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miércoles, 29 de abril de 2026

Hoy a la tarde

 Volví a la pileta; vuelvo a escribir. Es la primera vez desde la muerte de mi perra, hace no menos de tres semanas (todavía debo ir a buscar sus cenizas, pero no he tenido fuerzas para hacerlo). 

El agua estaba fría. Había salido de mi casa perturbado por el estruendo de la música de un vecino. Pero en el club también había música. Olimpiadas para jóvenes; la consigna. Sobre el final de la tarde, para colmo, se reunieron todos en las inmediaciones de la pileta para seguir con la música y con los comentarios de un locutor que hablaba sobre los eventos con una voz monótona. Solo casi al anochecer se fueron. Entonces, salí del agua, miré un poco los álamos carolinos y caminé descalzo por el pasto. Un zorzal saltaba a pocos metros. Me miró y se fue. 

martes, 28 de abril de 2026

Nada

 

Ya el cuerpo comienza a cambiar de manera clara, concisa, a veces fuerte. Esa manera que tenía de saltar, esa agilidad, está en mis recuerdos, que a su vez también se van. 

Un filo recorre ahora mis noches y más que nada se acerca a mi cuerpo bajo las estrellas.

Se acerca mi perra (recién llegada de su paseo matinal) moviendo la cola mientras escribo esto. Está feliz encontrar a su dueño sentado en un sillón. La acaricio.

Me pregunto qué tanto disfruta de confiar en mí como dueño. Intento meditar. Como siempre, se me dificulta no pensar. Estoy en un cuerpo atado a una consciencia (y entre ellos hablan todo el día e incluso por la noche), y esa consciencia inventa mis creencias, ¿o lo hace el mismo instinto que muestra mi perra? 

sábado, 25 de abril de 2026

Un atisbo

Voy al taller al mediodía. Sábado. Fin del verano. Falta un día para mi cumpleaños. Ni bien llego, saludo al encargado y le pregunto si quiere un café. Suelo pedirle uno cuando llamo para pedir el mío. Me dice que sí. Abro el local y veo las pinturas. Le faltan definiciones, me digo. Los cuerpos y los paisajes todavía no representan un "lenguaje personal", diría un crítico. Pero continúo. Me da placer y eso es lo principal. Pinto un cuadro, luego otro, repaso al menos seis y les saco fotos afuera, en el patio. 

Mezclo los colores. Azul y luego el amarillo con un poco de rojo -apenas- en pos de la vitalidad que encuentro en ciertos cuadros en épocas donde abundaban los reinos con bosques interminables. Quisiera encontrar algo en algún punto de mi lienzo. Un atisbo. 

jueves, 23 de abril de 2026

Seis

Seis de la mañana casi. Me desperté en medio de un sueño con ganas de ir al baño como tantas veces. Del sueño solo recuerdo que una amiga de mi pareja, ligada a una familia de mucho dinero, presenciaba un torneo de tenis al lado del tablero que indica los resultados, en el piso. Me preguntaba en el sueño cómo haría para ir al baño y entonces me desperté.

Y cuando me quise volver a dormir me lo impidió un murciélago. Rasgaba las tejas del techo.

Ahora los pájaros empiezan a cantar porque clarea. El rumor de unos autos a lo lejos, en la autopista, me resulta agradable. Se intensifican los cantos. Quisiera salir de mis pensamientos y ser capaz de quedarme con los cantos. Lo intento sin éxito; los pensamientos vuelven.

lunes, 20 de abril de 2026

Salida

 

Salida de mi oficina a las tres de la tarde. Viernes, quiero disfrutar. He comido una ensalada comprada en un lugar atendido por chinos. La hija de la dueña, captó mi atención con su piel blanca y sus gestos tímidos o más bien contenidos y distantes. 

Su madre hablaba detrás con un hombre en chino en un tono insoportablemente alto. 

Al salir de mi oficina, caminé a toda marcha para lograr salir cerca de las cuatro de la tarde con mi pareja para la casa de fin de semana. 

Seis y media por fin fui a nadar en la pileta del club. El momento deseado. Pero pronto llegó un grupo de gente y comenzó una clase de natación. La pileta se convirtió en un ir y venir bastante frenético mientras algunos miraban sus relojes midiendo los tiempo de sus recorridos. En el borde la parte baja de la pileta, un hombre supervisaba a estas personas y cada tanto daba precisiones en torno al modo de usar los brazos. Me puse a mirar los árboles, unos álamos carolinos, a mi derecha, con la cabeza afuera del agua mientras nadaba pecho. En eso una estrella blanca que venía de un árbol se posó en el agua. 

domingo, 19 de abril de 2026

Luna llena

Me meto al mar poco después de la siete de la tarde. El sol está por irse entre unas acacias  arriba de los médanos. El agua sigue tibia. A mi lado, un grupo de personas disfrutan todavía del agua. Son unos seis jóvenes. Hay dos niñas un poco más atrás que gritan con cada ola. Me acerco a ellas porque el mar está embravecido y me gusta estar cerca de los otros en esas circunstancias. Me dan una buena pauta de cómo está el terreno a mi alrededor. Me gusta sentir cuando las olas pasan arriba mío y siento un movimiento controlado.

Una señora de edad avanzada me está cuidando mi mochila. O al menos le pregunté si no había problema que la deje junto a su silla. Las olas todavía impactan mi cuerpo y siento cómo me liberan de las tensiones. 

El sol se ocultó cuando salgo del agua. Miro el mar desde la orilla. Los seis jovenes todavía siguen en el agua. Se suman unas señoras que tal vez sean las madres. También siguen las niñas. Gente humilde que disfrutan del mar como nadie. Intento fijarme solo en el sonido de las olas. Pero no lo logro por demasiado tiempo. 

Cuando la luz escasea, emprendo la vuelta. Arriba del médano, noto que hay varias personas señalando hacia el mar. La luna sale en el horizonte. Luna llena. Rosada. Perfecta. Incluso se ven las manchas más oscuras en ellas apenas-. Nunca había visto algo así. 

Hay bastante gente arriba de un médano observando. Un hombre a mi derecha ha desplegado una cámara profesional. Un anciano junto a su pareja. Pienso en la edad avanzada que tienen y me da tristeza. Los miro. Parecen felices de fotografiar a la luna. Sonríen apenas.  

jueves, 16 de abril de 2026

Golden retriever

Un perro que ladra de manera insistente. El perro de un vecino. De hecho, según corroboro, ladra en la puerta de mi casa. No lo he visto en el último tiempo. Salgo al jardín y un golden retriver me deja una piña para que se la tire (se trata de un juego que hemos jugado en otras oportunidades). 

Alguien se sube a un auto. Debe ser la dueña, me digo y voy hasta el vehículo. Me acerco hasta el vidrio junto con el perro, que me sigue. Le hago señas a la señora, pero ella no me observa. Acaba de encender el auto y mira al frente. Le golpeo apenas el vidrio y se sobresalta. Su perro viene a ladrar con insistencia a mi puerta, le digo. No soy capaz siquiera de agarrarlo, me responde. Lo intenta ante mi vista, de hecho, pero es inútil. Por fin dice que va pedirle ayuda a su marido -un anciano de más de ochenta años- y se retira disculpándose. 

Tiempo después el perro vuelve a mi puerta a ladrar. Esta vez espero que se canse y se retire, cosa que logro. 

Desde entonces han pasado más de dos horas, pero su presencia permanece. 

Hoy a la tarde

 Volví a la pileta; vuelvo a escribir. Es la primera vez desde la muerte de mi perra, hace no menos de tres semanas (todavía debo ir a busca...