El día prometía ser de sol pero está más bien nublado. Después del desayuno me resuelvo a pintar un poco. No avanzo mucho con la pintura, pienso mientras acomodo una tela. Supongo que porque no tengo ánimo para trabajar de un modo sistemático.
Cerca de las tres salimos a caminar y luego a la playa. El bosque y sus caminos. Eso me entusiasma. En la playa, desde el médano, sentimos el alboroto de la gente sobre la orilla. Perros, vendedores ambulantes, chicos que juegan. Elegimos un lugar cerca del mar. Ni bien pongo mi silla, siento el viento agradable. El mar, por lo que veo en la reacción de la gente, tiene agua vivas. Cuando me meto lo corroboro y opto por nadar con precaución. Tanta que pronto desisto. Me quedo un poco más cerca de la orilla. Quiero recibir el embate de las olas (ya menos intensas después de un recorrido).
El agua tiene hoy un color marrón. No así más atrás, después de la rompiente. Cuando salgo del agua charlamos un poco con mi pareja. Hay bastante gente alrededor y eso me distrae a la hora de contemplar el mar. Por eso me fijo en las olas a lo lejos. Pero me cuesta abstraerme de la gente que pasa por la orilla. Me pregunto cómo sería si pudiera abstraerme de mis pensamientos y lograr una concentración serena, limpia. El mar y la continuidad de sus olas hasta lograr el desapego que tiene el viento cuando toca mi cara.