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sábado, 24 de octubre de 2026

Archipiélago de Sörmland

Estoy en Trosa, Suecia, y llueve apenas. En realidad, ahora creo que no caen más que unas pocas gotas. Son las siete y cuarenta y tres de la mañana. El cuarto del hotel es amplio. Un ventanal compuesto de varias aberturas ocupa toda la pared frente a la cama y casi por completo ambos costados.

La construcción es antigua, como todas en este pueblo de canales que desembocan en un estuario del archipiélago de Sörmland. No veo personas en el patio del hotel ni en la calle. Desde acá se ve la cúpula de un edificio de dos pisos, con un reloj, en la plaza principal. Sus curvas recuerdan por momentos las de las cúpulas rusas, pero, a medida que ascienden, se vuelven rectas y terminan en puntas elevadas.

Ayer me acosté tarde por mirar un partido del mundial por el tercer puesto. Inglaterra le ganó a Francia seis a cuatro. Escribo sentado en un sofá, recién levantado, el siguiente sueño:

En el hospital en el que trabajé durante veinticinco años, tenía que tomarle declaración a un empleado de maestranza en el marco de un sumario administrativo. Era una tarea de mi competencia que padecía. El empleado tenía el apoyo del gremio y yo pensaba si no sería conveniente hablar con el director del hospital. Pero luego recordaba que había renunciado.

En el hospital ya no se veían más que empleados de maestranza y gente ligada al gremio. Habían desaparecido hasta los pacientes y los médicos.

Sentado en el sofá de Trosa, intento entender por qué en los últimos días sueño tanto con que sigo trabajando en ese hospital. Recuerdo que a mis seis años me llevaron a un sitio llamado «nivelación» porque no me adaptaba a la enseñanza de la primaria. Me dijeron: «Ahora podés dibujar, no es necesario que aprendas a escribir». Había pósters de Mickey Mouse en la pared y alguien me sugirió que copiara uno de ellos. Yo hice mi versión.

10:34 a.m.

jueves, 22 de octubre de 2026

La hora de la verdad

 Cincuenta y tres años. Hoy mi día se consumió en gran parte en la oficina porque esa oficina ha sido lo único que he podido sostener, en forma rentable, constante, sostenida, incólume, durante más de treinta años, desde que empecé a estudiar derecho, en desmedro en teoría, de lo que soñaba hacer -ser artista-. Hoy a la salida de la oficina -seis menos diez de la tarde-, cuando ya casi anochecía, cruzando la plaza, un día gris que se iba, casi mirando el Teatro Colón, dejando atrás el Palacio de Tribunales, pensé: me dirijo al taller para pintar al menos una hora, dos a lo sumo. 

martes, 20 de octubre de 2026

Nada que decir.

 Nada que decir. Desgano frente al relato. Sucesión de robos increíbles.. Eso me ha tocado vivir. Primero mientras caminaba hablando por teléfono con una abogada que trabaja conmigo y alguien me arrebató el celular. Para eso me empujó por la espalda y luego, cuando extendí los brazos, me quitó el aparato. Giré y lo vi correr a toda máquina y subirse a una moto. Lo maldigo. Lo lleno de mi odio, de mi ira, de mi energía negra. Si soy un brujo, como me han dicho que soy, y por eso pido: que se pudra, que su vientre se infle y reviente con gusanos y luego, echado en el mismo asfalto de la misma avenida donde me arrebató mi teléfono, que implore la ayuda de Dios, y que espere la llegada, el auxilio, del Divino. 

Que aguarde a ver si aparece. 

domingo, 18 de octubre de 2026

César

 César está los domingos detrás de la gran puerta de madera de la entrada de mi edificio, sentado en un sillón art déco verde con un matiz muy tenue de amarillo limón, al que el paso de los años le ha dado mucho encanto. Permanece allí de 8 a 20 horas, casi todo el tiempo con el celular en la mano —hasta hace unos años, con un libro o un diario—. Lo acompaña una fuente con la figura de un niño que podría ser un ángel, situada en una plazoleta del otro lado de la puerta. Luego está la calle que baja. En el interior, los mármoles de distintos tonos claros que revisten el piso e incluso las paredes ven pasar a muy poca gente: los once propietarios o algún invitado.

Si bajo, con un mínimo entusiasmo, abre la puerta después de opinar sobre el estado del tiempo. Luego veo que vuelve a su lugar frente a la ventana que da a la calle y se sienta en el sillón verde que tiene algo de amarillo limón y sobre el cual hay un mural puntillista que representa a un hombre solitario en un puerto.

viernes, 16 de octubre de 2026

La ira


Noche de tormenta. También noche de continuos despertares, de estar en la cama medio aturdido por el sueño y, al mismo tiempo, incapaz de volver al descanso. Hay algo que me impide descansar y es una sensación inmensa de angustia, que a su vez está disparada por acontecimientos que me alteran más allá de la «lógica». Por ejemplo: ayer hablé con esta proveedora, y a la vez clienta, a quien debí darle explicaciones bastante reiteradas acerca del derrotero judicial del expediente que le interesa. Ante su falta de comprensión de la incertidumbre que implica un proceso judicial, perdí la paciencia y enseguida, advertido de mi inflamación, tuve que bajar mis bríos.
Mi problema, por lo tanto, parece estar en mi incapacidad para regular mis reacciones frente a ciertas frustraciones. Un reflejo que se remonta a los cuentos de mi madre sobre episodios de mi infancia que no recuerdo, pero que me dan una pauta bastante certera de mi funcionamiento estructural. Cuenta mi madre que, cuando yo pasaba por la puerta del edificio de mi abuela, con uno, dos o incluso tres años, y no subíamos a verla, ponía mis brazos en el piso de la vereda y comenzaba a lanzar patadas al aire en señal de protesta. El ataque de la cabra, lo llamaba.

martes, 13 de octubre de 2026

El agua cae

 Me levanté a las ocho y media del domingo. Afuera, la fuente en funciones y, por lo tanto, el encanto del sonido del agua. Su dulzura. Luego, una sirena. No sé si es la de la entrada del garaje o la del semáforo. Mejor volver a la cama. Más tarde, la lectura y, después de cierto empeño, de vuelta al sueño. Cuando me levanto de nuevo, miro el reloj. Once y diez. No dormí mucho, pienso. Debo haber consumido antes bastante tiempo en la compu y, más tarde, leyendo.

A las doce y media dejo a mi familia y parto rumbo a la casa de fin de semana. Voy por el día. No me importa el frío ni que llovizne. Necesito ver plantas, árboles. Escuchar a los pájaros. Cincuenta minutos me marca Waze. Cuando llego, me encuentro a la felicidad. Nadie en los jardines aledaños. El vecino de atrás, que todos los domingos recibe a sus hijos, nietos y perros, ni sus luces. Saco de una bolsa una escultura de barro y empiezo a trabajarla con una sierra. Prendo el fuego. Dispongo unos bifes de chorizo en una bandeja de madera. Los pájaros saltan en el jardín. Seis zorzales, un benteveo. Pienso que debería vivir en el campo. He perdido mucho tiempo de mi vida en la ciudad. Incluso, y por sobre todo, en mi trabajo. Sigo con la escultura. Sacar láminas de barro sí que me gusta, y me calma, pienso. Un chimango chilla a lo lejos. Las gotas caen sobre el techo de chapa. Su ruido es justo, perfecto. Me puedo concentrar en él sin ningún problema. Creo que podría pasar mucho rato escuchándolas. Luego hablo con mi padre por teléfono. Me habla de un bisabuelo suyo. Me vuelve a contar que fundó una ciudad llamada Necochea. Dice que vamos a ir todos a conocerla muy pronto. Los pájaros saltan todavía en el pasto. El fuego de los leños se aviva y el agua cae.

sábado, 10 de octubre de 2026

Edificio Pinedo

 A las cinco y media estaba pintando a la espera de mi amigo N., que iba a venir al taller para encontrarse con mi hija y con V., una joven que de algún modo es su socia. Luego se sumaría mi pareja. El propósito: que N. les diera pautas para desarrollar el emprendimiento de prendas de fieltro de mi hija y mi pareja. Apareció afable como es, calmo, vestido de saco y pantalón de franela gris, con anteojos y una mochila al hombro. Serio y a la vez descontracturado. Barba algo incipiente y una cierta tristeza sostenida por una presencia suave, de una nobleza que no encuentro en casi nadie.

A las siete y media terminamos de ver el plan de negocios de mi hija con la ayuda de N., siempre contento y, al parecer, entusiasmado de colaborar de manera desinteresada. Me puse a pintar apenas unos pocos minutos mientras ellos intercambiaban las palabras finales y después acompañé a N. hasta su camioneta, estacionada a pocas cuadras. En el camino hablé de las dificultades que tengo para insertarme en el mundo del arte y repetí el discurso más o menos armado que tengo para justificarme. Lo bueno es que esta vez lo hice sin demasiado convencimiento. La noche era fría. N. me dejó a pocas cuadras de mi casa, en la esquina de Arroyo y la avenida 9 de Julio. Cuando me bajé de la camioneta, a la espera de que cambiara el semáforo, miré un edificio de estilo art nouveau italiano. El último piso, iluminado, mostraba una lámpara moderna fantástica. Pensé en las tardes en que volvía de la oficina sin sentir que el día hubiera tenido demasiado sentido y miraba ese mismo edificio, cientos de días, miles, durante años. Al menos ahora vuelvo por otras cuadras, pensé, gracias a que voy al taller. Me vino entonces la imagen de esos cuadros nunca acabados, nunca del todo bien pintados.

Archipiélago de Sörmland

Estoy en Trosa, Suecia, y llueve apenas. En realidad, ahora creo que no caen más que unas pocas gotas. Son las siete y cuarenta y tres de la...