martes, 9 de junio de 2009

Super trooper

Después de unos besos, urgido, arranqué. Y, al poco tiempo de manejar, exaltado, pero con la música baja, estacioné en mi telo predilecto -Uriburu y Las Heras-. Es un petit hotel que de afuera para los desprevenidos puede no decir nada. Pero cala hondo: para empezar, porque tiene la bondad de estar cerca del cementerio y eso sin duda asegura un buen encuadre energético. Sexo y muerte van de la mano.

Hacía mucho que no iba y el solo hecho de estacionar en el garage de enfrente y de saludar a José el encargado me hizo sentir que las cosas no podían ir mejor. Veía, del otro lado de la calle, una montaña rusa. Chicas y chicos a punto de subir a un tren con estrellas fucsias, amarillas y violetas. Desde algún lugar, fuerte, sonaba Super tropper. La escena era el revival de un film adolescente espectacular.

Yo frente a tamaño éxito sensorial no dije nada. Me bajé del auto y, a la vieja usanza, le abrí la puerta a Eleonora. Caminaba como un payaso. ¡Y cómo lo disfrutaba! Estaba en el período en que el alcohol te potencia y te lleva hacia una actuación insuperable. Eleonora me seguía en el juego y se reía, y yo por momentos imaginaba que una cámara nos seguía y, por ser amantes tan felices, nos filmaba. Captaba todo el tiempo las caricias que le daba a Eleonora con dulzura, simulando un amor incalculable; uno para la posteridad. Y esa afectación me gustaba. Estas cosas no le pasan a uno seguido, alcancé a pensar ni bien pasamos por la puerta y el romanticismo, Eleonora y yo, al fin, juntos, creábamos ese instante de luz, sonrientes, de la mano.
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