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viernes, 30 de octubre de 2026

Camalotes

 Mi pareja sale de viaje por trabajo a las ocho y cuarto. La despido desde la puerta de mi casa. Ella baja por el ascensor de servicio con su valija y la mochila en la espalda. «A disfrutar», alcanzo a decirle. Luego me quedo en el living escribiendo este diario para narrar estos días porque sé que después la memoria me va a empezar a fallar.

Quiero contar la cena que tuvimos antes de que se fuera, junto a mi hija y su novio y mi hijo, en un restaurante coreano donde nos atendió un joven con una maestría para el servicio y una calidad humana que me dejaron feliz. Lo mismo la comida y los comensales de las otras mesas. Incluso la música, K-pop, no me resultó tan desagradable como hubiese imaginado. Tomé dos cervezas y empecé a sentir una felicidad atávica. Pero de vuelta a casa me topé con el semáforo para no videntes de la esquina y su alarma odiosa, y me quedé mirando ese poste que emite un sonido interminable. No me imagino cómo voy a superar ese escollo, pensé. El semáforo, después de un breve respiro, volvió a sonar de esa forma aguda y macabra.

También quiero dejar anotado el viaje del fin de semana. El sábado a la mañana, como la calle estaba tranquila, el ruido se oía desde el living, cosa que me fastidia especialmente. Me fui al cuarto, me puse a leer y, después de un gran esfuerzo, pude dormir un poco. A las doce menos cuarto me levanté y con mis hijos empezamos los preparativos para salir rumbo a San Pedro, provincia de Buenos Aires. Nuestro destino: dos departamentos que miran a un brazo del Paraná, donde el plan era pasar el domingo, Día del Padre.

La ruta estuvo dentro de todo amable, sin mucho tráfico. Mi hija viajó en su auto con su novio y yo con mi hijo. Hablamos de su progreso en la facultad de derecho. Por lo que me cuenta, hoy la enseñanza está más orientada a casos prácticos. «Qué bueno», le dije. «Esa es la única manera, al menos para mí, de disfrutar del derecho». Mi hijo asintió.

A las tres y media llegamos. Buena vista y tranquilidad. Almorzamos en el restaurante del complejo y, como en tantos lugares, tuve que pedir que bajaran la música —estábamos solos en una mesa de la terraza—. Como tantas otras veces, la disminución del volumen fue casi imperceptible. Después de comer fuimos a caminar cerca del río. Lindo ver cómo viajaba el agua. Una gran corriente llevaba unos camalotes. «Miren», dije, «de chico siempre esperaba ver un carpincho arriba de alguno porque alguien, no recuerdo quién, me había dicho que una vez había visto uno».

Cuando cayó la noche me quedé solo, acostado en un muelle. A lo lejos pasaba un carguero por el Paraná. El canto de los grillos arrancó de la nada y unos teros vociferaban, pero muy a lo lejos. Dos hombres, también a la distancia, hablaban mientras pescaban. Sentí un cuerpo que se arrojaba al agua. Un ruido seco e impactante. Un ganso nadaba erguido en el agua.


miércoles, 28 de octubre de 2026

Una tarde en el taller

 Solo para contar que hoy fui al taller. Eran las seis y un poco más, calculo. Había trabajado lo suficiente en la oficina. Asuntos de siempre. Juicios. Pero cuando llegué al taller me puse a pintar. Agarré los cuadros que vengo repasando, volviendo a ellos de un modo terco, obsesivo incluso, pero con placer, con  entusiasmo. Puedo decir entonces que me puse a seguir en busca de un estilo, de ciertos trazos que fluyan y al mismo tiempo liberen lo que quiero decir —que, ya lo he dicho, no sé bien qué es—. Pero la pintura, incluso si la juzgo por debajo de lo que logro en escultura, se movía en el lienzo. Verdes. Muchos. Y también rosas, e incluso los azules. Todos ellos, junto con el violeta, ahora que recuerdo, iban y venían por la tela, como dije: se esmeraban por complacerme. Querían ver si al final me daba por satisfecho con cierta imagen. Cosa que no ocurrió.

martes, 27 de octubre de 2026

La piedra.

 Apenas le pude dar tiempo a la piedra. Golpear de a poco, con la bucharda en la superficie roja que tiene. Golpear para de a poco, muy de a poco, avanzar. Casi nada, diría. Al punto que mis quehaceres, mis avances en el trabajo, a través de lo que se llama gestión de un "negocio", me resultan supersónicos a comparación del trabajo en la piedra.

Al principio, cuando empiezo a golpearla, una vez que termino con mis asuntos laborales, me parece sumamente absurdo. Casi, como decía, no hay avances. Apenas son golpes que la piedra soporta impertérrita. Pero luego, esa dureza, su resistencia, genera un vínculo y ese vínculo me atrapa y con el tiempo el placer de modificarla, crece con cada golpe. 

domingo, 25 de octubre de 2026

La piedra gris

 Me desperté a las tres y media de la mañana con un sueño álgido. Estaba en una camioneta transportando mucho dinero con un primo mío que es juez y, por supuesto, los nervios me comían el cuerpo porque no lograba esconder bien los billetes detrás del forro de las puertas del vehículo. Estuve bastante tiempo para volver a dormirme. Noto cada vez con mayor sorpresa que no funciona en mi cabeza lo que antes, desde mi más temprana adolescencia, era un motivo de entretenimiento, de sosiego incluso, pensar que tengo encuentros sexuales, historias atrapantes, con mujeres. No logro creerme ese tipo de fantasías ni siquiera para intentar encontrar el sueño. Hace mucho que tampoco me funciona imaginarme en aventuras por paisajes remotos, o creer que soy un intelectual o escritor con algún tipo de lustre. Nada que sea inventado, al contrario de lo que antes me ocurría, me resulta posible. Antes, podía darme la posibilidad de imaginarme cosas imposibles. Hoy no. 

Me desperté cerca de las diez y me puse pronto, demasiado pronto, a trabajar. Mi interés siempre es avanzar, sacarme de encima las obligaciones, armar lo suficiente para poder descansar (cosa que rara vez ocurre porque mi cabeza es proclive a encontrar peldaños donde hacer pie para preocuparse). 

Es su modo de estar en el mundo. Y lo tiene aceitado. 

Cerca de las dos de la tarde, saludé a Sergio, el hombre que por lo general está sentado frente a la entrada de mi edificio, acomodando cartones y papeles en una gran bolsa blanca de arpillera. Mi intención era trabajar para dirigirme al taller de escultura, cosa que hice por fin cerca de las cuatro y cuarto. 

Cinco de la tarde y dos minutos, luego de haber ido al estacionamiento donde dejo mi auto, llegué al taller de escultura de mi profesor, que está ubicado en un barrio alejado con casas antiguas y árboles añosos. El inconveniente es que muchas de esas casas han sido demolidas para dar lugar a edificios sin encanto. 

Apurado, me puse a picar una piedra nueva, gris, un mármol igual al que he estado tallando durante los últimos seis años. Golpear esa nueva piedra, ser capaz de moldearla para encontrar lo que su forma puede develar gracias a mi mano. Me ayuda a liberar enormes cantidades de tensiones que me recorren el cuerpo y que, por suerte, no igualan a la piedra. 

sábado, 24 de octubre de 2026

Archipiélago de Sörmland

Estoy en Trosa, Suecia, y llueve apenas. En realidad, ahora creo que no caen más que unas pocas gotas. Son las siete y cuarenta y tres de la mañana. El cuarto del hotel es amplio. Un ventanal compuesto de varias aberturas ocupa toda la pared frente a la cama y casi por completo ambos costados.

La construcción es antigua, como todas en este pueblo de canales que desembocan en un estuario del archipiélago de Sörmland. No veo personas en el patio del hotel ni en la calle. Desde acá se ve la cúpula de un edificio de dos pisos, con un reloj, en la plaza principal. Sus curvas recuerdan por momentos las de las cúpulas rusas, pero, a medida que ascienden, se vuelven rectas y terminan en puntas elevadas.

Ayer me acosté tarde por mirar un partido del mundial por el tercer puesto. Inglaterra le ganó a Francia seis a cuatro. Escribo sentado en un sofá, recién levantado, el siguiente sueño:

En el hospital en el que trabajé durante veinticinco años, tenía que tomarle declaración a un empleado de maestranza en el marco de un sumario administrativo. Era una tarea de mi competencia que padecía. El empleado tenía el apoyo del gremio y yo pensaba si no sería conveniente hablar con el director del hospital. Pero luego recordaba que había renunciado.

En el hospital ya no se veían más que empleados de maestranza y gente ligada al gremio. Habían desaparecido hasta los pacientes y los médicos.

Sentado en el sofá de Trosa, intento entender por qué en los últimos días sueño tanto con que sigo trabajando en ese hospital. Recuerdo que a mis seis años me llevaron a un sitio llamado «nivelación» porque no me adaptaba a la enseñanza de la primaria. Me dijeron: «Ahora podés dibujar, no es necesario que aprendas a escribir». Había pósters de Mickey Mouse en la pared y alguien me sugirió que copiara uno de ellos. Yo hice mi versión.

10:34 a.m.

jueves, 22 de octubre de 2026

La hora de la verdad

 Cincuenta y tres años. Hoy mi día se consumió en gran parte en la oficina porque esa oficina ha sido lo único que he podido sostener, en forma rentable, constante, sostenida, incólume, durante más de treinta años, desde que empecé a estudiar derecho, en desmedro en teoría, de lo que soñaba hacer -ser artista-. Hoy a la salida de la oficina -seis menos diez de la tarde-, cuando ya casi anochecía, cruzando la plaza, un día gris que se iba, casi mirando el Teatro Colón, dejando atrás el Palacio de Tribunales, pensé: me dirijo al taller para pintar al menos una hora, dos a lo sumo. 

martes, 20 de octubre de 2026

Nada que decir.

 Nada que decir. Desgano frente al relato. Sucesión de robos increíbles.. Eso me ha tocado vivir. Primero mientras caminaba hablando por teléfono con una abogada que trabaja conmigo y alguien me arrebató el celular. Para eso me empujó por la espalda y luego, cuando extendí los brazos, me quitó el aparato. Giré y lo vi correr a toda máquina y subirse a una moto. Lo maldigo. Lo lleno de mi odio, de mi ira, de mi energía negra. Si soy un brujo, como me han dicho que soy, y por eso pido: que se pudra, que su vientre se infle y reviente con gusanos y luego, echado en el mismo asfalto de la misma avenida donde me arrebató mi teléfono, que implore la ayuda de Dios, y que espere la llegada, el auxilio, del Divino. 

Que aguarde a ver si aparece. 

Camalotes

 Mi pareja sale de viaje por trabajo a las ocho y cuarto. La despido desde la puerta de mi casa. Ella baja por el ascensor de servicio con s...