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jueves, 1 de enero de 2026

La guerra de los parlantes

Después de la lluvia durante la mañana y parte de la tarde, mi hijo quiere ir a un centro comercial, por lo que entiendo, en Playa del Carmen. Una hora de trayecto en el jeep alquilado. Bastante tráfico. Me irrito con él y con mi pareja por la propensión a buscar oportunidades de compra. Al llegar, el problema del estacionamiento. No veo lugares disponibles. Me fastidio todavía más y, en un momento álgido, aparece un sitio. Decido separarme de ellos para caminar por la playa.

Casi es de noche, pero todavía hay gente en el mar. Algunos con remeras. Se ven vendedores ambulantes, negocios con música alta, luces incluso que animan los locales como discos. Un vendedor en una bicicleta toca una flauta con un tono agudo inverosímil. Trato de alejarme, pero no puedo avanzar más allá de una terminal de ferris. Descubro que la playa está encajonada: no hay una franja de arena que acompañe la costa. Lo mismo pasa para el otro lado. Una punta con rocas y unas construcciones no dejan ir más allá. La costa siempre aparece colonizada por propiedades privadas.

Con todo, intento ver hasta dónde llego. Camino hasta el límite de una construcción que tiene cintas dispuestas para que no pase la gente. Pero veo que dos jóvenes las franquean y avanzan. Me quedo, sin embargo, mirando un poco el mar. A lo lejos, se ve una isla grande con luces. Cozumel. Pasa un barco de pesca con un reflector en la proa y música alta. Al rato, decido hacer lo mismo que los jóvenes y me adentro por la propiedad.

Casi al salir, me topo con un guardia. Un viejo sentado en una silla que responde a mi saludo como si nada. Debo franquear más cintas para salir. Lo que hay más allá es un bar lleno de turistas. Mesas con gente animada frente a varias botellas y vasos. Risas. Una barra en donde una mujer trabaja con una computadora portátil. Miradas. Paso al baño. Atrás mío, entran dos franceses con aspecto de rugbiers. Están borrachos. “Amigo, amigo”, repiten mientras orinan.

Salgo en busca de la costa y solo encuentro un callejón que desemboca en unas rocas. Miro un poco el mar. Detrás mío, un niño con su madre pasean dos perros minúsculos. Sigo. Paso una serie de discos que se preparan para más tarde. El espacio es abierto, lo que me hace pensar en el ruido que emitirán más adelante. En la plaza principal, frente a un edificio antiguo que dice “Municipalidad”, más parlantes altos junto a una feria de artesanías. Encuentro una calle con luces sobre las cabezas de los que pasan; desemboca en un Hyatt y un centro comercial.

Compro ahí dos libros de Camus. Uno es para regalo, le digo a la vendedora. Para mi hija. Mareas de gente andan por estas calles, donde los vendedores salen de sus negocios para captar compradores. En una esquina descubro dos bares que compiten por quién tiene la música más alta. La guerra de los parlantes. Cansado, llamo a mi pareja y a mi hijo. Me mandan su ubicación. Están a tres minutos de distancia.

La guerra de los parlantes

Después de la lluvia durante la mañana y parte de la tarde, mi hijo quiere ir a un centro comercial, por lo que entiendo, en Playa del Carme...