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miércoles, 6 de mayo de 2026

Mañana será el gran día

 Ahora que pienso mejor este fue un día importante. No solo fui por primera vez con mi hijo al palacio de tribunales sino que también estaba mi padre en el estudio esperando a mi hijo para enseñarle un poco del trabajo. Pero eso no fue todo. Hay un colega, al cual le hice un trámite, y no me había pagado, que apareció y me dijo que me iba a pagar la primera cuota de su deuda. Así que fui con mi padre -que justo salía de la oficina- hasta la esquina y nos encontramos con este señor, y a ese señor, de buen modo, le expliqué que mi padre me acababa de decir que después de cincuenta y cuatro años se retiraba de la profesión. Ese retiro, expresado a ese hombre, me pareció que para mi padre tuvo el sentido de un alivio. Cuando lo despedimos, mi padre tuvo el lindo gesto de decirme que me quería ayudar a comprar la parte de la oficina que pertenece a un hombre que está retirado y me la alquila desde hace unos años. Le dije que no es necesario y él me dijo que quería hacerlo. A nuestro lado, estaba el enorme palacio de tribunales. Cruzamos al calle y, por esas cosas que tengo, volví apresurado al estudio antes de que se fuera una empleada con la quería repasar un par de temas. Mi padre siguió su camino a su casa. 

Más tarde, con mi hijo -que había permanecido en la oficina trabajando- fuimos hasta el pequeño restaurante en donde almuerzo casi siempre. El dueño estaba cerrando. Dijo no tener más platos que ofrecernos. Mi hijo me dijo que entonces prefería volver a nuestra casa, cosa que hizo y lo acompañé hasta la parada del colectivo. Lo vi trotar un poco cuando cruzó la calle en busca de ese vehículo. 

Volví a mi oficina donde trabajé por varias horas. En el interín, recibí el llamado de un abogado que trabaja conmigo, quien explicó con pesar que había cometido un error considerable en un juicio, cosa que me alarmó bastante, pero pude arbitrar bastante bien el inconveniente y seguí con mis tareas hasta que cerca de las seis de la tarde salí a la calle. 

Al portero, y a un hombre que suele estar en la puerta de mi oficina y junta papeles y cartones, le dije que era un día maravilloso -porque lo era-. Sol y tibieza por el espacio cercano. También les comenté que eran unos afortunados de estar en esa vereda. Sonrieron y me fui. 

Pasadas las seis de la tarde pasé por la librería artística de otra persona amiga, quien me tenía reservado un lienzo de un metro setenta y seis de ancho por un metro sesenta de alto. Será la primera vez que pinte una tela tan grande. 

lunes, 4 de mayo de 2026

Antes de irme a la cama

 Acabo de salir al balcón. Noche del fin del verano fresca con un viento agradable que va, corre. Acabo de levantar mi cabeza, acá, en el último piso, para mirar las estrellas. Unas nubes, casi nada eran, pasaban sobre ellas, esas estrellas mucho más distantes. Fui con mi hijo al palacio de justicia y, en ese enorme edificio donde resuenan los pasos, me vio en acción en una mesa de entradas. La presentación con dos jovenes retraídos por la solemnidad de la práctica tribunalicia. Mi explicación de por qué necesitaba hablar con cierto funcionario. El hecho de que el funcionario tuviera a bien por fin apersonarse para que mi hijo presencie, luego mi alegato. Sonrisas amables para pedir, mi esmerada diplomacia en acción. Atrás, supongo que estaba la mirada atenta de mi hijo. 


sábado, 2 de mayo de 2026

Realización

Cinco y cuarenta y ocho de la mañana. Dormí mal acicateado por el dolor de estomago, pero lo más claro es el sentimiento de angustia por la cantidad de juicios que tengo. Durante años, luché por lograr tener muchos clientes, muchos juicios. Ahora ellos son mi éxito y mi condena. Debo elegir tener menos juicios o ser capaz de lidiar mejor con los que tengo. O bien debería sumar otra posibilidad -que ahora no vislumbro-. 

Ahora -cerca de las seis de la mañana- veo que a lo lejos el cielo se empieza a ver más celeste, el sol todavía no asoma cerca de un edifico que dice en su parte más alta "IBM" en grandes letras luminosas. Un avión pasa. Su estruendo lejano me sosiega. También espero que me sosiegue escribir y que me sirva para algo y que ese beneficio no termine en un tipo de encierro como me ha sucedido con los juicios. Una vez se me apareció esa idea en Paría, en un bañera, estaba en el piso más alto de ese edificio por supuesto antiguo, por la ventana se veía la torre Eifell. Veía su figura en el agua caliente -era invierno-. De pronto, de la nada, apareció ese pensamiento: en algún momento lo deseado durante tantos años se iba a concretar y esa realización sería una condena. 

viernes, 1 de mayo de 2026

La ofrenda

 Voy con mis hijos a almorzar a un lugar que me gusta cercano a la playa. Mi pareja permanece en la casa, tiene que trabajar. Nos sentamos frente a un estanque que tiene peces naranjas. Los cuento, son tres, y en eso se prende un regador cercano y un perro se acerca al estanque a tomar agua. 

Varios pajaritos se acercan a nuestra mesa, se posan en las ramas de un árbol añoso que despliega sus ramas encima de nuestras cabezas. 

Solo me perturba un hombre, a cierta distancia, que le habla a su celular -graba un mensaje interminable-. Pero por suerte pide la cuenta. Mi hija toma un pedazo de pan, abre su mano y un pajarito, que estaba posado en una rama, toma la ofrenda. Nunca hice algo así que recuerde, digo. Y el pajarito vuelve a la mano de mi hija.

La domanda

La Domanda”, una antigua hostería de la zona se llama el lugar a donde vinimos por recomendación del matrimonio que nos aloja en el complejo de cabañas. Solo debimos tomar la ruta, pasar por dos o tres casas construidas sobre las pendientes, ver las montañas a lo lejos y bajar un trecho. El lugar es más abierto que el sitio donde estamos; los árboles están más desperdigados.

La hostería, una casa de los años cuarenta, tiene una estética helvética con detalles más rústicos. Ostenta una pileta que mira a las montañas donde encontramos a varios huéspedes con los pies en el agua. No se tiran porque está más bien fresco. En el camino que baja hacia el río, un padre y varios preadolescentes nos saludan sin muchas ganas. Más abajo, encontramos un río contenido por un dique de piedras. Al costado, sobre un pasto bien cortado, un grupo de gente mayor conversa. Nos vamos más allá del paredón de piedras a escuchar el agua filtrándose por las rocas, justo donde se forma un estanque. Cuento: seis carpas japonesas. Dos de color naranja, una blanca; el resto son negras. Intento meditar; mi pareja lee. 

Los pensamientos me invaden, solo por momentos logro concentrarme en el ruido del agua. En un momento, vienen los ancianos a tomarse una foto al paredón. Hablan alto, parecen contentos. Cuando ellos se van, mi pareja dice que quiere subir hasta la hostería y me quedo solo con un border collie acostado a mi lado. No hace mucho por acercarse a donde estoy y yo tampoco lo busco. Solo el silencio es cortado cada tanto por el canto de los pájaros.

miércoles, 29 de abril de 2026

Hoy a la tarde

 Volví a la pileta; vuelvo a escribir. Es la primera vez desde la muerte de mi perra, hace no menos de tres semanas (todavía debo ir a buscar sus cenizas, pero no he tenido fuerzas para hacerlo). 

El agua estaba fría. Había salido de mi casa perturbado por el estruendo de la música de un vecino. Pero en el club también había música. Olimpiadas para jóvenes; la consigna. Sobre el final de la tarde, para colmo, se reunieron todos en las inmediaciones de la pileta para seguir con la música y con los comentarios de un locutor que hablaba sobre los eventos con una voz monótona. Solo casi al anochecer se fueron. Entonces, salí del agua, miré un poco los álamos carolinos y caminé descalzo por el pasto. Un zorzal saltaba a pocos metros. Me miró y se fue. 

martes, 28 de abril de 2026

Nada

 

Ya el cuerpo comienza a cambiar de manera clara, concisa, a veces fuerte. Esa manera que tenía de saltar, esa agilidad, está en mis recuerdos, que a su vez también se van. 

Un filo recorre ahora mis noches y más que nada se acerca a mi cuerpo bajo las estrellas.

Se acerca mi perra (recién llegada de su paseo matinal) moviendo la cola mientras escribo esto. Está feliz encontrar a su dueño sentado en un sillón. La acaricio.

Me pregunto qué tanto disfruta de confiar en mí como dueño. Intento meditar. Como siempre, se me dificulta no pensar. Estoy en un cuerpo atado a una consciencia (y entre ellos hablan todo el día e incluso por la noche), y esa consciencia inventa mis creencias, ¿o lo hace el mismo instinto que muestra mi perra? 

Mañana será el gran día

 Ahora que pienso mejor este fue un día importante. No solo fui por primera vez con mi hijo al palacio de tribunales sino que también estaba...