martes, 21 de abril de 2009

Me despertaban los sueños

Fue para esa época que empezaron los sueños del bunker. Eran previos al film “La caída”. De manera que la película más tarde me confirmó algunas sensaciones. Pero no quiero adelantarme. Empiezo entonces por los sueños. Transcurrían en un gimnasio que había estado de chico –cuando tenía unos cinco o seis años-, durante un campamento del colegio. Recuerdo que después de que armamos las carpas empezó a llover, y llovió tanto que tuvimos que dormir a ese gimnasio en el medio de la noche. Muchos chicos se reían, pero yo estaba desesperado. Quiero volverme a casa, le dije a un profesor de gimnasia, y más no recuerdo.

O más bien recuerdo que al día siguiente nos bañamos en un arroyo, y que pisar el fondo de tierra me resultó una experiencia impresionante. Después tengo grabada la llegada a casa. Pensé que no me iba a ir nunca más; y me lo juré mientras me daba un baño de inmersión.

Pero volviendo a mis sueños: soñaban que estaba en ese gimnasio donde había camas con enfermos y, entre las camas, pastores alemanes que perseguían a unos pavos inmensos por los pasillos.

Seguían a esos perros hombres con botas altas y negras perfectamente lustradas.

En otro sueño –prácticamente los sueños eran un continuado-, me pedían que ayude a curar a los enfermos. Y por las conversaciones que escuchaba estaba seguro de que no era posible salir de ese lugar, que era muy peligroso. De manera que yo estaba afligido por tener que estar ahí, entre todos esos enfermos, cables de suero y bandejas de acero llenas de instrumentos y guantes.

Después recuerdo que buscando un poco de coca cola para un hombre de uniforme abría una heladera y daba con muchas bolsas transparentes de plástico llenas de agua. Todas las bolsas tenían fetos. ---Esa heladera no la debiste abrir --- me decía el hombre. ----Yo sólo te pedí una coca. La cagaste…---concluía.

En otro sueño, algunas personas, aparentemente bondadosas, me acariciaban la cabeza y me preguntaban cómo estaba; cosas así. Pero eran sonrisas falsas. Lo que no estaba claro es qué maldad querían hacerme. A mi lado aparecían yendo o viniendo distintos compañeros del colegio: Toni Braganza, el enano Gorostiaga, el gordo Olima y, con el andar de de siempre, Arnaldo Peters. Ellos no parecían preocupados. Me hablaban de que pronto iríamos a natación, que el profesor Ríos ya estaba listo, y me preguntaban por qué no tenía puesto el traje de baño. Pero a mí me parecía necesario saber qué estaba pasando. Es decir: por qué algunas personas que pasaban tenían esas botas tan bien lustradas, y por qué me fascinaban. Me quedaba mirándolas; sin duda quería tener unas. El tema era que no sabía qué tenía que hacer uno para merecerlas.
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