martes, 10 de febrero de 2009

Rafaella y el temblor

Pero toda esa confianza recibió la presencia de un súbito nubarrón cuando me acordé de mi otra devoción infantil: Raffaella Carrá. También la imitaba a ultranza. Era un dato que lo tenía olvidado. Pero reapareció. Volvió esa noche mientras la miraba a Flavia que sonreía a lo lejos y volvía a levantar su copa –como reconfirmando que me quería-. Y me acordé de que sólo Elvira era la única que sabía de mi fijación. Una vez me descubrió con un vestido púrpura de mamá en mi cuarto entonando “Fiesta”. Desde entonces siempre me alentaba a cantar a Raffaella. Me pintaba primero y después me veía encantada. No sé qué era lo que la deslumbraba. Pero lo concreto es que gracias a mi devoción llegó al límite de tener una foto enmarcada de Rafaella en su mesita de luz. Eso me parecía el colmo de lo fascinante, pero yo no me atrevía a hacer lo mismo. Me acuerdo que estaba alterado por la ambigüedad del caso: quería ser Rafaella y al mismo tiempo me quería casar con ella. Todo muy extraño para un chico de diez años.

Después, me acordé de cosas más arduas, al menos para mi conciencia de entonces. La manera en que me calzaba, a escondidas, la ropa interior de mi vieja, y feliz, escuchaba a Raffaella. Lo hacía mientras con las bombachas amoldaba mi propia tanga. Sentir el género en el culo me alucinaba. Me imaginaba lo que sentía una mujer al hacer eso y esa identificación, el captar su placer, me proveía mucho a mí. Y después en todo ese racconto que duró segundos, pero que me abstrajo del público que me vitoreaba, de la noche, de mi deseo por Flavia, llegó el recuerdo de mi profesor de gimnasia. Nacho se llamaba. Él ponía a Raffaella Carrá en el ómnibus que nos llevaba al colegio. De hecho, no sé por qué, él también manejaba el colectivo. Todo parecía un sueño, pero estaba despierto. Pude ver sus piernas forradas con su equipo de gimnasia Adidas, el tema 03 03 456 sonando y su gesto: con la mano me llamaba, me acercaba y me sentaba en sus faldas, ya con el ómnibus parado. Después me acariciaba. Y yo temblaba. Temblaba como un perro que tiene ganas de pelear pero no puede. Creo que un perro tiembla porque hay algo que le impide descargar su ira. Un límite que escapa a su comprensión. Un hito que no armoniza con su instinto. Creo que a mí me pasaba lo mismo. No captaba bien qué me estaba pasando. La irrupción del sexo, la llegada de algo que después me encargaría de poner en su lugar. Lo haría por mi propio bien, por la salud de mi familia, de la sociedad.
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