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domingo, 31 de mayo de 2026

Lago Lolog

Viaje a San Martín de los Andes. Despierto en la mitad de la noche, víctima de una pesadilla -el haber perdido un detalle de cuentas a mano en un papel que me han robado arriba de mi cama, donde insólitamente estaba lleno de gente-. Debo abstraerme. Pero no lo logro. Quiero llorar incluso, necesito desahogarme. Pero tampoco lo logro. Al fin me duermo de nuevo. Pero enseguida suena el despertador. Seis de la mañana. Debemos tomar un vuelo pronto. Nos espera un venezolano amable, gentil y voluminoso, que no se impacienta por mi leve retraso porque, me parece, acepta las imprecisiones de uno porque sabe que él también tiene las suyas. Nos deja en un sitio alejado de arribos fingiendo un desconcierto apenas actuado. El vuelo sale en horario. El viaje me deja ver primero el río, después la ciudad, extendida, plena de construcción que veo como parte de una maqueta inmensa. Solo a los quince minutos -controlo- veo el campo y por fin, una hora después -constato- el desierto. Me gusta ver que hay lugares todavía amplios y deshabitados y luego los lagos, montañas no del todo altas y bosques diseminados. Entre extranjeros que viajaron con nosotros vestidos para una excursión del montaña, tomamos nuestras valijas y vamos a retirar el auto de alquiler. En la oficina de la empresa, nos informan que nuestra reserva es en la del centro y hacia allá vamos. El taxista es un joven bien predispuesto con una sonrisa implícita en la cara. El clima en el auto es genial. Escuchamos en su radio un concurso de cultura general y arriesgamos con mi hijo y el conductor las respuestas que sigue con sus sonrisas impregnadas. Cuando nos despedimos le pregunto el nombre e incluso el apellido. Gallardo, me responde. Retiro del auto después de ser atendidos por una joven también muy simpática. En este lugar, me digo, la gente parece tener un buen trato muy cordial. 

Luego, en la entrada a la casa que alquilamos, no opino lo mismo. La dueña es correcta, pero no se esmera demasiado por agradarnos. La casa mira al valle y constato, tal como en las fotos, que es amplia y nueva. Pero hay algo en ella que no termina de cerrarme. Me pregunto qué es. Salimos al supermercado y luego a comprar empanadas para almorzar. Por fin me tiro en la cama para tomar una siesta. Cuando me despierto, descubro que mi hijo tiene mucho sueño incluso a las cinco y media de la tarde y me resuelvo a salir solo rumbo al lago Loglog. Media hora después, luego de superar varias curvas subiendo y bajando unas cuestas que muestran carteles donde se habla de la nieve que puebla el camino en invierno, llego a una playa donde hay unas pocas familias sentadas sobre las piedritas de la orilla. Un niño incluso, a pesar del viento frío, está con el torso desnudo y los pies en el agua. Va y viene imaginándose cosas. Lo sé porque habla solo. Un poco más retirado, me siento a contemplar el lago. Pronto, sus pequeñas olas me arrullan y me sosiegan hasta que, sobre el final del día, se alza la luna casi llena apenas sobre una montaña. Permanezco sentado como un indio mientras el sol se oculta y casi todos se van. Solo queda una familia y las olas que persisten en el frío que se intensifica. Debo volver. 

sábado, 30 de mayo de 2026

Ligereza

 Día previo a mi salida de viaje a la Patagonia. Como todo día en que estoy por salir de viaje, los nervios se incrementan. De hecho, estoy más nervioso de lo habitual en el último tiempo debido -como siempre- al trabajo. Demasiadas personas vinculadas a mi oficina. Miles de expedientes, y por lo tanto clientes. Siempre quise tener muchos expedientes. Crecer para dirigir. Pero no es el éxito que imaginaba. El fracaso, con todo, el estar a pie, tiene su dulzura. No haber logrado casi nada en el terreno artístico me brinda una ligereza que podría disfrutar. 

Trabajé como tantas mañanas en mi casa temeroso de haber caído con una gripe que mi padre tuvo hace unos días. Pero después del mediodía me sentía mejor. Pasadas la una de la tarde salí para mi oficina intentando disfrutar del trayecto. Mi objetivo es no pensar en el trabajo durante ese lapso. Pero me cuesta. Antes de cruzar la Avenida 9 de Julio, me tope con un vendedor muy atento de una ferretería que frecuento. Caminaba a la par mío con una bolsa con comida y un agua mineral. Lo saludé y me sonrío. Me enterneció su aspecto poco agraciado. Una piernas un tanto vencidas, unos anteojos con lentes gruesos. Caminaba encorvado. Detrás del mostrador me había parecido un hombre en pleno dominio de las situaciones.

Una vez en mi oficina me enfrasqué en un reunión y en los números del mes y más tarde salí a buscar un par de libros de Annie Ernaux para el viaje. Apenas entré a la librería sobre la Avenida Corrientes, un vendedor de más sesenta años, con una expresión triste y el pelo algo largo y teñido, me preguntó que me necesitaba. En su semblante, había un aire amigable. Le expliqué que estaba buscando comprar un par de libros de Ernaux para leer en un viaje y el hombre me contestó: Como ganó el Nobel hace pocos años todavía hay bastantes..., me respondió. 

miércoles, 27 de mayo de 2026

Color sobre color

 

Seis y media por fin llegué a mi taller. Lo logré, pero demasiado tarde. ¿O nunca es tarde cuando la dicha es buena? Pronto, saqué un gran lienzo al patio y, cuando me puse a pintar, comencé a sentir el placer de crear una imagen en un lienzo, de emplear colores, el azul, el verde y el gris, en este caso. Busqué conectarlos en un entramado. No con la forma que busco. Pero al menos una forma que comienza a atraerme. Rodeado de esas paredes de cemento del patio, con pocas plantas a un costado y una fuente que no funciona, sentí ganas de conversar con mi amigo que vive en USA. Le conté algunas impresiones que tuve más temprano acerca de sus pinturas y sobre todo le dije que me intrigaba mucho qué haríamos si dispusiéramos de más tiempo para embarcarnos en un proyecto artístico. Dedicarle energía, tiempo, para crear un mundo personal. Es algo que me intriga y me produce temor. Al vacío. Al fracaso. O bien sea que no termino de sentir ese llamado. Entre tantas cuestiones, me siento incómodo en el llamado "ambiente artístico". Del mismo modo, que no me siento parte del ambiente académico, ni empresarial, ni en ningún otro lugar demasiado preciso. 

Dudas puntuales

 

Un día extraño en el que me desperté nueve y media, un día de sol con cierto calor. Es el comienzo del otoño. Me puse a trabajar en casa, hice ejercicios y más tarde emprendí esos intentos de fijar mi atención en no pensar. Como tantas veces, me encontré entonces con el límite, la imposibilidad. Cierto impulso que me llevan a la acción. Como me esperan muchas tareas laborales no puedo meditar pensando en lo que tengo que hacer -aunque no verdad nada me apremie-. 

Debía estar en lo del peluquero a las doce. Pero llegué doce y veinte por mis malos cálculos del tiempo entre el desayuno y mis tareas laborales. Intenté de todos modos, una vez en la silla, más calmo, con mi cara seria en el espejo, concentrarme en el placer de sentir toques calculados en mis pelos, apenas, uno a uno, acompañados con la mano.

Doce y treinta y cinco salí rumbo a mi oficina donde estaban mi padre y mi hijo conversando. Mi padre, retirado, fue y vino sin mayor precisión pero, por lo visto, contento de no tener más obligaciones. Se fueron ambos al rato. Mi pareja llegó con mi sobrina para ver posibles refacciones en las instalaciones y también se fueron pronto. Me sentía nervioso, alterado por pensamientos que me habían involucrado en recuerdos de un personaje que considero negativo. Es increíble, eso solo, me había alterado camino a la oficina. 

A partir de las dos de la tarde, dediqué mi tiempo a varias tareas y reuniones y a las cuatro de la tarde me fui a la plaza a echarme en el pasto bajo una palmera. Unos gorriones se hacían escuchar a poca distancia. Me di cuenta que estaban arriba mío, en la palmera, muy en lo alto. Pero no pude dejar el celular de lado. Cinco en punto tuve un encuentro en mi oficina con un joven que estudia derecho y es amigo de mi hija. Se sentó del otro lado de mi escritorio y pronto su entusiasmo me llamó la atención. Miraba sobre mi cabeza los objetos de arte que tengo en la pared -máscaras de la cultura Chané-. Me hizo pensar que soy más dichoso de lo que me siento. 

lunes, 25 de mayo de 2026

Almuerzo


Estamos en la playa. Cumpleaños de mi mujer. Día de sol. Hace calor, pero no demasiado. El mar está en un punto justo. No lo veo demasiado calmo ni demasiado picado. Las olas son medianas, evalúo con la vista en el horizonte. Me meto hasta la cintura, el agua no está demasiado fría. Nado crawl, no lejos de la orilla. Al salir del agua, me entero por mi pareja que hay un mensaje. Ha sonado la alarma. El personal de la empresa ha detectado una ventana abierta, aunque sin novedades. 

Dejé esa ventana abierta la noche anterior, cuando cociné. Me olvidé de cerrarla, confieso. Temo por mi computadora y celular. Incluso mi billetera. Mi pareja se ofrece a ir a revisar la casa y cerrar la ventana. Le digo que es su cumpleaños. Voy yo. Pero me dice que prefiere ir ella. Prefiero aprovechar para ir al baño. La acompaño hasta lo alto del médano y luego hasta el auto. De vuelta en la playa, veo a un vendedor de revistas de sudokus y crucigramas. Nunca había visto uno. Lo llamo para que mi hija elija. Toma dos ejemplares y paga. El hombre, sonriente, sigue su camino. Un grande, le comento a mi hija alzando la vista hacia el vendedor. 

Sigo a la espera del llamado de mi pareja. Hasta que: Todo bien, no falta nada. me dice. Vuelvo al agua a nadar, apenas, no demasiado. Quiero más bien disfrutar del agua, que las olas me pasen, no exigirme. 

Al salir, mis hijos me dicen que tienen hambre. ¿Quieren almorzar en el mismo lugar donde desayunamos? Dale, responden. Nos encontramos en esa esquina con mi pareja de regreso desde la casa. La mesa es ideal, en el jardín, un poco en lo alto, retirada, bajo un árbol, con sillas de esterilla especialmente cómodas. Pedimos. La comida no se demora, y es excelente. En un momento, al salir del baño, en una mesa cercana, en un grupo de amigos, me parece que una joven me mira. Vuelvo al rato para elegir un postre y lo mismo. No sé si hay algo en mí que la intriga o algún tipo de atracción mínima. Bueno, vamos, digo cuando me acerco de regreso a nuestra mesa.

domingo, 24 de mayo de 2026

No lo sé

 

Día de lluvia continua, incesante, raudales de agua. La casa, que están en una cuesta, sufrió el embate del barro que traía el agua en la puerta de entrada y, más que nada, en el patio de abajo, el que mira al bosque en donde los pinos se repiten. 

Esos mismo pinos proliferan por las inmediaciones al punto que el espacio adquiere un tono de encierro, de cierto agobio. El espacio abierto que no termina de aparecer. Los pájaros sí lo hacen. Cantan. Me alegran mientras veo el cielo entre los árboles, que no paran de inclinarse. Lo que no me gusta es fijarme tanto en crear ciertas tensiones con otras personas. Por ejemplo: alguien cerró un paso que hay por el bosque entre dos calles (no sé con qué finalidad -si que no pase los peatones o qué-). El caso es que me subleva el hecho que se haya tomado la atribución de cerrar un paso público. No debería el tema conmoverme tanto, pero lo hace. 

sábado, 23 de mayo de 2026

La paja del trigo 3

Ocho y cinco, cuando salí del taller, saludé al encargado de la galería, que cierra a las ocho (esta vez fue de las pocas que me demoré un poco porque nuestro vínculo puede soportar eso). Caminé hasta el supermercado donde compré lo necesario para un asado que pienso hacer este domingo por mi cumpleaños Cincuenta y tres años. Es como había escuchado. Uno envejece sin entender que el tiempo pase tan rápido. El cuerpo no representa la juventud que permanece (tal vez por la inmadurez).

De regreso a mi casa decidí no salir para el lugar del fin de semana. Mi pareja no tenía muchas ganas. Mejor, me dije, aprovechar el espacio del taller mañana. Cené con ella y luego tuve que soportar unos jóvenes vecinos en una terraza cercana y me fui a dormir con ese incordio. Casi cuatro horas después me desperté abrumado. Acá me encuentro. La ciudad a mi alrededor en modo bastante silencioso. El cartel luminoso de IBM a lo lejos. Un avión pasa. Un sonido lejano que me calma. Más lejos está el río y eso también me trae felicidad. Veo la calle que baja. Nadie a pie. Unos pocos autos pasan por la avenida. Una escena que he visto muchas veces muchas noches en busca siempre de la misma paz. Ahora la convoco y ella aparece tenue, por un instante. Quisiera prolongar esos atisbos tan dispares. 

Lago Lolog

Viaje a San Martín de los Andes. Despierto en la mitad de la noche, víctima de una pesadilla -el haber perdido un detalle de cuentas a mano ...