domingo, 8 de febrero de 2009

Solo y triste bajo el sol

El genio rockero me miró con sorpresa y después, víctima de cierta discordancia, tentado, me respondió: “Okay my lord”. Se volteó y preguntó a la banda: ---La chica del bikini azul, ¿la saben?---. El tecladista arrancó con la tonada y el rocker empezó a tareadear la canción, y yo, furioso, le saqué el micrófono de las manos y entoné: ---- Solo y triste bajo el sol…

Ahora bien, creo que es preciso que haga un alto, quiero explicarles una cuestión. Cuando era chico tenía un ídolo: Elvis. Lo imitaba frente al espejo del living cuando volvía del colegio. Mis ensayos arrancaban después del té y duraban hasta la hora del baño –momento previo a la cena-. No eran menos de dos horas y media de escuchar a Elvis, de cantar con Elvis, de bailar con Elvis. También era tiempo de mirar a Elvis, en los discos, revistas y hasta en los libros que mis abuelos me habían traído de Estados Unidos. Mi predilecto era uno que se llamaba: “Elvis, the king of Graceland”. Las fotos me alucinaban. Mamá para mis diez años me había comprado un micrófono y mi abuela me hizo un traje blanco enterizo de lycra con bordes dorados. Me picaba, pero mi deseo de ser Elvis lo superaba. De hecho, mi fervor casi no tenía límites. Después de haber ensayado frente al espejo, en la ducha seguía entonando. Mis vecinos eran testigos involuntarios de interpretaciones que, según creía, se iban perfeccionando hasta la trasmigración del alma, y nuestra mucama Elvira era el público de mis performances junto a mi madre, abuela y hermanas. Por eso al tono de Elvis lo tengo incorporado. Y también tengo su estampa. Debería ser célebre gracias a tantos méritos. No lo soy porque no me he abocado a demostrarlo. No obstante es algo que me va a acompañar toda mi vida. Un talento. Uno que incluso supera mi manera de tocar el piano –que siempre he sentido insustancia-. Como sea..., es algo que tiene un profundo significado. No sé cuál es, pero capto que es fuerte y que cuando era chico lo fue mucho más.

Hecha la aclaración vale seguir: tomé el micrófono y, fiel a mis antecedentes, comencé a interpretar la chica del bikini azul con el tono de Elvis, y esa impronta al tema lo alzó. Y, por supuesto, la banda se encendió. Lo noté cuando el guitarrista puso su instrumento más denso. Sentí un sonido que cuajaba al tema y de buenas a primeras no tuve dudas: estaba interpretando la canción como fuego, como hay que estar sobre el escenario, porque el cantor debe convertirse en fuego. Uno debería encarnar una canción hasta que su imagen, su voz, su interpretación, hasta que todo sea devorado por las llamas. De eso se trata. Inmolarse por el tema, el público, el show y la escena. Y eso hice. De punta a punta. Y cuando terminé pude ver que la gente tronaba, y Flavia, al final, sonreía acodada en la barra. De pronto alzó su copa. Supe entonces que algo había cambiado. Y sentí confianza, en la vida y en mi caso.
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