Salimos de Tulum. Nos transporta una camioneta grande, presuntuosa, del tipo americano. Flavio es el nombre del conductor y resulta extremadamente educado y reposado al hablar. Sus modos son certeros. El tiempo, para él, no parece ser un problema.
Accede de buen modo a parar en un supermercado para que compremos una valija dado que hemos adquirido demasiadas cosas en el viaje. En la caja del supermercado, algo extraño ocurre: mi pareja tiene un modo un tanto brusco con otro cliente porque ha apoyado su botella muy cerca de nuestra valija. Ese detalle, y el hecho de que la cajera no aceptara el billete de cien dólares que le dio —tenía una marca insignificante—, le provocaron ese infrecuente nerviosismo.
Seguimos viaje. El trayecto hasta un lugar llamado Playa Mujeres, al norte de Cancún. La visión de la ruta, me confirma una impresión que ya había tenido en el viaje de ida, hace más de tres semanas: esta zona, llamada Riviera Maya, ha crecido a un ritmo ampuloso, persistente. Los espacios de selva son cada vez menores y en su lugar se ven grandes hoteles y barrios cerrados.
Cuando paramos cerca de Cancún para que mi hija pueda ir al baño, en una estación de servicio, unos hombres, en una camioneta, se estacionan a mi lado. Parado junto a la nuestra, esperando a mi pareja y a mi hija, noto que varios hombres viajan adelante y otros en la caja de la camioneta. Vienen a comer unos sándwiches que venden en un local pequeño, al lado de la cafetería y se los ve jocosos. Comentan cosas y se ríen a carcajadas. No parece tener sentido la proporción entre sus risas y la insignificancia de los comentarios. Se ríen varias veces, a toda gana.