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lunes, 5 de octubre de 2026

Los literatos

 Me levanto a las ocho y cuarenta y seis. Dejé la persiana subida y espero, en esta época de otoño avanzado, que la luz me despierte. Y por supuesto ella lo hace. Miro un poco por la ventana. El río platinado, a lo lejos, entre varios edificios, visible gracias al supermercado que ya no está en funciones y pronto será demolido para dar paso a la construcción de una torre.

Disfruto como nunca antes, por lo tanto, la visión del agua, esa brillantez que tiene cuando el sol le pega a esta hora de la mañana, y pienso en todos los años que lo disfruté del mismo modo, pero nunca como estos días, ahora que sé que no lo voy a ver más. Es un efecto pleno de fuerza el que logra el sol sobre el agua, y el hecho de que dos edificios a los costados lo enmarquen le da un encanto especial.

M., la señora que hace las tareas domésticas en mi casa, está en plenas funciones. Como siempre, concentrada, enérgica. Le pregunté si quería un café y, como siempre, me dijo que no, agradeciéndome con contundencia. Debo comprar más plantas con flores, pienso, mirando el balcón.

Malvones, tal como me sugirió la señora que tiene un puesto cerca de mi oficina. Este día espero empezar con nuevas rutinas. Por lo pronto, no agarré el celular durante la primera media hora. Solo hice algunos ejercicios —livianos—, miré un poco el living de mi departamento, sopesé sus muebles y me fijé en la luz que entra y los baña. Incluso puse mi cara en esa luz para ser tocado.

También tomé mi agua con limón de la mañana y me hice un té de frutos rojos aromático, intenso, muy placentero. Disfrutándolo me acordé del grupo de jóvenes literatos que frecuentaba hace ya quince años. Creía que era importante verlos, ser amigo de ellos, porque me daría lustre y experiencias. Estamos todos en la mesa de un bar en mi recuerdo. Hay algunos de ellos que ocupan con mucha claridad la escena. Dos que son los más reputados. Tienen realmente encanto cuando cuentan anécdotas. Solo me recuerdo más bien al costado, en apariencia superado, relajado, y en verdad algo tenso, agazapado para demostrar un ingenio que nunca se desplegaba del modo que yo quería.

domingo, 4 de octubre de 2026

La primera estrella

 Acabo de ver un documental sobre el grupo inglés Pulp. Termina con una frase de su cantante al final del concierto que atraviesa todo el film: “Hoy fue el día más feliz de mi vida. Hasta mañana”. Quién pudiera, pensé. Tal vez yo algún día, me dije, y de pronto esa realización en el tiempo, ese querer estar en el mundo, me pareció posible. 

Antes, cuando caía la tarde, fui con mi bici hasta el final de este gran barrio de casas de fin de semana que ya está demasiado lleno de autos en las puertas y, sobre todo, gente yendo y viniendo, me puse a ver el final de la luz en un banco que hay en la última de las cinco canchas de fútbol. El sol, naranja detrás de unas nubes que apenas lo velaban, se escondió pronto y quedó una nube sumamente pequeña con forma de un arco mirando para arriba. Una escultura, pensé, la debería fotografiar, pero no había llevado mi celular. 

Poco después ya no estaba. Solo persistían los cantos de los pájaros y el murmullo de las lambertianas a mi espalda, moviéndose gracias al viento intenso. Cerré los ojos y me concentré en el negro. Quise que mi ojo derecho viera solo —porque mi teoría es que solo veo con el izquierdo—. De modo que llevé toda mi atención a ese ojo y él se abrió un poco más, solo, en mi cerebro, y tal vez algo de él se haya abierto en mi cabeza. El caso es que no sé nunca qué tanto pertenece a mi cuerpo y qué tanto es solo mi cerebro. Eso es un tema atinente al sentir de la existencia que nunca pude terminar de entender y no creo que jamás lo logre. 

Luego respiré lo más serenamente que pude y seguí fijo en los cantos de los pájaros, en las lambertianas a mi espalda y, por un instante, incluso tuve miedo de no ser capaz de abrir los ojos. Ese mundo oscuro y sonoro, ajeno a todo, perteneciente al espacio universal, puede ser muy pregnante. Asustado, abrí los ojos y vi la primera estrella en el cielo.

sábado, 3 de octubre de 2026

Mis orígenes

Cinco y doce de la mañana. Sentado en el living de mi casa, escucho un colectivo que hace sonar sus frenos, luego un auto con la música estruendosa y luego un poco de alivio. Busco que los pensamientos se vayan, que solo quede la atención a los sonidos, y aparece el persistente zumbido de un semáforo para no videntes. Lo escucho en la esquina de mi casa y pienso: ese zumbido antes no lo escuchaba, algo ha cambiado. Y la idea de que deberé escucharlo por el resto de mis días, por un plazo indefinido, sin un fin cercano, me lleva a la idea del encierro, de la prisión. Un dolor perpetuo, un no final. O sí, el único final sería la muerte. Vuelvo entonces a concentrarme en los ruidos de la calle. Pero en eso aparece el crujido de una madera, la de la pared que acompaña mi querida chimenea; me dice: aquí estoy, aquí pasa algo. Pero no sé qué es lo que pasa, qué ocurre para que algo, indeterminado, misterioso, haga que esa madera cruja, que hable. Quiero encontrar mi lugar, me repito.
Sería acá, en este departamento que he ocupado tantos años. Su orientación es fantástica. De eso no tengo dudas. Mira a una calle que baja. Enfrente tiene un edificio de estilo parisino emblemático; a mi derecha veo incluso, a lo lejos, el Kavanagh. Más allá de la calle que baja está la Gran Estación de Retiro y después el puerto, el río.
A su vez, debajo está la fuente de la plazoleta Paul Harris. No debería pedir más. Pero sí, quisiera más metros, más espacio a mi alrededor. Quiero sentirme en un palacio. ¿Soy todavía un niño consentido? ¿O en realidad solo quiero creer eso? Pienso mejor. Nunca fui consentido. Por eso siempre imaginé, quise creer con todas mis fuerzas, que lo era. Por eso en un palacio del Loire, en Chenonceau, me vi como un príncipe que regresa a su casa. Una imagen que me sirvió para sustentar esos años, y muchos más. Pero siempre estuvo esa tristeza azul, inabarcable; otras pistas acerca de mis orígenes.

viernes, 2 de octubre de 2026

Más allá del techo

Llueve. Al fin. Días de calor, sobre el fin del invierno, pero ya se acaban. Las gotas caen en el techo y generan un rumor. Me dan placer y lo mismo los truenos y los pájaros exaltados.
Más temprano pude tenderme en el piso boca arriba. Miré mucho tiempo el techo, las vigas, las maderas que cruzan de un lado al otro y, sobre todo, determinadas manchas. Me concentré después en sentir mi cuerpo. Notaba un desequilibrio entre el lado derecho y el izquierdo. Lo percibo desde que tengo uso de razón. Una desproporción entre un lado y el otro que me genera una incomodidad general en el cuerpo.
Traté de equilibrarla imaginándome una luz que nacía de mi entrecejo e iba por mi cráneo y luego por mi columna vertebral. Algo se movió en mi cadera. Una pierna se estiró apenas y la otra corrigió su postura.
Vi entonces más allá del techo. La Virgen estaba en los cielos. Una Virgen imaginada por mí, por supuesto, una Virgen que preciso, una protección que pido.

lunes, 28 de septiembre de 2026

Mientras yo estoy vivo

 

Ayer llovió casi todo el día y fui feliz escuchando el agua golpeando el techo de chapa que existe, por suerte, en parte de la casa. Luego fui al gimnasio, apenas pasadas las ocho de la noche, me subí a un aparato que simula un bote a remos y comencé a remar. La televisión estaba un poco alta, pero me concentré lo suficiente en el ruido que generaba la máquina y pude avanzar con las remadas, aunque es cierto que luego, cuando vino el tiempo de las propagandas, la molestia de los ruidos se intensificó. Luego de constatar que las dos personas que estaban también en el gimnasio tenían puesto airPods en sus orejas, decidí levantarme de la máquina para bajar el volumen del televisor. Entonces sí me pude concentrar en las remadas. Mi cabeza seguía yéndose constantemente a imágenes del pasado inconexas y mantenía, como siempre, un pensamiento rumiante que no tiene otro sentido que verificar hasta el hartazgo las causas de cierta angustia difusa y punzante que se podría definir, aunque la definición no será del todo adecuada, como "temor a vivir". El reloj para entonces apenas marcaba las ocho y dieciséis. Faltaba bastante para las ocho y cuarenta y cuatro que, por esas cosas caprichosas que tiene mi cabeza, era el horario indicado por un dictado profundo y extraño que ordena todo en mi cabeza y que es el mismo que no tiene paz ni sosiego mientras yo estoy vivo. 

domingo, 27 de septiembre de 2026

22 de septiembre del 2026

Hoy fue un día importante. Lo quiero remarcar. 22 de septiembre de 2026. Con mi padre, en la oficina, yendo cada tanto al fondo, contiguo a la cocina, a un ambiente pequeño que oficia de guardado, sacamos al menos una docena de cajas —todas con mucho polvo— que contenían decenas —tal vez incluso un centenar— de carpetas que abarcaban el trabajo de mi abuelo, de mi padre y mío desde la década del 80 hasta unos diez años atrás. Juntamos todo pacientemente, lo apilamos en la mesa de reuniones de la sala donde está la biblioteca principal, y le dijimos a D., el encargado de seguridad que está abajo, en la entrada del edificio, que se le podía dar todo a S., un hombre que extrañamente está todos los días en la vereda del edificio juntando cartones y papeles que entiendo que luego vende de algún modo.
Luego mi padre me acompañó hasta el lugar donde suelo almorzar, pasadas las tres y media de la tarde, me saludó algo cansado, según me pareció, y se fue por la calle peatonal caminando con ese leve cojeo que tiene desde hace por lo menos cuatro años y que significa, en términos médicos, una artritis de cadera.

sábado, 26 de septiembre de 2026

Día primaveral

Es un día primaveral. Es fin de semana también. He dormido bien, aunque con esa sensación de angustia, de algo que me abruma y asigno al trabajo, pero tal vez no sea el trabajo sino una herida profunda y misteriosa que cargo a todos lados y que, por lo tanto, no termina de sanar. No veo un horizonte claro en ese sentido. Solo veo una sabana por donde pasan leonas a paso cansino con sus cachorros. Unos pastizales altos, resecos, se mueven apenas. El cielo tiene un dejo de blanco. Nubes que no terminan de formarse y, sobre todo, un aire sumamente cálido que no termina de prometer un cambio. Detrás de esos pastizales, en el inmenso territorio que se ve poblado de solo árboles ralos, muy de tanto en tanto, uno sabe que se desarrolla un juego de vida y muerte. Hambre, pasión, comida y luego muerte, cadáveres. Eso está claro; lo que no veo claro es por qué esa sabana aparece en mi cabeza y qué me quiere decir al respecto.

Los literatos

 Me levanto a las ocho y cuarenta y seis. Dejé la persiana subida y espero, en esta época de otoño avanzado, que la luz me despierte. Y por ...