salir, optamos por seguir un cartel de la entrada que dice: Al río y tomamos por un camino que pasa por un riacho. Intentamos pasar a través de él por algunos montículos de barro. En el intento nos ensuciamos las zapatillas bastante. Mi hijo se lamenta culpándome de haber optado pasar el riacho mientras vanzamos por una cuesta limpiándonos las zapatillas en algunas plantas -plumerillos-. Luego, en lo alto, nos sentamos. La visión del lago y las montañas detrás, un poco más abajo, y de otras montañas a nuestra espalda, me resulta especialmente feliz. Mi hijo se echa en el pasto debajo de un árbol junto a un plumerillo. Cruzo mis piernas como los indios y contemplo el agua a lo lejos un rato. Ese tiempo se va a convertir en la fuente de mi gran felicidad a partir de entonces. Muy pocas veces encuentro la ubicación justa en el tiempo correcto y esta vez la he encontrado.  

Pero mi hijo me pide volver. Es tiempo de partir, dice. Es cierto. Son casi las seis de la tarde y nos aguarda un trayecto largo. 

domingo, 7 de junio de 2026

Parque Nacional Lanin

 Me levanto algo temprano, aunque durante la noche haya tenido que enfrentar una luz —que no logro apagar— en el marco exterior de mi cuarto. Es bastante potente incluso con la cortina desplegada. Pero logro dormirme hasta que, más tarde, la lluvia junto con los truenos, golpeando en el techo, me despierta. Supero también esos ruidos, y lo mismo una bocina de poquísimos segundos que he oído otra madrugada, porque alguna persona la toca en una casa cercana para avisar algo.

Leo un poco en un intento de relajarme. Lo hago en otro cuarto hasta que se levanta mi hijo y desayunamos. Él tiene una clase virtual, de modo que le ofrezco mi computadora.

Al terminarla, partimos hacia Junín de los Andes. No entramos en el pueblo. Seguimos camino y doblamos para tomar una ruta que ofrece menos vegetación que en San Martín de los Andes. Luego la ruta se vuelve de tierra.

En la entrada al parque nos bajamos para pagar el ingreso. Como el viento es considerable, en la orilla del gran lago las olas parecen ser del mar. Me gusta ese carácter brioso. Siete mil pesos cada uno. Una joven nos da, a nuestro pedido, un mapa bastante elemental junto a otra señora que nos recibe con más cordialidad. Aprovechamos para pasar por el baño y seguimos viaje por un camino que tiene árboles de gran tamaño a ambos lados. A nuestra izquierda está el lago, siempre un poco más abajo del camino.

En un espacio recreativo, que es un camping abandonado, paramos a comer unos sándwiches que hemos comprado ni bien salimos. Elegimos una mesa soleada frente al agua. El sándwich no es muy bueno, pero el entorno lo vuelve adorable. También la suerte de poder tomar agua directo del termo. Como siempre, conversamos con mi hijo mientras comemos uno junto al otro.

Después seguimos viaje, avanzando por la cuesta que bordea el lago hasta llegar, luego de varias curvas y contracurvas, al lugar que nos había indicado la joven de la entrada: Puerto Canoas. En el muelle hay un cartel que dice: "Aguas profundas. Prohibido tirarse del muelle". De ahí se supone que sale un catamarán a dar vueltas por el lago. Pero no hay nadie a la vista. Solo un perro de pelo largo, negro ceniciento, que nos viene a saludar con entusiasmo y se mete en el agua. Incluso toma de ella.

—Debe de estar helada —dice mi hijo.

Observamos al perro desde el muelle de madera donde está amarrado el catamarán. Ni bien vuelve a la orilla, se sacude para liberar el agua de su cuerpo.

De regreso, me parece ver la silueta de una mujer dentro de un lugar que dice "Almacén", contiguo a un espacio comedor. Cuando la señora nos abre la puerta, le pedimos un té, después de saludarla, y una tarteleta de coco. Nos invita entonces a pasar al comedor, donde se escucha, viniendo desde la cocina, una música mexicana.

Miramos el agua mientras pasa un padre con su hija. El padre debe tener por lo menos sesenta años y la hija veinte, calculo. Detrás va el perro que se metió al agua hace un rato. Me parece que nos mira un instante a través del vidrio y sigue.

sábado, 6 de junio de 2026

Reposeras de plástico en Villa Meliquina

En la espera de mi comida voy hasta la costa, luego de que mi hijo me dé a entender que prefiere seguir absorto en su celular. Hay solo dos reposeras de plástico blancas frente al lago que parecen esperar a alguien. Me echo en una con el lago inmenso delante y las montañas al final. Todo me invita a permanecer ahí, pero supongo que pronto estará la comida en la mesa. Tomo una foto y se la envío a mi pareja preguntándole cómo se encuentra. 

Cuando vuelvo todavía no encuentro la comida en la mesa. Pero llega pronto. Las empanadas son fritas. No había advertido eso en el menú. La milanesa de mi hijo está bien, pero me advierte que tiene unos nervios inconvenientes. Las papas estrelladas me gustan. Lo mismo la limonada. Una vez que terminamos de pagar, nos sentamos afuera a tomar el último vaso. Mi hijo no quiere más, me responde cuando le pregunto. Me sirvo y conversamos. 

Luego, emprendemos camino al sendero que bordea el lado y nos ha indicado la señora del vestido verde agua. En el trayecto saludamos a una familia que habíamos visto a lo lejos en la playa. Una señora y dos hijos de unos veinte años. El trayecto pasa por piedras grandes, árboles a la vera del agua y desemboca en una playita. Cuando nos reclinamos sobre una roca, veo un tronco metido apenas en el agua. Me fijo en el trabajo que hizo el tiempo en esa madera. Admirado, le saco fotos pensando cuánto me gustaría llevarme ese tronco a mi casa. Pero es muy grande. 

Mi idea es ascender por el otro sendero que nos indicó la señora del vestido de gasa. Pero mi hijo duda. Le digo que me espere en todo caso en la playa, pero al final me acompaña. Tomamos un camino que pasa por dos casas en construcción sobre las laderas donde unos hombres trabajan con sus caras casi del todo tapadas. Debido a que el ascenso es exigente, percibo cómo la pierna derecha es más débil que mi izquierda. El aire comienza a serme escaso. Pero algo me empuja a seguir.  En la cima, vemos un cartel que dice: Vendo lotes, preguntar en el restó Cleo. Luego la visión del pueblo, las casas desperdigadas, el lago, las montañas. Más hacia nuestra espalda se ve un valle angosto que sigue un río que desde la distancia. Se ve finito, le digo a mi hijo. 

viernes, 5 de junio de 2026

Villa Meliquina

 

Nos sentamos en un salón pensado para restaurante sin mayor gracia. Solo el hecho de ser nuevo. O sí, hay grandes ventanales que miran al lago. Hubiese preferido sentarme afuera, pero mi hijo no querido debido al viento (y con todo lo intentamos pero enseguida mi hijo optó por el interior). 

Pronto, aparece una señora de mi edad vestida con una prenda verde agua con gasas. Me parece bastante sofisticada para el lugar. El conjunto es un vestido corto, advierto. También le veo unos borceguíes negros. Es morocha y tiene retocada su cara, especulo. No sabría decir si con Botox o qué. 

De un modo muy amable, nos pregunta qué vamos a pedir. Una limonada de mente y jengibre, sin azúcar, `por favor, le digo. El hecho que sea sin azúcar la desconcierta. Me ofrece edulcorante. Le digo que no es necesario, e incluso insiste en traerlo aparte. De alguna forma su buena predisposición generan en mí una atracción antiquísima. Tal vez como la de un colegial que descubre a su lado a un chica de su edad.

En ese punto del día con mi hijo dudamos si también pedir de almorzar. Es más bien temprano para la hora en que suelo almorzar -la una y veinte de la tarde-. Pero resolvemos pedir. Mi hijo una milanesa con papas fritas. Yo dos empanadas de hongos y una de carne. 

Al rato, voy a la puerta de la cocina, llamo a la señora y le pido una papas fritas también. Ella me ofrece papas estrellas, con ese modo infantil y a la vez bastante sutil. Le digo que sí. 

Salgo entonces un poco afuera, a la terraza, a intentar pensar en nada y como siempre no lo logro. Miro el lago enfrente, me fijo en que hay un cerco a unos seis o siete metros de donde estoy parado -apoyado en una baranda de madera con las manos en mi mentón-. El cerco fue podado en fecha reciente. Los troncos, que han sido cortados, me dan la pauta que el cerca hasta hace poco era bastante más alto y tapaba la vista al agua. El lago tiene un oleaje moderado y el día es de sol. Las montañas atrás mantienen ese mudez acorde con el agua. Veo algunos álamos amarillos en las laderas de mi derecha, casi sobre el agua. También otros más arriba en la montaña. Se alzan en hilera, en el margen izquierdo. Mi voluntad de lograr crecer con mi oficina, ocupa por instantes mi cabeza, pero por otros momentos solo logro fijarme en las levantadas apenas sobre la superficie del agua.  Rompen apenas antes de la orilla. Se escucha algún pájaro, pero muy a lo lejos. Un churrín andino, creo.  

jueves, 4 de junio de 2026

Bendiciones

 San Martín de los Andes. Me levanté cerca de las ocho porque había dejado las cortinas sin bajar. La casa es nueva, amplia, rodeada de árboles. Mira a un valle. Pero no termina de convencerme el hecho de que la calidad de su construcción y su decoración sean el de una casa pensada para ser alquilada. Su dueña cuando trabé conversación con ella, no me pareció interesada en contestar más que lo necesario. También adolece de algunas toallas. Veo ollas viejas y sobre todo tres perros en las casas de enfrente que ladran cada tanto durante el día. 

Salimos después de una siesta que hice a las once de la mañana. Antes había barrido un poco la casa e incluso hecho mi cama. Tomamos lo que el google maps indica cómo entrada al Parque Lanin y no es más que el inicio de la ruta de los siete lagos. Pronto, nos detuvimos en un mirador. Al estacionar, me llamó la atención la presencia de un hombre de sesenta años avanzados con su familia, mujer, hijo, nuera y dos niños. Me hizo una seña amistosa para que tenga en cuenta el gran desnivel que tiene la banquina de la ruta con la gravilla. Gracias, le dije ni bien bajé del auto. ¿Quieren que les saque una foto?, pregunté. Mientras posaba con los suyos pregunté de dónde eran. De General Roca, dijo. Una ciudad ubicada a unos trescientos kilometros de donde era oriundo un amigo de mi padre, que con los años terminó siendo pareja de mi madre. Le pregunté si conocía a esa familia y me dijo que sí, y me explicó que a un amigo de él lo crío el padre del hombre que terminó siendo pareja de mi madre. Repasamos entonces un poco la historia de esa familia. Un padre que hizo una fortuna y unos hijos que más bien la perdieron. Luego nos despedimos. Bendiciones, recuerdo que dijo al final. 



miércoles, 3 de junio de 2026

Gato color miel

Al fin la luz en mis días. Fui esta vez con mi hijo a esa playa del lago Lolog al lugar exacto que me gustó tanto -más a la izquierda, casi sobre un tronco enorme recostado, junto a un árbol-. Como la otra vez eran casi pasadas las seis de la tarde y no había más que una docena de personas desperdigadas en las piedritas. Fuimos derecho a un gran tronco que, como es en cierto modo una escultura hecha por el agua, tiene una suavidad única y un color ceniciento. 

Al poco rato, vino un perro a saludarnos y lo acariciamos. Estuvo con nosotros y cuando se fue vino un gato que habíamos visto ni bien nos bajamos del auto. Un gato color miel que conmigo quiso subirse arriba mío -yo estaba acostado arriba del tronco- para que lo acariciara. Mi hijo tomó varias fotos para mostrárselas luego a mi hija porque ella adora los gatos. Todo el tiempo, el viento era suave, cálido incluso. La luna se elevaba como ayer arriba de una montaña cuando nos fuimos. 

martes, 2 de junio de 2026

Mujer en el avión

 

Antes de subir a la avión noto la presencia de una mujer joven, rubia, con expresión lánguida. Me pareció que tenía cara como de muñeca. Llevaba calzas. La vi con su pareja a mi lado y lo mismo después en el avión. Su pareja se sienta contiguo a mi hijo y yo. Ella se ubicó cruzando el angosto pasillo del avión. En un momento, cuando miro para su lado, noté que dormia con su cara de costado. Al principio, me convocaron sus labios, tan carnosos que supuse retocados, y luego, pasado un rato, cuando volví mi cabeza otra vez, la vi ya despierta de perfil. Su rostro entero, a pesar de su juventud, tenía un trabajo realizado para adaptarse a cierto canon de belleza. Lo constaté después cuando el avión llegó a destino y nos paramos. De pronto, una sensación nueva me tomó. Me resultaba ajena esa mujer, atractiva, en cierto punto, pero a la vez, me pareció distante, y al mismo tiempo había en mi impresión cierto desagrado en torno a su belleza tomada por lo que no es espontáneo. 

Lanin Sur

  Subimos de nuevo al auto. Nuestro destino son las cascadas. Antes, paramos en una capilla que tiene una cúpula estilo ortodoxo. Una excent...