Primer día en el Hotel Ocean Allure. Ida a cenar al restaurante italiano. Nos sentamos afuera a pesar del viento. Buena opción; casi no hay comensales cerca en nuestro restaurante. Pero sí los hay en el restaurante contiguo -cocina mexicana- donde un grupo se ríe a carcajadas. Alzan los vasos de tequila. Calculo que no falta mucho para que se retiren. Para los norteamericanos es tarde. Diez de la noche. El mozo es atento. Nos cuenta que vive en Cancún desde hace treinta años. Es chófer de Uber por las noches. Hablo de las dificultades que existen para acceder a las playas públicas a lo largo de la Riviera Maya, un tema que me obsesiona por la injusticia que entraña. Hasta ahora todos me dan la razón, pero toman el tema de un modo abnegado.
La entrada una burrata. Buena. Pequeña la porción, eso sí. Los norteamericanos se van por fin, los diviso a lo lejos. Pruebo unas pastas y también un salmón que ha pedido mi pareja. Mi hija se limita a pedir una sopa de tomate y repite la porción. Volvemos a charlar con el mozo. Nos cuenta cuáles son buenos postres y acierta. También habla de los problemas derivados de la venta de drogas en la zonas turísticas. Habla con una alegría especial, cierta diversión. También disfruto.
Por fin, le consulto en qué material está hecha una escultura que veo dentro del restaurante-una mujer acostada que emerge en estilo clásico de la misma roca-. Me dice que en fibra de vidrio. Creo que está equivocado, pero no digo nada.