martes, 13 de enero de 2009

Una mujer "le chuparía la concha"

Creo que es mejor que les cuente un poco de Carola. Una premisa que no es sencilla porque mis percepciones cambiaron con los años de manera exorbitante. Cuando la conocí, creo que dije: “¡Qué linda yegua!”, y no mucho más. En ese entonces ni siquiera pensaba demasiado. Mi gran bondad –de patas cortas pero, a los efectos de vivir, de buena tirada- era que no pensaba, actuaba. Vivía sólo en una dimensión masculina y esa dimensión fue la que, como primera fase de su enseñanza, Tordelli, como Maestro, quebró.

Tal como vieron, para compensar mis energías, y como un verdadero desafío existencial, hizo surgir mi lado femenino. Pero el caso es que mi lado femenino – que dicho de paso- era tan salvaje y frondoso, me llevó a la putez –ámbito de hermosura “par excellence”-. Y sin embargo, nada de eso se me pasaba por la cabeza cuando conocí a Carola. En ese entonces fue su imagen cardinal (y todas las promesas que englobaba) la que me compró. Me sentí feliz cuando ella también compró mi imagen. En una dimensión estética aplaudí su manera de creerme conveniente. Creo que éramos dos para un mismo éxito y, desde el primer momento soñé que era una mujer para un buen asentamiento. Lo que no impidió que también desde el inicio tuviera ciertas sospechas –que se confirmaron con el tiempo-, de que Carola era una mujer con la fuerza y la voluntad como para corromperse al punto de poder madurar y ser una voluntad ajena al orden. Cuando me di cuenta de eso, mi amor se exaltó. Creo que eso fue en verdad lo que se dice la historia.

Y la historia es buena contarla porque siempre es remontarse a los comienzos del amor. Nos conocimos en una fiesta en Punta del Este. Me acuerdo patente la primera vez que la vi. Ella había dejado su auto en una calle empinada y, desde la altura, caminaba hacia la entrada con un vestido de gasa turquesa y de una manera indudable disfrutaba lo que era y lo que generaba: el entorno de manera insondable a veces y, en general evidente, la miraba. Todo lo que protagonizaba, cada paso que daba, confirmaba un artificio que era genial (era la altura más intocable del deseo). Era, y lo sabía, el tipo de mujer que uno mira y piensa: “A esta sí le chuparía la concha de mañana y de tarde con ganas. Le lamería el orto sin fin…” Carola, desde su más tierna adolescencia, sabía que tenía el don de generar una atracción que superaba la dimensión sexual y, esa potencia, le proveía las cosas más requeridas en “esta” vida: amistades, bienes, éxito. Tenía una potencia inusitada porque encarnaba la época.
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