martes, 23 de diciembre de 2008

Lethal weapon

Pero no me acerqué a abrazarla; sólo me senté en la cama y dije: ---Bueno, dale, pajeame----. Ella se arrodilló frente mío, se abrió el top blanco para sacar sus tetas tan bien hechas, me escupió en la pija y me la empezó a cascar, por momentos rozándome con la punta de sus pezones. No demoré mucho en dar con un fin. La cara de Flavia me pulía; me descarnaba; así que sólo me esforcé mentalmente para que mi leche llegase a sus tetas; pero no hubo caso; me cayó casi toda encima. Como consuelo pensé que al menos parte de mi leche fue a sus manos. Una vez cumplido ese paso, Flavia me besó con cariño y me sugirió que me duchase: “Lavate completito” aclaró. La ducha la hice rápido, suspirando, con la convicción de que en ese momento yo ya era un fulgor; uno de acero, un bonito acorazado de la segunda guerra mundial. Eso pensé. Fue la idea que se me pasó por la cabeza al tiempo que me secaba con una toalla que decía “Fuck” en letras rojas. Una vez que terminé, salí confiado y dije: ---¿Y ahora qué mi lady?---. Y ella, exquisita, respondió: ---Echate boca abajo que te voy a lamer en el culo como sólo lo hacen los magos---. Yo como respuesta abrí grande los ojos. Y los debo haber abierto mucho más cuando en ese lapso –que quedaría para siempre grabado en mi mente tan lábil- sospeché, percibí, y hasta pude ver, cómo de su carterita blanca de gata, la señora de Tordelli sacaba un consolador. Advertí enseguida que era de un tamaño aberrante. Fue verlo y saltar en pos de alejar mi culo-bonito de ese brazo con puño tan enfáticamente fálico.

---¿Cómo? ¿Qué? ¿Le tenés asco?---- me preguntó. Y lo inquirió como si mi reacción no fuera justificada, y como si algo estupendo se hubiera roto entre nosotros para siempre.

---Miedo, sí --- le dije, ----un montón.

--- ¡Pero si ya sos grande!--- me dijo con tono enfático.

Fue con el fin de esa oración que un calor tétrico me tomó el cuello y empezó a ahorcarme: fue igual que cuando estaba de campamento en la primaria y sólo Dios sabe qué me pasó (ningún terapeuta al día de hoy lo pudo desentrañar). Pero lo que sí sé es que sentí el mismo horror, y advertí que todo estaba perdido; que la trampa era un hecho; que era prisionero del Vietcong y que Tordelli debería estar tras la puerta riéndose, apenas, con un whisky en la mano, como un rey estupendo.
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