lunes, 12 de enero de 2009

Una buena imagen te barre mil palabras

Además de esas preguntas en torno a mi seguridad estaba el otro tema, algo que también era opresivo para mi queridísimo y delicado corazón: ese otro tema era Carola. Ahora sentía –tardíamente-, lo que le imprimía una marcada veta romántica a mi sentimiento-, que necesitaba a Carola, que la amaba. Era cierto –cosa que no tenía importancia- que era un amor inconveniente. ¿Y por qué inconveniente? Porque a Carola no la quería como siempre había soñado querer a una mujer. Es decir como un hecho positivo y fundado en premisas lógicas; basado “en acciones tiernas”. No tenía con ella un proyecto en común, ni siquiera una idea de que ella fuera alguien admirable (condición indispensable del buen amor). A Carola la amaba por motivos lúgubres y tibios, incluso irónicos –era muy conciente de eso-, pero no podía evitarlo. Los motivos de mi amor por Carola son difíciles de poner en palabras y por eso mi amor rozaba lo sentimental-.

Y sin embargo, puedo expresar mis motivos con dos palabras: codicia y vanidad. ¡Qué hermoso decirlo! A Carola la quería en primer lugar porque era un objeto divino que tenía un mirar tonto y, además, porque esa idiotez que trasuntaba era (y es) el summum en la escala social de nuestra snobista república. O mejor dicho: era el summum de la escala social en mi snobista mente –cosa que además tenía el don de realzar mi propia idiotez (¡y vaya si eso es mucho!)-.

Así está mejor dicho. Carola era un éxito y, de alguna forma, ahora que había resuelto coger con Tordelli, me resultaba inusual y atractiva. ¡Aleluya!, me dije. Por fin lo entendía. Sólo una mujer con el grado de inconsciencia que Carola tenía en torno a las cosas más sagradas de la existencia podía convertirse en el objeto de mi deseo: si mi pasión en el último tiempo era convertirme en un existencialista –reencarnación falopa del propio Kierkegaard- por fin veía claro que, de manera cabal y absurda, la liviandad de Carola sólo podría exaltar mi ego. Cada minuto con ella realzaba mi particularidad. Además, estaba otra cuestión que no dejaba de excitarme. No hay nada mejor que una perra encubierta en una imagen exquisita. No, no lo hay. Si ustedes fueran capaces de verla sabrían de lo que estoy hablando. Es una pena que no sea posible colgar una foto de ella en este relato. Carola en cuatro con Tordelli -o chupando una pija black-, ésa sería la imagen superior a mil palabras.
Publicar un comentario