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martes, 30 de junio de 2026

Ida a la cancha.

Anoche, de regreso con mi hijo e hija de la cancha, doce de la noche, parados en un semáforo de la nueve de julio. Mi hijo me dice: "A vos te gusta pelear todo el tiempo. No tenés paz", que es lo mismo que le digo de mi padre. 

Antes, habíamos llegado a través de avenidas que suben y bajan y dejan ver casas bajas, negocios de venta de repuestos de autos, de cerámicas. También vimos un gran parque del que desconozco el nombre.  Estacionamos lejos del ingreso de la cancha y por lo tanto debimos caminar bastante a toda marcha. Mis hijos me hicieron ver mi lentitud al caminar con relación a la rapidez de sus pasos (que es también algo que en su momento le he dicho a mi padre). 

En las inmediaciones de la cancha, el clima esperado: cánticos, gente apurada, policías observando y sobre todo las figuras de un barrio muy precario que mira al estadio. En ciertas esquinas, vendían choripanes en parrillas en la vereda junto a parlantes que amplificaban la música.

En el estadio, el clima era diferente. Algunas familias en las plateas e incluso un niño de apenas un año sentado al lado de mi hija que agitaba sus brazos con entusiasmo al son de los cánticos y la música de la hinchada. Incluso sonreía a mi hija. Imaginé en él algo de seducción varonil innata. 

El primer tiempo sin goles y sin jugadas lucidas. Solo el encanto de ver a una mujer atractiva que fumaba a mi izquierda. Luego, en el segundo tiempo, los goles. Abrazos y festejos y más tarde la caminata de vuelta hasta el auto. Fueron no menos de treinta minutos por las inmediaciones del estadio, sorteando los charcos generados por las últimas lluvias y luego, frente al barrio tan precario, acelerando el paso. Junto a nosotros caminaba un joven de aspecto humilde con la camiseta de nuestro club. Nos dijo: Estamos solos, hay que apurarse antes de que salgan los buitres. 

jueves, 25 de junio de 2026

Pasado

Son las nueve y cinco de la mañana. Tengo mucho para contar. Desavenencias con mi hermano —una vez más—, hechos que me han alterado en la faz de mi trabajo —una vez más—. Pero ahora me quiero focalizar en el placer de escuchar las gotas que, con timidez, se han lanzado desde el cielo gris que permanece estático. Ayer sentí las gotas igual que hoy, en mi sala de estar, frente a los ventanales, de pie ante las cúpulas del gran edificio de principios del siglo pasado que se alza perpendicular a mi balcón.

A lo lejos veo, una vez más, el primer rascacielos de Sudamérica. Verlo me recordó mi regreso a la ciudad, días atrás. Mientras el avión descendía entre las nubes, miré por la ventana y vi, a lo lejos, casas, árboles y calles. No poder distinguir a las personas aumentaba mi deseo de saber de ellas.

miércoles, 24 de junio de 2026

Vuelta a la oficina.

Una semana por delante. Diez y veinte de la mañana. Lunes de lluvia, serena, sin pausa. He vuelto de mis vacaciones de Semana Santa en San Martín de los Andes con mi hijo. Fue una semana diferente de tantas otras que transcurren en la oficina, entre expedientes, trámites y procesos que me han formateado para ver la vida como una meta que debo alcanzar y que, una vez alcanzada, no representa más que un peldaño desde donde apenas puedo respirar unos instantes, a veces minutos, antes de seguir.

Durante el viaje, mi hijo me explicó con sumo detalle el placer que siente cada vez que va a jugar al fútbol con sus amigos los fines de semana. Me dijo que ese instante enciende su semana. Yo no tengo nada igual.

sábado, 20 de junio de 2026

Villa Traful 2

 Avanzamos un poco más por la costa hasta que vemos un cartel que promociona la excursión al "bosque sumergido", que conocía por una red social y muestra un grupo de árboles bajo el lago que se observan desde unas lanchas. No me gustan los programas turísticos en donde uno depende de la organización de la experiencia. Un horario de salida, otro de llegada, y en el medio la explicación de un guía. Mejor me abstengo, pensé. Sin embargo, la experiencia podría resultarme interesante, me dije después, ver esos árboles sumergidos. El caso es que no me quedaba en claro qué hacer como tantas otras veces en tantas otras circunstancias. 

A su vez, el tema volvió al escenario cuando, en el puesto donde nos detuvimos a encargar un wrap de trucha y otro de ciervo -un puesto que está junto a otros que miran el lago y ofrecen mesas-, un joven, entusiasta, oriundo de la zona, según nos explicó, nos sugirió realizar la excursión. Háganla. Quien la realiza es mi tío, agregó, y nos dio un folleto. Pero no quise adentrarme en el rol del turista sobre una lancha. Preferí quedarme en la orilla, tranquilo, frente al lago, a mi ritmo, y mi hijo opinó lo mismo.

miércoles, 17 de junio de 2026

Un día cualquiera

Me desperté a media mañana y me fui a escribir en el cuarto de atrás. El objetivo era no escuchar el tráfico (mucho más atronador desde que cortaron la calle de la esquina). Ese cuarto de atrás no lo frecuento mucho -aunque ahora debería hacerlo-. Prefiero la vista franca del living a un edificio señorial, un poco a mi derecha, la calle que baja, y luego la estación central de trenes, la terminal de ómnibus y la poca visión, casi nada, pero algo al fin, del río. 

Lo bueno es que el reducido cuarto del fondo también tiene una ventana que abrimos con mi pareja hacia el noreste y mira hacia las terrazas de otros edificios. A lo lejos, solo se ve uno bastante alto. La otra ventana mira a un edificio construido hace unos quince años, demasiado cerca del mío, en el lugar donde había una casa de principios del siglo veinte de tres pisos de buen estilo, que fue demolida un día que quedará en mi recuerdo -vi a un hombre con una maza destruir una escultura en la terraza-.

Cerca del mediodía, unos pocos ejercicios de estiramiento. Todavía pendiente de no verme invadido por los ruidos de afuera, tomé mis auriculares para salir a la calle. Mañana de sol fresca. En un par de días, comienza el verano. La ciudad tiene un ánimo frenético. Se acerca el fin de año. 

A una cuadra de casa, compré el diario -hacía años que no lo hacía-. Mi idea era leerlo después en el almuerzo, en el restaurante de mi amigo -con quien al final hablé de mi proyecto para las vacaciones y él me contó que espera cerrar el restaurante todo el mes de enero para esclarecer su cabeza-. 

De regreso, en la oficina, encontré a dos personas trabajando. Cuando se fue la última, me eché boca arriba en el piso como tantas otras veces. Busco así que mi cabeza se aquiete. Miré el reloj: cinco y cuarto. La hora de salida cuando iba a la primaria. Un hecho que me hizo pensar: Sigo preso de los horarios escolares. 

Al salir, no enfilé por el camino de todos los días, sino por una calle que va hacia una farmacia. Nadie me atendió pronto y tomé de nuevo hacia mi taller (ya pensando en los colores para un cuadro apenas comenzado). Azules mezclados con magenta vi en mi recorrido por las cuadras por donde se despliegan tres plazas. También pensaba que no es mi interés meterme en un lugar cerrado. Solo hubiese querido caminar por el campo. Ver el cielo. Escuchar a los pájaros. Asistir al final de un día que pasa.

sábado, 13 de junio de 2026

Villa Traful

 Salimos cerca del mediodía. Esta vez, por suerte, no me despertaron los hombres de la casa vecina de atrás (los que estaban cortando baldosas con una amoladora). Entiendo que terminaron su trabajo. Ni bien dejamos atrás el pueblo, subimos la cuesta que bordea el lago a la salida de la ciudad y seguimos viaje hasta un lago de nombre Falkner. Ahí nos paramos solo para ver un poco el paisaje. Mi hijo no obstante quiere seguir, avanzar, cosa que hacemos. Un poco después, me vuelvo a detener el auto frente al lago escondido. Ni bien bajamos del auto noto un tronco caído y cortado de grandes dimensiones. Es una escultura con todas las letras, le digo a mi hijo. Quisiera, agrego, alguna vez terminar de armar un estética escultórica coherente en torno a este tipo de hallazgos. Piezas que han sido esculpidas por la naturaleza. Pero para eso supongo que debería ser capaz de proveerles un tipo de intervención de mi parte -más allá de la selección-, un aditamento que les otorgue ese plus, pero todavía no encuentro cómo realizar ese dialogo. 

El lago, un poco más abajo, no se ve muy bien debido a los árboles que están bajando la barranca, pero el agua, un tanto turquesa, se vislumbra entre las ramas. Dos mujeres de unos sesenta años se están sacando fotos a nuestro lado. Les pregunto si quieren que les saque alguna foto y me responden, en un tono amistoso, que no, que ya tienen bastantes. Nos ponemos a hablar. Nos cuentan que han venido a hacer paddle con un grupo y que ahora se dirigen, como nosotros, a Villa Traful. Nos advierten que el camino final tiene partes de cuestas un tanto exigentes (e incluso una de ellas nos dice que si las vemos al costado del camino varadas las auxiliemos). 

El camino final a Villa Traful, tal como nos advirtió la mujer es exigente porque hay tramos que están siendo ampliados. Hay diversos vehículos pesados en el trance. Un hombre avanza muy lentamente. Vencido por la ansiedad, decido pasarlo en forma indebida por su derecha. Es un vehículo con patente uruguaya que paso rápido. Pero me detengo detrás del gran vehículo vial porque ya he perdido la oportunidad de pasarlo otra vez por la derecha -ahora el margen que otorga la calle de tierra es muy exiguo-. 

Un poco más adelante me detengo -junto a un cartel algo despintado que dice: Villa Traful y bajo a la playa. Mi hijo dice que prefiere aguardar en el auto. La playa tiene piedras muy pequeñas; casi parecen arena. Veo un tronco en la orilla, lo alzo con cierto esfuerzo y luego de cavar un poco lo coloco en forma vertical para sacarle fotos. Es una escultura. Espero me sirva de inspiración en un futuro cercano. Luego me siento como los orientales a contemplar el lago sin nadie a la vista. La calma me toca apenas hasta que escucho una bocina. Mi hijo me reclama. 

Seguimos viaje hasta la entrada de la villa, más precisamente hasta una casa de madera. Almacen Gourmet dice el cartel. En ese lugar no vemos a nadie que atienda. Recién cuando nos retiramos, aparece un joven. Le pregunto si venden sandwiches. Solo congelados, me responde y me exhibe uno. No, muchas gracias. ¿Hay algún lugar que nos recomiendes para comer unos recién hechos? El patio gourmet, nos responde y hacia allá vamos.    

miércoles, 10 de junio de 2026

Lanin Sur 2

Volvemos. El trayecto de vuelta se me hace más liviano. No sé si porque voy más rápido al conocer el camino. Al llegar a la entrada del parque detengo el auto y le pido a mi hijo que maneje hasta la casa. Aprovecho para ir al baño. Como está cerrado me dirijo a unos árboles junto al lago desde donde, en la orilla, miro las olas que rompen. En esta parte del lago, el viento se levanta con más fuerza. 

Cuando seguimos viaje, en la ruta, pasamos junto a un camión de bomberos. Veo al costado de la ruta un auto carbonizado y a varias personas con cara de preocupación. Una mujer policía nos hace el gesto que avancemos con expresión adusta. 

Ya en la entrada a San Martín, cargamos nafta. El joven es tan amable como tantos otros que me ha tocado tratar por la región. Paga mi hijo con su celular. Al joven, complacido, le doy una buena propina. Nos ha limpiado el parabrisas del auto. Cuando cruzamos la ruta para pedir sushi, ni bien entramos desde el fondo del local, detrás de la caja, una joven con expresión feliz nos saluda. Supongo que sería el tipo de joven que me enamoraría (si yo también fuese joven). Quisiera decirle a mi hijo que aproveche a esa joven, que le pregunte algo. Mientras esperamos me pongo a conversar con el sushiman. Un hombre que vino hace unos tres años desde Buenos Aires. Me cuenta que los inviernos aquí no son tan arduos. Es un buen momento para trabajar con los turistas que vienen a esquiar, me explica. Luego nos invita a probar un trozo de sushi. 


Ida a la cancha.

Anoche, de regreso con mi hijo e hija de la cancha, doce de la noche, parados en un semáforo de la nueve de julio. Mi hijo me dice: "A ...