Llueve. Al fin. Días de calor, sobre el fin del invierno, pero ya se acaban. Las gotas caen en el techo y generan un rumor. Me dan placer y lo mismo los truenos y los pájaros exaltados.
Más temprano pude tenderme en el piso boca arriba. Miré mucho tiempo el techo, las vigas, las maderas que cruzan de un lado al otro y, sobre todo, determinadas manchas. Me concentré después en sentir mi cuerpo. Notaba un desequilibrio entre el lado derecho y el izquierdo. Lo percibo desde que tengo uso de razón. Una desproporción entre un lado y el otro que me genera una incomodidad general en el cuerpo.
Traté de equilibrarla imaginándome una luz que nacía de mi entrecejo e iba por mi cráneo y luego por mi columna vertebral. Algo se movió en mi cadera. Una pierna se estiró apenas y la otra corrigió su postura.
Vi entonces más allá del techo. La Virgen estaba en los cielos. Una Virgen imaginada por mí, por supuesto, una Virgen que preciso, una protección que pido.
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viernes, 2 de octubre de 2026
Más allá del techo
lunes, 28 de septiembre de 2026
Mientras yo estoy vivo
Ayer llovió casi todo el día y fui feliz escuchando el agua golpeando el techo de chapa que existe, por suerte, en parte de la casa. Luego fui al gimnasio, apenas pasadas las ocho de la noche, me subí a un aparato que simula un bote a remos y comencé a remar. La televisión estaba un poco alta, pero me concentré lo suficiente en el ruido que generaba la máquina y pude avanzar con las remadas, aunque es cierto que luego, cuando vino el tiempo de las propagandas, la molestia de los ruidos se intensificó. Luego de constatar que las dos personas que estaban también en el gimnasio tenían puesto airPods en sus orejas, decidí levantarme de la máquina para bajar el volumen del televisor. Entonces sí me pude concentrar en las remadas. Mi cabeza seguía yéndose constantemente a imágenes del pasado inconexas y mantenía, como siempre, un pensamiento rumiante que no tiene otro sentido que verificar hasta el hartazgo las causas de cierta angustia difusa y punzante que se podría definir, aunque la definición no será del todo adecuada, como "temor a vivir". El reloj para entonces apenas marcaba las ocho y dieciséis. Faltaba bastante para las ocho y cuarenta y cuatro que, por esas cosas caprichosas que tiene mi cabeza, era el horario indicado por un dictado profundo y extraño que ordena todo en mi cabeza y que es el mismo que no tiene paz ni sosiego mientras yo estoy vivo.
domingo, 27 de septiembre de 2026
22 de septiembre del 2026
Hoy fue un día importante. Lo quiero remarcar. 22 de septiembre de 2026. Con mi padre, en la oficina, yendo cada tanto al fondo, contiguo a la cocina, a un ambiente pequeño que oficia de guardado, sacamos al menos una docena de cajas —todas con mucho polvo— que contenían decenas —tal vez incluso un centenar— de carpetas que abarcaban el trabajo de mi abuelo, de mi padre y mío desde la década del 80 hasta unos diez años atrás. Juntamos todo pacientemente, lo apilamos en la mesa de reuniones de la sala donde está la biblioteca principal, y le dijimos a D., el encargado de seguridad que está abajo, en la entrada del edificio, que se le podía dar todo a S., un hombre que extrañamente está todos los días en la vereda del edificio juntando cartones y papeles que entiendo que luego vende de algún modo.
Luego mi padre me acompañó hasta el lugar donde suelo almorzar, pasadas las tres y media de la tarde, me saludó algo cansado, según me pareció, y se fue por la calle peatonal caminando con ese leve cojeo que tiene desde hace por lo menos cuatro años y que significa, en términos médicos, una artritis de cadera.
sábado, 26 de septiembre de 2026
Día primaveral
Es un día primaveral. Es fin de semana también. He dormido bien, aunque con esa sensación de angustia, de algo que me abruma y asigno al trabajo, pero tal vez no sea el trabajo sino una herida profunda y misteriosa que cargo a todos lados y que, por lo tanto, no termina de sanar. No veo un horizonte claro en ese sentido. Solo veo una sabana por donde pasan leonas a paso cansino con sus cachorros. Unos pastizales altos, resecos, se mueven apenas. El cielo tiene un dejo de blanco. Nubes que no terminan de formarse y, sobre todo, un aire sumamente cálido que no termina de prometer un cambio. Detrás de esos pastizales, en el inmenso territorio que se ve poblado de solo árboles ralos, muy de tanto en tanto, uno sabe que se desarrolla un juego de vida y muerte. Hambre, pasión, comida y luego muerte, cadáveres. Eso está claro; lo que no veo claro es por qué esa sabana aparece en mi cabeza y qué me quiere decir al respecto.
jueves, 24 de septiembre de 2026
La gubia
Golpear la madera con una gubia, una y otra vez, hasta que ella se va volviendo más cruda, desnuda no me atrevo a decir, pero sí más íntima, eso sí, y ella, cada vez más cobriza, y luego rojiza, va dejando que se abran en ella huellas, apenas perceptibles, que se juntan unas con otras, según el sentido de la veta, y según la línea que tome la herramienta. Y así pasan las horas, mientras el día, de sol, aunque con algunas nubes por aquí y por allá, al fin primaveral, con venteveos que lo despiden, se va.
martes, 22 de septiembre de 2026
Amanece ahora
Amanece ahora. Acabo de ver el reloj. Seis y doce de la mañana. Calculo que estoy levantado desde las cinco y media.
Anoche, antes de dormirme, quería anotar que ayer, cuando me levanté en la casa de fin de semana, el viento corría fuerte, vertiginoso, y las nubes pasaban; por momentos, dejaban ver el sol, pero apenas, casi nada. En esos instantes, el jardín adquiría un verde intenso —había llovido mucho el día anterior—.
Era el inicio de la primavera y todo parecía en orden. Los días de mi juventud estaban de vuelta. La casa de mi abuela, no lejos del mar; los pinos de su jardín y de todos los lugares cercanos, se mecían, altos, gracias al viento; y los pájaros, como esa mañana de la que hablo, felices, se posaban en las plantas y bajaban a comer al pasto. Tal como sucedió ayer en mi casa de fin de semana cuando les tiré unas migas de pan. Ellos no tardaron en llegar y me devolvieron mi imagen feliz, cuando respiraba ese aire incipiente, el invierno se alejaba y comenzaba otra temporada.
lunes, 21 de septiembre de 2026
Kavanagh, se llama
yer me levanté a las nueve y treinta, cuando mi hijo salió para la facultad, donde cursa, por el ascensor de servicio.
Debería pedirle que salga por el ascensor principal. Los últimos días, en especial, me cuesta mucho dormir de corrido —me levanto en la mitad de la noche y no vuelvo a encontrar el sueño hasta dos horas después—, pero también debería gestionar ante el Gobierno de la Ciudad que una alarma para ciegos que hay en un semáforo de la esquina de mi edificio deje de sonar por las noches —un ruido que justamente me perturba cuando me despierto en la mitad de la noche e intento meditar en la oscuridad de mi living, frente al edificio antiguo llamado Estrugamou, que baja la calle en forma perpendicular—.
En esas ocasiones, durante la madrugada, me ponía a escribir, pero en el último tiempo prefiero no saber qué hora es y solo me quedo frente a los grandes ventanales antiguos de mi edificio art déco y miro el cielo, la azotea del edificio antiguo, del otro lado de la calle, o el primer rascacielos de esta ciudad, a lo lejos, detrás de la plaza San Martín. Kavanagh, se llama.
Si veo un avión cruzar el cielo, después de despegar de Aeroparque, significa que son al menos cerca de las cinco de la mañana. Mi antigua referencia —que las luces del supermercado Disco ya se encuentren encendidas— ya no funciona. El establecimiento ha sido cerrado hace más o menos un mes para que, según me ha dicho una vecina, se levante una torre que me ha de privar de la vista directa al Río de la Plata.
Ese supermercado estaba desde que llegué a este departamento hace veintidós años y pertenecía a una gran cadena que sigue en pleno funcionamiento en otros lugares de la ciudad. No he tenido suerte al respecto. Aunque es cierto que también generaba un ir y venir de camiones que lo abastecían, que originaban bocinazos a veces y, en muchas más ocasiones, un molesto sonido de alarma de los vehículos cuando hacían marcha atrás.
También se reunían, por turnos al parecer, dos personas al menos para pedir una limosna o alimentos a la salida. Supongo que venían desde un barrio llamado popular poco distante —un asentamiento antiquísimo en tierras fiscales detrás de la estación central del tren—.
O no sé, en realidad, de dónde venían con exactitud; mi cabeza le suele asignar a ese barrio popular unos efectos que tal vez no sean ciertos.
domingo, 20 de septiembre de 2026
Cierta paz
Una y otra vez ha intentado, a lo largo de las décadas, no pensar y no ha podido, porque siempre aparece un pensamiento o una imagen. Una sucesión de escenas atraviesa su cabeza incluso durante la noche, en sueños.
Quisiera ser capaz de permanecer mucho tiempo atento a un ruido placentero. Las casi imperceptibles olas que golpean ahora los escalones de hormigón del club náutico en donde está sentado. Ocupa un banco de madera blanco y enfrente está el Río de la Plata, que en realidad se parece más bien a un mar, pero de un color marrón extraño y apasionante.
Hay cuatro mástiles, también blancos, sin banderas, que, gracias al viento, generan un mínimo ruido —también agradable— con sus cuerdas al rozar el metal. Unos patos pasan en dirección al Este y varios chimangos —al menos cuatro, dos y dos— en dirección al Oeste. Los patos han seguido hasta la siguiente península —un espacio con muchos árboles que pertenece a la Ciudad Universitaria—.
Pronto se han perdido muy a la distancia. Los chimangos, en cambio, recalaron en el único árbol de grandes proporciones que se ve en la franja izquierda de la costa, luego del canal.
Pero eso ha sido todo y de nuevo ha vuelto a pensar. Quiere escribir un libro. Tratará, se dice, acerca de las afecciones que toman a los cuerpos. Así dirá con lujo de detalles lo que pasa en su cabeza. Esa sucesión de imágenes y pensamientos que lo tienen maniatado entre temores, fugaces placeres y preocupaciones será retratada. Así alguien podría tomar nota del enorme caudal de tráfico que tiene dentro de su cerebro y tal vez eso produzca algo.
sábado, 19 de septiembre de 2026
El zorzal.
Mañana de sol. Dormí ocho horas, pero con sueños, como siempre, intensos, vertiginosos y, por lo tanto, agotadores. Los pájaros cantan. No tengo problemas evidentes de ningún tipo y, sin embargo, mi sensación emocional no es buena.
Quisiera sentirme tan feliz como ese pájaro, un zorzal, que veo trinar sobre un arbusto frente a la casa. Se esfuerza por sacar de sí todo lo que necesita, se estira, alza su pico y sí, nos vierte un canto monumental, fantástico.
Imposible que sepa el tipo de milagro que realiza.
viernes, 18 de septiembre de 2026
Otra noche
Luego de dormir mordiendo el protector bucal toda la noche, como lo hace siempre, se levanta al fin para ir al baño. Ha dormido bien, se puede decir. Más de nueve horas, calcula. Al fin.
Los sueños han sido intensos. Dudaba, en el último, si comprar un libro de poesías clásicas chinas porque su valor era alto —cincuenta dólares— y ya había comprado otro de ese mismo precio. Se decía en el sueño: ¿los iré a leer o será más bien algo aburrido? El detalle de que hubiesen quedado en el tiempo le infundía esperanzas y preguntaba dónde debía pagarlo.
Pero se despertó, fue al baño y, luego de correr las cortinas —en esa época de invierno no bajaba las persianas—, se preguntó por qué se sentía tan mal.
Era viernes. No debía ir a la oficina si no lo deseaba. Podía incluso ir al club junto al río, pero nada de eso lo sacaba de una angustia inmensa que lo abrazaba. Esa era la verdad.
Los últimos días se sentía especialmente de mal humor. No tenía un trabajo que lo entusiasmara. Tampoco el arte parecía conducirlo a ningún lado. Incluso no podía decir que tuviera un lugar, una casa, que amara.
Y había algo en él que no quería para nada: una codicia mezclada con una forma de calcular sus jugadas, sumada a un narcisismo perpetuo, fatuo y, al mismo tiempo, imborrable; llevado a un límite —el vivir pendiente de sí mismo— que le provocaba un malestar aprisionante.
Esa era la verdad.
Debía cambiar, pero no confiaba ya demasiado en poder hacerlo.
¿O sí?
Algo haría, se dijo.
Mirar el río un buen rato, por lo pronto, más tarde.
jueves, 17 de septiembre de 2026
El limonero
Este limonero, dice el hombre que cuida mi jardín, necesita protección frente a las heladas que vienen. Y toma una hoja de la planta en sus manos de manera suave, la apoya casi sobre la palma de su mano, y luego me hace ver sus frutos y agrega: Ya tiene limoncitos. ¿Lindo no?, pregunta.
Luego, me dice: Bueno, sigo, me voy.
Así vamos. Con un tono jovial, casi el de un niño. Lo miro irse. Calculo que debe tener más de sesenta años. Reparo en su andar. Pasos cortos, rápidos, felices y se sube a una camioneta nueva. Gris oscura. Limpia. Incluso brillante.
miércoles, 16 de septiembre de 2026
Amanece
Amanece. Todo un mundo se abre más allá de la ventana que mira a la calle que baja. La primavera está cerca. Un zorzal ha trinado cuando todavía las sombras eran mucho más grandes. Ahora por lo visto ha callado. Nada se mueve. Más temprano, solo el portero que limpia la vereda casi al final de la calle que baja a eso de las cinco y media de la mañana. Antes también un avión dobló en dirección al Río de la Plata. Ahora otra vez un zorzal a Dios gracias. He realizado una serie de ejercicios que me han dado cierto sosiego. Uno mínimo frente a las cuestiones que me acicatean. Y lo más importante: me he dado cuenta que puedo cambiar mis pensamientos. Una escultura hecha por mí en mi casa podría tener una trascendencia bíblica.
domingo, 13 de septiembre de 2026
Joven madre
Salí con el tiempo justo de mi oficina porque, como tantas veces, permanezco hasta el último minuto trabajando en pos de una productividad que me dé un sosiego que será pasajero. Cumplir con las cargas del día para poder descansar.
Tomé un taxi que por suerte pasaba por la esquina de mi oficina. Lo primero que hice fue felicitar al taxista por lo nuevo que era el auto. El hombre, algo apocado, sonrió apenas. En el viaje hablamos de las posibilidades que existen hoy en día para obtener el tipo de auto que él manejaba e incluso evaluamos la alternativa de compra de los vehículos chinos nuevos en nuestro mercado.
Mi hijo me llamó cuando cruzaba la Nueve de Julio para ver si estaba llegando. Ya estaba esperándome en la cancha de paddle junto con su amigo y el padre, que es amigo mío.
En la esquina de Alsina y Piedras admiré una iglesia antigua que no conozco; me propuse entrar en ella ni bien pudiera. Ya en la entrada, el hombre de la recepción me dijo que me estaban esperando en el tercer piso. Cuando quise tomar el ascensor, acotó: «No anda», y subí rápido por las escaleras.
Jugué con mi hijo y perdimos de un modo bastante categórico. Los peloteos, no obstante, fueron animados. Esperaba incluso menos de mi hijo, dado que no había jugado más que un par de veces al paddle y pocas veces más al tenis.
La visión de los edificios antiguos de la vereda de enfrente y los costados me sumergió en un ambiente de principios del siglo pasado. Trabajé en el edificio de enfrente hace no menos de veinticinco años, le dije a mi hijo, fijo en las ventanas del edificio donde iba a hacer monótonos controles burocráticos para ganarme un sustento. Recordé entonces cómo cantaba mientras trabajaba. Una mujer un poco más grande que yo me daba a entender de muchas maneras que le gustaba escucharme. Era atractiva, casada, joven madre.
jueves, 10 de septiembre de 2026
La empresa y su arte.
lunes, 7 de septiembre de 2026
La realidad
Hoy, como tantos domingos, al final, en plena madrugada, después de tantos pero tantos años —creo que casi treinta—, en vez de descansar y sentir al fin la cabeza ligera, inmersa en los resultados del fútbol o en cosas por el estilo, tengo un deseo que me impulsa a crear algo digno, imperecedero.
En la antigüedad, supongo, serían creaciones imprevistas o necesidades religiosas, incluso espirituales. En mi caso, también supongo, la compulsión pretende borrar el hecho de que el tiempo pasa, los hechos se pierden y la memoria no alcanza ni remotamente para evocarlos. Luego viene el fin.
Estuvimos hace un rato en el cumpleaños número ochenta y cinco de mi suegro. Mi suegra, a su lado, casi no gesticulaba. Sus hijas, en especial la mayor, reían de un modo estruendoso. Parte de sus nietas también hablaban a los gritos. Todos parecían especialmente exaltados. Me sentí sumamente ajeno a esa escena. Distante y triste, incluso. Los miraba como desde un bote en el que remaba por un río ancho durante una noche cálida, mientras ellos, a lo lejos, en la orilla, sentados alrededor de una mesa, reían a carcajadas.
sábado, 5 de septiembre de 2026
Los piletones
De regreso, en la bajada, mi hijo me intenta explicar dónde quedan lotes libres en el club de campo que vamos los fines de semana. Pero sus referencias me resultan confusas y me ofusco. Percibo con claridad mi ira, una reacción visceral que no tiene fundamento lógico. Me abruma mi incapacidad de retener las referencias que emplea. No obstante, con un éxito relativo, intento matizar ese enojo.
Una vez que llegamos al auto le digo que conduzca y de nuevo el hecho de que vaya a lo que considero alta velocidad enciende mi ira. Debo otra vez enfrentar el trabajo de contenerla. Por qué debo vivir con esta ira tan lista para aflorar en cualquier minuto no lo entiendo.
Tomamos un camino que tiene a sus costados personas y máquinas trabajando en lo que supongo pronto será un tramo asfaltado. El valle y la ruta corren en forma paralela al río. Luego cuando cruzamos un puente, nos quedamos en la mitad para sacarle fotos a unos álamos que, gracias a sus hojas amarillas, son despampanantes. Pero a lo lejos viene una camioneta y debemos seguir viaje.
Al llegar a lugar indicado como la cascada y los piletones, bajamos del auto y caminamos un poco entre los pinos. Desde lo alto, contemplamos el paisaje. Un canal formado por rocas en donde el agua avanza. Me fijo en un turquesa mezclado con la espuma y con un azul en las partes más profundas. También hay grandes rocas que se alzan con formas redondeadas. Del otro lado, veo una cuesta muy pronunciada que aloja un caballo con manchas marrones y blancas pastando. Nos preguntamos de quién será; y también de quién será la tierra que vemos todo a lo largo y lo ancho. Se ven cerros más ceca y montañas a lo lejos.
Un hombre, también con su hijo, aparece desde un costado cerca del lugar donde estamos sentados. Es más viejo que yo y tiene una panza prominente. Cuando parten nos quedamos a mirar cómo viaja ese enorme caudal de agua que envuelve a las rocas, las empapa, las cubre y sigue. Como otras veces mi hijo me pide que sigamos viaje y como otras veces le digo que me deje contemplar el paisaje dos minutos más.
jueves, 3 de septiembre de 2026
Las cartas
Siete menos cinco. Logré dormir de corrido al menos desde casi la una de la mañana. Las cuestiones laborales me abruman. Lo de siempre: demasiados juicios. Muchos temas, muchas responsabilidades. Pero tampoco me animo a desistir de ellos —aunque podría—. Por un lado, la ambición me empuja a seguir; por otro, mi tolerancia a la exigencia me pide parar.
El aire está calmo. Casi no hay ruidos. Amanece. Debo fijarme en eso. Concentrarme en el sonido que hacen mis dedos sobre el teclado. En el sonido de los autos a lo lejos. Apenas escucho un gorjeo. Casi nada.
La fuente de abajo no funciona desde hace meses. Escuchar el rumor del agua me ayudaría. Debería contactarme con una mujer que conoce mi pareja y trabaja en el gobierno de la ciudad para pedirle que vuelva a emerger el chorro de agua de esa escultura —un niño—. Así se escucharía el agua caer sobre el bronce.
martes, 1 de septiembre de 2026
Ningún peso en los pies
31 de agosto de 2026
Once y cuarto de la noche. Perdió uno a cero nuestro equipo una vez más. Mi hijo de veinte años me dijo: “No puedo creer que mañana tenga que ir temprano a la facultad.” A su lado, en el sillón, se me ocurrió pensar fijo en la cara de preocupación de algunos jugadores de nuestro equipo que caminaban hacia el vestuario, “Hasta hace poco era un niño”. Lo vi entonces a mi hijo a la salida del colegio, también caminando, pero viniendo hacia mí sin ningún tipo de peso en sus pies, con la mochila inmensa para su cuerpo en la espalda, que ni siquiera parecía molestarlo, y el pantalón gris que a mí, de chico, me picaba y que él usaba hasta la noche. Nada impedía que a cada paso pareciera que él danzase, apenas contoneándose, o más bien desplegando una gracia que se fijaría en esos años.
domingo, 30 de agosto de 2026
Recuerdo de una noche
No había nada que decir
y por eso no dijimos nada.
Un beso y cada uno
caminó en un sentido distinto.
La noche continuó, sin embargo,
como si nada.
Los autos pasaban por la calle,
uno tras otro.
El semáforo pasó
del verde al colorado.
Recuerdo ese color
de un modo perfecto.
También el impacto del frío en mi cara
y el sonido de mis pasos.
Me pareció que sonaban
como si tuviese las botas altas
que usaban los soldados alemanes.
Pero solo llevaba unas zapatillas
Nike grises, de lo más livianas,
que hasta entonces amaba.
sábado, 29 de agosto de 2026
Feria de arte
Estaba en el medio
de un pabellón inmenso
en ese sueño.
Se desarrollaba una feria de arte,
pero no había nadie más que yo
y montones de stands con objetos de arte.
Pinturas y esculturas
que me parecían de baja calidad.
Luego estaban las mías
(también insatisfactorias).
Arriba, cerca del altísimo techo,
un ave bastante grande,
un carancho me parecía que era,
sobrevolaba el techo
del predio buscando un lugar
donde posarse.
Aleteaba cerca de las chapas,
pero no lo encontraba.
viernes, 28 de agosto de 2026
Sobre el escenario
Desde la terraza donde empezabas
a trabajar la piedra con una gradina
y una maza, miraste las nubes;
iban de derecha a izquierda.
Unas plantas
que cubrían toda
la baranda de la terraza,
también se movían apenas.
La maza golpeaba la piedra
al ritmo que elegías.
Por momentos,
con más intensidad
—cuando pensabas en alguien
que te irrita—.
De pronto, apareció un gallo
que cantaba exaltado al máximo.
Después golpeaste más fuerte todavía
mientras las ramas
que cubrían la baranda
apuntaban al cielo.
jueves, 27 de agosto de 2026
Un instante
Un instante, el que miré
a la distancia esa escultura,
mía, gris con franjas marrones
en lo profundo, también calma,
casi perfecta, perteneciente a otro mundo,
a otra vida más bien,
que no estaba en Grecia
-como pensé por un momento-
sino en una isla más remota y desconocida.
Por un instante me dio su cobijo
y se alejó otra vez,
muda, para volver
a ese otro tiempo.
miércoles, 26 de agosto de 2026
Trozo de pan
Hubo un pájaro hoy
que se posó en la baranda
que limita la pileta, me miró,
un benteveo, ahora que recuerdo.
Le arrojé un trozo de pan
desde la galería
y el pájaro voló hacia
un álamo detrás.
Poco después,
volvió directo a buscar
el pan que le había tirado.
Una suerte de alegría
me generó un movimiento de energía
a la altura de mi rodilla izquierda.
Algo quería bajar por mi cuerpo
también llegar a la tierra,
como el trozo de pan.
martes, 25 de agosto de 2026
Always the sun
Por un momento volvieron
sensaciones que tenías de joven,
en los recitales, junto a otros jóvenes,
cierta plenitud en la manera que se miraban
unos y otros, y a vos también.
Por un instante, todo eso estuvo
de vuelta apenas escuchaste
esa canción que habla de un sol
que está siempre, siempre,
repite y la certeza estuvo
también en tu pecho, y luego,
con el fin de la melodía,
una vez más se fue.
domingo, 23 de agosto de 2026
Lo esencial
Noche. Medianoche con más precisión.
Un avión pasa frente a mi sala de estar.
Luego, nada. Ni una persona veo ahora
en la calle que baja. El edificio inmenso,
antiguo, presuntuoso y lo mismo atractivo,
no muestra una sola ventana con una luz
encendida. Me dieron ganas de escribir
recién, cuando me estaba por dormir,
una urgencia por decir algo sentí,
por fijar un sentido a otro domingo
más que pasa, como tantos, y anuncia
una semana que comienza.
Debo poner en palabras todo esto
que pasa y acá estoy, y como tantas
veces, todas las veces, en realidad,
nada de lo que diga va a cambiar
lo esencial.
Debo cambiar
Es ahora o nunca. Debo cambiar bastante para ser capaz de agradecer la vida. Tener rutinas y un foco claro para una mejor disciplina con uno mismo, y sobre todo debo dejar las abstracciones y fijarme en los detalles. Por ejemplo: el sol que ahora entra por mi ventana, o notar que hay ruidos tenues, por fin, en la calle y que el día es frío, pero de un frío soportable -diez grados-. Me levanté temprano -ocho y cuarto-, después de una noche cargada de sueños, de mordidas a un protector bucal que es una necesidad, clara, fuerte, insoslayable y, en el medio de la noche, atormentado por un ruido, me desperté. Miré a mi pareja. Roncaba. La toqué, la quise cambiar de posición para que el ruido cese y luego pensé, no, gracias que ella está acá, conmigo, junto a mí, acompañándome, gracias, gracias, me dije. Pero eso no bastó; igual el ruido me molestaba. No podía abstraerme de ese sonido, urticante, intermitente. No obstante, me volví a dormir solo para ser molestado a las ocho y quince, como dije, por un vecino que, desde hace años, mucho años, abre a esa hora una gran ventana corrediza en la terraza del edificio de al lado.
Ni bien me levanté, me encontré con mi pareja iluminada por la luz del sol que entraba al living a su espalda. Miré el río, a lo lejos (ese río que pronto no voy a ver porque me he enterado que van a construir una torre donde está el supermercado que, por ser de un piso, me deja ver el agua), me puse a charlar con ella y le terminé confesando que sus viajes por trabajo, que entrañan para ella un éxito, me molestan. En esencia, porque soy competitivo y me hacen ver mi insatisfacción con mi trabajo, con mi vida, y me muestran mis enormes complicaciones para tomar decisiones. No me gusta ser así, le dije. Por eso, decía, debo cambiar.
sábado, 22 de agosto de 2026
Ráfagas
Día en cierto modo vacío, y en otros aspectos lleno de vida, en el que me desperté a las nueve y cuarto debido a que la señora que limpia en casa estaba en plenas funciones para descubrir un tiempo gris, cálido y pesado que no me dio ganas de comenzar y tampoco de meditar. Diez y media prendí el celular para arrancar con el trabajo y para hablar por teléfono con mi pareja de temas prácticos; después, apenas unos ejercicios aislados y luego un desayuno tardío con mi hijo que, por fortuna, gracias a mis pedidos, se acercó a conversar. Me había comprado un chipá. Mi hija tampoco estaba lejos, permanecía en el sillón del living concentrada en su computadora y poco conversadora.
Salí casa cuando el cielo escampó y caminé hasta el taller, donde dejé unas pinturas que había comprado, y pinté un poco. Cerca de la una de la tarde, quedé en tomar un café con mi padre en una bar antiguo que mira a una plaza y al palacio de Tribunales. Hablamos de lo lindo que es el lugar pese a que uno lo tiene relacionado con el trabajo y con un ambiente cargado de personas mendigando -juicio exagerado en cierto punto-. Durante ese lapso una vez más perdí la paciencia frente a lo que interpreté como cierta inexactitud de su parte porque, en lo esencial, soy muy severo con él (incluso de modo instintivo). Podría ensayar varias explicaciones acerca de por qué actúo así, pero nunca llegarían a justificar mi impaciencia. Dos y media, luego de mis disculpas, nos levantamos. Mi padre se fue a almorzar y yo subí a la oficina donde me enfrasqué en una serie de reuniones que me mantuvieron ocupado hasta cerca de las tres y media de la tarde, hora en que salí para el restaurante de comida china donde encontré a esa señora que cada vez me resulta más reposada en sus modos y que tiene una comida simple y honesta. Cuatro de la tarde estaba de nuevo trabajando en la redacción de algunos escritos. Como el día era lindo, cuando bajé a la plaza para hablar con una proveedora que al mismo tiempo es clienta, escuché unos pájaros en una gran palmera casi al final del primer tramo de la plaza, pero las preguntas incisivas de la proveedora y clienta de nuevo me exasperaron al punto que tuve que reprimirme para no llegar a un punto de conflicto de no retorno con esa mujer. Cinco y media, luego de una hora de infructuosas rencillas, subí a mi oficina donde hice un poco más, subí al piso de arriba a combinar una cuestión con el escribano -un hombre que toca el saxo y ama el jazz- y constaté ahí arriba que su vista es muy superior a la mía. Tiene más altura y sobre todo ventanales hasta el piso. Eso hace una gran diferencia cuando sale al pequeño balcón que él tiene -y yo no tengo-. Seis y media estaba en mi taller pintando transportado a los cuadros que he visto en el Museo Del Prado, inmerso en ráfagas que me llevaron a lugares en donde los cuadros me sugieren paisajes, espacios que aparecen en mis colores, pero que no terminan de adquirir una forma definida o consolidada.
martes, 18 de agosto de 2026
Villa Berna
Nos levantamos después de dormir bastante. Las margaritas, la multiplicidad de plantas y de árboles, me calman. Mientras desayunamos cerca de la pileta, viene la pareja de la señora que nos recibió el día anterior y nos cuenta de su vida. Hace quince años que se vino con su pareja a vivir al lugar. Nos explica sus primeros años, sus ocupaciones con las plantas. Tuvieron un vivero en la ciudad, luego habla de la idiosincrasia de la gente del lugar. No parece un hombre proclive a indagar en el otro. Le gusta más bien describir su pasión por las plantas. Corre un viento bastante frío, pero él sigue con su relato. Estudió ingeniería y supo armar instrumental médico que luego se ocupó de exportar a Perú. Entonces, entra en su derrotero por ese país. Un socio vivía allá, pero hoy está muerto. Después, nos detalla su gestión como tesorero de la cooperativa del lugar y se detiene en los vínculos de los primeros colonizadores alemanes con los criollos de la zona. Habla con entusiasmo. El viento me enfría y, además, no me deja preguntar lo que deseo; salta de un tema al otro. Por último, ante mi consulta, nos detalla un circuito para caminar por la zona. Lo he escuchado de pijama. Es negro con planetas dibujados. Lo compré en un parque de Disney. Debí haber cortado al hombre antes, pienso. Temo haberme resfriado.
sábado, 8 de agosto de 2026
Día de sol en el fin del verano.
Vamos con mi padre a una confitería legendaria cerca de nuestra oficina a encontrarnos con mi tío y su socio para ver si compramos la parte de ambos de la oficina que hoy alquilamos. Mi padre está en la oficina hace cincuenta años; yo hace treinta. Mi padre tiene el cuarenta por ciento de la oficina, mi tío el treinta; su socio el otro treinta. Mi plan es comprar el cincuenta por ciento y mi padre el diez restante. Mi padre está casi retirado, lo mismo mi tío y su socio. En el comienzo hacen un repaso de los achaques que tienen los tres a sus casi ochenta años. El mozo pregunta con sumo respeto qué vamos a ordenar. Café piden los tres, yo un té negro. Poco después, el socio de mi tío va al baño. Pasan los minutos y no vuelve . Luego, cuando por fin regresa, explica que está descompuesto. Su cara no es muy saludable, es cierto. Me pregunto entonces qué tipo de achaques me esperan con la edad. Viene la cuenta. Los tres se empeñan por pagar su consumición y los dejo. Al salir, miro la plaza. Es un día de sol. Al parecer, pienso, podría comprar la parte de la oficina a un precio razonable. Pero nunca quise ese lugar. Aunque a esta altura forma parte de mi vida y no tengo fuerzas para cambiar, se me ocurre. No me interesa ocupar una oficina, de hecho. Me interesa progresar en mis pinturas, me digo mientras camino por la calle hacia el taller. Como tantos días son más de la cinco de la tarde y el tiempo que me queda para pintar es bastante reducido.
viernes, 7 de agosto de 2026
Fumigador.
Fui despertado por una amoladora que usaba un hombre en la casa de atrás. El día era de sol, todavía tibio a pesar del comienzo del otoño en esta región. Me limité a descansar en la cama hasta que, cerca del mediodía, salimos con cierto retraso para Villa Traful.
Antes dudé si dejar mi computadora y celular principal escondidos debajo de la cama o con llave en mi valija dado que, por lo tarde, según me había informado la responsable de la casa, iba a concurrir el fumigador a enfrentar el olor a podrido que sale de la cocina.
La duda fue el comienzo de mis vaivenes porque, apenas salimos, sin que pudiera evitarlo, me preocupé por la seguridad de mi computadora y el celular. Debería haber puesto esos objetos debajo de la cama y no en la valija con llave, me decía. Pero traté de olvidarme del asunto para disfrutar de la subida que franquea el lago. A nuestra derecha, estaba una montaña a la salida del pueblo, como llaman los habitantes del lugar a San Martín de los Andes. Pero como el tema continuaba le consulté a mi hijo. No tiene sentido preocuparte, me respondió. Además, constaté, las cartas estaban echadas: no había red de celular por la ruta. Por lo pronto, decidí no alejarme (Villa Traful queda a más de dos horas de viaje) y doblé al ver un cartel que decía: "Villa Meliquina 14 km" al tiempo que le pedía perdón a mi hijo. Quería preguntarle a la dueña si iba a estar cuando concurra el fumigador a la casa y si es de confianza.
El camino bordea un lago donde el agua azul intensa, entre los troncos erguidos de árboles centenarios, reluce, inmensa, muda, misteriosa. Ingresando en la villa, vimos a un hombre metido hasta la cintura en la playa del lago y nos bajamos. Mi hijo tomó una piedra achatada para hacerla rebotar varias veces en el agua, cosa que solo logró en parte.
El sol tibio iluminaba un lago calmo y no había demasiado viento. Llegamos caminando a un hotel frente al lago. Buenas noticias, ofrece wi fi, dije. Miré un poco, pero no me convenció el lugar. Demasiado nuevo; por eso le sugerí a mi hijo optar por un restaurante enfrente más relajado. Pero, cuando estábamos por cruzar la calle, salió una joven a preguntarnos si necesitábamos algo. ¿Tienen wi fi?, le pregunté. Sí, y es gratis, dijo sonriente. Su amabilidad me empujó a preguntarle a mi hijo: ¿Te parece que nos sentemos a tomar algo?
domingo, 5 de julio de 2026
Nuevo aire
Viernes. Un día insulso porque no emprendí el camino al club junto al río para, después de trotar, quedarme un rato mirando el agua. Pero quería estar tranquilo porque la ida a la cancha del día anterior, el regreso tardío, la larga caminata y el esfuerzo de manejar por la autopista me dejaron cansado.
Así que fue un viernes típico, aunque soleado y de temperatura agradable. Pasé la mañana trabajando un poco, haciendo algunos ejercicios mínimos sobre una colchoneta y desayunando tarde con mi hija. A la una y media, antes de salir, organicé el almuerzo a la señora que limpia la casa y, ya cerca de la oficina, me encontré primero con un joven que trabaja en el Palacio de Tribunales y, dos cuadras después, con otro hombre, menos joven, que trabaja en la misma dependencia. Los dos llevaban traje, como rescatados de un mundo perdido. Me llamó la atención la casualidad de encontrarme a ambos en distintos lugares de mi trayecto.
En la oficina tuve varias reuniones y luego hablé con mi padre sobre la posible compra de la parte del inmueble que pertenece a mi tío y a su socio. El problema es que mi piso, el cuarto, es el único que tiene en el frente una sola ventana que llega hasta el suelo. Las otras dos son más pequeñas. El edificio, de estilo francés y declarado patrimonio histórico, no repite exactamente su estructura en cada nivel.
La otra posibilidad es el tercer piso, que está a la venta y sí tiene grandes ventanales en todos los ambientes, balcones franceses y, además, perteneció hace más de cincuenta años a mi abuelo materno, pero me da una enorme pereza mudar toda la oficina apenas un piso más abajo porque, después de tantos años de esfuerzo, el cuarto piso se ha convertido en un lugar al que llega gente todos los días. Las personas firman poderes. Inician juicios. Sin embargo, este viernes, como otras veces, solo lo disfruté a las cuatro y media, cuando por fin me quedé solo.
sábado, 4 de julio de 2026
Avizorar
Del enorme edificio llamado el "Palacio de Tribunales", por una puerta lateral, entre nervioso y envalentonado, sale un Ministro de la Corte Suprema rumbo a mi club -de donde también es socio por lo que he visto alguna vez-. Unos pasos detrás, camina rápido también un custodio. Yo lo sigo a cierta distancia porque también voy hacia el club a nadar. Esa pileta cerrada no me gusta, pero cumple una función útil. Lo mismo mi oficina ubicada enfrente del "Palacio de Tribunales". No sé qué haría de mi vida si no necesitase de una función útil de ese tipo. Supongo que lo que se conoce como "arte", pero desprendido de un fin comercial y suplantado por un propósito placentero -lleno de libertad- que no logro incorporar.
martes, 30 de junio de 2026
Ida a la cancha.
Anoche, de regreso con mi hijo e hija de la cancha, doce de la noche, parados en un semáforo de la nueve de julio. Mi hijo me dice: "A vos te gusta pelear todo el tiempo. No tenés paz", que es lo mismo que le digo de mi padre.
Antes, habíamos llegado a través de avenidas que suben y bajan y dejan ver casas bajas, negocios de venta de repuestos de autos, de cerámicas. También vimos un gran parque del que desconozco el nombre. Estacionamos lejos del ingreso de la cancha y por lo tanto debimos caminar bastante a toda marcha. Mis hijos me hicieron ver mi lentitud al caminar con relación a la rapidez de sus pasos (que es también algo que en su momento le he dicho a mi padre).
En las inmediaciones de la cancha, el clima esperado: cánticos, gente apurada, policías observando y sobre todo las figuras de un barrio muy precario que mira al estadio. En ciertas esquinas, vendían choripanes en parrillas en la vereda junto a parlantes que amplificaban la música.
En el estadio, el clima era diferente. Algunas familias en las plateas e incluso un niño de apenas un año sentado al lado de mi hija que agitaba sus brazos con entusiasmo al son de los cánticos y la música de la hinchada. Incluso sonreía a mi hija. Imaginé en él algo de seducción varonil innata.
El primer tiempo sin goles y sin jugadas lucidas. Solo el encanto de ver a una mujer atractiva que fumaba a mi izquierda. Luego, en el segundo tiempo, los goles. Abrazos y festejos y más tarde la caminata de vuelta hasta el auto. Fueron no menos de treinta minutos por las inmediaciones del estadio, sorteando los charcos generados por las últimas lluvias y luego, frente al barrio tan precario, acelerando el paso. Junto a nosotros caminaba un joven de aspecto humilde con la camiseta de nuestro club. Nos dijo: Estamos solos, hay que apurarse antes de que salgan los buitres.
jueves, 25 de junio de 2026
Pasado
Son las nueve y cinco de la mañana. Tengo mucho para contar. Desavenencias con mi hermano —una vez más—, hechos que me han alterado en la faz de mi trabajo —una vez más—. Pero ahora me quiero focalizar en el placer de escuchar las gotas que, con timidez, se han lanzado desde el cielo gris que permanece estático. Ayer sentí las gotas igual que hoy, en mi sala de estar, frente a los ventanales, de pie ante las cúpulas del gran edificio de principios del siglo pasado que se alza perpendicular a mi balcón.
A lo lejos veo, una vez más, el primer rascacielos de Sudamérica. Verlo me recordó mi regreso a la ciudad, días atrás. Mientras el avión descendía entre las nubes, miré por la ventana y vi, a lo lejos, casas, árboles y calles. No poder distinguir a las personas aumentaba mi deseo de saber de ellas.
miércoles, 24 de junio de 2026
Vuelta a la oficina.
Una semana por delante. Diez y veinte de la mañana. Lunes de lluvia, serena, sin pausa. He vuelto de mis vacaciones de Semana Santa en San Martín de los Andes con mi hijo. Fue una semana diferente de tantas otras que transcurren en la oficina, entre expedientes, trámites y procesos que me han formateado para ver la vida como una meta que debo alcanzar y que, una vez alcanzada, no representa más que un peldaño desde donde apenas puedo respirar unos instantes, a veces minutos, antes de seguir.
Durante el viaje, mi hijo me explicó con sumo detalle el placer que siente cada vez que va a jugar al fútbol con sus amigos los fines de semana. Me dijo que ese instante enciende su semana. Yo no tengo nada igual.
sábado, 20 de junio de 2026
Villa Traful 2
Avanzamos un poco más por la costa hasta que vemos un cartel que promociona la excursión al "bosque sumergido", que conocía por una red social y muestra un grupo de árboles bajo el lago que se observan desde unas lanchas. No me gustan los programas turísticos en donde uno depende de la organización de la experiencia. Un horario de salida, otro de llegada, y en el medio la explicación de un guía. Mejor me abstengo, pensé. Sin embargo, la experiencia podría resultarme interesante, me dije después, ver esos árboles sumergidos. El caso es que no me quedaba en claro qué hacer como tantas otras veces en tantas otras circunstancias.
A su vez, el tema volvió al escenario cuando, en el puesto donde nos detuvimos a encargar un wrap de trucha y otro de ciervo -un puesto que está junto a otros que miran el lago y ofrecen mesas-, un joven, entusiasta, oriundo de la zona, según nos explicó, nos sugirió realizar la excursión. Háganla. Quien la realiza es mi tío, agregó, y nos dio un folleto. Pero no quise adentrarme en el rol del turista sobre una lancha. Preferí quedarme en la orilla, tranquilo, frente al lago, a mi ritmo, y mi hijo opinó lo mismo.
miércoles, 17 de junio de 2026
Un día cualquiera
Me desperté a media mañana y me fui a escribir en el cuarto de atrás. El objetivo era no escuchar el tráfico (mucho más atronador desde que cortaron la calle de la esquina). Ese cuarto de atrás no lo frecuento mucho -aunque ahora debería hacerlo-. Prefiero la vista franca del living a un edificio señorial, un poco a mi derecha, la calle que baja, y luego la estación central de trenes, la terminal de ómnibus y la poca visión, casi nada, pero algo al fin, del río.
Lo bueno es que el reducido cuarto del fondo también tiene una ventana que abrimos con mi pareja hacia el noreste y mira hacia las terrazas de otros edificios. A lo lejos, solo se ve uno bastante alto. La otra ventana mira a un edificio construido hace unos quince años, demasiado cerca del mío, en el lugar donde había una casa de principios del siglo veinte de tres pisos de buen estilo, que fue demolida un día que quedará en mi recuerdo -vi a un hombre con una maza destruir una escultura en la terraza-.
Cerca del mediodía, unos pocos ejercicios de estiramiento. Todavía pendiente de no verme invadido por los ruidos de afuera, tomé mis auriculares para salir a la calle. Mañana de sol fresca. En un par de días, comienza el verano. La ciudad tiene un ánimo frenético. Se acerca el fin de año.
A una cuadra de casa, compré el diario -hacía años que no lo hacía-. Mi idea era leerlo después en el almuerzo, en el restaurante de mi amigo -con quien al final hablé de mi proyecto para las vacaciones y él me contó que espera cerrar el restaurante todo el mes de enero para esclarecer su cabeza-.
De regreso, en la oficina, encontré a dos personas trabajando. Cuando se fue la última, me eché boca arriba en el piso como tantas otras veces. Busco así que mi cabeza se aquiete. Miré el reloj: cinco y cuarto. La hora de salida cuando iba a la primaria. Un hecho que me hizo pensar: Sigo preso de los horarios escolares.
Al salir, no enfilé por el camino de todos los días, sino por una calle que va hacia una farmacia. Nadie me atendió pronto y tomé de nuevo hacia mi taller (ya pensando en los colores para un cuadro apenas comenzado). Azules mezclados con magenta vi en mi recorrido por las cuadras por donde se despliegan tres plazas. También pensaba que no es mi interés meterme en un lugar cerrado. Solo hubiese querido caminar por el campo. Ver el cielo. Escuchar a los pájaros. Asistir al final de un día que pasa.
sábado, 13 de junio de 2026
Villa Traful
Salimos cerca del mediodía. Esta vez, por suerte, no me despertaron los hombres de la casa vecina de atrás (los que estaban cortando baldosas con una amoladora). Entiendo que terminaron su trabajo. Ni bien dejamos atrás el pueblo, subimos la cuesta que bordea el lago a la salida de la ciudad y seguimos viaje hasta un lago de nombre Falkner. Ahí nos paramos solo para ver un poco el paisaje. Mi hijo no obstante quiere seguir, avanzar, cosa que hacemos. Un poco después, me vuelvo a detener el auto frente al lago escondido. Ni bien bajamos del auto noto un tronco caído y cortado de grandes dimensiones. Es una escultura con todas las letras, le digo a mi hijo. Quisiera, agrego, alguna vez terminar de armar un estética escultórica coherente en torno a este tipo de hallazgos. Piezas que han sido esculpidas por la naturaleza. Pero para eso supongo que debería ser capaz de proveerles un tipo de intervención de mi parte -más allá de la selección-, un aditamento que les otorgue ese plus, pero todavía no encuentro cómo realizar ese dialogo.
El lago, un poco más abajo, no se ve muy bien debido a los árboles que están bajando la barranca, pero el agua, un tanto turquesa, se vislumbra entre las ramas. Dos mujeres de unos sesenta años se están sacando fotos a nuestro lado. Les pregunto si quieren que les saque alguna foto y me responden, en un tono amistoso, que no, que ya tienen bastantes. Nos ponemos a hablar. Nos cuentan que han venido a hacer paddle con un grupo y que ahora se dirigen, como nosotros, a Villa Traful. Nos advierten que el camino final tiene partes de cuestas un tanto exigentes (e incluso una de ellas nos dice que si las vemos al costado del camino varadas las auxiliemos).
El camino final a Villa Traful, tal como nos advirtió la mujer es exigente porque hay tramos que están siendo ampliados. Hay diversos vehículos pesados en el trance. Un hombre avanza muy lentamente. Vencido por la ansiedad, decido pasarlo en forma indebida por su derecha. Es un vehículo con patente uruguaya que paso rápido. Pero me detengo detrás del gran vehículo vial porque ya he perdido la oportunidad de pasarlo otra vez por la derecha -ahora el margen que otorga la calle de tierra es muy exiguo-.
Un poco más adelante me detengo -junto a un cartel algo despintado que dice: Villa Traful y bajo a la playa. Mi hijo dice que prefiere aguardar en el auto. La playa tiene piedras muy pequeñas; casi parecen arena. Veo un tronco en la orilla, lo alzo con cierto esfuerzo y luego de cavar un poco lo coloco en forma vertical para sacarle fotos. Es una escultura. Espero me sirva de inspiración en un futuro cercano. Luego me siento como los orientales a contemplar el lago sin nadie a la vista. La calma me toca apenas hasta que escucho una bocina. Mi hijo me reclama.
Seguimos viaje hasta la entrada de la villa, más precisamente hasta una casa de madera. Almacen Gourmet dice el cartel. En ese lugar no vemos a nadie que atienda. Recién cuando nos retiramos, aparece un joven. Le pregunto si venden sandwiches. Solo congelados, me responde y me exhibe uno. No, muchas gracias. ¿Hay algún lugar que nos recomiendes para comer unos recién hechos? El patio gourmet, nos responde y hacia allá vamos.
miércoles, 10 de junio de 2026
Lanin Sur 2
Volvemos. El trayecto de vuelta se me hace más liviano. No sé si porque voy más rápido al conocer el camino. Al llegar a la entrada del parque detengo el auto y le pido a mi hijo que maneje hasta la casa. Aprovecho para ir al baño. Como está cerrado me dirijo a unos árboles junto al lago desde donde, en la orilla, miro las olas que rompen. En esta parte del lago, el viento se levanta con más fuerza.
Cuando seguimos viaje, en la ruta, pasamos junto a un camión de bomberos. Veo al costado de la ruta un auto carbonizado y a varias personas con cara de preocupación. Una mujer policía nos hace el gesto que avancemos con expresión adusta.
Ya en la entrada a San Martín, cargamos nafta. El joven es tan amable como tantos otros que me ha tocado tratar por la región. Paga mi hijo con su celular. Al joven, complacido, le doy una buena propina. Nos ha limpiado el parabrisas del auto. Cuando cruzamos la ruta para pedir sushi, ni bien entramos desde el fondo del local, detrás de la caja, una joven con expresión feliz nos saluda. Supongo que sería el tipo de joven que me enamoraría (si yo también fuese joven). Quisiera decirle a mi hijo que aproveche a esa joven, que le pregunte algo. Mientras esperamos me pongo a conversar con el sushiman. Un hombre que vino hace unos tres años desde Buenos Aires. Me cuenta que los inviernos aquí no son tan arduos. Es un buen momento para trabajar con los turistas que vienen a esquiar, me explica. Luego nos invita a probar un trozo de sushi.
martes, 9 de junio de 2026
Anuncian tormentas
Volvemos a San Martín de los Andes desde Villa Meliquina. El lugar me ha gustado. Mi hijo opina lo mismo mientras bordeamos de nuevo el lago, visible un poco más abajo. Solo al final del lago, el terreno se vuelve plano. Hay un playa donde dos personas suben una lancha a un trailer. Es el fin de su jornada de pesca, por lo que entiendo. Veo que hacen todos sus movimientos sin apuro, parecen pescadores que han terminado por hoy su trabajo, aunque son personas que han salido a disfrutar. La vida en otro lugar, pienso.
Tomamos por la ruta cuarenta. Curvas, subidas, bajadas. Mi hijo, le hago notar, maneja un tanto rápido. Llegados a San Martín, tomamos por las calles del centro -que muestran casas con flores espléndidas y frentes bien cuidados- y luego la ruta hacia nuestra casa circunstancial. El tiempo está templando a pesar de que ha caído el sol. Lo noto en unos jóvenes que salen de un colegio en remera. Una chica, en soledad, espera un ómnibus con una remera que incluso le deja la panza al aire.
Ya en la casa, es el turno de cocinar. Corto unos bife de chorizo en rodajas, le echo a una sartén el aceite de oliva premium que he comprado, corto dos cebollas y un marrón verde. Por otra parte, hiervo unas batatas y se las voy a echar a la carne. El resultado es bueno. Cenamos eso. Yo solo tomo un buen vino, mi hijo no toma.
Después, de comer, constato que afuera el tiempo sigue templado. Silencio casi absoluto. Agradezco eso. En el cielo, diviso algunas nubes. Anuncian lluvias para la madrugada y es comprensible: el aire tienen cierta densidad.
lunes, 8 de junio de 2026
Lanin Sur
Subimos de nuevo al auto. Nuestro destino son las cascadas. Antes, paramos en una capilla que tiene una cúpula estilo ortodoxo. Una excentricidad. Dentro tiene bancos y un altar hechos con maderas de la zona (que en este caso tienen un lustre muy claro). Miro a Cristo en un friso de madera que, junto a la representación del pesebre, muestra animales de la zona. Un puma, ciervos. Afuera, el viento mueve las ramas de una caña (que más o menos se eleva solo un metro y medio del suelo y abunda en la zona). Del otro lado, está el lago. Sentado frente a ese Cristo, solo dentro de esa capilla, la calma, la soledad, me sobrecogen, pero un pensamiento del trabajo, el descubrimiento en mi cabeza de que un proveedor no me ha enviado el detalle de sus horas de trabajo, me saca de ese lugar. Intento volver a Cristo, pero el momento parece haberse ido.
Seguimos viaje hasta la cascada sin encontrar carteles que indiquen distancias en el parque. Es todo bastante peculiar. Vamos detrás de un hombre que avanza en su camioneta a paso de hombre sacando parte de su brazo por la ventana. Al fin, veo un cartel que dice: Cascada, y una flecha. Nos bajamos. El sendero avanza entre árboles altísimos y grandes, rocas y troncos caídos. Cuando llegamos a la cascada, no nos podemos acercar demasiado a la baranda de madera más cercana a la caída: una nube de agua invade el espacio. Nos acercamos igualmente bastante. El agua en su caída logra un sonido perpetuo, contundente, que me resulta reparador. Permanezco atento al sonido del agua, aunque nunca lo bastante, mientras sacamos fotos.
Al salir, optamos por seguir un cartel de la entrada que dice: Al río y tomamos por un camino que pasa por un riacho. Intentamos pasar a través de él por algunos montículos de barro. En el intento nos ensuciamos las zapatillas bastante. Mi hijo se lamenta culpándome de haber optado pasar el riacho mientras vanzamos por una cuesta limpiándonos las zapatillas en algunas plantas -plumerillos-. Luego, en lo alto, nos sentamos. La visión del lago y las montañas detrás, un poco más abajo, y de otras montañas a nuestra espalda, me resulta especialmente feliz. Mi hijo se echa en el pasto debajo de un árbol junto a un plumerillo. Cruzo mis piernas como los indios y contemplo el agua a lo lejos un rato. Ese tiempo se va a convertir en la fuente de mi gran felicidad a partir de entonces. Muy pocas veces encuentro la ubicación justa en el tiempo correcto y esta vez la he encontrado.
Pero mi hijo me pide volver. Es tiempo de partir, dice. Es cierto. Son casi las seis de la tarde y nos aguarda un trayecto largo.
domingo, 7 de junio de 2026
Parque Nacional Lanin
Me levanto algo temprano, aunque durante la noche haya tenido que enfrentar una luz —que no logro apagar— en el marco exterior de mi cuarto. Es bastante potente incluso con la cortina desplegada. Pero logro dormirme hasta que, más tarde, la lluvia junto con los truenos, golpeando en el techo, me despierta. Supero también esos ruidos, y lo mismo una bocina de poquísimos segundos que he oído otra madrugada, porque alguna persona la toca en una casa cercana para avisar algo.
Leo un poco en un intento de relajarme. Lo hago en otro cuarto hasta que se levanta mi hijo y desayunamos. Él tiene una clase virtual, de modo que le ofrezco mi computadora.
Al terminarla, partimos hacia Junín de los Andes. No entramos en el pueblo. Seguimos camino y doblamos para tomar una ruta que ofrece menos vegetación que en San Martín de los Andes. Luego la ruta se vuelve de tierra.
En la entrada al parque nos bajamos para pagar el ingreso. Como el viento es considerable, en la orilla del gran lago las olas parecen ser del mar. Me gusta ese carácter brioso. Siete mil pesos cada uno. Una joven nos da, a nuestro pedido, un mapa bastante elemental junto a otra señora que nos recibe con más cordialidad. Aprovechamos para pasar por el baño y seguimos viaje por un camino que tiene árboles de gran tamaño a ambos lados. A nuestra izquierda está el lago, siempre un poco más abajo del camino.
En un espacio recreativo, que es un camping abandonado, paramos a comer unos sándwiches que hemos comprado ni bien salimos. Elegimos una mesa soleada frente al agua. El sándwich no es muy bueno, pero el entorno lo vuelve adorable. También la suerte de poder tomar agua directo del termo. Como siempre, conversamos con mi hijo mientras comemos uno junto al otro.
Después seguimos viaje, avanzando por la cuesta que bordea el lago hasta llegar, luego de varias curvas y contracurvas, al lugar que nos había indicado la joven de la entrada: Puerto Canoas. En el muelle hay un cartel que dice: "Aguas profundas. Prohibido tirarse del muelle". De ahí se supone que sale un catamarán a dar vueltas por el lago. Pero no hay nadie a la vista. Solo un perro de pelo largo, negro ceniciento, que nos viene a saludar con entusiasmo y se mete en el agua. Incluso toma de ella.
—Debe de estar helada —dice mi hijo.
Observamos al perro desde el muelle de madera donde está amarrado el catamarán. Ni bien vuelve a la orilla, se sacude para liberar el agua de su cuerpo.
De regreso, me parece ver la silueta de una mujer dentro de un lugar que dice "Almacén", contiguo a un espacio comedor. Cuando la señora nos abre la puerta, le pedimos un té, después de saludarla, y una tarteleta de coco. Nos invita entonces a pasar al comedor, donde se escucha, viniendo desde la cocina, una música mexicana.
Miramos el agua mientras pasa un padre con su hija. El padre debe tener por lo menos sesenta años y la hija veinte, calculo. Detrás va el perro que se metió al agua hace un rato. Me parece que nos mira un instante a través del vidrio y sigue.
sábado, 6 de junio de 2026
Reposeras de plástico en Villa Meliquina
En la espera de mi comida voy hasta la costa, luego de que mi hijo me dé a entender que prefiere seguir absorto en su celular. Hay solo dos reposeras de plástico blancas frente al lago que parecen esperar a alguien. Me echo en una con el lago inmenso delante y las montañas al final. Todo me invita a permanecer ahí, pero supongo que pronto estará la comida en la mesa. Tomo una foto y se la envío a mi pareja preguntándole cómo se encuentra.
Cuando vuelvo todavía no encuentro la comida en la mesa. Pero llega pronto. Las empanadas son fritas. No había advertido eso en el menú. La milanesa de mi hijo está bien, pero me advierte que tiene unos nervios inconvenientes. Las papas estrelladas me gustan. Lo mismo la limonada. Una vez que terminamos de pagar, nos sentamos afuera a tomar el último vaso. Mi hijo no quiere más, me responde cuando le pregunto. Me sirvo y conversamos.
Luego, emprendemos camino al sendero que bordea el lado y nos ha indicado la señora del vestido verde agua. En el trayecto saludamos a una familia que habíamos visto a lo lejos en la playa. Una señora y dos hijos de unos veinte años. El trayecto pasa por piedras grandes, árboles a la vera del agua y desemboca en una playita. Cuando nos reclinamos sobre una roca, veo un tronco metido apenas en el agua. Me fijo en el trabajo que hizo el tiempo en esa madera. Admirado, le saco fotos pensando cuánto me gustaría llevarme ese tronco a mi casa. Pero es muy grande.
Mi idea es ascender por el otro sendero que nos indicó la señora del vestido de gasa. Pero mi hijo duda. Le digo que me espere en todo caso en la playa, pero al final me acompaña. Tomamos un camino que pasa por dos casas en construcción sobre las laderas donde unos hombres trabajan con sus caras casi del todo tapadas. Debido a que el ascenso es exigente, percibo cómo la pierna derecha es más débil que mi izquierda. El aire comienza a serme escaso. Pero algo me empuja a seguir. En la cima, vemos un cartel que dice: Vendo lotes, preguntar en el restó Cleo. Luego la visión del pueblo, las casas desperdigadas, el lago, las montañas. Más hacia nuestra espalda se ve un valle angosto que sigue un río que desde la distancia. Se ve finito, le digo a mi hijo.
viernes, 5 de junio de 2026
Villa Meliquina
Nos sentamos en un salón pensado para restaurante sin mayor gracia. Solo el hecho de ser nuevo. O sí, hay grandes ventanales que miran al lago. Hubiese preferido sentarme afuera, pero mi hijo no querido debido al viento (y con todo lo intentamos pero enseguida mi hijo optó por el interior).
Pronto, aparece una señora de mi edad vestida con una prenda verde agua con gasas. Me parece bastante sofisticada para el lugar. El conjunto es un vestido corto, advierto. También le veo unos borceguíes negros. Es morocha y tiene retocada su cara, especulo. No sabría decir si con Botox o qué.
De un modo muy amable, nos pregunta qué vamos a pedir. Una limonada de mente y jengibre, sin azúcar, `por favor, le digo. El hecho que sea sin azúcar la desconcierta. Me ofrece edulcorante. Le digo que no es necesario, e incluso insiste en traerlo aparte. De alguna forma su buena predisposición generan en mí una atracción antiquísima. Tal vez como la de un colegial que descubre a su lado a un chica de su edad.
En ese punto del día con mi hijo dudamos si también pedir de almorzar. Es más bien temprano para la hora en que suelo almorzar -la una y veinte de la tarde-. Pero resolvemos pedir. Mi hijo una milanesa con papas fritas. Yo dos empanadas de hongos y una de carne.
Al rato, voy a la puerta de la cocina, llamo a la señora y le pido una papas fritas también. Ella me ofrece papas estrellas, con ese modo infantil y a la vez bastante sutil. Le digo que sí.
Salgo entonces un poco afuera, a la terraza, a intentar pensar en nada y como siempre no lo logro. Miro el lago enfrente, me fijo en que hay un cerco a unos seis o siete metros de donde estoy parado -apoyado en una baranda de madera con las manos en mi mentón-. El cerco fue podado en fecha reciente. Los troncos, que han sido cortados, me dan la pauta que el cerca hasta hace poco era bastante más alto y tapaba la vista al agua. El lago tiene un oleaje moderado y el día es de sol. Las montañas atrás mantienen ese mudez acorde con el agua. Veo algunos álamos amarillos en las laderas de mi derecha, casi sobre el agua. También otros más arriba en la montaña. Se alzan en hilera, en el margen izquierdo. Mi voluntad de lograr crecer con mi oficina, ocupa por instantes mi cabeza, pero por otros momentos solo logro fijarme en las levantadas apenas sobre la superficie del agua. Rompen apenas antes de la orilla. Se escucha algún pájaro, pero muy a lo lejos. Un churrín andino, creo.
jueves, 4 de junio de 2026
Bendiciones
San Martín de los Andes. Me levanté cerca de las ocho porque había dejado las cortinas sin bajar. La casa es nueva, amplia, rodeada de árboles. Mira a un valle. Pero no termina de convencerme el hecho de que la calidad de su construcción y su decoración sean el de una casa pensada para ser alquilada. Su dueña cuando trabé conversación con ella, no me pareció interesada en contestar más que lo necesario. También adolece de algunas toallas. Veo ollas viejas y sobre todo tres perros en las casas de enfrente que ladran cada tanto durante el día.
Salimos después de una siesta que hice a las once de la mañana. Antes había barrido un poco la casa e incluso hecho mi cama. Tomamos lo que el google maps indica cómo entrada al Parque Lanin y no es más que el inicio de la ruta de los siete lagos. Pronto, nos detuvimos en un mirador. Al estacionar, me llamó la atención la presencia de un hombre de sesenta años avanzados con su familia, mujer, hijo, nuera y dos niños. Me hizo una seña amistosa para que tenga en cuenta el gran desnivel que tiene la banquina de la ruta con la gravilla. Gracias, le dije ni bien bajé del auto. ¿Quieren que les saque una foto?, pregunté. Mientras posaba con los suyos pregunté de dónde eran. De General Roca, dijo. Una ciudad ubicada a unos trescientos kilometros de donde era oriundo un amigo de mi padre, que con los años terminó siendo pareja de mi madre. Le pregunté si conocía a esa familia y me dijo que sí, y me explicó que a un amigo de él lo crío el padre del hombre que terminó siendo pareja de mi madre. Repasamos entonces un poco la historia de esa familia. Un padre que hizo una fortuna y unos hijos que más bien la perdieron. Luego nos despedimos. Bendiciones, recuerdo que dijo al final.
miércoles, 3 de junio de 2026
Gato color miel
Al fin la luz en mis días. Fui esta vez con mi hijo a esa playa del lago Lolog al lugar exacto que me gustó tanto -más a la izquierda, casi sobre un tronco enorme recostado, junto a un árbol-. Como la otra vez eran casi pasadas las seis de la tarde y no había más que una docena de personas desperdigadas en las piedritas. Fuimos derecho a un gran tronco que, como es en cierto modo una escultura hecha por el agua, tiene una suavidad única y un color ceniciento.
Al poco rato, vino un perro a saludarnos y lo acariciamos. Estuvo con nosotros y cuando se fue vino un gato que habíamos visto ni bien nos bajamos del auto. Un gato color miel que conmigo quiso subirse arriba mío -yo estaba acostado arriba del tronco- para que lo acariciara. Mi hijo tomó varias fotos para mostrárselas luego a mi hija porque ella adora los gatos. Todo el tiempo, el viento era suave, cálido incluso. La luna se elevaba como ayer arriba de una montaña cuando nos fuimos.
martes, 2 de junio de 2026
Mujer en el avión
Antes de subir a la avión noto la presencia de una mujer joven, rubia, con expresión lánguida. Me pareció que tenía cara como de muñeca. Llevaba calzas. La vi con su pareja a mi lado y lo mismo después en el avión. Su pareja se sienta contiguo a mi hijo y yo. Ella se ubicó cruzando el angosto pasillo del avión. En un momento, cuando miro para su lado, noté que dormia con su cara de costado. Al principio, me convocaron sus labios, tan carnosos que supuse retocados, y luego, pasado un rato, cuando volví mi cabeza otra vez, la vi ya despierta de perfil. Su rostro entero, a pesar de su juventud, tenía un trabajo realizado para adaptarse a cierto canon de belleza. Lo constaté después cuando el avión llegó a destino y nos paramos. De pronto, una sensación nueva me tomó. Me resultaba ajena esa mujer, atractiva, en cierto punto, pero a la vez, me pareció distante, y al mismo tiempo había en mi impresión cierto desagrado en torno a su belleza tomada por lo que no es espontáneo.
domingo, 31 de mayo de 2026
Lago Lolog
Viaje a San Martín de los Andes. Despierto en la mitad de la noche, víctima de una pesadilla -el haber perdido un detalle de cuentas a mano en un papel que me han robado arriba de mi cama, donde insólitamente estaba lleno de gente-. Debo abstraerme. Pero no lo logro. Quiero llorar incluso, necesito desahogarme. Pero tampoco lo logro. Al fin me duermo de nuevo. Pero enseguida suena el despertador. Seis de la mañana. Debemos tomar un vuelo pronto. Nos espera un venezolano amable, gentil y voluminoso, que no se impacienta por mi leve retraso porque, me parece, acepta las imprecisiones de uno porque sabe que él también tiene las suyas. Nos deja en un sitio alejado de arribos fingiendo un desconcierto apenas actuado. El vuelo sale en horario. El viaje me deja ver primero el río, después la ciudad, extendida, plena de construcción que veo como parte de una maqueta inmensa. Solo a los quince minutos -controlo- veo el campo y por fin, una hora después -constato- el desierto. Me gusta ver que hay lugares todavía amplios y deshabitados y luego los lagos, montañas no del todo altas y bosques diseminados. Entre extranjeros que viajaron con nosotros vestidos para una excursión del montaña, tomamos nuestras valijas y vamos a retirar el auto de alquiler. En la oficina de la empresa, nos informan que nuestra reserva es en la del centro y hacia allá vamos. El taxista es un joven bien predispuesto con una sonrisa implícita en la cara. El clima en el auto es genial. Escuchamos en su radio un concurso de cultura general y arriesgamos con mi hijo y el conductor las respuestas que sigue con sus sonrisas impregnadas. Cuando nos despedimos le pregunto el nombre e incluso el apellido. Gallardo, me responde. Retiro del auto después de ser atendidos por una joven también muy simpática. En este lugar, me digo, la gente parece tener un buen trato muy cordial.
Luego, en la entrada a la casa que alquilamos, no opino lo mismo. La dueña es correcta, pero no se esmera demasiado por agradarnos. La casa mira al valle y constato, tal como en las fotos, que es amplia y nueva. Pero hay algo en ella que no termina de cerrarme. Me pregunto qué es. Salimos al supermercado y luego a comprar empanadas para almorzar. Por fin me tiro en la cama para tomar una siesta. Cuando me despierto, descubro que mi hijo tiene mucho sueño incluso a las cinco y media de la tarde y me resuelvo a salir solo rumbo al lago Loglog. Media hora después, luego de superar varias curvas subiendo y bajando unas cuestas que muestran carteles donde se habla de la nieve que puebla el camino en invierno, llego a una playa donde hay unas pocas familias sentadas sobre las piedritas de la orilla. Un niño incluso, a pesar del viento frío, está con el torso desnudo y los pies en el agua. Va y viene imaginándose cosas. Lo sé porque habla solo. Un poco más retirado, me siento a contemplar el lago. Pronto, sus pequeñas olas me arrullan y me sosiegan hasta que, sobre el final del día, se alza la luna casi llena apenas sobre una montaña. Permanezco sentado como un indio mientras el sol se oculta y casi todos se van. Solo queda una familia y las olas que persisten en el frío que se intensifica. Debo volver.
sábado, 30 de mayo de 2026
Ligereza
Día previo a mi salida de viaje a la Patagonia. Como todo día en que estoy por salir de viaje, los nervios se incrementan. De hecho, estoy más nervioso de lo habitual en el último tiempo debido -como siempre- al trabajo. Demasiadas personas vinculadas a mi oficina. Miles de expedientes, y por lo tanto clientes. Siempre quise tener muchos expedientes. Crecer para dirigir. Pero no es el éxito que imaginaba. El fracaso, con todo, el estar a pie, tiene su dulzura. No haber logrado casi nada en el terreno artístico me brinda una ligereza que podría disfrutar.
Trabajé como tantas mañanas en mi casa temeroso de haber caído con una gripe que mi padre tuvo hace unos días. Pero después del mediodía me sentía mejor. Pasadas la una de la tarde salí para mi oficina intentando disfrutar del trayecto. Mi objetivo es no pensar en el trabajo durante ese lapso. Pero me cuesta. Antes de cruzar la Avenida 9 de Julio, me tope con un vendedor muy atento de una ferretería que frecuento. Caminaba a la par mío con una bolsa con comida y un agua mineral. Lo saludé y me sonrío. Me enterneció su aspecto poco agraciado. Una piernas un tanto vencidas, unos anteojos con lentes gruesos. Caminaba encorvado. Detrás del mostrador me había parecido un hombre en pleno dominio de las situaciones.
Una vez en mi oficina me enfrasqué en un reunión y en los números del mes y más tarde salí a buscar un par de libros de Annie Ernaux para el viaje. Apenas entré a la librería sobre la Avenida Corrientes, un vendedor de más sesenta años, con una expresión triste y el pelo algo largo y teñido, me preguntó que me necesitaba. En su semblante, había un aire amigable. Le expliqué que estaba buscando comprar un par de libros de Ernaux para leer en un viaje y el hombre me contestó: Como ganó el Nobel hace pocos años todavía hay bastantes..., me respondió.
miércoles, 27 de mayo de 2026
Color sobre color
Seis y media por fin llegué a mi taller. Lo logré, pero demasiado tarde. ¿O nunca es tarde cuando la dicha es buena? Pronto, saqué un gran lienzo al patio y, cuando me puse a pintar, comencé a sentir el placer de crear una imagen en un lienzo, de emplear colores, el azul, el verde y el gris, en este caso. Busqué conectarlos en un entramado. No con la forma que busco. Pero al menos una forma que comienza a atraerme. Rodeado de esas paredes de cemento del patio, con pocas plantas a un costado y una fuente que no funciona, sentí ganas de conversar con mi amigo que vive en USA. Le conté algunas impresiones que tuve más temprano acerca de sus pinturas y sobre todo le dije que me intrigaba mucho qué haríamos si dispusiéramos de más tiempo para embarcarnos en un proyecto artístico. Dedicarle energía, tiempo, para crear un mundo personal. Es algo que me intriga y me produce temor. Al vacío. Al fracaso. O bien sea que no termino de sentir ese llamado. Entre tantas cuestiones, me siento incómodo en el llamado "ambiente artístico". Del mismo modo, que no me siento parte del ambiente académico, ni empresarial, ni en ningún otro lugar demasiado preciso.
Dudas puntuales
Un día extraño en el que me desperté nueve y media, un día de sol con cierto calor. Es el comienzo del otoño. Me puse a trabajar en casa, hice ejercicios y más tarde emprendí esos intentos de fijar mi atención en no pensar. Como tantas veces, me encontré entonces con el límite, la imposibilidad. Cierto impulso que me llevan a la acción. Como me esperan muchas tareas laborales no puedo meditar pensando en lo que tengo que hacer -aunque no verdad nada me apremie-.
Debía estar en lo del peluquero a las doce. Pero llegué doce y veinte por mis malos cálculos del tiempo entre el desayuno y mis tareas laborales. Intenté de todos modos, una vez en la silla, más calmo, con mi cara seria en el espejo, concentrarme en el placer de sentir toques calculados en mis pelos, apenas, uno a uno, acompañados con la mano.
Doce y treinta y cinco salí rumbo a mi oficina donde estaban mi padre y mi hijo conversando. Mi padre, retirado, fue y vino sin mayor precisión pero, por lo visto, contento de no tener más obligaciones. Se fueron ambos al rato. Mi pareja llegó con mi sobrina para ver posibles refacciones en las instalaciones y también se fueron pronto. Me sentía nervioso, alterado por pensamientos que me habían involucrado en recuerdos de un personaje que considero negativo. Es increíble, eso solo, me había alterado camino a la oficina.
A partir de las dos de la tarde, dediqué mi tiempo a varias tareas y reuniones y a las cuatro de la tarde me fui a la plaza a echarme en el pasto bajo una palmera. Unos gorriones se hacían escuchar a poca distancia. Me di cuenta que estaban arriba mío, en la palmera, muy en lo alto. Pero no pude dejar el celular de lado. Cinco en punto tuve un encuentro en mi oficina con un joven que estudia derecho y es amigo de mi hija. Se sentó del otro lado de mi escritorio y pronto su entusiasmo me llamó la atención. Miraba sobre mi cabeza los objetos de arte que tengo en la pared -máscaras de la cultura Chané-. Me hizo pensar que soy más dichoso de lo que me siento.
lunes, 25 de mayo de 2026
Almuerzo
Estamos en la playa. Cumpleaños de mi mujer. Día de sol. Hace calor, pero no demasiado. El mar está en un punto justo. No lo veo demasiado calmo ni demasiado picado. Las olas son medianas, evalúo con la vista en el horizonte. Me meto hasta la cintura, el agua no está demasiado fría. Nado crawl, no lejos de la orilla. Al salir del agua, me entero por mi pareja que hay un mensaje. Ha sonado la alarma. El personal de la empresa ha detectado una ventana abierta, aunque sin novedades.
Dejé esa ventana abierta la noche anterior, cuando cociné. Me olvidé de cerrarla, confieso. Temo por mi computadora y celular. Incluso mi billetera. Mi pareja se ofrece a ir a revisar la casa y cerrar la ventana. Le digo que es su cumpleaños. Voy yo. Pero me dice que prefiere ir ella. Prefiero aprovechar para ir al baño. La acompaño hasta lo alto del médano y luego hasta el auto. De vuelta en la playa, veo a un vendedor de revistas de sudokus y crucigramas. Nunca había visto uno. Lo llamo para que mi hija elija. Toma dos ejemplares y paga. El hombre, sonriente, sigue su camino. Un grande, le comento a mi hija alzando la vista hacia el vendedor.
Sigo a la espera del llamado de mi pareja. Hasta que: Todo bien, no falta nada. me dice. Vuelvo al agua a nadar, apenas, no demasiado. Quiero más bien disfrutar del agua, que las olas me pasen, no exigirme.
Al salir, mis hijos me dicen que tienen hambre. ¿Quieren almorzar en el mismo lugar donde desayunamos? Dale, responden. Nos encontramos en esa esquina con mi pareja de regreso desde la casa. La mesa es ideal, en el jardín, un poco en lo alto, retirada, bajo un árbol, con sillas de esterilla especialmente cómodas. Pedimos. La comida no se demora, y es excelente. En un momento, al salir del baño, en una mesa cercana, en un grupo de amigos, me parece que una joven me mira. Vuelvo al rato para elegir un postre y lo mismo. No sé si hay algo en mí que la intriga o algún tipo de atracción mínima. Bueno, vamos, digo cuando me acerco de regreso a nuestra mesa.
domingo, 24 de mayo de 2026
No lo sé
Día de lluvia continua, incesante, raudales de agua. La casa, que están en una cuesta, sufrió el embate del barro que traía el agua en la puerta de entrada y, más que nada, en el patio de abajo, el que mira al bosque en donde los pinos se repiten.
Esos mismo pinos proliferan por las inmediaciones al punto que el espacio adquiere un tono de encierro, de cierto agobio. El espacio abierto que no termina de aparecer. Los pájaros sí lo hacen. Cantan. Me alegran mientras veo el cielo entre los árboles, que no paran de inclinarse. Lo que no me gusta es fijarme tanto en crear ciertas tensiones con otras personas. Por ejemplo: alguien cerró un paso que hay por el bosque entre dos calles (no sé con qué finalidad -si que no pase los peatones o qué-). El caso es que me subleva el hecho que se haya tomado la atribución de cerrar un paso público. No debería el tema conmoverme tanto, pero lo hace.
sábado, 23 de mayo de 2026
La paja del trigo 3
Ocho y cinco, cuando salí del taller, saludé al encargado de la galería, que cierra a las ocho (esta vez fue de las pocas que me demoré un poco porque nuestro vínculo puede soportar eso). Caminé hasta el supermercado donde compré lo necesario para un asado que pienso hacer este domingo por mi cumpleaños Cincuenta y tres años. Es como había escuchado. Uno envejece sin entender que el tiempo pase tan rápido. El cuerpo no representa la juventud que permanece (tal vez por la inmadurez).
De regreso a mi casa decidí no salir para el lugar del fin de semana. Mi pareja no tenía muchas ganas. Mejor, me dije, aprovechar el espacio del taller mañana. Cené con ella y luego tuve que soportar unos jóvenes vecinos en una terraza cercana y me fui a dormir con ese incordio. Casi cuatro horas después me desperté abrumado. Acá me encuentro. La ciudad a mi alrededor en modo bastante silencioso. El cartel luminoso de IBM a lo lejos. Un avión pasa. Un sonido lejano que me calma. Más lejos está el río y eso también me trae felicidad. Veo la calle que baja. Nadie a pie. Unos pocos autos pasan por la avenida. Una escena que he visto muchas veces muchas noches en busca siempre de la misma paz. Ahora la convoco y ella aparece tenue, por un instante. Quisiera prolongar esos atisbos tan dispares.
miércoles, 20 de mayo de 2026
Día gris de calor
Un día de sol con falta de aire y también una canción que se repite. Van a despertar del sueño, dice la letra. Sale de un bar la música. Esa frase te hace pensar que ese instante -el escuchar la canción un día de verano- ya lo has vivido. Podrías asegurarlo. Afuera no cantan los pájaros. La ciudad está quieta. Y sin embargo, son las cuatro de la tarde.
Estás en el barrio llamado Tribunales. En el medio de una plaza, bajo un enorme eucalipto, ves el enorme edificio que ocupa toda una manzana. Aloja una alcaldía, varios tribunales y a la Corte Suprema de Justicia. Has vivido cerca de ese edifico casi toda tu vida. No sabés qué sentido tiene esa proximidad. Hay hojas secas -cosa extraña- esparcidas por el suelo. Raro porque es pleno enero. A unos pasos, unos turistas alzan la vista hacia un teatro emblemático. Está cruzando la plaza. El sopor te hace querer ir hacia el pasado. Acá mismo te encontraste con esa mujer. Luego, se sentaron en un banco de la plaza y se juraron muchas cosas. En esencia, todas verdades. Un moto toca su bocina a una mujer que cruza cuando no le corresponde por la mitad de la calle. La mujer se apura nada. Hay nubes que cubren el cielo y reflejan las imágenes antiguas que no paran de buscarte.
sábado, 16 de mayo de 2026
Espalda
Nueve y media de la noche. Llegamos al restaurante el viejo Hobbit, que tiene un origen incluso anterior a la película. El dueño lo creó a partir del libro, nos explica el voluminoso y calmo hombre que nos recibe en la entrada, y tiempo atrás recibió una demanda de los productores de la película, añade. No creo que progrese, acota por fin con las manos en los bolsillos.
Entramos. La decoración está a la par de lo que supongo es la estética del libro. Duendes, bosques, incluso un molino. Todo es kitsch e incluso viejo, y aun así logra cierto encanto. Fuentes. Hay bastante madera en la construcción. La moza, joven, morocha, tiene tatuado en su espalda un dibujo japonés del tipo que usaban o usan -no sé bien- las mujeres de los jakuzas. Me pierdo frente a esas figuras sobre la piel blanca.
jueves, 14 de mayo de 2026
Las soñaré
Nadaba pensando que vivo abrumado por los sentimientos, por los pensamientos, por todo tipo de sonidos externos, y en particular por los ladridos de los perros y las voces altisonantes. También atento a sumergir un poco más la cabeza y a estirar un poco más los brazos -eso me había sugerido más temprano mi cuñado-. Afuera, por instantes, escuchaba el canto de los pájaros. El sol bajaba casi hasta hasta las copas de unos árboles muy a la distancia. Paré en el borde de la parte más profunda de la pileta y divisé de espalda, paradas de charla, a dos mujeres con un hombre. Más allá, tres niños, de apenas dos años, jugaban con una pelota de goma pequeña de un naranja estridente. Me parecieron increíblemente atractivas. Firmes, paradas de un modo que transmitía una certeza sobre sí mismas que, en sus vidas, a medida que envejecieran, sería insuperable. Jovenes madres que me recordaron a mujeres de mi juventud deseadas a la distancia. Luego, cuando se retiraban, más cerco mío, de nuevo parado en el borde, pude detenerme en la belleza de sus piernas. ¿Las soñaré? Hoy cumplo cincuenta y tres años.
martes, 12 de mayo de 2026
Por fin el mar
Cumpleaños de mi pareja. Nos levantamos y, más rápido de lo que me gustaría, salimos con nuestros hijos a desayunar. El lugar nos gusta en especial. Una esquina a una cuadra de la playa que tiene un patio que mira a las calles, estanque, árboles y plantas. Música baja, relajada. Mozas amables. La encargada también. El desayuno: bien servido, abundante.
Luego la playa. Para eso hemos traído las sillas que guardamos en el baúl del auto. Subimos el médano y encaramos para la izquierda en busca de un espacio de arena cerca de la orilla, lo más alejado de otras personas. Nos instalamos, pero surgen los incordios. Un grupo de tres hombres han ido al agua y, en la orilla, se ha quedado un perro -un bull terrier-. Una mujer lo llama con insistencia, a los gritos, y el perro como si nada. Mi pareja termina por gritar: Mové las piernitas.. y la mujer -cirugía en los pechos, glúteos y por lo que veo también en la cara- opta por acostarse boca bajo y no hacerse cargo. Por fin, sale el dueño del agua -un joven corpulento con un corte que combina un rapado encima de una oreja con el pelo largo y teñido de rubio-, el perro se echa con el dueño en la arena. Lo miro bien. El animal es dócil -más allá de su aspecto-.
Lo que no funciona, me informa mi pareja de regreso de hablar con el bañero, es la idea de que alguien le diga a ese grupo que no pueden estar con ese perro suelto.
Salimos a caminar. Día de sol con la temperatura ideal. Veinticinco grados. No hay viento. Hablamos de temas de trabajo dado que todavía estoy absorbido por esas temáticas. De vuelta, me meto al mar. Nado. Las olas, medianas, llegan rotas a mi cuerpo. Nado crawl hacia un costado y luego otro. No hay motivos para estar mal, me digo.
sábado, 9 de mayo de 2026
La paja del trigo 2
Cinco y media volví a mi casa luego de dejar a mi padre en la suya. Terminé con algunos mensajes un tanto tensos de trabajo -roces con una abogada que trabaja conmigo- y me fui al taller con mi cabeza todavía a mil por los mensajes de ese celular. En el taller por momentos me pude meter con los colores y darle distancia a los objetos arcaicos que pinto y que no sé de dónde salen ni qué quiere decir -porque no logro estructurar mi lenguaje técnico-. Es que no tengo ninguna gana de ceder más a las estructuras; ya estoy maniatado por ellas en los demás aspectos de mi vida. ¿Cómo podría entonces avanzar? No lo sé.
Por ese mismo motivo no sé cómo soltar esas estructuras que tengo y que dieron pie a que lleve adelante tantos expedientes. Miles tramitando dentro de ese palacio de Tribunales donde un pluma -pequeña, blanca- se suspende por esos pasillos de esos tribunales en busca de una ventana o puerta.
viernes, 8 de mayo de 2026
Un río que es como un mar
Ahora son casi las cinco de la mañana de un sábado. Estoy en la ciudad. No me fui a la casa de fin de semana porque deseo ir al taller mañana. Necesito pintar, meterme con los colores, verlos, sentir sus pigmentos, su vitalidad en la tela. Componer una imagen hasta volver a una sensación de alegría capaz de llevar al observador a un lugar en donde fue feliz.
Nadé cerca del mediodía. Me levanté a las nueve de la mañana después de dormir de corrido ocho horas. Trabajé con cierta ansiedad por avanzar, Quiero sacarme el trabajo de encima. Reducirlo a la menor expresión y eso es la demostración de la poca vitalidad que me aporta.
A las doce, salí en el auto hacia el club. Pero antes tuve que soportar el llamado de una abogada que trabaja conmigo. Malas noticias. Otro error en su gestión que deberé enfrentar. En la pileta, encontré a la misma señora que estaba días atrás -esta vez junto con una amiga con la que no paraba de charla sentada en una reposera- y al hombre que nadó en el carril contiguo al mío, y con quien hablé en los mejores términos acerca de lo lindo que es esa pileta frente al río. Nadé por espacio de casi una hora, pero tomado por los temas de mi trabajo. Lo bueno es que pude dejar el celular en el auto y por momentos concentrarme en los pájaros. Varios cabecitas negras en los arbustos junto al río. Dos caranchos en la copa de un pino cercano. Una garza metida apenas en el río. También la profundidad del horizonte. Esa distancia tan importante en el mar y en este río que es como un mar (porque no se ve la costa del otro lado -la que está en Uruguay).
miércoles, 6 de mayo de 2026
Mañana será el gran día
Ahora que pienso mejor este fue un día importante. No solo fui por primera vez con mi hijo al palacio de tribunales sino que también estaba mi padre en el estudio esperando a mi hijo para enseñarle un poco del trabajo. Pero eso no fue todo. Hay un colega, al cual le hice un trámite, y no me había pagado, que apareció y me dijo que me iba a pagar la primera cuota de su deuda. Así que fui con mi padre -que justo salía de la oficina- hasta la esquina y nos encontramos con este señor, y a ese señor, de buen modo, le expliqué que mi padre me acababa de decir que después de cincuenta y cuatro años se retiraba de la profesión. Ese retiro, expresado a ese hombre, me pareció que para mi padre tuvo el sentido de un alivio. Cuando lo despedimos, mi padre tuvo el lindo gesto de decirme que me quería ayudar a comprar la parte de la oficina que pertenece a un hombre que está retirado y me la alquila desde hace unos años. Le dije que no es necesario y él me dijo que quería hacerlo. A nuestro lado, estaba el enorme palacio de tribunales. Cruzamos al calle y, por esas cosas que tengo, volví apresurado al estudio antes de que se fuera una empleada con la quería repasar un par de temas. Mi padre siguió su camino a su casa.
Más tarde, con mi hijo -que había permanecido en la oficina trabajando- fuimos hasta el pequeño restaurante en donde almuerzo casi siempre. El dueño estaba cerrando. Dijo no tener más platos que ofrecernos. Mi hijo me dijo que entonces prefería volver a nuestra casa, cosa que hizo y lo acompañé hasta la parada del colectivo. Lo vi trotar un poco cuando cruzó la calle en busca de ese vehículo.
Volví a mi oficina donde trabajé por varias horas. En el interín, recibí el llamado de un abogado que trabaja conmigo, quien explicó con pesar que había cometido un error considerable en un juicio, cosa que me alarmó bastante, pero pude arbitrar bastante bien el inconveniente y seguí con mis tareas hasta que cerca de las seis de la tarde salí a la calle.
Al portero, y a un hombre que suele estar en la puerta de mi oficina y junta papeles y cartones, le dije que era un día maravilloso -porque lo era-. Sol y tibieza por el espacio cercano. También les comenté que eran unos afortunados de estar en esa vereda. Sonrieron y me fui.
Pasadas las seis de la tarde pasé por la librería artística de otra persona amiga, quien me tenía reservado un lienzo de un metro setenta y seis de ancho por un metro sesenta de alto. Será la primera vez que pinte una tela tan grande.
lunes, 4 de mayo de 2026
Antes de irme a la cama
Acabo de salir al balcón. Noche del fin del verano fresca con un viento agradable que va, corre. Acabo de levantar mi cabeza, acá, en el último piso, para mirar las estrellas. Unas nubes, casi nada eran, pasaban sobre ellas, esas estrellas mucho más distantes. Fui con mi hijo al palacio de justicia y, en ese enorme edificio donde resuenan los pasos, me vio en acción en una mesa de entradas. La presentación con dos jovenes retraídos por la solemnidad de la práctica tribunalicia. Mi explicación de por qué necesitaba hablar con cierto funcionario. El hecho de que el funcionario tuviera a bien por fin apersonarse para que mi hijo presencie, luego mi alegato. Sonrisas amables para pedir, mi esmerada diplomacia en acción. Atrás, supongo que estaba la mirada atenta de mi hijo.
sábado, 2 de mayo de 2026
Realización
Cinco y cuarenta y ocho de la mañana. Dormí mal acicateado por el dolor de estomago, pero lo más claro es el sentimiento de angustia por la cantidad de juicios que tengo. Durante años, luché por lograr tener muchos clientes, muchos juicios. Ahora ellos son mi éxito y mi condena. Debo elegir tener menos juicios o ser capaz de lidiar mejor con los que tengo. O bien debería sumar otra posibilidad -que ahora no vislumbro-.
Ahora -cerca de las seis de la mañana- veo que a lo lejos el cielo se empieza a ver más celeste, el sol todavía no asoma cerca de un edifico que dice en su parte más alta "IBM" en grandes letras luminosas. Un avión pasa. Su estruendo lejano me sosiega. También espero que me sosiegue escribir y que me sirva para algo y que ese beneficio no termine en un tipo de encierro como me ha sucedido con los juicios. Una vez se me apareció esa idea en Paría, en un bañera, estaba en el piso más alto de ese edificio por supuesto antiguo, por la ventana se veía la torre Eifell. Veía su figura en el agua caliente -era invierno-. De pronto, de la nada, apareció ese pensamiento: en algún momento lo deseado durante tantos años se iba a concretar y esa realización sería una condena.
viernes, 1 de mayo de 2026
La ofrenda
Voy con mis hijos a almorzar a un lugar que me gusta cercano a la playa. Mi pareja permanece en la casa, tiene que trabajar. Nos sentamos frente a un estanque que tiene peces naranjas. Los cuento, son tres, y en eso se prende un regador cercano y un perro se acerca al estanque a tomar agua.
Varios pajaritos se acercan a nuestra mesa, se posan en las ramas de un árbol añoso que despliega sus ramas encima de nuestras cabezas.
Solo me perturba un hombre, a cierta distancia, que le habla a su celular -graba un mensaje interminable-. Pero por suerte pide la cuenta. Mi hija toma un pedazo de pan, abre su mano y un pajarito, que estaba posado en una rama, toma la ofrenda. Nunca hice algo así que recuerde, digo. Y el pajarito vuelve a la mano de mi hija.
La domanda
La Domanda”, una antigua hostería de la zona se llama el lugar a donde vinimos por recomendación del matrimonio que nos aloja en el complejo de cabañas. Solo debimos tomar la ruta, pasar por dos o tres casas construidas sobre las pendientes, ver las montañas a lo lejos y bajar un trecho. El lugar es más abierto que el sitio donde estamos; los árboles están más desperdigados.
La hostería, una casa de los años cuarenta, tiene una estética helvética con detalles más rústicos. Ostenta una pileta que mira a las montañas donde encontramos a varios huéspedes con los pies en el agua. No se tiran porque está más bien fresco. En el camino que baja hacia el río, un padre y varios preadolescentes nos saludan sin muchas ganas. Más abajo, encontramos un río contenido por un dique de piedras. Al costado, sobre un pasto bien cortado, un grupo de gente mayor conversa. Nos vamos más allá del paredón de piedras a escuchar el agua filtrándose por las rocas, justo donde se forma un estanque. Cuento: seis carpas japonesas. Dos de color naranja, una blanca; el resto son negras. Intento meditar; mi pareja lee.
Los pensamientos me invaden, solo por momentos logro concentrarme en el ruido del agua. En un momento, vienen los ancianos a tomarse una foto al paredón. Hablan alto, parecen contentos. Cuando ellos se van, mi pareja dice que quiere subir hasta la hostería y me quedo solo con un border collie acostado a mi lado. No hace mucho por acercarse a donde estoy y yo tampoco lo busco. Solo el silencio es cortado cada tanto por el canto de los pájaros.
Más allá del techo
Llueve. Al fin. Días de calor, sobre el fin del invierno, pero ya se acaban. Las gotas caen en el techo y generan un rumor. Me dan placer y ...
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El genio rockero me miró con sorpresa y después, víctima de cierta discordancia, tentado, me respondió: “Okay my lord”. Se volteó y preguntó...
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Y desmoronado como estaba recibí el lazo sagrado. Entró en mí el juguete voluptuoso de Flavia. Y cuando entró, empecé a sentir un dolor que,...
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Creo que es mejor que les cuente un poco de Carola. Una premisa que no es sencilla porque mis percepciones cambiaron con los años de manera ...