Amanece. Todo un mundo se abre más allá de la ventana que mira a la calle que baja. La primavera está cerca. Un zorzal ha trinado cuando todavía las sombras eran mucho más grandes. Ahora por lo visto ha callado. Nada se mueve. Más temprano, solo el portero que limpia la vereda casi al final de la calle que baja a eso de las cinco y media de la mañana. Antes también un avión dobló en dirección al Río de la Plata. Ahora otra vez un zorzal a Dios gracias. He realizado una serie de ejercicios que me han dado cierto sosiego. Uno mínimo frente a las cuestiones que me acicatean. Y lo más importante: me he dado cuenta que puedo cambiar mis pensamientos. Una escultura hecha por mí en mi casa podría tener una trascendencia bíblica.
llamasdel73
Lucas Videla entona
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miércoles, 16 de septiembre de 2026
domingo, 13 de septiembre de 2026
Joven madre
Salí con el tiempo justo de mi oficina porque, como tantas veces, permanezco hasta el último minuto trabajando en pos de una productividad que me dé un sosiego que será pasajero. Cumplir con las cargas del día para poder descansar.
Tomé un taxi que por suerte pasaba por la esquina de mi oficina. Lo primero que hice fue felicitar al taxista por lo nuevo que era el auto. El hombre, algo apocado, sonrió apenas. En el viaje hablamos de las posibilidades que existen hoy en día para obtener el tipo de auto que él manejaba e incluso evaluamos la alternativa de compra de los vehículos chinos nuevos en nuestro mercado.
Mi hijo me llamó cuando cruzaba la Nueve de Julio para ver si estaba llegando. Ya estaba esperándome en la cancha de paddle junto con su amigo y el padre, que es amigo mío.
En la esquina de Alsina y Piedras admiré una iglesia antigua que no conozco; me propuse entrar en ella ni bien pudiera. Ya en la entrada, el hombre de la recepción me dijo que me estaban esperando en el tercer piso. Cuando quise tomar el ascensor, acotó: «No anda», y subí rápido por las escaleras.
Jugué con mi hijo y perdimos de un modo bastante categórico. Los peloteos, no obstante, fueron animados. Esperaba incluso menos de mi hijo, dado que no había jugado más que un par de veces al paddle y pocas veces más al tenis.
La visión de los edificios antiguos de la vereda de enfrente y los costados me sumergió en un ambiente de principios del siglo pasado. Trabajé en el edificio de enfrente hace no menos de veinticinco años, le dije a mi hijo, fijo en las ventanas del edificio donde iba a hacer monótonos controles burocráticos para ganarme un sustento. Recordé entonces cómo cantaba mientras trabajaba. Una mujer un poco más grande que yo me daba a entender de muchas maneras que le gustaba escucharme. Era atractiva, casada, joven madre.
jueves, 10 de septiembre de 2026
La empresa y su arte.
lunes, 7 de septiembre de 2026
La realidad
Hoy, como tantos domingos, al final, en plena madrugada, después de tantos pero tantos años —creo que casi treinta—, en vez de descansar y sentir al fin la cabeza ligera, inmersa en los resultados del fútbol o en cosas por el estilo, tengo un deseo que me impulsa a crear algo digno, imperecedero.
En la antigüedad, supongo, serían creaciones imprevistas o necesidades religiosas, incluso espirituales. En mi caso, también supongo, la compulsión pretende borrar el hecho de que el tiempo pasa, los hechos se pierden y la memoria no alcanza ni remotamente para evocarlos. Luego viene el fin.
Estuvimos hace un rato en el cumpleaños número ochenta y cinco de mi suegro. Mi suegra, a su lado, casi no gesticulaba. Sus hijas, en especial la mayor, reían de un modo estruendoso. Parte de sus nietas también hablaban a los gritos. Todos parecían especialmente exaltados. Me sentí sumamente ajeno a esa escena. Distante y triste, incluso. Los miraba como desde un bote en el que remaba por un río ancho durante una noche cálida, mientras ellos, a lo lejos, en la orilla, sentados alrededor de una mesa, reían a carcajadas.
sábado, 5 de septiembre de 2026
Los piletones
De regreso, en la bajada, mi hijo me intenta explicar dónde quedan lotes libres en el club de campo que vamos los fines de semana. Pero sus referencias me resultan confusas y me ofusco. Percibo con claridad mi ira, una reacción visceral que no tiene fundamento lógico. Me abruma mi incapacidad de retener las referencias que emplea. No obstante, con un éxito relativo, intento matizar ese enojo.
Una vez que llegamos al auto le digo que conduzca y de nuevo el hecho de que vaya a lo que considero alta velocidad enciende mi ira. Debo otra vez enfrentar el trabajo de contenerla. Por qué debo vivir con esta ira tan lista para aflorar en cualquier minuto no lo entiendo.
Tomamos un camino que tiene a sus costados personas y máquinas trabajando en lo que supongo pronto será un tramo asfaltado. El valle y la ruta corren en forma paralela al río. Luego cuando cruzamos un puente, nos quedamos en la mitad para sacarle fotos a unos álamos que, gracias a sus hojas amarillas, son despampanantes. Pero a lo lejos viene una camioneta y debemos seguir viaje.
Al llegar a lugar indicado como la cascada y los piletones, bajamos del auto y caminamos un poco entre los pinos. Desde lo alto, contemplamos el paisaje. Un canal formado por rocas en donde el agua avanza. Me fijo en un turquesa mezclado con la espuma y con un azul en las partes más profundas. También hay grandes rocas que se alzan con formas redondeadas. Del otro lado, veo una cuesta muy pronunciada que aloja un caballo con manchas marrones y blancas pastando. Nos preguntamos de quién será; y también de quién será la tierra que vemos todo a lo largo y lo ancho. Se ven cerros más ceca y montañas a lo lejos.
Un hombre, también con su hijo, aparece desde un costado cerca del lugar donde estamos sentados. Es más viejo que yo y tiene una panza prominente. Cuando parten nos quedamos a mirar cómo viaja ese enorme caudal de agua que envuelve a las rocas, las empapa, las cubre y sigue. Como otras veces mi hijo me pide que sigamos viaje y como otras veces le digo que me deje contemplar el paisaje dos minutos más.
jueves, 3 de septiembre de 2026
Las cartas
Siete menos cinco. Logré dormir de corrido al menos desde casi la una de la mañana. Las cuestiones laborales me abruman. Lo de siempre: demasiados juicios. Muchos temas, muchas responsabilidades. Pero tampoco me animo a desistir de ellos —aunque podría—. Por un lado, la ambición me empuja a seguir; por otro, mi tolerancia a la exigencia me pide parar.
El aire está calmo. Casi no hay ruidos. Amanece. Debo fijarme en eso. Concentrarme en el sonido que hacen mis dedos sobre el teclado. En el sonido de los autos a lo lejos. Apenas escucho un gorjeo. Casi nada.
La fuente de abajo no funciona desde hace meses. Escuchar el rumor del agua me ayudaría. Debería contactarme con una mujer que conoce mi pareja y trabaja en el gobierno de la ciudad para pedirle que vuelva a emerger el chorro de agua de esa escultura —un niño—. Así se escucharía el agua caer sobre el bronce.
martes, 1 de septiembre de 2026
Ningún peso en los pies
31 de agosto de 2026
Once y cuarto de la noche. Perdió uno a cero nuestro equipo una vez más. Mi hijo de veinte años me dijo: “No puedo creer que mañana tenga que ir temprano a la facultad.” A su lado, en el sillón, se me ocurrió pensar fijo en la cara de preocupación de algunos jugadores de nuestro equipo que caminaban hacia el vestuario, “Hasta hace poco era un niño”. Lo vi entonces a mi hijo a la salida del colegio, también caminando, pero viniendo hacia mí sin ningún tipo de peso en sus pies, con la mochila inmensa para su cuerpo en la espalda, que ni siquiera parecía molestarlo, y el pantalón gris que a mí, de chico, me picaba y que él usaba hasta la noche. Nada impedía que a cada paso pareciera que él danzase, apenas contoneándose, o más bien desplegando una gracia que se fijaría en esos años.
Amanece
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