Me he estado olvidando de anotar lo más importante. Mi pareja me dijo ayer que abrió un placard para ordenar su ropa y que ahí se encontró con un suéter mío que tenía mi aroma. Y lo más importante de lo más importante es que lo dijo del modo más cariñoso imaginable por sobre todas las cúpulas doradas de oriente y occidente, sobre lagos congelados y sobre noches invadidas de estrellas en un tiempo en donde nada, absolutamente nada, se movía. Y fue su comentario creo lo que hizo que un trineo avanzase por la nieve tirado por perros siberianos husky y el ruido de la madera en el hielo resultase dulce. Muy dulce.
llamasdel73
Lucas Videla entona
Archivo del blog
miércoles, 4 de noviembre de 2026
lunes, 2 de noviembre de 2026
Cinta negra
Con una cinta negra
cuatro rosas atadas.
Son de un rojo que tiene
un blanco insinuado
y un naranja
que está en lo que despiertan
en mi imaginación.
sábado, 31 de octubre de 2026
Boulevard Georges Mandel
Llego a mi domicilio ocasional en 5 Jocelyn, París, planta baja, desde donde le escribo a mi hija para saber por dónde anda. «Estoy volviendo en subte, me faltan cuatro paradas», dice. Quedamos en que voy a buscarla a la salida del subte, en Rue de la Pompe. Cuando llego, como no encuentro la boca del subte, pongo en el teléfono la dirección que me dio y me informa que debo caminar cinco cuadras. Pero sin esperarlo, del otro lado de la avenida, veo a mi hija. Levanto con alegría los brazos, ella hace lo mismo y nos abrazamos justo en el medio de la avenida, bajo los árboles cargados de hojas. Es pleno verano y la tarde se extiende.
«Vamos a ver si está abierta esa iglesia», le digo. Iglesia española, dice en la entrada. Pero está cerrada. Entramos entonces a un Monoprix, una cadena de mercados, compramos lo necesario y, a la hora de pagar, un empleado de origen asiático —no demasiado simpático— me señala dónde pesar las verduras. Qué me importa, pienso. Durante años, con mi hija —que se me parece tanto— he estado inmerso en tensiones continuas, y conmigo mismo ni hablar. Pero bajo los árboles de la avenida Georges Mandel nos hemos abrazado.
viernes, 30 de octubre de 2026
Camalotes
Mi pareja sale de viaje por trabajo a las ocho y cuarto. La despido desde la puerta de mi casa. Ella baja por el ascensor de servicio con su valija y la mochila en la espalda. «A disfrutar», alcanzo a decirle. Luego me quedo en el living escribiendo este diario para narrar estos días porque sé que después la memoria me va a empezar a fallar.
Quiero contar la cena que tuvimos antes de que se fuera, junto a mi hija y su novio y mi hijo, en un restaurante coreano donde nos atendió un joven con una maestría para el servicio y una calidad humana que me dejaron feliz. Lo mismo la comida y los comensales de las otras mesas. Incluso la música, K-pop, no me resultó tan desagradable como hubiese imaginado. Tomé dos cervezas y empecé a sentir una felicidad atávica. Pero de vuelta a casa me topé con el semáforo para no videntes de la esquina y su alarma odiosa, y me quedé mirando ese poste que emite un sonido interminable. No me imagino cómo voy a superar ese escollo, pensé. El semáforo, después de un breve respiro, volvió a sonar de esa forma aguda y macabra.
También quiero dejar anotado el viaje del fin de semana. El sábado a la mañana, como la calle estaba tranquila, el ruido se oía desde el living, cosa que me fastidia especialmente. Me fui al cuarto, me puse a leer y, después de un gran esfuerzo, pude dormir un poco. A las doce menos cuarto me levanté y con mis hijos empezamos los preparativos para salir rumbo a San Pedro, provincia de Buenos Aires. Nuestro destino: dos departamentos que miran a un brazo del Paraná, donde el plan era pasar el domingo, Día del Padre.
La ruta estuvo dentro de todo amable, sin mucho tráfico. Mi hija viajó en su auto con su novio y yo con mi hijo. Hablamos de su progreso en la facultad de derecho. Por lo que me cuenta, hoy la enseñanza está más orientada a casos prácticos. «Qué bueno», le dije. «Esa es la única manera, al menos para mí, de disfrutar del derecho». Mi hijo asintió.
A las tres y media llegamos. Buena vista y tranquilidad. Almorzamos en el restaurante del complejo y, como en tantos lugares, tuve que pedir que bajaran la música —estábamos solos en una mesa de la terraza—. Como tantas otras veces, la disminución del volumen fue casi imperceptible. Después de comer fuimos a caminar cerca del río. Lindo ver cómo viajaba el agua. Una gran corriente llevaba unos camalotes. «Miren», dije, «de chico siempre esperaba ver un carpincho arriba de alguno porque alguien, no recuerdo quién, me había dicho que una vez había visto uno».
Cuando cayó la noche me quedé solo, acostado en un muelle. A lo lejos pasaba un carguero por el Paraná. El canto de los grillos arrancó de la nada y unos teros vociferaban, pero muy a lo lejos. Dos hombres, también a la distancia, hablaban mientras pescaban. Sentí un cuerpo que se arrojaba al agua. Un ruido seco e impactante. Un ganso nadaba erguido en el agua.
miércoles, 28 de octubre de 2026
Una tarde en el taller
Solo para contar que hoy fui al taller. Eran las seis y un poco más, calculo. Había trabajado lo suficiente en la oficina. Asuntos de siempre. Juicios. Pero cuando llegué al taller me puse a pintar. Agarré los cuadros que vengo repasando, volviendo a ellos de un modo terco, obsesivo incluso, pero con placer, con entusiasmo. Puedo decir entonces que me puse a seguir en busca de un estilo, de ciertos trazos que fluyan y al mismo tiempo liberen lo que quiero decir —que, ya lo he dicho, no sé bien qué es—. Pero la pintura, incluso si la juzgo por debajo de lo que logro en escultura, se movía en el lienzo. Verdes. Muchos. Y también rosas, e incluso los azules. Todos ellos, junto con el violeta, ahora que recuerdo, iban y venían por la tela, como dije: se esmeraban por complacerme. Querían ver si al final me daba por satisfecho con cierta imagen. Cosa que no ocurrió.
martes, 27 de octubre de 2026
La piedra.
Apenas le pude dar tiempo a la piedra. Golpear de a poco, con la bucharda en la superficie roja que tiene. Golpear para de a poco, muy de a poco, avanzar. Casi nada, diría. Al punto que mis quehaceres, mis avances en el trabajo, a través de lo que se llama gestión de un "negocio", me resultan supersónicos a comparación del trabajo en la piedra.
Al principio, cuando empiezo a golpearla, una vez que termino con mis asuntos laborales, me parece sumamente absurdo. Casi, como decía, no hay avances. Apenas son golpes que la piedra soporta impertérrita. Pero luego, esa dureza, su resistencia, genera un vínculo y ese vínculo me atrapa y con el tiempo el placer de modificarla, crece con cada golpe.
domingo, 25 de octubre de 2026
La piedra gris
Me desperté a las tres y media de la mañana con un sueño álgido. Estaba en una camioneta transportando mucho dinero con un primo mío que es juez y, por supuesto, los nervios me comían el cuerpo porque no lograba esconder bien los billetes detrás del forro de las puertas del vehículo. Estuve bastante tiempo para volver a dormirme. Noto cada vez con mayor sorpresa que no funciona en mi cabeza lo que antes, desde mi más temprana adolescencia, era un motivo de entretenimiento, de sosiego incluso, pensar que tengo encuentros sexuales, historias atrapantes, con mujeres. No logro creerme ese tipo de fantasías ni siquiera para intentar encontrar el sueño. Hace mucho que tampoco me funciona imaginarme en aventuras por paisajes remotos, o creer que soy un intelectual o escritor con algún tipo de lustre. Nada que sea inventado, al contrario de lo que antes me ocurría, me resulta posible. Antes, podía darme la posibilidad de imaginarme cosas imposibles. Hoy no.
Me desperté cerca de las diez y me puse pronto, demasiado pronto, a trabajar. Mi interés siempre es avanzar, sacarme de encima las obligaciones, armar lo suficiente para poder descansar (cosa que rara vez ocurre porque mi cabeza es proclive a encontrar peldaños donde hacer pie para preocuparse).
Es su modo de estar en el mundo. Y lo tiene aceitado.
Cerca de las dos de la tarde, saludé a Sergio, el hombre que por lo general está sentado frente a la entrada de mi edificio, acomodando cartones y papeles en una gran bolsa blanca de arpillera. Mi intención era trabajar para dirigirme al taller de escultura, cosa que hice por fin cerca de las cuatro y cuarto.
Cinco de la tarde y dos minutos, luego de haber ido al estacionamiento donde dejo mi auto, llegué al taller de escultura de mi profesor, que está ubicado en un barrio alejado con casas antiguas y árboles añosos. El inconveniente es que muchas de esas casas han sido demolidas para dar lugar a edificios sin encanto.
Apurado, me puse a picar una piedra nueva, gris, un mármol igual al que he estado tallando durante los últimos seis años. Golpear esa nueva piedra, ser capaz de moldearla para encontrar lo que su forma puede develar gracias a mi mano. Me ayuda a liberar enormes cantidades de tensiones que me recorren el cuerpo y que, por suerte, no igualan a la piedra.
Lo que dijo mi pareja
Me he estado olvidando de anotar lo más importante. Mi pareja me dijo ayer que abrió un placard para ordenar su ropa y que ahí se encontró ...
-
El genio rockero me miró con sorpresa y después, víctima de cierta discordancia, tentado, me respondió: “Okay my lord”. Se volteó y preguntó...
-
Llueve. Al fin. Días de calor, sobre el fin del invierno, pero ya se acaban. Las gotas caen en el techo y generan un rumor. Me dan placer y ...
-
Cinco y doce de la mañana. Sentado en el living de mi casa, escucho un colectivo que hace sonar sus frenos, luego un auto con la música estr...