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sábado, 8 de agosto de 2026

Día de sol en el fin del verano.

 Vamos con mi padre a una confitería legendaria cerca de nuestra oficina a encontrarnos con mi tío y su socio para ver si compramos la parte de ambos de la oficina que hoy alquilamos. Mi padre está en la oficina hace cincuenta años; yo hace treinta. Mi padre tiene el cuarenta por ciento de la oficina, mi tío el treinta; su socio el otro treinta. Mi plan es comprar el cincuenta por ciento y mi padre el diez restante. Mi padre está casi retirado, lo mismo mi tío y su socio. En el comienzo hacen un repaso de los achaques que tienen los tres a sus casi ochenta años. El mozo pregunta con sumo respeto qué vamos a ordenar. Café piden los tres, yo un té negro. Poco después, el socio de mi tío va al baño. Pasan los minutos y no vuelve . Luego, cuando por fin regresa, explica que está descompuesto. Su cara no es muy saludable, es cierto. Me pregunto entonces qué tipo de achaques me esperan con la edad. Viene la cuenta. Los tres se empeñan por pagar su consumición y los dejo. Al salir, miro la plaza. Es un día de sol. Al parecer, pienso, podría comprar la parte de la oficina a un precio razonable. Pero nunca quise ese lugar. Aunque a esta altura forma parte de mi vida y no tengo fuerzas para cambiar, se me ocurre. No me interesa ocupar una oficina, de hecho. Me interesa progresar en mis pinturas, me digo mientras camino por la calle hacia el taller. Como tantos días son más de la cinco de la tarde y el tiempo que me queda para pintar es bastante reducido. 

viernes, 7 de agosto de 2026

Fumigador.

 Fui despertado por una amoladora que usaba un hombre en la casa de atrás. El día era de sol, todavía tibio a pesar del comienzo del otoño en esta región. Me limité a descansar en la cama hasta que, cerca del mediodía, salimos con cierto retraso para Villa Traful. 

Antes dudé si dejar mi computadora y celular principal escondidos debajo de la cama o con llave en mi valija dado que, por lo tarde, según me había informado la responsable de la casa, iba a concurrir el fumigador a enfrentar el olor a podrido que sale de la cocina. 

La duda fue el comienzo de mis vaivenes porque, apenas salimos, sin que pudiera evitarlo, me preocupé por la seguridad de mi computadora y el celular. Debería haber puesto esos objetos debajo de la cama y no en la valija con llave, me decía. Pero traté de olvidarme del asunto para disfrutar de la subida que franquea el lago. A nuestra derecha, estaba una montaña a la salida del pueblo, como llaman los habitantes del lugar a San Martín de los Andes. Pero como el tema continuaba le consulté a mi hijo. No tiene sentido preocuparte, me respondió. Además, constaté, las cartas estaban echadas: no había red de celular por la ruta. Por lo pronto, decidí no alejarme (Villa Traful queda a más de dos horas de viaje) y doblé al ver un cartel que decía: "Villa Meliquina 14 km" al tiempo que le pedía perdón a mi hijo. Quería preguntarle a la dueña si iba a estar cuando concurra el fumigador a la casa y si es de confianza. 

El camino bordea un lago donde el agua azul intensa, entre los troncos erguidos de árboles centenarios, reluce, inmensa, muda, misteriosa. Ingresando en la villa, vimos a un hombre metido hasta la cintura en la playa del lago y nos bajamos. Mi hijo tomó una piedra achatada para hacerla rebotar varias veces en el agua, cosa que solo logró en parte. 

El sol tibio iluminaba un lago calmo y no había demasiado viento. Llegamos caminando a un hotel frente al lago. Buenas noticias, ofrece wi fi, dije. Miré un poco, pero no me convenció el lugar. Demasiado nuevo; por eso le sugerí a mi hijo optar por un restaurante enfrente más relajado. Pero, cuando estábamos por cruzar la calle, salió una joven a preguntarnos si necesitábamos algo. ¿Tienen wi fi?, le pregunté. Sí, y es gratis, dijo sonriente. Su amabilidad me empujó a preguntarle a mi hijo: ¿Te parece que nos sentemos a tomar algo? 

domingo, 5 de julio de 2026

Nuevo aire

 Viernes. Un día insulso porque no emprendí el camino al club junto al río para, después de trotar, quedarme un rato mirando el agua. Pero quería estar tranquilo porque la ida a la cancha del día anterior, el regreso tardío, la larga caminata y el esfuerzo de manejar por la autopista me dejaron cansado.

Así que fue un viernes típico, aunque soleado y de temperatura agradable. Pasé la mañana trabajando un poco, haciendo algunos ejercicios mínimos sobre una colchoneta y desayunando tarde con mi hija. A la una y media, antes de salir, organicé el almuerzo a la señora que limpia la casa y, ya cerca de la oficina, me encontré primero con un joven que trabaja en el Palacio de Tribunales y, dos cuadras después, con otro hombre, menos joven, que trabaja en la misma dependencia. Los dos llevaban traje, como rescatados de un mundo perdido. Me llamó la atención la casualidad de encontrarme a ambos en distintos lugares de mi trayecto.

En la oficina tuve varias reuniones y luego hablé con mi padre sobre la posible compra de la parte del inmueble que pertenece a mi tío y a su socio. El problema es que mi piso, el cuarto, es el único que tiene en el frente una sola ventana que llega hasta el suelo. Las otras dos son más pequeñas. El edificio, de estilo francés y declarado patrimonio histórico, no repite exactamente su estructura en cada nivel.

La otra posibilidad es el tercer piso, que está a la venta y sí tiene grandes ventanales en todos los ambientes, balcones franceses y, además, perteneció hace más de cincuenta años a mi abuelo materno, pero me da una enorme pereza mudar toda la oficina apenas un piso más abajo porque, después de tantos años de esfuerzo, el cuarto piso se ha convertido en un lugar al que llega gente todos los días. Las personas firman poderes. Inician juicios. Sin embargo, este viernes, como otras veces, solo lo disfruté a las cuatro y media, cuando por fin me quedé solo.

sábado, 4 de julio de 2026

Avizorar

Del enorme edificio llamado el "Palacio de Tribunales", por una puerta lateral, entre nervioso y envalentonado, sale un Ministro de la Corte Suprema rumbo a mi club -de donde también es socio por lo que he visto alguna vez-. Unos pasos detrás, camina rápido también un custodio. Yo lo sigo a cierta distancia porque también voy hacia el club a nadar. Esa pileta cerrada no me gusta, pero cumple una función útil. Lo mismo mi oficina ubicada enfrente del "Palacio de Tribunales". No sé qué haría de mi vida si no necesitase de una función útil de ese tipo. Supongo que lo que se conoce como "arte", pero desprendido de un fin comercial y suplantado por un propósito placentero -lleno de libertad- que no logro incorporar. 

martes, 30 de junio de 2026

Ida a la cancha.

Anoche, de regreso con mi hijo e hija de la cancha, doce de la noche, parados en un semáforo de la nueve de julio. Mi hijo me dice: "A vos te gusta pelear todo el tiempo. No tenés paz", que es lo mismo que le digo de mi padre. 

Antes, habíamos llegado a través de avenidas que suben y bajan y dejan ver casas bajas, negocios de venta de repuestos de autos, de cerámicas. También vimos un gran parque del que desconozco el nombre.  Estacionamos lejos del ingreso de la cancha y por lo tanto debimos caminar bastante a toda marcha. Mis hijos me hicieron ver mi lentitud al caminar con relación a la rapidez de sus pasos (que es también algo que en su momento le he dicho a mi padre). 

En las inmediaciones de la cancha, el clima esperado: cánticos, gente apurada, policías observando y sobre todo las figuras de un barrio muy precario que mira al estadio. En ciertas esquinas, vendían choripanes en parrillas en la vereda junto a parlantes que amplificaban la música.

En el estadio, el clima era diferente. Algunas familias en las plateas e incluso un niño de apenas un año sentado al lado de mi hija que agitaba sus brazos con entusiasmo al son de los cánticos y la música de la hinchada. Incluso sonreía a mi hija. Imaginé en él algo de seducción varonil innata. 

El primer tiempo sin goles y sin jugadas lucidas. Solo el encanto de ver a una mujer atractiva que fumaba a mi izquierda. Luego, en el segundo tiempo, los goles. Abrazos y festejos y más tarde la caminata de vuelta hasta el auto. Fueron no menos de treinta minutos por las inmediaciones del estadio, sorteando los charcos generados por las últimas lluvias y luego, frente al barrio tan precario, acelerando el paso. Junto a nosotros caminaba un joven de aspecto humilde con la camiseta de nuestro club. Nos dijo: Estamos solos, hay que apurarse antes de que salgan los buitres. 

jueves, 25 de junio de 2026

Pasado

Son las nueve y cinco de la mañana. Tengo mucho para contar. Desavenencias con mi hermano —una vez más—, hechos que me han alterado en la faz de mi trabajo —una vez más—. Pero ahora me quiero focalizar en el placer de escuchar las gotas que, con timidez, se han lanzado desde el cielo gris que permanece estático. Ayer sentí las gotas igual que hoy, en mi sala de estar, frente a los ventanales, de pie ante las cúpulas del gran edificio de principios del siglo pasado que se alza perpendicular a mi balcón.

A lo lejos veo, una vez más, el primer rascacielos de Sudamérica. Verlo me recordó mi regreso a la ciudad, días atrás. Mientras el avión descendía entre las nubes, miré por la ventana y vi, a lo lejos, casas, árboles y calles. No poder distinguir a las personas aumentaba mi deseo de saber de ellas.

miércoles, 24 de junio de 2026

Vuelta a la oficina.

Una semana por delante. Diez y veinte de la mañana. Lunes de lluvia, serena, sin pausa. He vuelto de mis vacaciones de Semana Santa en San Martín de los Andes con mi hijo. Fue una semana diferente de tantas otras que transcurren en la oficina, entre expedientes, trámites y procesos que me han formateado para ver la vida como una meta que debo alcanzar y que, una vez alcanzada, no representa más que un peldaño desde donde apenas puedo respirar unos instantes, a veces minutos, antes de seguir.

Durante el viaje, mi hijo me explicó con sumo detalle el placer que siente cada vez que va a jugar al fútbol con sus amigos los fines de semana. Me dijo que ese instante enciende su semana. Yo no tengo nada igual.

Día de sol en el fin del verano.

 Vamos con mi padre a una confitería legendaria cerca de nuestra oficina a encontrarnos con mi tío y su socio para ver si compramos la parte...