Me desperté a media mañana y me fui a escribir en el cuarto de atrás. El objetivo era no escuchar el tráfico (mucho más atronador desde que cortaron la calle de la esquina). Ese cuarto de atrás no lo frecuento mucho -aunque ahora debería hacerlo-. Prefiero la vista franca del living a un edificio señorial, un poco a mi derecha, la calle que baja, y luego la estación central de trenes, la terminal de ómnibus y la poca visión, casi nada, pero algo al fin, del río.
Lo bueno es que el reducido cuarto del fondo también tiene una ventana que abrimos con mi pareja hacia el noreste y mira hacia las terrazas de otros edificios. A lo lejos, solo se ve uno bastante alto. La otra ventana mira a un edificio construido hace unos quince años, demasiado cerca del mío, en el lugar donde había una casa de principios del siglo veinte de tres pisos de buen estilo, que fue demolida un día que quedará en mi recuerdo -vi a un hombre con una maza destruir una escultura en la terraza-.
Cerca del mediodía, unos pocos ejercicios de estiramiento. Todavía pendiente de no verme invadido por los ruidos de afuera, tomé mis auriculares para salir a la calle. Mañana de sol fresca. En un par de días, comienza el verano. La ciudad tiene un ánimo frenético. Se acerca el fin de año.
A una cuadra de casa, compré el diario -hacía años que no lo hacía-. Mi idea era leerlo después en el almuerzo, en el restaurante de mi amigo -con quien al final hablé de mi proyecto para las vacaciones y él me contó que espera cerrar el restaurante todo el mes de enero para esclarecer su cabeza-.
De regreso, en la oficina, encontré a dos personas trabajando. Cuando se fue la última, me eché boca arriba en el piso como tantas otras veces. Busco así que mi cabeza se aquiete. Miré el reloj: cinco y cuarto. La hora de salida cuando iba a la primaria. Un hecho que me hizo pensar: Sigo preso de los horarios escolares.
Al salir, no enfilé por el camino de todos los días, sino por una calle que va hacia una farmacia. Nadie me atendió pronto y tomé de nuevo hacia mi taller (ya pensando en los colores para un cuadro apenas comenzado). Azules mezclados con magenta vi en mi recorrido por las cuadras por donde se despliegan tres plazas. También pensaba que no es mi interés meterme en un lugar cerrado. Solo hubiese querido caminar por el campo. Ver el cielo. Escuchar a los pájaros. Asistir al final de un día que pasa.