miércoles, 31 de diciembre de 2008

Elenita strikes again laralarai

Chicharras, chicharras; no había duda: yo era una chicharra para Tordelli y pronto cantaría –para entonces no me imaginaba el significado, equiparable a la figura del grillo en Mallarmé, que tienen las chicharras en el mundo Tordelliano-. Me bastaba el convencimiento: yo era una chicharra y pronto cantaría; ¿pero el hondo significado de mi canto cuál sería? No demoré en saberlo, -aunque saberlo en profundidad me llevará una vida-. Comencemos por el principio: estoy, al anochecer, con mi querida mujer Carola en el Virazón, una confitería con buena vista al mar; visión que me relaja, me impulsa a pensar bien digo. Y en eso estaba cuando noté que mi mujer levantó la cabeza del diario que leía con levedad, como impulsada por un magnetismo extraño: Tordelli estaba de pie junto a nuestra mesa, y junto a Tordelli, de impecable pantalón de lino blanco y camisa azul furioso, estaba Franco Vitelli, el abogado del gremio.

Con una sonrisa los invité a sentarse. Tordelli estaba distinto, me pareció muy elegante. Nervioso, la miré a Carola: esperaba que de un momento a otro comenzase su deslumbramiento con Tordelli. Pero los minutos pasaban y nada anormal sucedía hasta que Tordelli en un momento dado sugirió pedir rabas, mejillones a la provenzal y un clericó. Después, pedimos dos jarras más. Y eso fue lo que nos entonó. Lo demás es historia sacra: mi mujer se fue con Tordelli y yo me fui con Franco Vitelli. Esta vez, fue un hombre el que me llevó al telo de la Barra. Al entrar, pensé que la predestinación me reclamaba: al haberle dicho que no al juguete de Flavia, mi destino regresaba; venía por mí. Esta vez intensificado. O puede ser que mi destino final fuese el que por fin protagonizaba: entraba a un telo borracho y de la mano de Franco Vitelli, -mi César Borgia reencarnado-. Tomamos un cuarto con el argumento de que íbamos a recibir una chicas (Franco parecía avezado en esos menesteres). Ni bien traspasamos la puerta me tomó de la mano y me besó mientras me desnudaba. Después, me llevó hasta la cama, sacó de bolsillo de su pantalón un sachet –yo presumí que de vaselina- que partió con los dientes, se untó la pija y, conmigo boca abajo, empezó a penetrarme abriéndome los cachetes del culo con sus manos. Urgido en verdad. Recién una vez que estuve un rato boca abajo pude evaluar mis sensaciones: la penetración no era perfectamente dolorosa; más bien era una molestia lacerante que no terminaba de excitarme. Y sin embargo, lo que terminó de alzarme fue la fruición con que Franco Vitelli me penetraba, la posibilidad de sentirme Franco fue lo que me terminó de alzar, de excitar, me hizo ver al frente, y con una fuerza inaudita, del modo más impensado, generar, como un big bang en mi conciencia, y me nació el apremio: quise, necesité más bien, producir el enroque. Fue como un acto reflejo. Me deshacía por asestar un golpe tras otro al único culo que rondaba en ese espacio: el de Franco Vitelli. Y eso hice con tremenda inconciencia y con mucha más fuerza que la que él había empleado en mí. Apenas unos golpes y llegó el placer. Y cuando llegó me hizo quererme. Y pensé en Elenita. Yo, Franco, los dos la conformábamos. La habíamos puesto donde tenía que estar. Era una entelequia que superaba mi capacidad de poner las cosas en un punto preciso, no había palabras. Feliz me abracé a su culo y lo besé. ¡Qué amor! ¡Por Dios!, dije y lo besé otra vez, fue como si comulgara.
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