Estamos en la playa. Cumpleaños de mi mujer. Día de sol. Hace calor, pero no demasiado. El mar está en un punto justo. No lo veo demasiado calmo ni demasiado picado. Las olas son medianas, evalúo con la vista en el horizonte. Me meto hasta la cintura, el agua no está demasiado fría. Nado crawl, no lejos de la orilla. Al salir del agua, me entero por mi pareja que hay un mensaje. Ha sonado la alarma. El personal de la empresa ha detectado una ventana abierta, aunque sin novedades.
Dejé esa ventana abierta la noche anterior, cuando cociné. Me olvidé de cerrarla, confieso. Temo por mi computadora y celular. Incluso mi billetera. Mi pareja se ofrece a ir a revisar la casa y cerrar la ventana. Le digo que es su cumpleaños. Voy yo. Pero me dice que prefiere ir ella. Prefiero aprovechar para ir al baño. La acompaño hasta lo alto del médano y luego hasta el auto. De vuelta en la playa, veo a un vendedor de revistas de sudokus y crucigramas. Nunca había visto uno. Lo llamo para que mi hija elija. Toma dos ejemplares y paga. El hombre, sonriente, sigue su camino. Un grande, le comento a mi hija alzando la vista hacia el vendedor.
Sigo a la espera del llamado de mi pareja. Hasta que: Todo bien, no falta nada. me dice. Vuelvo al agua a nadar, apenas, no demasiado. Quiero más bien disfrutar del agua, que las olas me pasen, no exigirme.
Al salir, mis hijos me dicen que tienen hambre. ¿Quieren almorzar en el mismo lugar donde desayunamos? Dale, responden. Nos encontramos en esa esquina con mi pareja de regreso desde la casa. La mesa es ideal, en el jardín, un poco en lo alto, retirada, bajo un árbol, con sillas de esterilla especialmente cómodas. Pedimos. La comida no se demora, y es excelente. En un momento, al salir del baño, en una mesa cercana, en un grupo de amigos, me parece que una joven me mira. Vuelvo al rato para elegir un postre y lo mismo. No sé si hay algo en mí que la intriga o algún tipo de atracción mínima. Bueno, vamos, digo cuando me acerco de regreso a nuestra mesa.