Desde la terraza donde empezabas
a trabajar la piedra con una gradina
y una maza, miraste las nubes;
iban de derecha a izquierda.
Unas plantas
que cubrían toda
la baranda de la terraza,
también se movían apenas.
La maza golpeaba la piedra
al ritmo que elegías.
Por momentos,
con más intensidad
—cuando pensabas en alguien
que te irrita—.
De pronto, apareció un gallo
que cantaba exaltado al máximo.
Después golpeaste más fuerte todavía
mientras las ramas
que cubrían la baranda
apuntaban al cielo.
llamasdel73
Lucas Videla entona
Archivo del blog
viernes, 28 de agosto de 2026
Sobre el escenario
jueves, 27 de agosto de 2026
Un instante
Un instante, el que miré
a la distancia esa escultura,
mía, gris con franjas marrones
en lo profundo, también calma,
casi perfecta, perteneciente a otro mundo,
a otra vida más bien,
que no estaba en Grecia
-como pensé por un momento-
sino en una isla más remota y desconocida.
Por un instante me dio su cobijo
y se alejó otra vez,
muda, para volver
a ese otro tiempo.
miércoles, 26 de agosto de 2026
Trozo de pan
Hubo un pájaro hoy
que se posó en la baranda
que limita la pileta, me miró,
un benteveo, ahora que recuerdo.
Le arrojé un trozo de pan
desde la galería
y el pájaro voló hacia
un álamo detrás.
Poco después,
volvió directo a buscar
el pan que le había tirado.
Una suerte de alegría
me generó un movimiento de energía
a la altura de mi rodilla izquierda.
Algo quería bajar por mi cuerpo
también llegar a la tierra,
como el trozo de pan.
martes, 25 de agosto de 2026
Always the sun
Por un momento volvieron
sensaciones que tenías de joven,
en los recitales, junto a otros jóvenes,
cierta plenitud en la manera que se miraban
unos y otros, y a vos también.
Por un instante, todo eso estuvo
de vuelta apenas escuchaste
esa canción que habla de un sol
que está siempre, siempre,
repite y la certeza estuvo
también en tu pecho, y luego,
con el fin de la melodía,
una vez más se fue.
domingo, 23 de agosto de 2026
Lo esencial
Noche. Medianoche con más precisión.
Un avión pasa frente a mi sala de estar.
Luego, nada. Ni una persona veo ahora
en la calle que baja. El edificio inmenso,
antiguo, presuntuoso y lo mismo atractivo,
no muestra una sola ventana con una luz
encendida. Me dieron ganas de escribir
recién, cuando me estaba por dormir,
una urgencia por decir algo sentí,
por fijar un sentido a otro domingo
más que pasa, como tantos, y anuncia
una semana que comienza.
Debo poner en palabras todo esto
que pasa y acá estoy, y como tantas
veces, todas las veces, en realidad,
nada de lo que diga va a cambiar
lo esencial.
Debo cambiar
Es ahora o nunca. Debo cambiar bastante para ser capaz de agradecer la vida. Tener rutinas y un foco claro para una mejor disciplina con uno mismo, y sobre todo debo dejar las abstracciones y fijarme en los detalles. Por ejemplo: el sol que ahora entra por mi ventana, o notar que hay ruidos tenues, por fin, en la calle y que el día es frío, pero de un frío soportable -diez grados-. Me levanté temprano -ocho y cuarto-, después de una noche cargada de sueños, de mordidas a un protector bucal que es una necesidad, clara, fuerte, insoslayable y, en el medio de la noche, atormentado por un ruido, me desperté. Miré a mi pareja. Roncaba. La toqué, la quise cambiar de posición para que el ruido cese y luego pensé, no, gracias que ella está acá, conmigo, junto a mí, acompañándome, gracias, gracias, me dije. Pero eso no bastó; igual el ruido me molestaba. No podía abstraerme de ese sonido, urticante, intermitente. No obstante, me volví a dormir solo para ser molestado a las ocho y quince, como dije, por un vecino que, desde hace años, mucho años, abre a esa hora una gran ventana corrediza en la terraza del edificio de al lado.
Ni bien me levanté, me encontré con mi pareja iluminada por la luz del sol que entraba al living a su espalda. Miré el río, a lo lejos (ese río que pronto no voy a ver porque me he enterado que van a construir una torre donde está el supermercado que, por ser de un piso, me deja ver el agua), me puse a charlar con ella y le terminé confesando que sus viajes por trabajo, que entrañan para ella un éxito, me molestan. En esencia, porque soy competitivo y me hacen ver mi insatisfacción con mi trabajo, con mi vida, y me muestran mis enormes complicaciones para tomar decisiones. No me gusta ser así, le dije. Por eso, decía, debo cambiar.
sábado, 22 de agosto de 2026
Ráfagas
Día en cierto modo vacío, y en otros aspectos lleno de vida, en el que me desperté a las nueve y cuarto debido a que la señora que limpia en casa estaba en plenas funciones para descubrir un tiempo gris, cálido y pesado que no me dio ganas de comenzar y tampoco de meditar. Diez y media prendí el celular para arrancar con el trabajo y para hablar por teléfono con mi pareja de temas prácticos; después, apenas unos ejercicios aislados y luego un desayuno tardío con mi hijo que, por fortuna, gracias a mis pedidos, se acercó a conversar. Me había comprado un chipá. Mi hija tampoco estaba lejos, permanecía en el sillón del living concentrada en su computadora y poco conversadora.
Salí casa cuando el cielo escampó y caminé hasta el taller, donde dejé unas pinturas que había comprado, y pinté un poco. Cerca de la una de la tarde, quedé en tomar un café con mi padre en una bar antiguo que mira a una plaza y al palacio de Tribunales. Hablamos de lo lindo que es el lugar pese a que uno lo tiene relacionado con el trabajo y con un ambiente cargado de personas mendigando -juicio exagerado en cierto punto-. Durante ese lapso una vez más perdí la paciencia frente a lo que interpreté como cierta inexactitud de su parte porque, en lo esencial, soy muy severo con él (incluso de modo instintivo). Podría ensayar varias explicaciones acerca de por qué actúo así, pero nunca llegarían a justificar mi impaciencia. Dos y media, luego de mis disculpas, nos levantamos. Mi padre se fue a almorzar y yo subí a la oficina donde me enfrasqué en una serie de reuniones que me mantuvieron ocupado hasta cerca de las tres y media de la tarde, hora en que salí para el restaurante de comida china donde encontré a esa señora que cada vez me resulta más reposada en sus modos y que tiene una comida simple y honesta. Cuatro de la tarde estaba de nuevo trabajando en la redacción de algunos escritos. Como el día era lindo, cuando bajé a la plaza para hablar con una proveedora que al mismo tiempo es clienta, escuché unos pájaros en una gran palmera casi al final del primer tramo de la plaza, pero las preguntas incisivas de la proveedora y clienta de nuevo me exasperaron al punto que tuve que reprimirme para no llegar a un punto de conflicto de no retorno con esa mujer. Cinco y media, luego de una hora de infructuosas rencillas, subí a mi oficina donde hice un poco más, subí al piso de arriba a combinar una cuestión con el escribano -un hombre que toca el saxo y ama el jazz- y constaté ahí arriba que su vista es muy superior a la mía. Tiene más altura y sobre todo ventanales hasta el piso. Eso hace una gran diferencia cuando sale al pequeño balcón que él tiene -y yo no tengo-. Seis y media estaba en mi taller pintando transportado a los cuadros que he visto en el Museo Del Prado, inmerso en ráfagas que me llevaron a lugares en donde los cuadros me sugieren paisajes, espacios que aparecen en mis colores, pero que no terminan de adquirir una forma definida o consolidada.
Sobre el escenario
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