Archivo del blog

martes, 24 de marzo de 2026

Terminal del ómnibus

 Diez y cinco de la noche; estoy en la terminal de ómnibus a la espera de mi pareja. Elijo un agua, pido un vaso -me dan uno de cartón-. Me siento. Las sillas tienen un diseño que me da mucho placer en la espalda. Son de hierro y tienen el calce justo para que las contracturas se compongan en su estructura. Son rojas.  

Enfrente un joven y su madre charlan con un tono dulce, cansino y relajado. Me gusta estar cerca de ellos. Los anuncios se reiteran. Hay muchos arribos y salidas en ese lugar. La cantidad de anuncios terminan por confundirme. No estoy seguro si ya arribó el ómnibus de mi pareja y en eso estoy cuando la veo pasar junto a mí. Le chiflo y se vuelve. Nos sentamos a terminar el agua. No nos hemos visto por dos días. 

Pago el estacionamiento y salimos en busca de un restaurante. Nos resolvemos por probar en un clásico del lugar. Mundo hobbit. Un lugar inspirado en Tolkien bastante concurrido, pero hay mesa, me informa mi pareja ni bien se baja a averiguar. Una vez que salgo del auto, me topo con el cuidador de coches. Buenas noches, ¿cómo anda? pregunto. Me responde: De diez casi para once. Ojalá algún día llegue a tanto..., le digo y me toma del brazo de un modo cariñoso sonriéndome. 

domingo, 22 de marzo de 2026

El mar a las siete

Voy al mar a las siete de la tarde como hice el día de ayer. Mucha gente baja el médano con sus sillas y sombrillas. Se retiran. Como ayer, un hombre de mi edad está sentado en un costado a la izquierda. Elijo esa zona, dejo mi silla y me meto en el agua. Está tibia. Juego con las olas en un intento por creer que soy un delfín o una foca como en mi infancia. Pero la magia ha desaparecido. De todas maneras, nado contra la corriente en el canal que se hizo cerca de la orilla. Hago pie si quiero. Luego viene un banco de arena y más atrás rompen las olas. 

Hay algunas aguavivas pequeñas; me arden algunas zonas del cuerpo, pero no demasiado. Sigo con el nado. Me gusta saber que relajado avanzo casi nada. Hay un joven cerca mío en el agua. Quiero esperar a salir del agua luego que él salga. Me gusta pensar que soy el último. Pero el hombre no sale incluso cuando el sol se oculta detrás de los médanos. El frío empieza a arreciar. Salgo. Me seco con una gran toalla. Miro dos mujeres y una niña que se sacan fotos en la orilla a lo lejos. La madre no deja de apuntar su celular a ella mientras varía las poses provocadoras. No distingo bien su expresión a la distancia. 

Como ayer la luna está casi llena. El hombre de mi edad permanece todavía en una reposera detrás mío. Mira el mar como yo. Me gustaría estar del todo solo. Como otras veces  intento concentrarme en el ruido de las olas, pero mi cabeza quiere divagar. Siento una respiración acelerada incluso cuando lo intento. Desisto. Dejo que las ideas pasen por el paisaje. Por fin el hombre alza sus cosas. A los pocos minutos lo imito. 

sábado, 21 de marzo de 2026

En el sueño

 Una noche y su silencio y más allá el mar aficionado a su viento. Se fueron todos. Solo quedan los recuerdos de los cuerpos sobre la arena de pie, acostados, vestidos apenas, jovenes y viejos en el agua. No sé dónde se han ido las gaviotas. Quedan las estrellas y la luna casi llena. Se refleja, tal como quería, en el agua. Recuerdo casi nada del pasado, pienso siempre. Por eso anoto. Quisiera también registrar mis sensaciones, y sobre todo esas intuiciones, que no llegan a ser ideas, pero captan más de lo que podría poner en palabras. Hablo de imágenes que no tienen traducción para otros y que explicarlas les haría perder la gracia. Estaba en un colegio en mitad de un plaza en un sueño reciente. Desde la ventana del aula veía las ramas de unos eucaliptos moverse apenas. Nada perturbaba la forma que me frotaba contra el delantal de una maestra, apoyada en un banco, mientras pegaba las notas en una pared. El guardapolvo era azul. Lo recuerdo bien. Más vaga es la sensación de tocar su cuerpo. Pero lo estaba tocando y era increíble. Su cuerpo tenia un peso, una forma que me daba mucho placer. Creía que nunca pero nunca iba a pasar. Pero en el sueño sucedía. 



viernes, 20 de marzo de 2026

Ocean Allure

 En la playa, cosa extraña para este lugar del caribe. hay viento y amaneció fresco. Me despierto a las ocho de la mañana debido a la puerta del cuarto cerrándose. Salió mi pareja. En el balcón, veo en la playa a una persona trotando. La luz todavía no ocupó del todo la escena que cierran las nubes en el horizonte mientras sale el sol. Al rato, decido salir a caminar. Quiero sentir que aprovecho un poco mejor la mañana -cosa que en general me cuesta-. En la playa, que tiene bastante sargazo, un tractor se encarga de rastrillar. En el hotel del al lado veo gente echada en las reposaras. Una familia argentina, por lo que escucho. 

Nadie en el mar. La bahía termina y pego la vuelta. En mi hotel, dado que hay un cartel que dice con bandera roja, le pregunto al bañero si me puedo bañar. Me dice que sí, pero sin traspasar unas sogas con boyas ubicadas a metros de la costa. El agua no está muy limpia. El sargazo por instantes roza mi cuerpo. Trato de nadar un poco, de sentir el placer de flotar. Pero el sargazo y la marejada me cansan. 

Voy a ducharme antes de ingresar al espacio donde empieza la zona de las piletas donde un hombre trabajando con un amoladora corta unas baldosas. Le comento que está fresco el día. Asiente. Es respetuoso, pero al mismo tiempo desenvuelto y calmo. Busco a mi pareja en los salones donde se sirve el desayuno, pero no la encuentro. Tampoco la veo en el gimnasio. Por fin, vuelvo a la playa y la descubro donde termina una pasarela de tablas, justo antes de donde empieza la arena. Me sonríe. 

miércoles, 18 de marzo de 2026

Playa Mujeres

 Me echo en la playa escuchando a dos parejas que hablan una idioma parecido al ruso. El tono me parece torpe; estruendoso. Se sacan fotos en la orilla. Una tras otra, sin descanso; luego continúan en sus reposeras usando esas voces altisonantes. La mujer que más alto habla -morocha- tiene un atuendo que parece el de una odalisca. Corpiño y pantalones amplios de un azul eléctrico. Me alejo al mar. En el mar sigue el sargazo. Intento disfrutar, pero no logro más que hacerlo contados instantes. Me molesta un poco un oído -por haber nadado en la pileta el día anterior, al parecer-; eso no ayuda. 

Opto por sugerirle a mi pareja e hija ir a almorzar en un restaurante que tiene  un sistema de lunch que funciona bastante bien por su variedad. Salgo a comer afuera y disfruto la tranquilidad de haber evitado el interior donde un grupo de unos veinte canadienses hablaban excitados. 

Se larga a llover y el sonido del agua se mezcla con un música agradable en los parlantes -pequeños- en el techo del restaurante. En una de las piletas, hay más parlantes con otra música. Unos animadores se empeñan en hacer bailar a un grupo de canadienses. Nos ponemos a conversar con el mozo; quien ante mis reparos respecto del volumen de la música me dice que la gente en general pide más alegría, más ritmo. Me limito a sonreír.

lunes, 16 de marzo de 2026

Alegría

Ahora en mi hotel hay una fiesta y ayer también hubo una fiesta de unos canadienses. A su vez, en el hotel que está a unos, calculo, trescientos metros siguiendo por la playa hay dos cantantes -hombre y mujer- que hacen cantar al público. Me dieron pocas ganas de continuar en el jacuzzi no obstante el agua caliente, la espuma, las estrellas y el ruido del mar golpeando las olas. 

Más temprano, conversé con un mozo de nombre Roberto, incluso tal vez más amable que otros mozos. Le comenté que el hotel tiene un tema sonoro molesto. Hay varios parlantes en el espacio principal de las piletas que se superponen -la música ambiental de los distintos parlantes choca con otros más grandes que ponen junto a la pileta para eventos en donde procuran divertir a las huéspedes con bailes desde afuera de la pileta que ellos deben realizar dentro-. Roberto me contestó que justamente, por lo que ha escuchado, la clientela lo que ha pedido es que eleven el nivel de eventos o fiestas dado que falta más "alegría". 

Anoche pude ver ese tipo de euforia de cerca cuando fuimos a comer con mi pareja e hija a un restaurante que se define como de cocina francesa dentro del hotel. La fiesta organizada para los canadienses tenía lugar en el gran espacio donde están las distintas piletas. Había una pantalla gigante que mostraba escenas animadas con una estética pop de los ochenta. Los hombres vestían camisas hawaianas y las mujeres de vestidos largos. La gente parecía contenta en las mesas y en la pista de baile. Mi hija quiso filmar el baile de un muñeco amarillo, simple en su composición, que bailaba en la pantalla. Por un momento, su risa me hizo reír. 

domingo, 15 de marzo de 2026

Restaurante italiano

Primer día en el Hotel Ocean Allure. Ida a cenar al restaurante italiano. Nos sentamos afuera a pesar del viento. Buena opción; casi no hay comensales cerca en nuestro restaurante. Pero sí los hay en el restaurante contiguo -cocina mexicana- donde un grupo se ríe a carcajadas. Alzan los vasos de tequila. Calculo que no falta mucho para que se retiren. Para los norteamericanos es tarde. Diez de la noche. El mozo es atento. Nos cuenta que vive en Cancún desde hace treinta años. Es chófer de Uber por las noches. Hablo de las dificultades que existen para acceder a las playas públicas a lo largo de la Riviera Maya, un tema que me obsesiona por la injusticia que entraña. Hasta ahora todos me dan la razón, pero toman el tema de un modo abnegado. 

La entrada una burrata. Buena. Pequeña la porción, eso sí. Los norteamericanos se van por fin, los diviso a lo lejos. Pruebo unas pastas y también un salmón que ha pedido mi pareja. Mi hija se limita a pedir una sopa de tomate y repite la porción. Volvemos a charlar con el mozo. Nos cuenta cuáles son buenos postres y acierta. También habla de los problemas derivados de la venta de drogas en la zonas turísticas. Habla con una alegría especial, cierta diversión. También disfruto. 

Por fin, le consulto en qué material está hecha una escultura que veo dentro del restaurante-una mujer acostada que emerge en estilo clásico de la misma roca-. Me dice que en fibra de vidrio. Creo que está equivocado, pero no digo nada. 


Terminal del ómnibus

 Diez y cinco de la noche; estoy en la terminal de ómnibus a la espera de mi pareja. Elijo un agua, pido un vaso -me dan uno de cartón-. Me ...