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domingo, 15 de marzo de 2026

Restaurante italiano

Primer día en el Hotel Ocean Allure. Ida a cenar al restaurante italiano. Nos sentamos afuera a pesar del viento. Buena opción; casi no hay comensales cerca en nuestro restaurante. Pero sí los hay en el restaurante contiguo -cocina mexicana- donde un grupo se ríe a carcajadas. Alzan los vasos de tequila. Calculo que no falta mucho para que se retiren. Para los norteamericanos es tarde. Diez de la noche. El mozo es atento. Nos cuenta que vive en Cancún desde hace treinta años. Es chófer de Uber por las noches. Hablo de las dificultades que existen para acceder a las playas públicas a lo largo de la Riviera Maya, un tema que me obsesiona por la injusticia que entraña. Hasta ahora todos me dan la razón, pero toman el tema de un modo abnegado. 

La entrada una burrata. Buena. Pequeña la porción, eso sí. Los norteamericanos se van por fin, los diviso a lo lejos. Pruebo unas pastas y también un salmón que ha pedido mi pareja. Mi hija se limita a pedir una sopa de tomate y repite la porción. Volvemos a charlar con el mozo. Nos cuenta cuáles son buenos postres y acierta. También habla de los problemas derivados de la venta de drogas en la zonas turísticas. Habla con una alegría especial, cierta diversión. También disfruto. 

Por fin, le consulto en qué material está hecha una escultura que veo dentro del restaurante-una mujer acostada que emerge en estilo clásico de la misma roca-. Me dice que en fibra de vidrio. Creo que está equivocado, pero no digo nada. 


sábado, 14 de marzo de 2026

Caleta tankah 3

 


Seguimos por la playa impactados por la cantidad de objetos de plástico que trae el mar. Hablamos de eso y también de nuestros plantes para el año que sigue. Por un momento, nos sentamos en el medio de la playa rodeados de un sargazo seco esparcido cada tanto. También de objetos cortados de plástico -tapas, restos de botellas, cucharas-. Enfrente, el mar se repite en sus olas. Me fijo en el horizonte: ni un barco. Alrededor, unos lugareños con sus redes. Los pasamos hace un par de kilómetros. 

Al volver, con mis hijos nadamos en el cenote pequeño que tiene el lugar. Por momentos, hablamos acerca de la actualidad de varios equipos de futbol. Junto a nosotros, unos mexicanos disfrutan del agua. Una niña de rasgos indigenas me resulta particularmente tierna. Aunque tal vez la palabra no sea tierna sino representativa de cierta ingenuidad y al mismo tiempo, en lo que a mí respecta, de cierta distancia. 

Vamos con mi hija y su novio a caminar para el lado derecho de la playa. Cuando pasamos la caleta, veo que el montículo de piedras que hice días atrás está caído. Lo mismo el que alguien había hecho  antes a un costado -aunque este último tiene todavía tres o cuatro piedras apiladas en la base. 

Más tarde, jugamos todos al futbol. Primero me siento torpe con la pelota y luego hago un gol desde cierta distancia. 

Nos piden que dejemos la playa; el complejo están cerrando. De todas formas, tengo tiempo para sacarle una foto a una nube que se ve al final de la bahía. Una pirámide casi perfecta. La cima es más blanca que la base. 

miércoles, 11 de marzo de 2026

Playa paraíso

 Vamos a la playa cerca de las dos y media de la tarde. Nos ha detenido el hecho que no haya luz en nuestra casa. Mi hija se ocupa del tema, nosotros intentamos ayudarla a la distancia porque ocurre algo extraño: nuestro departamento es el único del edificio que no tiene luz. Las llaves térmicas están en su sitio, así que llamamos a la empresa de electricidad y dicen que un técnico concurrirá, pero recién a las veinte y treinta. El parque nacional donde está la playa que elegimos visitar tiene vedado el ingreso de los autos a menos que uno tenga una reserva. Dejamos el auto a pocas cuadras en una calle que tiene una barrera. Un hombre, con buenos modos, nos informa que debemos pagar trescientos pesos por estacionar. Le digo que el día anterior, a pocas cuadras, pagué cien. Termino acordando el ingreso por doscientos. Luego de bajar de la camioneta nos dirigimos al ingreso al parque, que es gratuito, pero hay que demostrar que no se ingresa con botellas de plástico o comida. Comienza así una caminata. El sol se hace sentir. Por un momento, nos vamos del lado de la sombra, pero volvemos a la senda peatonal cuando verificamos que los autos pasan demasiado cerca nuestro. Un cartel indica mirador. Tomamos por el sendero que se vislumbra entre unas plantas. Unos metros y el mar. Lo observamos desde unas rocas que tienen algo de la impronta de unas ruinas. Quisiera poner una escultura antiquísima sobre ellas. Una cabeza Olmeca que no está. Está ausente pero mi cabeza la pide. Anoto en ella: crear una obra en donde se perciba algo sin que el objeto aparezca. Qué cosa difícil. 

sábado, 7 de marzo de 2026

Sector Privilege

 Llegada al hotel Ocean Allure. Piden bastantes datos en la entrada al conductor de la camioneta que nos transporta. Ni bien bajamos, nos dan un toalla perfumada para la cara y nos reciben en la recepción con suma cordialidad. Al empleado le pido por favor una habitación silenciosa. Pero me da una en un primer piso expuesta a los ruidos de la pileta -donde vociferan bastante los canadienses y norteamericanos que pueblan el hotel-. Para peor, tal como lo preveía, hay una serie de parlantes en una cantidad no muy grande de metros. Me voy a almorzar tardíamente a las cinco de la tarde. Luego pediré un cambio de habitación. No hay inconvenientes con eso, me dicen en la recepción. Por fin me dan otra habitación, pero tiene una valija y una mochila junto a la cama y la televisión encendida. Con mi pareja salimos a informar ese detalle. El empleado, desconcertado, nos pide media hora para ordenar el tema. Mejor ir a la playa a caminar y luego volveremos por la solución.

Pero cuando regresamos el empleado ya no está y nos atiende una mujer en cuyo cartel en la blusa leo: Jennifer y es muy amable. Nos han dado una habitación en un piso alto -tal como pedí-, al contrafrente para evitar los ruidos molestos y con vista al mar. Un sector denominado "Privilege", sin que en realidad sea propiamente nuestro lugar por la tarifa que hemos pagado. Luego nos indica que si bien vamos a habitar un cuarto del sector "Privilege" no vamos a poder acceder a los servicios que tiene ese sector, piletas y demás yerbas. No hay problema, se me ocurre decir y sonrío. 

jueves, 5 de marzo de 2026

Salida de Tulum

Salimos de Tulum. Nos transporta una camioneta grande, presuntuosa, del tipo americano. Flavio es el nombre del conductor y resulta extremadamente educado y reposado al hablar. Sus modos son certeros. El tiempo, para él, no parece ser un problema.

Accede de buen modo a parar en un supermercado para que compremos una valija dado que hemos adquirido demasiadas cosas en el viaje. En la caja del supermercado, algo extraño ocurre: mi pareja tiene un modo un tanto brusco con otro cliente porque ha apoyado su botella muy cerca de nuestra valija. Ese detalle, y el hecho de que la cajera no aceptara el billete de cien dólares que le dio —tenía una marca insignificante—, le provocaron ese infrecuente nerviosismo.

Seguimos viaje. El trayecto hasta un lugar llamado Playa Mujeres, al norte de Cancún. La visión de la ruta, me confirma una impresión que ya había tenido en el viaje de ida, hace más de tres semanas: esta zona, llamada Riviera Maya, ha crecido a un ritmo ampuloso, persistente. Los espacios de selva son cada vez menores y en su lugar se ven grandes hoteles y barrios cerrados.

Cuando paramos cerca de Cancún para que mi hija pueda ir al baño, en una estación de servicio, unos hombres, en una camioneta, se estacionan a mi lado. Parado junto a la nuestra, esperando a mi pareja y a mi hija, noto que varios hombres viajan adelante y otros en la caja de la camioneta. Vienen a comer unos sándwiches que venden en un local pequeño, al lado de la cafetería y se los ve jocosos. Comentan cosas y se ríen a carcajadas. No parece tener sentido la proporción entre sus risas y la insignificancia de los comentarios. Se ríen varias veces, a toda gana.


sábado, 7 de febrero de 2026

Caleta Tankah 2

 Ida otra vez a la caleta Tankah. Arribo demorado a las dos y diez de la tarde. Pasamos el ingreso, siempre injusto; cobran una entrada al club de playa. A nosotros solo nos interesa la playa, pero no existe otro modo de ingresar. Cuando vamos a unos camastros alejados de todo, viene un joven vestido con bermuda y remera azul y nos informa que para echarnos en esos camastros es necesario consumir por persona una suma inaudita. 

Nos vamos a las reposeras donde está la gente. Un vecino  escucha música en un parlante. Mejor ir al agua. Nado en la caleta con mi hija, su novio y mi hijo. Viene incluso mi pareja. La sostengo en el agua; las olas nos impactan apenas. En el lugar, se forma una especie de pileta. 

Cuando salimos, vamos a caminar por la playa donde encontramos, en la playa solitaria, a dos mujeres de edad avanzada sacando fotos. Mi pareja les pregunta si no les gustaría que les saque una foto. Le responden que sí. Sonrientes, encantadas.

Cuando les muestra las fotos en el celular, le agradecen de una forma sentida, incluso desproporcionada. 



viernes, 6 de febrero de 2026

Parque ecológico

Me levantó temprano debido a una pesadilla. Ella se reitera a lo largo de los últimos treinta años. El día es nublado. Desayuno algo apesadumbrado, no corre viento. 

Más tarde, ida a un parque ecológico frente a la playa. Se suben a la camioneta mi pareja, hija, novio de mi hija e hijo. A mitad del trayecto, mi hijo me dice que el cenote del lugar está cerrado, que solo queda la playa para ver. Me irrito ante su comentario y reacciono censurándolo. Mi molestia con su parte es por boicotear el lugar tan tarde. O más bien, estoy irritado en general porque la llegada de mi hija y el novio días atrás ha roto cierta estabilidad. El tener que adaptarme al novio de mi hija, supongo, no me es indiferente. Llegada al lugar. Nos explican las reglas y el costo del ingreso. El tono que pretende ser amoroso, cosa que también no me gusta -y a esto se suma el tema de la falta de accesos públicos a la playa en la zona-. Ingreso por un túnel de vegetación que tiene carteles con la foto de animales que supuestamente habitan el lugar. Ocelotes, un jabalí pequeño -Pecarí de collar- y alguno más. La playa tiene una barrera de coral en la mitad izquierda, nos explica la persona que cuida a los que se bañan. Luego es mar abierto. Vamos para esa zona; casi no hay gente. Por la hora, el sol quema demasiado. Le sugiero a mi pareja que armemos un protección con su manta y dos palos -tal como han hecho unos vecinos nuestros-. Los palos que encontramos son más chicos, lo mismo ocurre con nuestra manta. No termina de dar sombra suficiente a una sola persona. Voy al agua. Mis hijos han visto algunos peces. Nado, también los veo. Permanezco en el agua. Al salir, de nuevo la fuerza del sol me quema de una manera que no da tregua. Lo siento en mis hombros, en la espalda, me pica. Me pongo una remera, pero la sensación casi insoportable persiste. Le pido a mi hijo me haga un lugar en la carpa improvisada. Debo cuidar mis reacciones, pienso echado bajo esa sombra. Mi hijo no reacciona. Insisto, y me libera el lugar. 


Restaurante italiano

Primer día en el Hotel Ocean Allure. Ida a cenar al restaurante italiano. Nos sentamos afuera a pesar del viento. Buena opción; casi no hay ...