jueves, 5 de marzo de 2009

Una papaya y a volar

Inclinado, Tordelli seguía husmeando la concha de Flavia. Husmeaba y al fin terminó haciendo lo que me temía: se la empezó a lamer. Y lo hizo de una manera difícil de explicar, como queriendo sacarle jugo, como si fuera una papaya, un durazno o algo así.

Durante el proceso mis sentimientos eran ambiguos: por momentos me parecía que asistía a un episodio majestuoso, atractivo. Por otros me asqueaba y me parecía vivir una dimensión aterradora. Las consecuencias podrían ser extremas, imaginaba.

Una vez que Tordelli chupó lo suficiente –presumí que los dos o tres minutos que pasó bebiendo fueron suficientes-, se sentó como los orientales, se inclinó como se saludan en las películas de samurais, y con una solemnidad que directamente incursionaba en la parodia, ensayó una jugada que me aterró más de lo que ya estaba: con esfuerzo, dio vuelta a Flavia, la puso boca abajo, y una vez que estuvo derechita en ese piso de losa negra, mientras le abría los cachetes del culo, y le inspeccionaba el ojete como un clínico, dijo: ---- Estuvo bien, es verdad, recién no la penetraste… ---. Yo me limité a callar. ---Está bien. Hacerlo ahora, quedate tranquilo, no ayudaría para nada. Ya te voy a decir cómo limpiar el karma que tiene que ver con este ano.

Ese comentario lo único que hizo fue darme unas ganas tremendas de terminar con el asunto de Flavia, y sea como sea, garcharla. Al fin y al cabo, el cuerpo todavía existe, pensé.

Pero Tordelli, como para demostrarme sus poderes psíquicos. O para que tomara conciencia en la dimensión en la que vuela, dijo: ----Garcharla ahora, ya muerta, creeme, no te va a solucionar nada…. A esta chica ya la falta el alma. Se fue. Llegué tarde…

----¡Qué lástima! ---me limité a decir con la vista fija en el ojete buscando una señal o algo –cosa que me hizo ver, en mi delirio, que una espada blanca salía del agujero-.

----No, no creas, esto sigue un camino que está claro. Yo lo veo bien marcado. Despreocupate. Eso sí, ahora vamos a tener que ver cómo la sacamos de acá y la metemos en mi auto.

---¿Qué? ---exclamé. ---¡No estarás pensando en hacer la de “Buenos muchachos!”.

Tordelli sonrío. ---- Sí, algo parecido…---dijo---., pero por razones que hoy no vienen al caso. Es preciso que des conmigo el salto. ---, y me miró con una seriedad que me trajo a mi padre. Y eso me quebró, sentí ganas de llorar. Y lloré, fui a la cama y, mientras Tordelli terminaba de acomodar el lugar, me la pasé llorando. Lloré en esa cama redonda en donde una energía escorpiana basada en las múltiples fornicaciones, prácticamente, me levantaba.

Por fin, aunque entonces no era consciente de lo que les voy a contar, mi registro energético se abrió. Volaba, apenas, pero en mis llantos, poco a poco, liberado, de cierta forma, volaba.
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