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jueves, 3 de septiembre de 2026

Las cartas

Siete menos cinco. Logré dormir de corrido al menos desde casi la una de la mañana. Las cuestiones laborales me abruman. Lo de siempre: demasiados juicios. Muchos temas, muchas responsabilidades. Pero tampoco me animo a desistir de ellos —aunque podría—. Por un lado, la ambición me empuja a seguir; por otro, mi tolerancia a la exigencia me pide parar.

El aire está calmo. Casi no hay ruidos. Amanece. Debo fijarme en eso. Concentrarme en el sonido que hacen mis dedos sobre el teclado. En el sonido de los autos a lo lejos. Apenas escucho un gorjeo. Casi nada.

La fuente de abajo no funciona desde hace meses. Escuchar el rumor del agua me ayudaría. Debería contactarme con una mujer que conoce mi pareja y trabaja en el gobierno de la ciudad para pedirle que vuelva a emerger el chorro de agua de esa escultura —un niño—. Así se escucharía el agua caer sobre el bronce.

martes, 1 de septiembre de 2026

Ningún peso en los pies

 

31 de agosto de 2026

Once y cuarto de la noche. Perdió uno a cero nuestro equipo una vez más. Mi hijo de veinte años me dijo: “No puedo creer que mañana tenga que ir temprano a la facultad.” A su lado, en el sillón, se me ocurrió pensar fijo en la cara de preocupación de algunos jugadores de nuestro equipo que caminaban hacia el vestuario, “Hasta hace poco era un niño”. Lo vi entonces a mi hijo a la salida del colegio, también caminando, pero viniendo hacia mí sin ningún tipo de peso en sus pies, con la mochila inmensa para su cuerpo en la espalda, que ni siquiera parecía molestarlo, y el pantalón gris que a mí, de chico, me picaba y que él usaba hasta la noche. Nada impedía que a cada paso pareciera que él danzase, apenas contoneándose, o más bien desplegando una gracia que se fijaría en esos años.

domingo, 30 de agosto de 2026

Recuerdo de una noche

No había nada que decir

y por eso no dijimos nada.

 

Un beso y cada uno 

caminó en un sentido distinto.

 

La noche continuó, sin embargo,

como si nada.

 

Los autos pasaban por la calle,

uno tras otro.

El semáforo pasó

del verde al colorado.

Recuerdo ese color

de un modo perfecto.

También el impacto del frío en mi cara

y el sonido de mis pasos.

Me pareció que sonaban

como si tuviese las botas altas

que usaban los soldados alemanes.

 

Pero solo llevaba unas zapatillas 

Nike grises, de lo más livianas,

que hasta entonces amaba.

sábado, 29 de agosto de 2026

Feria de arte

 

Estaba en el medio 

de un pabellón inmenso 

en ese sueño. 

Se desarrollaba una feria de arte,

pero no había nadie más que yo

y montones de stands con objetos de arte. 

Pinturas y esculturas 

que me parecían de baja calidad.

Luego estaban las mías

(también insatisfactorias).

Arriba, cerca del altísimo techo, 

 un ave bastante grande,

un carancho me parecía que era,

sobrevolaba el techo 

del predio buscando un lugar 

donde posarse.

Aleteaba cerca de las chapas,

pero no lo encontraba. 

viernes, 28 de agosto de 2026

Sobre el escenario

Desde la terraza donde empezabas
a trabajar la piedra con una gradina
y una maza, miraste las nubes;
iban de derecha a izquierda.
Unas plantas 
que cubrían toda
la baranda de la terraza,
también se movían apenas.
La maza golpeaba la piedra
al ritmo que elegías.
Por momentos,
con más intensidad
—cuando pensabas en alguien
que te irrita—.
De pronto, apareció un gallo
que cantaba exaltado al máximo.
Después golpeaste más fuerte todavía
mientras las ramas
que cubrían la baranda
apuntaban al cielo.

jueves, 27 de agosto de 2026

Un instante

 Un instante, el que miré 

a la distancia esa escultura, 

mía, gris con franjas marrones 

en lo profundo, también calma, 

casi perfecta, perteneciente a otro mundo,

a otra vida más bien,

que no estaba en Grecia

-como pensé por un momento-

sino en una isla más remota y desconocida.

Por un instante me dio su cobijo 

y se alejó otra vez,

muda, para volver 

a ese otro tiempo.

miércoles, 26 de agosto de 2026

Trozo de pan

Hubo un pájaro hoy 

que se posó en la baranda

que limita la pileta, me miró,

un benteveo, ahora que recuerdo. 

Le arrojé un trozo de pan 

desde la galería

y el pájaro voló hacia 

un álamo detrás. 

Poco después, 

volvió directo a buscar 

el pan que le había tirado.

Una suerte de alegría 

me generó un movimiento de energía

a la altura de mi rodilla izquierda.

Algo quería bajar por mi cuerpo

también llegar a la tierra,

como el trozo de pan.

Las cartas

Siete menos cinco. Logré dormir de corrido al menos desde casi la una de la mañana. Las cuestiones laborales me abruman. Lo de siempre: dema...