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sábado, 26 de septiembre de 2026

Día primaveral

Es un día primaveral. Es fin de semana también. He dormido bien, aunque con esa sensación de angustia, de algo que me abruma y asigno al trabajo, pero tal vez no sea el trabajo sino una herida profunda y misteriosa que cargo a todos lados y que, por lo tanto, no termina de sanar. No veo un horizonte claro en ese sentido. Solo veo una sabana por donde pasan leonas a paso cansino con sus cachorros. Unos pastizales altos, resecos, se mueven apenas. El cielo tiene un dejo de blanco. Nubes que no terminan de formarse y, sobre todo, un aire sumamente cálido que no termina de prometer un cambio. Detrás de esos pastizales, en el inmenso territorio que se ve poblado de solo árboles ralos, muy de tanto en tanto, uno sabe que se desarrolla un juego de vida y muerte. Hambre, pasión, comida y luego muerte, cadáveres. Eso está claro; lo que no veo claro es por qué esa sabana aparece en mi cabeza y qué me quiere decir al respecto.

jueves, 24 de septiembre de 2026

La gubia

 Golpear la madera con una gubia, una y otra vez, hasta que ella se va volviendo más cruda, desnuda no me atrevo a decir, pero sí más íntima, eso sí, y ella, cada vez más cobriza, y luego rojiza, va dejando que se abran en ella huellas, apenas perceptibles, que se juntan unas con otras, según el sentido de la veta, y según la línea que tome la herramienta. Y así pasan las horas, mientras el día, de sol, aunque con algunas nubes por aquí y por allá, al fin primaveral, con venteveos que lo despiden, se va.

martes, 22 de septiembre de 2026

Amanece ahora

 Amanece ahora. Acabo de ver el reloj. Seis y doce de la mañana. Calculo que estoy levantado desde las cinco y media.

Anoche, antes de dormirme, quería anotar que ayer, cuando me levanté en la casa de fin de semana, el viento corría fuerte, vertiginoso, y las nubes pasaban; por momentos, dejaban ver el sol, pero apenas, casi nada. En esos instantes, el jardín adquiría un verde intenso —había llovido mucho el día anterior—.

Era el inicio de la primavera y todo parecía en orden. Los días de mi juventud estaban de vuelta. La casa de mi abuela, no lejos del mar; los pinos de su jardín y de todos los lugares cercanos,  se mecían, altos, gracias al viento; y los pájaros, como esa mañana de la que hablo, felices, se posaban en las plantas y bajaban a comer al pasto. Tal como sucedió ayer en mi casa de fin de semana cuando les tiré unas migas de pan. Ellos no tardaron en llegar y me devolvieron mi imagen feliz, cuando respiraba ese aire incipiente, el invierno se alejaba y comenzaba otra temporada.

lunes, 21 de septiembre de 2026

Kavanagh, se llama

yer me levanté a las nueve y treinta, cuando mi hijo salió para la facultad, donde cursa, por el ascensor de servicio.

Debería pedirle que salga por el ascensor principal. Los últimos días, en especial, me cuesta mucho dormir de corrido —me levanto en la mitad de la noche y no vuelvo a encontrar el sueño hasta dos horas después—, pero también debería gestionar ante el Gobierno de la Ciudad que una alarma para ciegos que hay en un semáforo de la esquina de mi edificio deje de sonar por las noches —un ruido que justamente me perturba cuando me despierto en la mitad de la noche e intento meditar en la oscuridad de mi living, frente al edificio antiguo llamado Estrugamou, que baja la calle en forma perpendicular—.

En esas ocasiones, durante la madrugada, me ponía a escribir, pero en el último tiempo prefiero no saber qué hora es y solo me quedo frente a los grandes ventanales antiguos de mi edificio art déco y miro el cielo, la azotea del edificio antiguo, del otro lado de la calle, o el primer rascacielos de esta ciudad, a lo lejos, detrás de la plaza San Martín. Kavanagh, se llama.

Si veo un avión cruzar el cielo, después de despegar de Aeroparque, significa que son al menos cerca de las cinco de la mañana. Mi antigua referencia —que las luces del supermercado Disco ya se encuentren encendidas— ya no funciona. El establecimiento ha sido cerrado hace más o menos un mes para que, según me ha dicho una vecina, se levante una torre que me ha de privar de la vista directa al Río de la Plata.

Ese supermercado estaba desde que llegué a este departamento hace veintidós años y pertenecía a una gran cadena que sigue en pleno funcionamiento en otros lugares de la ciudad. No he tenido suerte al respecto. Aunque es cierto que también generaba un ir y venir de camiones que lo abastecían, que originaban bocinazos a veces y, en muchas más ocasiones, un molesto sonido de alarma de los vehículos cuando hacían marcha atrás.

También se reunían, por turnos al parecer, dos personas al menos para pedir una limosna o alimentos a la salida. Supongo que venían desde un barrio llamado popular poco distante —un asentamiento antiquísimo en tierras fiscales detrás de la estación central del tren—.

O no sé, en realidad, de dónde venían con exactitud; mi cabeza le suele asignar a ese barrio popular unos efectos que tal vez no sean ciertos.

domingo, 20 de septiembre de 2026

Cierta paz

 Una y otra vez ha intentado, a lo largo de las décadas, no pensar y no ha podido, porque siempre aparece un pensamiento o una imagen. Una sucesión de escenas atraviesa su cabeza incluso durante la noche, en sueños.

Quisiera ser capaz de permanecer mucho tiempo atento a un ruido placentero. Las casi imperceptibles olas que golpean ahora los escalones de hormigón del club náutico en donde está sentado. Ocupa un banco de madera blanco y enfrente está el Río de la Plata, que en realidad se parece más bien a un mar, pero de un color marrón extraño y apasionante.

Hay cuatro mástiles, también blancos, sin banderas, que, gracias al viento, generan un mínimo ruido —también agradable— con sus cuerdas al rozar el metal. Unos patos pasan en dirección al Este y varios chimangos —al menos cuatro, dos y dos— en dirección al Oeste. Los patos han seguido hasta la siguiente península —un espacio con muchos árboles que pertenece a la Ciudad Universitaria—.

Pronto se han perdido muy a la distancia. Los chimangos, en cambio, recalaron en el único árbol de grandes proporciones que se ve en la franja izquierda de la costa, luego del canal.

Pero eso ha sido todo y de nuevo ha vuelto a pensar. Quiere escribir un libro. Tratará, se dice, acerca de las afecciones que toman a los cuerpos. Así dirá con lujo de detalles lo que pasa en su cabeza. Esa sucesión de imágenes y pensamientos que lo tienen maniatado entre temores, fugaces placeres y preocupaciones será retratada. Así alguien podría tomar nota del enorme caudal de tráfico que tiene dentro de su cerebro y tal vez eso produzca algo.

sábado, 19 de septiembre de 2026

El zorzal.

Mañana de sol. Dormí ocho horas, pero con sueños, como siempre, intensos, vertiginosos y, por lo tanto, agotadores. Los pájaros cantan. No tengo problemas evidentes de ningún tipo y, sin embargo, mi sensación emocional no es buena.

Quisiera sentirme tan feliz como ese pájaro, un zorzal, que veo trinar sobre un arbusto frente a la casa. Se esfuerza por sacar de sí todo lo que necesita, se estira, alza su pico y sí, nos vierte un canto monumental, fantástico.

Imposible que sepa el tipo de milagro que realiza.

viernes, 18 de septiembre de 2026

Otra noche

 Luego de dormir mordiendo el protector bucal toda la noche, como lo hace siempre, se levanta al fin para ir al baño. Ha dormido bien, se puede decir. Más de nueve horas, calcula. Al fin.

Los sueños han sido intensos. Dudaba, en el último, si comprar un libro de poesías clásicas chinas porque su valor era alto —cincuenta dólares— y ya había comprado otro de ese mismo precio. Se decía en el sueño: ¿los iré a leer o será más bien algo aburrido? El detalle de que hubiesen quedado en el tiempo le infundía esperanzas y preguntaba dónde debía pagarlo.

Pero se despertó, fue al baño y, luego de correr las cortinas —en esa época de invierno no bajaba las persianas—, se preguntó por qué se sentía tan mal.

Era viernes. No debía ir a la oficina si no lo deseaba. Podía incluso ir al club junto al río, pero nada de eso lo sacaba de una angustia inmensa que lo abrazaba. Esa era la verdad.

Los últimos días se sentía especialmente de mal humor. No tenía un trabajo que lo entusiasmara. Tampoco el arte parecía conducirlo a ningún lado. Incluso no podía decir que tuviera un lugar, una casa, que amara.

Y había algo en él que no quería para nada: una codicia mezclada con una forma de calcular sus jugadas, sumada a un narcisismo perpetuo, fatuo y, al mismo tiempo, imborrable; llevado a un límite —el vivir pendiente de sí mismo— que le provocaba un malestar aprisionante.

Esa era la verdad.

Debía cambiar, pero no confiaba ya demasiado en poder hacerlo.

¿O sí?

Algo haría, se dijo.

Mirar el río un buen rato, por lo pronto, más tarde.

Día primaveral

Es un día primaveral. Es fin de semana también. He dormido bien, aunque con esa sensación de angustia, de algo que me abruma y asigno al tra...