Ida otra vez a la caleta Tankah. Arribo demorado a las dos y diez de la tarde. Pasamos el ingreso, siempre injusto; cobran una entrada al club de playa. A nosotros solo nos interesa la playa, pero no existe otro modo de ingresar. Cuando vamos a unos camastros alejados de todo, viene un joven vestido con bermuda y remera azul y nos informa que para echarnos en esos camastros es necesario consumir por persona una suma inaudita.
Nos vamos a las reposeras donde está la gente. Un vecino escucha música en un parlante. Mejor ir al agua. Nado en la caleta con mi hija, su novio y mi hijo. Viene incluso mi pareja. La sostengo en el agua; las olas nos impactan apenas. En el lugar, se forma una especie de pileta.
Cuando salimos, vamos a caminar por la playa donde encontramos, en la playa solitaria, a dos mujeres de edad avanzada sacando fotos. Mi pareja les pregunta si no les gustaría que les saque una foto. Le responden que sí. Sonrientes, encantadas.
Cuando les muestra las fotos en el celular, le agradecen de una forma sentida, incluso desproporcionada.