Es ahora o nunca. Debo cambiar bastante para ser capaz de agradecer la vida. Tener rutinas y un foco claro para una mejor disciplina con uno mismo, y sobre todo debo dejar las abstracciones y fijarme en los detalles. Por ejemplo: el sol que ahora entra por mi ventana, o notar que hay ruidos tenues, por fin, en la calle y que el día es frío, pero de un frío soportable -diez grados-. Me levanté temprano -ocho y cuarto-, después de una noche cargada de sueños, de mordidas a un protector bucal que es una necesidad, clara, fuerte, insoslayable y, en el medio de la noche, atormentado por un ruido, me desperté. Miré a mi pareja. Roncaba. La toqué, la quise cambiar de posición para que el ruido cese y luego pensé, no, gracias que ella está acá, conmigo, junto a mí, acompañándome, gracias, gracias, me dije. Pero eso no bastó; igual el ruido me molestaba. No podía abstraerme de ese sonido, urticante, intermitente. No obstante, me volví a dormir solo para ser molestado a las ocho y quince, como dije, por un vecino que, desde hace años, mucho años, abre a esa hora una gran ventana corrediza en la terraza del edificio de al lado.
Ni bien me levanté, me encontré con mi pareja iluminada por la luz del sol que entraba al living a su espalda. Miré el río, a lo lejos (ese río que pronto no voy a ver porque me he enterado que van a construir una torre donde está el supermercado que, por ser de un piso, me deja ver el agua), me puse a charlar con ella y le terminé confesando que sus viajes por trabajo, que entrañan para ella un éxito, me molestan. En esencia, porque soy competitivo y me hacen ver mi insatisfacción con mi trabajo, con mi vida, y me muestran mis enormes complicaciones para tomar decisiones. No me gusta ser así, le dije. Por eso, decía, debo cambiar.