Día último de playa. Decido ir al mar no obstante son las tres de la tarde. El calor es abrasador. Me bajo del auto y subo el médano. La arena quema mis pies incluso con las ojotas puestas. Bajo la pendiente con la idea de dejar mi mochila en custodia del bañero, pero desisto porque tengo que caminar demasiado hacia la izquierda. Voy a la orilla, digo: "Buenas tardes" a un señor que está con su familia. Le pido si me cuida la mochila mientras me baño en el mar. Me responde que sí, pero me advierte: "Hay muchas aguas vivas en el agua". Su hijo -unos cuatro años- se dedica en la orilla a armar una montaña con ellas. La miro sin desistir de mi propósito. Le aclaro que me estoy volviendo a la ciudad y que nada en el mundo me va a impedir el último baño. Pero voy a estar atento.
Veo pronto una agua viva a la distancia. No es grande, me digo cuando me sumerjo. La sensación de un peligro controlado -no es tan grave finalmente ser picado por una agua viva- me hace disfrutar todavía más el contacto con las olas. Siento su fuerza, esa frescura y, pronto, me animo a barrenar una.
Junto a otras personas me acerco a una ola que está por romper, la tomo en el punto medio, el preciso para luego barrenar, braceo, y sí, la tomo. Ella me lleva de un modo impecable. De hecho, soy el único que la ha tomado tan bien. Luego repito esas barrenadas dos veces más y juzgo que es mejor no tentar más a la suerte. Me acerco a la orilla. Meto simbólicamente por última vez la cabeza bajo el agua y trato de retener la sensación del agua.