lunes, 23 de marzo de 2009

Neptuno en los días

Me concentré en los dibujos del mándala y me dejé llevar. Busqué el símbolo que más me atraía. Lo encontré y me puse a mirarlo. Sin llegar a una conclusión, señalándolo, dije: --- Este me gusta ----. Tordelli miraba la hoja. Parecía concentrado en ciertos cálculos. Con lentitud, giró la cabeza y se fijó en mis indicaciones.

---- ¡Ajá! ¡Neptuno! Tu regente. Sí, sí, claro, hay que dejarla en el mar; no en el bosque, ¿pero dónde? ¿En qué playa? --- preguntó con entusiasmo.

Dije lo primero que se me vino a la mente. ---En la península de José Ignacio ----. También yo estaba excitado. Me sentía un médium o algo así.

--- Bueno, vamos ---dijo Tordelli, y replegó su mapa. Lo seguí. Fue el momento en que más me asusté. Opté por no pensar. Mi intención era dejarme ir. Que lo que sea que me pudiera llevar, me llevase al fin. Para distraerme le pregunté a Tordelli: ---Y a Flavia, ¿de dónde la conocés?

---¡Uh, bueno!, es una historia larga. A ver, el tema es así. Cuando tenía tu edad, en la mitad de un invierno, sentí ganas de parar la pelota. De tener una mina fija, qué se yo…, me sentí un poco vacío al llegar a los treinta y pico. Yo en ese entonces trabajaba en un Ministerio de la Nación –no dijo cuál era-. En ese Ministerio trabajaba una chica de Santiago del Estero. Era media árabe, una morocha linda. Empezamos a salir y de lo más bien… Era dócil, buena, una mujer en el buen sentido ---dijo----. Como necesitaba. Pero cuando empezamos a estar juntos noté que no se bañaba todos los días. Y fue tremendo ese descubrimiento, me liquidó. No es que tuviera un mal olor o algo así. Creo que era parte de sus costumbres. Se bañaba día por medio. Era de un lugar cercano a Catamarca. Chañar blanco era el paraje. Su familia trabajaba una finca de olivos y tenía, por lo que recuerdo, otras cuatro hermanas. Su padre, un hombre flaquito y alegre, decía que había empezado primero por las chinitas. Tenía cinco hijas cuando su mujer murió durante el sexto embarazo. Nunca supieron si se trataba de un varón… Bueno, el caso es que presumí que esa preciosura no se bañaba porque no quería abusar del agua. Solana, era su nombre. Solana Salman. El caso es que la terminé dejando. Nunca pude superar que no se bañase todos los días. Me resultó una barrera insalvable. Una lástima… ----dijo, y me miró con nostalgia-- Pero así fue…. ---continúo--- El punto es que unos veinte años después, en pleno apogeo menemista, me la encuentro un noche en Olivos en una especie de fiesta. Sí, era ella, estaba cambiadal; pero era ella. Ahora rubia, tenía operada las tetas y se hacía llamar Flavia… Era la mina de un apóstol de Carlos y sí, se bañaba cada día, de noche o de mañana…---- y sonrío de una forma tan emotiva que pensé que iba a llorar. Es lo menos que se merece nuestra Solana, Flavia o cómo se llame, pensé. Reapareció entonces la imagen del cadáver en el baúl. Tomar conciencia de esa realidad me hizo también sentir ganas de llorar. Pero ni Tordelli ni yo lo hicimos. Él sólo se limitó a prender el C.D. del auto. Y cuando sonó Abba respiró hondo. Me pareció sereno, consciente de que ese momento era nuestra verdad. Lo intenté imitar.
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