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martes, 30 de junio de 2026

Ida a la cancha.

Anoche, de regreso con mi hijo e hija de la cancha, doce de la noche, parados en un semáforo de la nueve de julio. Mi hijo me dice: "A vos te gusta pelear todo el tiempo. No tenés paz", que es lo mismo que le digo de mi padre. 

Antes, habíamos llegado a través de avenidas que suben y bajan y dejan ver casas bajas, negocios de venta de repuestos de autos, de cerámicas. También vimos un gran parque del que desconozco el nombre.  Estacionamos lejos del ingreso de la cancha y por lo tanto debimos caminar bastante a toda marcha. Mis hijos me hicieron ver mi lentitud al caminar con relación a la rapidez de sus pasos (que es también algo que en su momento le he dicho a mi padre). 

En las inmediaciones de la cancha, el clima esperado: cánticos, gente apurada, policías observando y sobre todo las figuras de un barrio muy precario que mira al estadio. En ciertas esquinas, vendían choripanes en parrillas en la vereda junto a parlantes que amplificaban la música.

En el estadio, el clima era diferente. Algunas familias en las plateas e incluso un niño de apenas un año sentado al lado de mi hija que agitaba sus brazos con entusiasmo al son de los cánticos y la música de la hinchada. Incluso sonreía a mi hija. Imaginé en él algo de seducción varonil innata. 

El primer tiempo sin goles y sin jugadas lucidas. Solo el encanto de ver a una mujer atractiva que fumaba a mi izquierda. Luego, en el segundo tiempo, los goles. Abrazos y festejos y más tarde la caminata de vuelta hasta el auto. Fueron no menos de treinta minutos por las inmediaciones del estadio, sorteando los charcos generados por las últimas lluvias y luego, frente al barrio tan precario, acelerando el paso. Junto a nosotros caminaba un joven de aspecto humilde con la camiseta de nuestro club. Nos dijo: Estamos solos, hay que apurarse antes de que salgan los buitres. 

jueves, 25 de junio de 2026

Pasado

Son las nueve y cinco de la mañana. Tengo mucho para contar. Desavenencias con mi hermano —una vez más—, hechos que me han alterado en la faz de mi trabajo —una vez más—. Pero ahora me quiero focalizar en el placer de escuchar las gotas que, con timidez, se han lanzado desde el cielo gris que permanece estático. Ayer sentí las gotas igual que hoy, en mi sala de estar, frente a los ventanales, de pie ante las cúpulas del gran edificio de principios del siglo pasado que se alza perpendicular a mi balcón.

A lo lejos veo, una vez más, el primer rascacielos de Sudamérica. Verlo me recordó mi regreso a la ciudad, días atrás. Mientras el avión descendía entre las nubes, miré por la ventana y vi, a lo lejos, casas, árboles y calles. No poder distinguir a las personas aumentaba mi deseo de saber de ellas.

miércoles, 24 de junio de 2026

Vuelta a la oficina.

Una semana por delante. Diez y veinte de la mañana. Lunes de lluvia, serena, sin pausa. He vuelto de mis vacaciones de Semana Santa en San Martín de los Andes con mi hijo. Fue una semana diferente de tantas otras que transcurren en la oficina, entre expedientes, trámites y procesos que me han formateado para ver la vida como una meta que debo alcanzar y que, una vez alcanzada, no representa más que un peldaño desde donde apenas puedo respirar unos instantes, a veces minutos, antes de seguir.

Durante el viaje, mi hijo me explicó con sumo detalle el placer que siente cada vez que va a jugar al fútbol con sus amigos los fines de semana. Me dijo que ese instante enciende su semana. Yo no tengo nada igual.

sábado, 20 de junio de 2026

Villa Traful 2

 Avanzamos un poco más por la costa hasta que vemos un cartel que promociona la excursión al "bosque sumergido", que conocía por una red social y muestra un grupo de árboles bajo el lago que se observan desde unas lanchas. No me gustan los programas turísticos en donde uno depende de la organización de la experiencia. Un horario de salida, otro de llegada, y en el medio la explicación de un guía. Mejor me abstengo, pensé. Sin embargo, la experiencia podría resultarme interesante, me dije después, ver esos árboles sumergidos. El caso es que no me quedaba en claro qué hacer como tantas otras veces en tantas otras circunstancias. 

A su vez, el tema volvió al escenario cuando, en el puesto donde nos detuvimos a encargar un wrap de trucha y otro de ciervo -un puesto que está junto a otros que miran el lago y ofrecen mesas-, un joven, entusiasta, oriundo de la zona, según nos explicó, nos sugirió realizar la excursión. Háganla. Quien la realiza es mi tío, agregó, y nos dio un folleto. Pero no quise adentrarme en el rol del turista sobre una lancha. Preferí quedarme en la orilla, tranquilo, frente al lago, a mi ritmo, y mi hijo opinó lo mismo.

miércoles, 17 de junio de 2026

Un día cualquiera

Me desperté a media mañana y me fui a escribir en el cuarto de atrás. El objetivo era no escuchar el tráfico (mucho más atronador desde que cortaron la calle de la esquina). Ese cuarto de atrás no lo frecuento mucho -aunque ahora debería hacerlo-. Prefiero la vista franca del living a un edificio señorial, un poco a mi derecha, la calle que baja, y luego la estación central de trenes, la terminal de ómnibus y la poca visión, casi nada, pero algo al fin, del río. 

Lo bueno es que el reducido cuarto del fondo también tiene una ventana que abrimos con mi pareja hacia el noreste y mira hacia las terrazas de otros edificios. A lo lejos, solo se ve uno bastante alto. La otra ventana mira a un edificio construido hace unos quince años, demasiado cerca del mío, en el lugar donde había una casa de principios del siglo veinte de tres pisos de buen estilo, que fue demolida un día que quedará en mi recuerdo -vi a un hombre con una maza destruir una escultura en la terraza-.

Cerca del mediodía, unos pocos ejercicios de estiramiento. Todavía pendiente de no verme invadido por los ruidos de afuera, tomé mis auriculares para salir a la calle. Mañana de sol fresca. En un par de días, comienza el verano. La ciudad tiene un ánimo frenético. Se acerca el fin de año. 

A una cuadra de casa, compré el diario -hacía años que no lo hacía-. Mi idea era leerlo después en el almuerzo, en el restaurante de mi amigo -con quien al final hablé de mi proyecto para las vacaciones y él me contó que espera cerrar el restaurante todo el mes de enero para esclarecer su cabeza-. 

De regreso, en la oficina, encontré a dos personas trabajando. Cuando se fue la última, me eché boca arriba en el piso como tantas otras veces. Busco así que mi cabeza se aquiete. Miré el reloj: cinco y cuarto. La hora de salida cuando iba a la primaria. Un hecho que me hizo pensar: Sigo preso de los horarios escolares. 

Al salir, no enfilé por el camino de todos los días, sino por una calle que va hacia una farmacia. Nadie me atendió pronto y tomé de nuevo hacia mi taller (ya pensando en los colores para un cuadro apenas comenzado). Azules mezclados con magenta vi en mi recorrido por las cuadras por donde se despliegan tres plazas. También pensaba que no es mi interés meterme en un lugar cerrado. Solo hubiese querido caminar por el campo. Ver el cielo. Escuchar a los pájaros. Asistir al final de un día que pasa.

sábado, 13 de junio de 2026

Villa Traful

 Salimos cerca del mediodía. Esta vez, por suerte, no me despertaron los hombres de la casa vecina de atrás (los que estaban cortando baldosas con una amoladora). Entiendo que terminaron su trabajo. Ni bien dejamos atrás el pueblo, subimos la cuesta que bordea el lago a la salida de la ciudad y seguimos viaje hasta un lago de nombre Falkner. Ahí nos paramos solo para ver un poco el paisaje. Mi hijo no obstante quiere seguir, avanzar, cosa que hacemos. Un poco después, me vuelvo a detener el auto frente al lago escondido. Ni bien bajamos del auto noto un tronco caído y cortado de grandes dimensiones. Es una escultura con todas las letras, le digo a mi hijo. Quisiera, agrego, alguna vez terminar de armar un estética escultórica coherente en torno a este tipo de hallazgos. Piezas que han sido esculpidas por la naturaleza. Pero para eso supongo que debería ser capaz de proveerles un tipo de intervención de mi parte -más allá de la selección-, un aditamento que les otorgue ese plus, pero todavía no encuentro cómo realizar ese dialogo. 

El lago, un poco más abajo, no se ve muy bien debido a los árboles que están bajando la barranca, pero el agua, un tanto turquesa, se vislumbra entre las ramas. Dos mujeres de unos sesenta años se están sacando fotos a nuestro lado. Les pregunto si quieren que les saque alguna foto y me responden, en un tono amistoso, que no, que ya tienen bastantes. Nos ponemos a hablar. Nos cuentan que han venido a hacer paddle con un grupo y que ahora se dirigen, como nosotros, a Villa Traful. Nos advierten que el camino final tiene partes de cuestas un tanto exigentes (e incluso una de ellas nos dice que si las vemos al costado del camino varadas las auxiliemos). 

El camino final a Villa Traful, tal como nos advirtió la mujer es exigente porque hay tramos que están siendo ampliados. Hay diversos vehículos pesados en el trance. Un hombre avanza muy lentamente. Vencido por la ansiedad, decido pasarlo en forma indebida por su derecha. Es un vehículo con patente uruguaya que paso rápido. Pero me detengo detrás del gran vehículo vial porque ya he perdido la oportunidad de pasarlo otra vez por la derecha -ahora el margen que otorga la calle de tierra es muy exiguo-. 

Un poco más adelante me detengo -junto a un cartel algo despintado que dice: Villa Traful y bajo a la playa. Mi hijo dice que prefiere aguardar en el auto. La playa tiene piedras muy pequeñas; casi parecen arena. Veo un tronco en la orilla, lo alzo con cierto esfuerzo y luego de cavar un poco lo coloco en forma vertical para sacarle fotos. Es una escultura. Espero me sirva de inspiración en un futuro cercano. Luego me siento como los orientales a contemplar el lago sin nadie a la vista. La calma me toca apenas hasta que escucho una bocina. Mi hijo me reclama. 

Seguimos viaje hasta la entrada de la villa, más precisamente hasta una casa de madera. Almacen Gourmet dice el cartel. En ese lugar no vemos a nadie que atienda. Recién cuando nos retiramos, aparece un joven. Le pregunto si venden sandwiches. Solo congelados, me responde y me exhibe uno. No, muchas gracias. ¿Hay algún lugar que nos recomiendes para comer unos recién hechos? El patio gourmet, nos responde y hacia allá vamos.    

miércoles, 10 de junio de 2026

Lanin Sur 2

Volvemos. El trayecto de vuelta se me hace más liviano. No sé si porque voy más rápido al conocer el camino. Al llegar a la entrada del parque detengo el auto y le pido a mi hijo que maneje hasta la casa. Aprovecho para ir al baño. Como está cerrado me dirijo a unos árboles junto al lago desde donde, en la orilla, miro las olas que rompen. En esta parte del lago, el viento se levanta con más fuerza. 

Cuando seguimos viaje, en la ruta, pasamos junto a un camión de bomberos. Veo al costado de la ruta un auto carbonizado y a varias personas con cara de preocupación. Una mujer policía nos hace el gesto que avancemos con expresión adusta. 

Ya en la entrada a San Martín, cargamos nafta. El joven es tan amable como tantos otros que me ha tocado tratar por la región. Paga mi hijo con su celular. Al joven, complacido, le doy una buena propina. Nos ha limpiado el parabrisas del auto. Cuando cruzamos la ruta para pedir sushi, ni bien entramos desde el fondo del local, detrás de la caja, una joven con expresión feliz nos saluda. Supongo que sería el tipo de joven que me enamoraría (si yo también fuese joven). Quisiera decirle a mi hijo que aproveche a esa joven, que le pregunte algo. Mientras esperamos me pongo a conversar con el sushiman. Un hombre que vino hace unos tres años desde Buenos Aires. Me cuenta que los inviernos aquí no son tan arduos. Es un buen momento para trabajar con los turistas que vienen a esquiar, me explica. Luego nos invita a probar un trozo de sushi. 


martes, 9 de junio de 2026

Anuncian tormentas

 

Volvemos a San Martín de los Andes desde Villa Meliquina. El lugar me ha gustado. Mi hijo opina lo mismo mientras bordeamos de nuevo el lago, visible un poco más abajo. Solo al final del lago, el terreno se vuelve plano. Hay un playa donde dos personas suben una lancha a un trailer. Es el fin de su jornada de pesca, por lo que entiendo. Veo que hacen todos sus movimientos sin apuro, parecen pescadores que han terminado por hoy su trabajo, aunque son personas que han salido a disfrutar. La vida en otro lugar, pienso. 

Tomamos por la ruta cuarenta. Curvas, subidas, bajadas. Mi hijo, le hago notar, maneja un tanto rápido. Llegados a San Martín, tomamos por las calles del centro -que muestran casas con flores espléndidas y frentes bien cuidados- y luego la ruta hacia nuestra casa circunstancial. El tiempo está templando a pesar de que ha caído el sol. Lo noto en unos jóvenes que salen de un colegio en remera. Una chica, en soledad, espera un ómnibus con una remera que incluso le deja la panza al aire. 

Ya en la casa, es el turno de cocinar. Corto unos bife de chorizo en rodajas, le echo a una sartén el aceite de oliva premium que he comprado, corto dos cebollas y un marrón verde. Por otra parte, hiervo unas batatas y se las voy a echar a la carne. El resultado es bueno. Cenamos eso. Yo solo tomo un buen vino, mi hijo no toma. 

Después, de comer, constato que afuera el tiempo sigue templado. Silencio casi absoluto. Agradezco eso. En el cielo, diviso algunas nubes. Anuncian lluvias para la madrugada y es comprensible: el aire tienen cierta densidad. 

lunes, 8 de junio de 2026

Lanin Sur

 

Subimos de nuevo al auto. Nuestro destino son las cascadas. Antes, paramos en una capilla que tiene una cúpula estilo ortodoxo. Una excentricidad. Dentro tiene bancos y un altar hechos con maderas de la zona (que en este caso tienen un lustre muy claro). Miro a Cristo en un friso de madera que, junto a la representación del pesebre, muestra animales de la zona. Un puma, ciervos. Afuera, el viento mueve las ramas de una caña (que más o menos se eleva solo un metro y medio del suelo y abunda en la zona). Del otro lado, está el lago. Sentado frente a ese Cristo, solo dentro de esa capilla, la calma, la soledad, me sobrecogen, pero un pensamiento del trabajo, el descubrimiento en mi cabeza de que un proveedor no me ha enviado el detalle de sus horas de trabajo, me saca de ese lugar. Intento volver a Cristo, pero el momento parece haberse ido. 

Seguimos viaje hasta la cascada sin encontrar carteles que indiquen distancias en el parque. Es todo bastante peculiar. Vamos detrás de un hombre que avanza en su camioneta a paso de hombre sacando parte de su brazo por la ventana. Al fin, veo un cartel que dice: Cascada, y una flecha. Nos bajamos. El sendero avanza entre árboles altísimos y grandes, rocas y troncos caídos. Cuando llegamos a la cascada, no nos podemos acercar demasiado a la baranda de madera más cercana a la caída: una nube de agua invade el espacio. Nos acercamos igualmente bastante. El agua en su caída logra un sonido perpetuo, contundente, que me resulta reparador. Permanezco atento al sonido del agua, aunque nunca lo bastante, mientras sacamos fotos. 

Al salir, optamos por seguir un cartel de la entrada que dice: Al río y tomamos por un camino que pasa por un riacho. Intentamos pasar a través de él por algunos montículos de barro. En el intento nos ensuciamos las zapatillas bastante. Mi hijo se lamenta culpándome de haber optado pasar el riacho mientras vanzamos por una cuesta limpiándonos las zapatillas en algunas plantas -plumerillos-. Luego, en lo alto, nos sentamos. La visión del lago y las montañas detrás, un poco más abajo, y de otras montañas a nuestra espalda, me resulta especialmente feliz. Mi hijo se echa en el pasto debajo de un árbol junto a un plumerillo. Cruzo mis piernas como los indios y contemplo el agua a lo lejos un rato. Ese tiempo se va a convertir en la fuente de mi gran felicidad a partir de entonces. Muy pocas veces encuentro la ubicación justa en el tiempo correcto y esta vez la he encontrado.  

Pero mi hijo me pide volver. Es tiempo de partir, dice. Es cierto. Son casi las seis de la tarde y nos aguarda un trayecto largo. 

domingo, 7 de junio de 2026

Parque Nacional Lanin

 Me levanto algo temprano, aunque durante la noche haya tenido que enfrentar una luz —que no logro apagar— en el marco exterior de mi cuarto. Es bastante potente incluso con la cortina desplegada. Pero logro dormirme hasta que, más tarde, la lluvia junto con los truenos, golpeando en el techo, me despierta. Supero también esos ruidos, y lo mismo una bocina de poquísimos segundos que he oído otra madrugada, porque alguna persona la toca en una casa cercana para avisar algo.

Leo un poco en un intento de relajarme. Lo hago en otro cuarto hasta que se levanta mi hijo y desayunamos. Él tiene una clase virtual, de modo que le ofrezco mi computadora.

Al terminarla, partimos hacia Junín de los Andes. No entramos en el pueblo. Seguimos camino y doblamos para tomar una ruta que ofrece menos vegetación que en San Martín de los Andes. Luego la ruta se vuelve de tierra.

En la entrada al parque nos bajamos para pagar el ingreso. Como el viento es considerable, en la orilla del gran lago las olas parecen ser del mar. Me gusta ese carácter brioso. Siete mil pesos cada uno. Una joven nos da, a nuestro pedido, un mapa bastante elemental junto a otra señora que nos recibe con más cordialidad. Aprovechamos para pasar por el baño y seguimos viaje por un camino que tiene árboles de gran tamaño a ambos lados. A nuestra izquierda está el lago, siempre un poco más abajo del camino.

En un espacio recreativo, que es un camping abandonado, paramos a comer unos sándwiches que hemos comprado ni bien salimos. Elegimos una mesa soleada frente al agua. El sándwich no es muy bueno, pero el entorno lo vuelve adorable. También la suerte de poder tomar agua directo del termo. Como siempre, conversamos con mi hijo mientras comemos uno junto al otro.

Después seguimos viaje, avanzando por la cuesta que bordea el lago hasta llegar, luego de varias curvas y contracurvas, al lugar que nos había indicado la joven de la entrada: Puerto Canoas. En el muelle hay un cartel que dice: "Aguas profundas. Prohibido tirarse del muelle". De ahí se supone que sale un catamarán a dar vueltas por el lago. Pero no hay nadie a la vista. Solo un perro de pelo largo, negro ceniciento, que nos viene a saludar con entusiasmo y se mete en el agua. Incluso toma de ella.

—Debe de estar helada —dice mi hijo.

Observamos al perro desde el muelle de madera donde está amarrado el catamarán. Ni bien vuelve a la orilla, se sacude para liberar el agua de su cuerpo.

De regreso, me parece ver la silueta de una mujer dentro de un lugar que dice "Almacén", contiguo a un espacio comedor. Cuando la señora nos abre la puerta, le pedimos un té, después de saludarla, y una tarteleta de coco. Nos invita entonces a pasar al comedor, donde se escucha, viniendo desde la cocina, una música mexicana.

Miramos el agua mientras pasa un padre con su hija. El padre debe tener por lo menos sesenta años y la hija veinte, calculo. Detrás va el perro que se metió al agua hace un rato. Me parece que nos mira un instante a través del vidrio y sigue.

sábado, 6 de junio de 2026

Reposeras de plástico en Villa Meliquina

En la espera de mi comida voy hasta la costa, luego de que mi hijo me dé a entender que prefiere seguir absorto en su celular. Hay solo dos reposeras de plástico blancas frente al lago que parecen esperar a alguien. Me echo en una con el lago inmenso delante y las montañas al final. Todo me invita a permanecer ahí, pero supongo que pronto estará la comida en la mesa. Tomo una foto y se la envío a mi pareja preguntándole cómo se encuentra. 

Cuando vuelvo todavía no encuentro la comida en la mesa. Pero llega pronto. Las empanadas son fritas. No había advertido eso en el menú. La milanesa de mi hijo está bien, pero me advierte que tiene unos nervios inconvenientes. Las papas estrelladas me gustan. Lo mismo la limonada. Una vez que terminamos de pagar, nos sentamos afuera a tomar el último vaso. Mi hijo no quiere más, me responde cuando le pregunto. Me sirvo y conversamos. 

Luego, emprendemos camino al sendero que bordea el lado y nos ha indicado la señora del vestido verde agua. En el trayecto saludamos a una familia que habíamos visto a lo lejos en la playa. Una señora y dos hijos de unos veinte años. El trayecto pasa por piedras grandes, árboles a la vera del agua y desemboca en una playita. Cuando nos reclinamos sobre una roca, veo un tronco metido apenas en el agua. Me fijo en el trabajo que hizo el tiempo en esa madera. Admirado, le saco fotos pensando cuánto me gustaría llevarme ese tronco a mi casa. Pero es muy grande. 

Mi idea es ascender por el otro sendero que nos indicó la señora del vestido de gasa. Pero mi hijo duda. Le digo que me espere en todo caso en la playa, pero al final me acompaña. Tomamos un camino que pasa por dos casas en construcción sobre las laderas donde unos hombres trabajan con sus caras casi del todo tapadas. Debido a que el ascenso es exigente, percibo cómo la pierna derecha es más débil que mi izquierda. El aire comienza a serme escaso. Pero algo me empuja a seguir.  En la cima, vemos un cartel que dice: Vendo lotes, preguntar en el restó Cleo. Luego la visión del pueblo, las casas desperdigadas, el lago, las montañas. Más hacia nuestra espalda se ve un valle angosto que sigue un río que desde la distancia. Se ve finito, le digo a mi hijo. 

viernes, 5 de junio de 2026

Villa Meliquina

 

Nos sentamos en un salón pensado para restaurante sin mayor gracia. Solo el hecho de ser nuevo. O sí, hay grandes ventanales que miran al lago. Hubiese preferido sentarme afuera, pero mi hijo no querido debido al viento (y con todo lo intentamos pero enseguida mi hijo optó por el interior). 

Pronto, aparece una señora de mi edad vestida con una prenda verde agua con gasas. Me parece bastante sofisticada para el lugar. El conjunto es un vestido corto, advierto. También le veo unos borceguíes negros. Es morocha y tiene retocada su cara, especulo. No sabría decir si con Botox o qué. 

De un modo muy amable, nos pregunta qué vamos a pedir. Una limonada de mente y jengibre, sin azúcar, `por favor, le digo. El hecho que sea sin azúcar la desconcierta. Me ofrece edulcorante. Le digo que no es necesario, e incluso insiste en traerlo aparte. De alguna forma su buena predisposición generan en mí una atracción antiquísima. Tal vez como la de un colegial que descubre a su lado a un chica de su edad.

En ese punto del día con mi hijo dudamos si también pedir de almorzar. Es más bien temprano para la hora en que suelo almorzar -la una y veinte de la tarde-. Pero resolvemos pedir. Mi hijo una milanesa con papas fritas. Yo dos empanadas de hongos y una de carne. 

Al rato, voy a la puerta de la cocina, llamo a la señora y le pido una papas fritas también. Ella me ofrece papas estrellas, con ese modo infantil y a la vez bastante sutil. Le digo que sí. 

Salgo entonces un poco afuera, a la terraza, a intentar pensar en nada y como siempre no lo logro. Miro el lago enfrente, me fijo en que hay un cerco a unos seis o siete metros de donde estoy parado -apoyado en una baranda de madera con las manos en mi mentón-. El cerco fue podado en fecha reciente. Los troncos, que han sido cortados, me dan la pauta que el cerca hasta hace poco era bastante más alto y tapaba la vista al agua. El lago tiene un oleaje moderado y el día es de sol. Las montañas atrás mantienen ese mudez acorde con el agua. Veo algunos álamos amarillos en las laderas de mi derecha, casi sobre el agua. También otros más arriba en la montaña. Se alzan en hilera, en el margen izquierdo. Mi voluntad de lograr crecer con mi oficina, ocupa por instantes mi cabeza, pero por otros momentos solo logro fijarme en las levantadas apenas sobre la superficie del agua.  Rompen apenas antes de la orilla. Se escucha algún pájaro, pero muy a lo lejos. Un churrín andino, creo.  

jueves, 4 de junio de 2026

Bendiciones

 San Martín de los Andes. Me levanté cerca de las ocho porque había dejado las cortinas sin bajar. La casa es nueva, amplia, rodeada de árboles. Mira a un valle. Pero no termina de convencerme el hecho de que la calidad de su construcción y su decoración sean el de una casa pensada para ser alquilada. Su dueña cuando trabé conversación con ella, no me pareció interesada en contestar más que lo necesario. También adolece de algunas toallas. Veo ollas viejas y sobre todo tres perros en las casas de enfrente que ladran cada tanto durante el día. 

Salimos después de una siesta que hice a las once de la mañana. Antes había barrido un poco la casa e incluso hecho mi cama. Tomamos lo que el google maps indica cómo entrada al Parque Lanin y no es más que el inicio de la ruta de los siete lagos. Pronto, nos detuvimos en un mirador. Al estacionar, me llamó la atención la presencia de un hombre de sesenta años avanzados con su familia, mujer, hijo, nuera y dos niños. Me hizo una seña amistosa para que tenga en cuenta el gran desnivel que tiene la banquina de la ruta con la gravilla. Gracias, le dije ni bien bajé del auto. ¿Quieren que les saque una foto?, pregunté. Mientras posaba con los suyos pregunté de dónde eran. De General Roca, dijo. Una ciudad ubicada a unos trescientos kilometros de donde era oriundo un amigo de mi padre, que con los años terminó siendo pareja de mi madre. Le pregunté si conocía a esa familia y me dijo que sí, y me explicó que a un amigo de él lo crío el padre del hombre que terminó siendo pareja de mi madre. Repasamos entonces un poco la historia de esa familia. Un padre que hizo una fortuna y unos hijos que más bien la perdieron. Luego nos despedimos. Bendiciones, recuerdo que dijo al final. 



miércoles, 3 de junio de 2026

Gato color miel

Al fin la luz en mis días. Fui esta vez con mi hijo a esa playa del lago Lolog al lugar exacto que me gustó tanto -más a la izquierda, casi sobre un tronco enorme recostado, junto a un árbol-. Como la otra vez eran casi pasadas las seis de la tarde y no había más que una docena de personas desperdigadas en las piedritas. Fuimos derecho a un gran tronco que, como es en cierto modo una escultura hecha por el agua, tiene una suavidad única y un color ceniciento. 

Al poco rato, vino un perro a saludarnos y lo acariciamos. Estuvo con nosotros y cuando se fue vino un gato que habíamos visto ni bien nos bajamos del auto. Un gato color miel que conmigo quiso subirse arriba mío -yo estaba acostado arriba del tronco- para que lo acariciara. Mi hijo tomó varias fotos para mostrárselas luego a mi hija porque ella adora los gatos. Todo el tiempo, el viento era suave, cálido incluso. La luna se elevaba como ayer arriba de una montaña cuando nos fuimos. 

martes, 2 de junio de 2026

Mujer en el avión

 

Antes de subir a la avión noto la presencia de una mujer joven, rubia, con expresión lánguida. Me pareció que tenía cara como de muñeca. Llevaba calzas. La vi con su pareja a mi lado y lo mismo después en el avión. Su pareja se sienta contiguo a mi hijo y yo. Ella se ubicó cruzando el angosto pasillo del avión. En un momento, cuando miro para su lado, noté que dormia con su cara de costado. Al principio, me convocaron sus labios, tan carnosos que supuse retocados, y luego, pasado un rato, cuando volví mi cabeza otra vez, la vi ya despierta de perfil. Su rostro entero, a pesar de su juventud, tenía un trabajo realizado para adaptarse a cierto canon de belleza. Lo constaté después cuando el avión llegó a destino y nos paramos. De pronto, una sensación nueva me tomó. Me resultaba ajena esa mujer, atractiva, en cierto punto, pero a la vez, me pareció distante, y al mismo tiempo había en mi impresión cierto desagrado en torno a su belleza tomada por lo que no es espontáneo. 

domingo, 31 de mayo de 2026

Lago Lolog

Viaje a San Martín de los Andes. Despierto en la mitad de la noche, víctima de una pesadilla -el haber perdido un detalle de cuentas a mano en un papel que me han robado arriba de mi cama, donde insólitamente estaba lleno de gente-. Debo abstraerme. Pero no lo logro. Quiero llorar incluso, necesito desahogarme. Pero tampoco lo logro. Al fin me duermo de nuevo. Pero enseguida suena el despertador. Seis de la mañana. Debemos tomar un vuelo pronto. Nos espera un venezolano amable, gentil y voluminoso, que no se impacienta por mi leve retraso porque, me parece, acepta las imprecisiones de uno porque sabe que él también tiene las suyas. Nos deja en un sitio alejado de arribos fingiendo un desconcierto apenas actuado. El vuelo sale en horario. El viaje me deja ver primero el río, después la ciudad, extendida, plena de construcción que veo como parte de una maqueta inmensa. Solo a los quince minutos -controlo- veo el campo y por fin, una hora después -constato- el desierto. Me gusta ver que hay lugares todavía amplios y deshabitados y luego los lagos, montañas no del todo altas y bosques diseminados. Entre extranjeros que viajaron con nosotros vestidos para una excursión del montaña, tomamos nuestras valijas y vamos a retirar el auto de alquiler. En la oficina de la empresa, nos informan que nuestra reserva es en la del centro y hacia allá vamos. El taxista es un joven bien predispuesto con una sonrisa implícita en la cara. El clima en el auto es genial. Escuchamos en su radio un concurso de cultura general y arriesgamos con mi hijo y el conductor las respuestas que sigue con sus sonrisas impregnadas. Cuando nos despedimos le pregunto el nombre e incluso el apellido. Gallardo, me responde. Retiro del auto después de ser atendidos por una joven también muy simpática. En este lugar, me digo, la gente parece tener un buen trato muy cordial. 

Luego, en la entrada a la casa que alquilamos, no opino lo mismo. La dueña es correcta, pero no se esmera demasiado por agradarnos. La casa mira al valle y constato, tal como en las fotos, que es amplia y nueva. Pero hay algo en ella que no termina de cerrarme. Me pregunto qué es. Salimos al supermercado y luego a comprar empanadas para almorzar. Por fin me tiro en la cama para tomar una siesta. Cuando me despierto, descubro que mi hijo tiene mucho sueño incluso a las cinco y media de la tarde y me resuelvo a salir solo rumbo al lago Loglog. Media hora después, luego de superar varias curvas subiendo y bajando unas cuestas que muestran carteles donde se habla de la nieve que puebla el camino en invierno, llego a una playa donde hay unas pocas familias sentadas sobre las piedritas de la orilla. Un niño incluso, a pesar del viento frío, está con el torso desnudo y los pies en el agua. Va y viene imaginándose cosas. Lo sé porque habla solo. Un poco más retirado, me siento a contemplar el lago. Pronto, sus pequeñas olas me arrullan y me sosiegan hasta que, sobre el final del día, se alza la luna casi llena apenas sobre una montaña. Permanezco sentado como un indio mientras el sol se oculta y casi todos se van. Solo queda una familia y las olas que persisten en el frío que se intensifica. Debo volver. 

sábado, 30 de mayo de 2026

Ligereza

 Día previo a mi salida de viaje a la Patagonia. Como todo día en que estoy por salir de viaje, los nervios se incrementan. De hecho, estoy más nervioso de lo habitual en el último tiempo debido -como siempre- al trabajo. Demasiadas personas vinculadas a mi oficina. Miles de expedientes, y por lo tanto clientes. Siempre quise tener muchos expedientes. Crecer para dirigir. Pero no es el éxito que imaginaba. El fracaso, con todo, el estar a pie, tiene su dulzura. No haber logrado casi nada en el terreno artístico me brinda una ligereza que podría disfrutar. 

Trabajé como tantas mañanas en mi casa temeroso de haber caído con una gripe que mi padre tuvo hace unos días. Pero después del mediodía me sentía mejor. Pasadas la una de la tarde salí para mi oficina intentando disfrutar del trayecto. Mi objetivo es no pensar en el trabajo durante ese lapso. Pero me cuesta. Antes de cruzar la Avenida 9 de Julio, me tope con un vendedor muy atento de una ferretería que frecuento. Caminaba a la par mío con una bolsa con comida y un agua mineral. Lo saludé y me sonrío. Me enterneció su aspecto poco agraciado. Una piernas un tanto vencidas, unos anteojos con lentes gruesos. Caminaba encorvado. Detrás del mostrador me había parecido un hombre en pleno dominio de las situaciones.

Una vez en mi oficina me enfrasqué en un reunión y en los números del mes y más tarde salí a buscar un par de libros de Annie Ernaux para el viaje. Apenas entré a la librería sobre la Avenida Corrientes, un vendedor de más sesenta años, con una expresión triste y el pelo algo largo y teñido, me preguntó que me necesitaba. En su semblante, había un aire amigable. Le expliqué que estaba buscando comprar un par de libros de Ernaux para leer en un viaje y el hombre me contestó: Como ganó el Nobel hace pocos años todavía hay bastantes..., me respondió. 

miércoles, 27 de mayo de 2026

Color sobre color

 

Seis y media por fin llegué a mi taller. Lo logré, pero demasiado tarde. ¿O nunca es tarde cuando la dicha es buena? Pronto, saqué un gran lienzo al patio y, cuando me puse a pintar, comencé a sentir el placer de crear una imagen en un lienzo, de emplear colores, el azul, el verde y el gris, en este caso. Busqué conectarlos en un entramado. No con la forma que busco. Pero al menos una forma que comienza a atraerme. Rodeado de esas paredes de cemento del patio, con pocas plantas a un costado y una fuente que no funciona, sentí ganas de conversar con mi amigo que vive en USA. Le conté algunas impresiones que tuve más temprano acerca de sus pinturas y sobre todo le dije que me intrigaba mucho qué haríamos si dispusiéramos de más tiempo para embarcarnos en un proyecto artístico. Dedicarle energía, tiempo, para crear un mundo personal. Es algo que me intriga y me produce temor. Al vacío. Al fracaso. O bien sea que no termino de sentir ese llamado. Entre tantas cuestiones, me siento incómodo en el llamado "ambiente artístico". Del mismo modo, que no me siento parte del ambiente académico, ni empresarial, ni en ningún otro lugar demasiado preciso. 

Dudas puntuales

 

Un día extraño en el que me desperté nueve y media, un día de sol con cierto calor. Es el comienzo del otoño. Me puse a trabajar en casa, hice ejercicios y más tarde emprendí esos intentos de fijar mi atención en no pensar. Como tantas veces, me encontré entonces con el límite, la imposibilidad. Cierto impulso que me llevan a la acción. Como me esperan muchas tareas laborales no puedo meditar pensando en lo que tengo que hacer -aunque no verdad nada me apremie-. 

Debía estar en lo del peluquero a las doce. Pero llegué doce y veinte por mis malos cálculos del tiempo entre el desayuno y mis tareas laborales. Intenté de todos modos, una vez en la silla, más calmo, con mi cara seria en el espejo, concentrarme en el placer de sentir toques calculados en mis pelos, apenas, uno a uno, acompañados con la mano.

Doce y treinta y cinco salí rumbo a mi oficina donde estaban mi padre y mi hijo conversando. Mi padre, retirado, fue y vino sin mayor precisión pero, por lo visto, contento de no tener más obligaciones. Se fueron ambos al rato. Mi pareja llegó con mi sobrina para ver posibles refacciones en las instalaciones y también se fueron pronto. Me sentía nervioso, alterado por pensamientos que me habían involucrado en recuerdos de un personaje que considero negativo. Es increíble, eso solo, me había alterado camino a la oficina. 

A partir de las dos de la tarde, dediqué mi tiempo a varias tareas y reuniones y a las cuatro de la tarde me fui a la plaza a echarme en el pasto bajo una palmera. Unos gorriones se hacían escuchar a poca distancia. Me di cuenta que estaban arriba mío, en la palmera, muy en lo alto. Pero no pude dejar el celular de lado. Cinco en punto tuve un encuentro en mi oficina con un joven que estudia derecho y es amigo de mi hija. Se sentó del otro lado de mi escritorio y pronto su entusiasmo me llamó la atención. Miraba sobre mi cabeza los objetos de arte que tengo en la pared -máscaras de la cultura Chané-. Me hizo pensar que soy más dichoso de lo que me siento. 

lunes, 25 de mayo de 2026

Almuerzo


Estamos en la playa. Cumpleaños de mi mujer. Día de sol. Hace calor, pero no demasiado. El mar está en un punto justo. No lo veo demasiado calmo ni demasiado picado. Las olas son medianas, evalúo con la vista en el horizonte. Me meto hasta la cintura, el agua no está demasiado fría. Nado crawl, no lejos de la orilla. Al salir del agua, me entero por mi pareja que hay un mensaje. Ha sonado la alarma. El personal de la empresa ha detectado una ventana abierta, aunque sin novedades. 

Dejé esa ventana abierta la noche anterior, cuando cociné. Me olvidé de cerrarla, confieso. Temo por mi computadora y celular. Incluso mi billetera. Mi pareja se ofrece a ir a revisar la casa y cerrar la ventana. Le digo que es su cumpleaños. Voy yo. Pero me dice que prefiere ir ella. Prefiero aprovechar para ir al baño. La acompaño hasta lo alto del médano y luego hasta el auto. De vuelta en la playa, veo a un vendedor de revistas de sudokus y crucigramas. Nunca había visto uno. Lo llamo para que mi hija elija. Toma dos ejemplares y paga. El hombre, sonriente, sigue su camino. Un grande, le comento a mi hija alzando la vista hacia el vendedor. 

Sigo a la espera del llamado de mi pareja. Hasta que: Todo bien, no falta nada. me dice. Vuelvo al agua a nadar, apenas, no demasiado. Quiero más bien disfrutar del agua, que las olas me pasen, no exigirme. 

Al salir, mis hijos me dicen que tienen hambre. ¿Quieren almorzar en el mismo lugar donde desayunamos? Dale, responden. Nos encontramos en esa esquina con mi pareja de regreso desde la casa. La mesa es ideal, en el jardín, un poco en lo alto, retirada, bajo un árbol, con sillas de esterilla especialmente cómodas. Pedimos. La comida no se demora, y es excelente. En un momento, al salir del baño, en una mesa cercana, en un grupo de amigos, me parece que una joven me mira. Vuelvo al rato para elegir un postre y lo mismo. No sé si hay algo en mí que la intriga o algún tipo de atracción mínima. Bueno, vamos, digo cuando me acerco de regreso a nuestra mesa.

domingo, 24 de mayo de 2026

No lo sé

 

Día de lluvia continua, incesante, raudales de agua. La casa, que están en una cuesta, sufrió el embate del barro que traía el agua en la puerta de entrada y, más que nada, en el patio de abajo, el que mira al bosque en donde los pinos se repiten. 

Esos mismo pinos proliferan por las inmediaciones al punto que el espacio adquiere un tono de encierro, de cierto agobio. El espacio abierto que no termina de aparecer. Los pájaros sí lo hacen. Cantan. Me alegran mientras veo el cielo entre los árboles, que no paran de inclinarse. Lo que no me gusta es fijarme tanto en crear ciertas tensiones con otras personas. Por ejemplo: alguien cerró un paso que hay por el bosque entre dos calles (no sé con qué finalidad -si que no pase los peatones o qué-). El caso es que me subleva el hecho que se haya tomado la atribución de cerrar un paso público. No debería el tema conmoverme tanto, pero lo hace. 

sábado, 23 de mayo de 2026

La paja del trigo 3

Ocho y cinco, cuando salí del taller, saludé al encargado de la galería, que cierra a las ocho (esta vez fue de las pocas que me demoré un poco porque nuestro vínculo puede soportar eso). Caminé hasta el supermercado donde compré lo necesario para un asado que pienso hacer este domingo por mi cumpleaños Cincuenta y tres años. Es como había escuchado. Uno envejece sin entender que el tiempo pase tan rápido. El cuerpo no representa la juventud que permanece (tal vez por la inmadurez).

De regreso a mi casa decidí no salir para el lugar del fin de semana. Mi pareja no tenía muchas ganas. Mejor, me dije, aprovechar el espacio del taller mañana. Cené con ella y luego tuve que soportar unos jóvenes vecinos en una terraza cercana y me fui a dormir con ese incordio. Casi cuatro horas después me desperté abrumado. Acá me encuentro. La ciudad a mi alrededor en modo bastante silencioso. El cartel luminoso de IBM a lo lejos. Un avión pasa. Un sonido lejano que me calma. Más lejos está el río y eso también me trae felicidad. Veo la calle que baja. Nadie a pie. Unos pocos autos pasan por la avenida. Una escena que he visto muchas veces muchas noches en busca siempre de la misma paz. Ahora la convoco y ella aparece tenue, por un instante. Quisiera prolongar esos atisbos tan dispares. 

miércoles, 20 de mayo de 2026

Día gris de calor

Un día de sol con falta de aire y también una canción que se repite. Van a despertar del sueño, dice la letra. Sale de un bar la música. Esa frase te hace pensar que ese instante -el escuchar la canción un día de verano- ya lo has vivido. Podrías asegurarlo. Afuera no cantan los pájaros. La ciudad está quieta. Y sin embargo, son las cuatro de la tarde. 

Estás en el barrio llamado Tribunales. En el medio de una plaza, bajo un enorme eucalipto, ves el enorme edificio que ocupa toda una manzana. Aloja una alcaldía, varios tribunales y a la Corte Suprema de Justicia. Has vivido cerca de ese edifico casi toda tu vida. No sabés qué sentido tiene esa proximidad. Hay hojas secas -cosa extraña- esparcidas por el suelo. Raro porque es pleno enero.  A unos pasos, unos turistas alzan la vista hacia un teatro emblemático. Está cruzando la plaza. El sopor te hace querer ir hacia el pasado. Acá mismo te encontraste con esa mujer. Luego, se sentaron en un banco de la plaza y se juraron muchas cosas. En esencia, todas verdades. Un moto toca su bocina a una mujer que cruza cuando no le corresponde por la mitad de la calle. La mujer se apura nada. Hay nubes que cubren el cielo y reflejan las imágenes antiguas que no paran de buscarte. 

sábado, 16 de mayo de 2026

Espalda

 Nueve y media de la noche. Llegamos al restaurante el viejo Hobbit, que tiene un origen incluso anterior a la película. El dueño lo creó a partir del libro, nos explica el voluminoso y calmo hombre que nos recibe en la entrada, y tiempo atrás recibió una demanda de los productores de la película, añade. No creo que progrese, acota por fin con las manos en los bolsillos. 

Entramos. La decoración está a la par de lo que supongo es la estética del libro. Duendes, bosques, incluso un molino. Todo es kitsch e incluso viejo, y aun así logra cierto encanto. Fuentes. Hay bastante madera en la construcción. La moza, joven, morocha, tiene tatuado en su espalda un dibujo japonés del tipo que usaban o usan -no sé bien- las mujeres de los jakuzas. Me pierdo frente a esas figuras sobre la piel blanca. 

jueves, 14 de mayo de 2026

Las soñaré

Nadaba pensando que vivo abrumado por los sentimientos, por los pensamientos, por todo tipo de sonidos externos, y en particular por los ladridos de los perros y las voces altisonantes.  También atento a sumergir un poco más la cabeza y a estirar un poco más los brazos -eso me había sugerido más temprano mi cuñado-. Afuera, por instantes, escuchaba el canto de los pájaros. El sol bajaba casi hasta hasta las copas de unos árboles muy a la distancia. Paré en el borde de la parte más profunda de la pileta y divisé de espalda, paradas de charla, a dos mujeres con un hombre. Más allá, tres niños, de apenas dos años, jugaban con una pelota de goma pequeña de un naranja estridente. Me parecieron increíblemente atractivas. Firmes, paradas de un modo que transmitía una certeza sobre sí mismas que, en sus vidas, a medida que envejecieran, sería insuperable. Jovenes madres que me recordaron a mujeres de mi juventud deseadas a la distancia. Luego, cuando se retiraban, más cerco mío, de nuevo parado en el borde, pude detenerme en la belleza de sus piernas. ¿Las soñaré? Hoy cumplo cincuenta y tres años. 

martes, 12 de mayo de 2026

Por fin el mar

Cumpleaños de mi pareja. Nos levantamos y, más rápido de lo que me gustaría, salimos con nuestros hijos a desayunar. El lugar nos gusta en especial. Una esquina a una cuadra de la playa que tiene un patio que mira a las calles, estanque, árboles y plantas. Música baja, relajada. Mozas amables. La encargada también. El desayuno: bien servido, abundante. 

Luego la playa. Para eso hemos traído las sillas que guardamos en el baúl del auto. Subimos el médano y encaramos para la izquierda en busca de un espacio de arena cerca de la orilla, lo más alejado de otras personas. Nos instalamos, pero surgen los incordios. Un grupo de tres hombres han ido al agua y, en la orilla, se ha quedado un perro -un bull terrier-. Una mujer lo llama con insistencia, a los gritos, y el perro como si nada. Mi pareja termina por gritar: Mové las piernitas.. y la mujer -cirugía en los pechos, glúteos y por lo que veo también en la cara- opta por acostarse boca bajo y no hacerse cargo. Por fin, sale el dueño del agua -un joven corpulento con un corte que combina un rapado encima de una oreja con el pelo largo y teñido de rubio-, el perro se echa con el dueño en la arena. Lo miro bien. El animal es dócil -más allá de su aspecto-. 

Lo que no funciona, me informa mi pareja de regreso de hablar con el bañero, es la idea de que alguien le diga a ese grupo que no pueden estar con ese perro suelto. 

Salimos a caminar. Día de sol con la temperatura ideal. Veinticinco grados. No hay viento. Hablamos de temas de trabajo dado que todavía estoy absorbido por esas temáticas. De vuelta, me meto al mar. Nado. Las olas, medianas, llegan rotas a mi cuerpo. Nado crawl hacia un costado y luego otro. No hay motivos para estar mal, me digo.

sábado, 9 de mayo de 2026

La paja del trigo 2

 

Cinco y media volví a mi casa luego de dejar a mi padre en la suya. Terminé con algunos mensajes un tanto tensos de trabajo -roces con una abogada que trabaja conmigo- y me fui al taller con mi cabeza todavía a mil por los mensajes de ese celular. En el taller por momentos me pude meter con los colores y darle distancia a los objetos arcaicos que pinto y que no sé de dónde salen ni qué quiere decir -porque no logro estructurar mi lenguaje técnico-. Es que no tengo ninguna gana de ceder más a las estructuras; ya estoy maniatado por ellas en los demás aspectos de mi vida. ¿Cómo podría entonces avanzar? No lo sé. 

Por ese mismo motivo no sé cómo soltar esas estructuras que tengo y que dieron pie a que lleve adelante tantos expedientes. Miles tramitando dentro de ese palacio de Tribunales donde un pluma -pequeña, blanca- se suspende por esos pasillos de esos tribunales en busca de una ventana o puerta.

viernes, 8 de mayo de 2026

Un río que es como un mar

 Ahora son casi las cinco de la mañana de un sábado. Estoy en la ciudad. No me fui a la casa de fin de semana porque deseo ir al taller mañana. Necesito pintar, meterme con los colores, verlos, sentir sus pigmentos, su vitalidad en la tela. Componer una imagen hasta volver a una sensación de alegría capaz de llevar al observador a un lugar en donde fue feliz.  

Nadé cerca del mediodía. Me levanté a las nueve de la mañana después de dormir de corrido ocho horas. Trabajé con cierta ansiedad por avanzar, Quiero sacarme el trabajo de encima. Reducirlo a la menor expresión y eso es la demostración de la poca vitalidad que me aporta. 

A las doce, salí en el auto hacia el club. Pero antes tuve que soportar el llamado de una abogada que trabaja conmigo. Malas noticias. Otro error en su gestión que deberé enfrentar. En la pileta, encontré a la misma señora que estaba días atrás -esta vez junto con una amiga con la que no paraba de charla sentada en una reposera- y al hombre que nadó en el carril contiguo al mío, y con quien hablé en los mejores términos acerca de lo lindo que es esa pileta frente al río. Nadé por espacio de casi una hora, pero tomado por los temas de mi trabajo. Lo bueno es que pude dejar el celular en el auto y por momentos concentrarme en los pájaros. Varios cabecitas negras en los arbustos junto al río. Dos caranchos en la copa de un pino cercano. Una garza metida apenas en el río. También la profundidad del horizonte. Esa distancia tan importante en el mar y en este río que es como un mar (porque no se ve la costa del otro lado -la que está en Uruguay).

miércoles, 6 de mayo de 2026

Mañana será el gran día

 Ahora que pienso mejor este fue un día importante. No solo fui por primera vez con mi hijo al palacio de tribunales sino que también estaba mi padre en el estudio esperando a mi hijo para enseñarle un poco del trabajo. Pero eso no fue todo. Hay un colega, al cual le hice un trámite, y no me había pagado, que apareció y me dijo que me iba a pagar la primera cuota de su deuda. Así que fui con mi padre -que justo salía de la oficina- hasta la esquina y nos encontramos con este señor, y a ese señor, de buen modo, le expliqué que mi padre me acababa de decir que después de cincuenta y cuatro años se retiraba de la profesión. Ese retiro, expresado a ese hombre, me pareció que para mi padre tuvo el sentido de un alivio. Cuando lo despedimos, mi padre tuvo el lindo gesto de decirme que me quería ayudar a comprar la parte de la oficina que pertenece a un hombre que está retirado y me la alquila desde hace unos años. Le dije que no es necesario y él me dijo que quería hacerlo. A nuestro lado, estaba el enorme palacio de tribunales. Cruzamos al calle y, por esas cosas que tengo, volví apresurado al estudio antes de que se fuera una empleada con la quería repasar un par de temas. Mi padre siguió su camino a su casa. 

Más tarde, con mi hijo -que había permanecido en la oficina trabajando- fuimos hasta el pequeño restaurante en donde almuerzo casi siempre. El dueño estaba cerrando. Dijo no tener más platos que ofrecernos. Mi hijo me dijo que entonces prefería volver a nuestra casa, cosa que hizo y lo acompañé hasta la parada del colectivo. Lo vi trotar un poco cuando cruzó la calle en busca de ese vehículo. 

Volví a mi oficina donde trabajé por varias horas. En el interín, recibí el llamado de un abogado que trabaja conmigo, quien explicó con pesar que había cometido un error considerable en un juicio, cosa que me alarmó bastante, pero pude arbitrar bastante bien el inconveniente y seguí con mis tareas hasta que cerca de las seis de la tarde salí a la calle. 

Al portero, y a un hombre que suele estar en la puerta de mi oficina y junta papeles y cartones, le dije que era un día maravilloso -porque lo era-. Sol y tibieza por el espacio cercano. También les comenté que eran unos afortunados de estar en esa vereda. Sonrieron y me fui. 

Pasadas las seis de la tarde pasé por la librería artística de otra persona amiga, quien me tenía reservado un lienzo de un metro setenta y seis de ancho por un metro sesenta de alto. Será la primera vez que pinte una tela tan grande. 

lunes, 4 de mayo de 2026

Antes de irme a la cama

 Acabo de salir al balcón. Noche del fin del verano fresca con un viento agradable que va, corre. Acabo de levantar mi cabeza, acá, en el último piso, para mirar las estrellas. Unas nubes, casi nada eran, pasaban sobre ellas, esas estrellas mucho más distantes. Fui con mi hijo al palacio de justicia y, en ese enorme edificio donde resuenan los pasos, me vio en acción en una mesa de entradas. La presentación con dos jovenes retraídos por la solemnidad de la práctica tribunalicia. Mi explicación de por qué necesitaba hablar con cierto funcionario. El hecho de que el funcionario tuviera a bien por fin apersonarse para que mi hijo presencie, luego mi alegato. Sonrisas amables para pedir, mi esmerada diplomacia en acción. Atrás, supongo que estaba la mirada atenta de mi hijo. 


sábado, 2 de mayo de 2026

Realización

Cinco y cuarenta y ocho de la mañana. Dormí mal acicateado por el dolor de estomago, pero lo más claro es el sentimiento de angustia por la cantidad de juicios que tengo. Durante años, luché por lograr tener muchos clientes, muchos juicios. Ahora ellos son mi éxito y mi condena. Debo elegir tener menos juicios o ser capaz de lidiar mejor con los que tengo. O bien debería sumar otra posibilidad -que ahora no vislumbro-. 

Ahora -cerca de las seis de la mañana- veo que a lo lejos el cielo se empieza a ver más celeste, el sol todavía no asoma cerca de un edifico que dice en su parte más alta "IBM" en grandes letras luminosas. Un avión pasa. Su estruendo lejano me sosiega. También espero que me sosiegue escribir y que me sirva para algo y que ese beneficio no termine en un tipo de encierro como me ha sucedido con los juicios. Una vez se me apareció esa idea en Paría, en un bañera, estaba en el piso más alto de ese edificio por supuesto antiguo, por la ventana se veía la torre Eifell. Veía su figura en el agua caliente -era invierno-. De pronto, de la nada, apareció ese pensamiento: en algún momento lo deseado durante tantos años se iba a concretar y esa realización sería una condena. 

viernes, 1 de mayo de 2026

La ofrenda

 Voy con mis hijos a almorzar a un lugar que me gusta cercano a la playa. Mi pareja permanece en la casa, tiene que trabajar. Nos sentamos frente a un estanque que tiene peces naranjas. Los cuento, son tres, y en eso se prende un regador cercano y un perro se acerca al estanque a tomar agua. 

Varios pajaritos se acercan a nuestra mesa, se posan en las ramas de un árbol añoso que despliega sus ramas encima de nuestras cabezas. 

Solo me perturba un hombre, a cierta distancia, que le habla a su celular -graba un mensaje interminable-. Pero por suerte pide la cuenta. Mi hija toma un pedazo de pan, abre su mano y un pajarito, que estaba posado en una rama, toma la ofrenda. Nunca hice algo así que recuerde, digo. Y el pajarito vuelve a la mano de mi hija.

La domanda

La Domanda”, una antigua hostería de la zona se llama el lugar a donde vinimos por recomendación del matrimonio que nos aloja en el complejo de cabañas. Solo debimos tomar la ruta, pasar por dos o tres casas construidas sobre las pendientes, ver las montañas a lo lejos y bajar un trecho. El lugar es más abierto que el sitio donde estamos; los árboles están más desperdigados.

La hostería, una casa de los años cuarenta, tiene una estética helvética con detalles más rústicos. Ostenta una pileta que mira a las montañas donde encontramos a varios huéspedes con los pies en el agua. No se tiran porque está más bien fresco. En el camino que baja hacia el río, un padre y varios preadolescentes nos saludan sin muchas ganas. Más abajo, encontramos un río contenido por un dique de piedras. Al costado, sobre un pasto bien cortado, un grupo de gente mayor conversa. Nos vamos más allá del paredón de piedras a escuchar el agua filtrándose por las rocas, justo donde se forma un estanque. Cuento: seis carpas japonesas. Dos de color naranja, una blanca; el resto son negras. Intento meditar; mi pareja lee. 

Los pensamientos me invaden, solo por momentos logro concentrarme en el ruido del agua. En un momento, vienen los ancianos a tomarse una foto al paredón. Hablan alto, parecen contentos. Cuando ellos se van, mi pareja dice que quiere subir hasta la hostería y me quedo solo con un border collie acostado a mi lado. No hace mucho por acercarse a donde estoy y yo tampoco lo busco. Solo el silencio es cortado cada tanto por el canto de los pájaros.

miércoles, 29 de abril de 2026

Hoy a la tarde

 Volví a la pileta; vuelvo a escribir. Es la primera vez desde la muerte de mi perra, hace no menos de tres semanas (todavía debo ir a buscar sus cenizas, pero no he tenido fuerzas para hacerlo). 

El agua estaba fría. Había salido de mi casa perturbado por el estruendo de la música de un vecino. Pero en el club también había música. Olimpiadas para jóvenes; la consigna. Sobre el final de la tarde, para colmo, se reunieron todos en las inmediaciones de la pileta para seguir con la música y con los comentarios de un locutor que hablaba sobre los eventos con una voz monótona. Solo casi al anochecer se fueron. Entonces, salí del agua, miré un poco los álamos carolinos y caminé descalzo por el pasto. Un zorzal saltaba a pocos metros. Me miró y se fue. 

martes, 28 de abril de 2026

Nada

 

Ya el cuerpo comienza a cambiar de manera clara, concisa, a veces fuerte. Esa manera que tenía de saltar, esa agilidad, está en mis recuerdos, que a su vez también se van. 

Un filo recorre ahora mis noches y más que nada se acerca a mi cuerpo bajo las estrellas.

Se acerca mi perra (recién llegada de su paseo matinal) moviendo la cola mientras escribo esto. Está feliz encontrar a su dueño sentado en un sillón. La acaricio.

Me pregunto qué tanto disfruta de confiar en mí como dueño. Intento meditar. Como siempre, se me dificulta no pensar. Estoy en un cuerpo atado a una consciencia (y entre ellos hablan todo el día e incluso por la noche), y esa consciencia inventa mis creencias, ¿o lo hace el mismo instinto que muestra mi perra? 

sábado, 25 de abril de 2026

Un atisbo

Voy al taller al mediodía. Sábado. Fin del verano. Falta un día para mi cumpleaños. Ni bien llego, saludo al encargado y le pregunto si quiere un café. Suelo pedirle uno cuando llamo para pedir el mío. Me dice que sí. Abro el local y veo las pinturas. Le faltan definiciones, me digo. Los cuerpos y los paisajes todavía no representan un "lenguaje personal", diría un crítico. Pero continúo. Me da placer y eso es lo principal. Pinto un cuadro, luego otro, repaso al menos seis y les saco fotos afuera, en el patio. 

Mezclo los colores. Azul y luego el amarillo con un poco de rojo -apenas- en pos de la vitalidad que encuentro en ciertos cuadros en épocas donde abundaban los reinos con bosques interminables. Quisiera encontrar algo en algún punto de mi lienzo. Un atisbo. 

jueves, 23 de abril de 2026

Seis

Seis de la mañana casi. Me desperté en medio de un sueño con ganas de ir al baño como tantas veces. Del sueño solo recuerdo que una amiga de mi pareja, ligada a una familia de mucho dinero, presenciaba un torneo de tenis al lado del tablero que indica los resultados, en el piso. Me preguntaba en el sueño cómo haría para ir al baño y entonces me desperté.

Y cuando me quise volver a dormir me lo impidió un murciélago. Rasgaba las tejas del techo.

Ahora los pájaros empiezan a cantar porque clarea. El rumor de unos autos a lo lejos, en la autopista, me resulta agradable. Se intensifican los cantos. Quisiera salir de mis pensamientos y ser capaz de quedarme con los cantos. Lo intento sin éxito; los pensamientos vuelven.

lunes, 20 de abril de 2026

Salida

 

Salida de mi oficina a las tres de la tarde. Viernes, quiero disfrutar. He comido una ensalada comprada en un lugar atendido por chinos. La hija de la dueña, captó mi atención con su piel blanca y sus gestos tímidos o más bien contenidos y distantes. 

Su madre hablaba detrás con un hombre en chino en un tono insoportablemente alto. 

Al salir de mi oficina, caminé a toda marcha para lograr salir cerca de las cuatro de la tarde con mi pareja para la casa de fin de semana. 

Seis y media por fin fui a nadar en la pileta del club. El momento deseado. Pero pronto llegó un grupo de gente y comenzó una clase de natación. La pileta se convirtió en un ir y venir bastante frenético mientras algunos miraban sus relojes midiendo los tiempo de sus recorridos. En el borde la parte baja de la pileta, un hombre supervisaba a estas personas y cada tanto daba precisiones en torno al modo de usar los brazos. Me puse a mirar los árboles, unos álamos carolinos, a mi derecha, con la cabeza afuera del agua mientras nadaba pecho. En eso una estrella blanca que venía de un árbol se posó en el agua. 

domingo, 19 de abril de 2026

Luna llena

Me meto al mar poco después de la siete de la tarde. El sol está por irse entre unas acacias  arriba de los médanos. El agua sigue tibia. A mi lado, un grupo de personas disfrutan todavía del agua. Son unos seis jóvenes. Hay dos niñas un poco más atrás que gritan con cada ola. Me acerco a ellas porque el mar está embravecido y me gusta estar cerca de los otros en esas circunstancias. Me dan una buena pauta de cómo está el terreno a mi alrededor. Me gusta sentir cuando las olas pasan arriba mío y siento un movimiento controlado.

Una señora de edad avanzada me está cuidando mi mochila. O al menos le pregunté si no había problema que la deje junto a su silla. Las olas todavía impactan mi cuerpo y siento cómo me liberan de las tensiones. 

El sol se ocultó cuando salgo del agua. Miro el mar desde la orilla. Los seis jovenes todavía siguen en el agua. Se suman unas señoras que tal vez sean las madres. También siguen las niñas. Gente humilde que disfrutan del mar como nadie. Intento fijarme solo en el sonido de las olas. Pero no lo logro por demasiado tiempo. 

Cuando la luz escasea, emprendo la vuelta. Arriba del médano, noto que hay varias personas señalando hacia el mar. La luna sale en el horizonte. Luna llena. Rosada. Perfecta. Incluso se ven las manchas más oscuras en ellas apenas-. Nunca había visto algo así. 

Hay bastante gente arriba de un médano observando. Un hombre a mi derecha ha desplegado una cámara profesional. Un anciano junto a su pareja. Pienso en la edad avanzada que tienen y me da tristeza. Los miro. Parecen felices de fotografiar a la luna. Sonríen apenas.  

jueves, 16 de abril de 2026

Golden retriever

Un perro que ladra de manera insistente. El perro de un vecino. De hecho, según corroboro, ladra en la puerta de mi casa. No lo he visto en el último tiempo. Salgo al jardín y un golden retriver me deja una piña para que se la tire (se trata de un juego que hemos jugado en otras oportunidades). 

Alguien se sube a un auto. Debe ser la dueña, me digo y voy hasta el vehículo. Me acerco hasta el vidrio junto con el perro, que me sigue. Le hago señas a la señora, pero ella no me observa. Acaba de encender el auto y mira al frente. Le golpeo apenas el vidrio y se sobresalta. Su perro viene a ladrar con insistencia a mi puerta, le digo. No soy capaz siquiera de agarrarlo, me responde. Lo intenta ante mi vista, de hecho, pero es inútil. Por fin dice que va pedirle ayuda a su marido -un anciano de más de ochenta años- y se retira disculpándose. 

Tiempo después el perro vuelve a mi puerta a ladrar. Esta vez espero que se canse y se retire, cosa que logro. 

Desde entonces han pasado más de dos horas, pero su presencia permanece. 

miércoles, 15 de abril de 2026

Un día como tantos otros


Día como tantos otros, aunque no insulso. Duermo y me despierto con el siguiente recuerdo: mi hija me explicaba que la persona que cayó al vacío, en su intento por atemperar el golpe, se tomó las rodillas. Ocho pisos. Pero aún tenía esperanza. 

Me despierto con una angustia severa. Es un día de sol. Nueve y treinta. Aparezco en la sala de estar y no encuentro a nadie. Todo limpio. La señora que hace las tareas domésticas está en el lavadero. "Cómo anda María", pregunto. Bien y usted, responde. Bien, digo. Le ofrezco un café con leche y acepta. 

Empiezo a ver el diario en la computadora e intento corregir algo que he escrito. Un libro incluso publicado. Siempre hay algo que falta y me impide sentirme complacido. Ejercicios mínimos en una alfómbra y se despierta mi hija y al rato mi hijo. Desayuno. Ellos están sumamente preocupados por nuestra perra. No se siente bien desde hace unos días. Tal vez un virus estomacal. Tiene trece años. El tiempo se va para ella, sospecho. Salgo para mi oficina diciéndome que es un día es fresco, pleno. En el camino le dicto al teléfono asuntos de trabajo y pretendo avanzar con lo mío. 

En el oficina converso con mi padre los detalles de su retiro. Tiempo histórico. Una etapa se cierra. Pronto él se va y me quedo trabajando con la computadora como cada día. El palacio de tribunales está enfrente. Mudo.  

lunes, 13 de abril de 2026

Maderas y hierros

Pasamos por el llamado "Paseo H" donde un par de conocidos tienen su puesto. Una señora que vende artesanías del pueblos originarios del norte y un hombre que realiza objetos decorativos con materiales reciclados -madera y hierros-. Con el hombre me puse a charlar de varias cosas hasta que llegamos al tema de su madre. Deprimida, me explicó, desde los cuarenta años. Tiene ochenta y anda en un plano bien bajo, mucho más que antes, me dijo mirando hacia la gente que pasa por la peatonal. No quiere salir de su casa. Él tiene que proveerle la comida y la visita día por medio (la señora vive en un lugar a quince o veinte minutos en auto). 

Mi amigo, hijo único, me contó también que su padre murió hace doce años. Lo acompañó el último mes de vida. Había fumado mucho. Casi no podía respirar. Sus padres se llevaban bien, pero estaban separados. Él también está separado. Le dejó su parte de la casa a la ex mujer y ahora alquila un departamento pequeño a media cuadra de su negocio (lo he visto ingresando raudo a ese lugar que está junto a un restaurante y un grupo de cabañas). 

Su hijo estudia terapia ocupacional en una ciudad distante unos trescientos kilómetros. Me explicó todo eso con un tono neutro con un trapo de rejilla en la mano.  Luego me dijo que tenía que ir a lavar un pincel y desapareció. 

domingo, 12 de abril de 2026

Cinco de la mañana

Me levanté antes de la cinco y vi al portero que suele limpiar la vereda con una manguera a esa hora. Riega la vereda frente a un edifico casi al final de la calle que baja. Mi balcón y ventana están una esquina particular. Hay un plazoleta abajo y la esquina sobresale un poco más que la vereda de enfrente. Por eso mi balcón mira franco a la calle que baja. 

Al costado, se levanta un edifico antiguo palaciego y, a continuación de la calle que baja, se ve una avenida, la estación central de trenes, la terminal del ómnibus, unos silos en el puerto y el río. Además del portero, en el supermercado un poco antes, se veían las luces prendidas y la puerta entreabierta. En esos momentos suelen verse a personas entrando a trabajar. 

Decidí tirarme el tarot. Las preguntas fueron las de siempre y lo mismo las respuestas. 

sábado, 11 de abril de 2026

Un ejemplo

 Liberarme de esas ideas convertidas 

en sentimientos que me han tenido 

con una soga gruesa 

-como la de los trasatlánticos- 

atada a mi pierna izquierda -soy zurdo-. 

Quisiera adentrarme en otras cabezas. 

Saber cómo siente otra gente.

Si tuviera esa facultad viviría lejos.

jueves, 9 de abril de 2026

Con todo mi amor

 Me bajo del auto en la estación de servicio ubicada en el kilometro ochenta y tres de la ruta 2. Cargo nafta. En el auto están mis hijos, mi pareja. El hombre que me atiende -sesenta años, reposado, y que supongo amante de la buena comida, me limpia los vidrios del auto. Luego, me da una moneda para usar el medidor de aire. Se lo agradezco. Mido el aire de mis neumáticos y miro al otro lado de la ruta, justo donde hay unos eucaliptos. Apenas se mueven. Cae la tarde del fin de un verano. La temperatura es ideal. Cantan los pájaros. El mundo se aquieta por un instante. 


martes, 7 de abril de 2026

Agua vivas

 Día último de playa. Decido ir al mar no obstante son las tres de la tarde. El calor es abrasador. Me bajo del auto y subo el médano. La arena quema mis pies incluso con las ojotas puestas. Bajo la pendiente con la idea de dejar mi mochila en custodia del bañero, pero desisto porque tengo que caminar demasiado hacia la izquierda. Voy a la orilla, digo: "Buenas tardes" a un señor que está con su familia. Le pido si me cuida la mochila mientras me baño en el mar. Me responde que sí, pero me advierte: "Hay muchas aguas vivas en el agua". Su hijo -unos cuatro años- se dedica en la orilla a armar una montaña con ellas. La miro sin desistir de mi propósito. Le aclaro que me estoy volviendo a la ciudad y que nada en el mundo me va a impedir el último baño. Pero voy a estar atento. 

Veo pronto una agua viva a la distancia. No es grande, me digo cuando me sumerjo. La sensación de un peligro controlado -no es tan grave finalmente ser picado por una agua viva- me hace disfrutar todavía más el contacto con las olas. Siento su fuerza, esa frescura y, pronto, me animo a barrenar una. 

Junto a otras personas me acerco a una ola que está por romper, la tomo en el punto medio, el preciso para luego barrenar, braceo, y sí, la tomo. Ella me lleva de un modo impecable. De hecho, soy el único que la ha tomado tan bien. Luego repito esas barrenadas dos veces más y juzgo que es mejor no tentar más a la suerte. Me acerco a la orilla. Meto simbólicamente por última vez la cabeza bajo el agua y trato de retener la sensación del agua. 

domingo, 29 de marzo de 2026

Tipo de vida

 El día prometía ser de sol pero está más bien nublado. Después del desayuno me resuelvo a pintar un poco. No avanzo mucho con la pintura, pienso mientras acomodo una tela. Supongo que porque no tengo ánimo para trabajar de un modo sistemático. 

Cerca de las tres salimos a caminar y luego a la playa. El bosque y sus caminos. Eso me entusiasma. En la playa, desde el médano, sentimos el alboroto de la gente sobre la orilla. Perros, vendedores ambulantes, chicos que juegan. Elegimos un lugar cerca del mar. Ni bien pongo mi silla, siento el viento agradable. El mar, por lo que veo en la reacción de la gente, tiene agua vivas. Cuando me meto lo corroboro y opto por nadar con precaución. Tanta que pronto desisto. Me quedo un poco más cerca de la orilla. Quiero recibir el embate de las olas (ya menos intensas después de un recorrido). 

El agua tiene hoy un color marrón. No así más atrás, después de la rompiente. Cuando salgo del agua charlamos un poco con mi pareja. Hay bastante gente alrededor y eso me distrae a la hora de contemplar el mar. Por eso me fijo en las olas a lo lejos. Pero me cuesta abstraerme de la gente que pasa por la orilla. Me pregunto cómo sería si pudiera abstraerme de mis pensamientos y lograr una concentración serena, limpia. El mar y la continuidad de sus olas hasta lograr el desapego que tiene el viento cuando toca mi cara.

jueves, 26 de marzo de 2026

Noche de verano

 Sueños intensos. Creo entender después de tantos años, decenas de años, que mi mayor temor, con viene del hecho que mi pareja repita la historia de mi madre. Yo pensé que ella me quería, mi madre, pero luego descubrí que su amor era lábil, intermitente, impredecible, y sobre todo que su cuerpo estaba atrapado en sus deseos. 

Me despierto. Quiero fijar esta comprensión que me llevó décadas alcanzar. Pero las imágenes se pierden. Prendo la luz. Tomo un poco de limón con agua y miro por la ventana. Amanece cuando bajo al living y busco el reloj: seis y cinco de la mañana. Decido que lo mejor es leer un libro de ensayos de Cootzee. Me pierdo en la vida de un poeta que luchó contra el apartheid y contra sus rigideces sin mayor éxito y por fin me duermo. 

A partir de entonces, los sueños otra vez me agarran. Estoy de nuevo en el vaivén de un barco. Las olas bajan, suben, no paran. 

martes, 24 de marzo de 2026

Terminal del ómnibus

 Diez y cinco de la noche; estoy en la terminal de ómnibus a la espera de mi pareja. Elijo un agua, pido un vaso -me dan uno de cartón-. Me siento. Las sillas tienen un diseño que me da mucho placer en la espalda. Son de hierro y tienen el calce justo para que las contracturas se compongan en su estructura. Son rojas.  

Enfrente un joven y su madre charlan con un tono dulce, cansino y relajado. Me gusta estar cerca de ellos. Los anuncios se reiteran. Hay muchos arribos y salidas en ese lugar. La cantidad de anuncios terminan por confundirme. No estoy seguro si ya arribó el ómnibus de mi pareja y en eso estoy cuando la veo pasar junto a mí. Le chiflo y se vuelve. Nos sentamos a terminar el agua. No nos hemos visto por dos días. 

Pago el estacionamiento y salimos en busca de un restaurante. Nos resolvemos por probar en un clásico del lugar. Mundo hobbit. Un lugar inspirado en Tolkien bastante concurrido, pero hay mesa, me informa mi pareja ni bien se baja a averiguar. Una vez que salgo del auto, me topo con el cuidador de coches. Buenas noches, ¿cómo anda? pregunto. Me responde: De diez casi para once. Ojalá algún día llegue a tanto..., le digo y me toma del brazo de un modo cariñoso sonriéndome. 

domingo, 22 de marzo de 2026

El mar a las siete

Voy al mar a las siete de la tarde como hice el día de ayer. Mucha gente baja el médano con sus sillas y sombrillas. Se retiran. Como ayer, un hombre de mi edad está sentado en un costado a la izquierda. Elijo esa zona, dejo mi silla y me meto en el agua. Está tibia. Juego con las olas en un intento por creer que soy un delfín o una foca como en mi infancia. Pero la magia ha desaparecido. De todas maneras, nado contra la corriente en el canal que se hizo cerca de la orilla. Hago pie si quiero. Luego viene un banco de arena y más atrás rompen las olas. 

Hay algunas aguavivas pequeñas; me arden algunas zonas del cuerpo, pero no demasiado. Sigo con el nado. Me gusta saber que relajado avanzo casi nada. Hay un joven cerca mío en el agua. Quiero esperar a salir del agua luego que él salga. Me gusta pensar que soy el último. Pero el hombre no sale incluso cuando el sol se oculta detrás de los médanos. El frío empieza a arreciar. Salgo. Me seco con una gran toalla. Miro dos mujeres y una niña que se sacan fotos en la orilla a lo lejos. La madre no deja de apuntar su celular a ella mientras varía las poses provocadoras. No distingo bien su expresión a la distancia. 

Como ayer la luna está casi llena. El hombre de mi edad permanece todavía en una reposera detrás mío. Mira el mar como yo. Me gustaría estar del todo solo. Como otras veces  intento concentrarme en el ruido de las olas, pero mi cabeza quiere divagar. Siento una respiración acelerada incluso cuando lo intento. Desisto. Dejo que las ideas pasen por el paisaje. Por fin el hombre alza sus cosas. A los pocos minutos lo imito. 

sábado, 21 de marzo de 2026

En el sueño

 Una noche y su silencio y más allá el mar aficionado a su viento. Se fueron todos. Solo quedan los recuerdos de los cuerpos sobre la arena de pie, acostados, vestidos apenas, jovenes y viejos en el agua. No sé dónde se han ido las gaviotas. Quedan las estrellas y la luna casi llena. Se refleja, tal como quería, en el agua. Recuerdo casi nada del pasado, pienso siempre. Por eso anoto. Quisiera también registrar mis sensaciones, y sobre todo esas intuiciones, que no llegan a ser ideas, pero captan más de lo que podría poner en palabras. Hablo de imágenes que no tienen traducción para otros y que explicarlas les haría perder la gracia. Estaba en un colegio en mitad de un plaza en un sueño reciente. Desde la ventana del aula veía las ramas de unos eucaliptos moverse apenas. Nada perturbaba la forma que me frotaba contra el delantal de una maestra, apoyada en un banco, mientras pegaba las notas en una pared. El guardapolvo era azul. Lo recuerdo bien. Más vaga es la sensación de tocar su cuerpo. Pero lo estaba tocando y era increíble. Su cuerpo tenia un peso, una forma que me daba mucho placer. Creía que nunca pero nunca iba a pasar. Pero en el sueño sucedía. 



viernes, 20 de marzo de 2026

Ocean Allure

 En la playa, cosa extraña para este lugar del caribe. hay viento y amaneció fresco. Me despierto a las ocho de la mañana debido a la puerta del cuarto cerrándose. Salió mi pareja. En el balcón, veo en la playa a una persona trotando. La luz todavía no ocupó del todo la escena que cierran las nubes en el horizonte mientras sale el sol. Al rato, decido salir a caminar. Quiero sentir que aprovecho un poco mejor la mañana -cosa que en general me cuesta-. En la playa, que tiene bastante sargazo, un tractor se encarga de rastrillar. En el hotel del al lado veo gente echada en las reposaras. Una familia argentina, por lo que escucho. 

Nadie en el mar. La bahía termina y pego la vuelta. En mi hotel, dado que hay un cartel que dice con bandera roja, le pregunto al bañero si me puedo bañar. Me dice que sí, pero sin traspasar unas sogas con boyas ubicadas a metros de la costa. El agua no está muy limpia. El sargazo por instantes roza mi cuerpo. Trato de nadar un poco, de sentir el placer de flotar. Pero el sargazo y la marejada me cansan. 

Voy a ducharme antes de ingresar al espacio donde empieza la zona de las piletas donde un hombre trabajando con un amoladora corta unas baldosas. Le comento que está fresco el día. Asiente. Es respetuoso, pero al mismo tiempo desenvuelto y calmo. Busco a mi pareja en los salones donde se sirve el desayuno, pero no la encuentro. Tampoco la veo en el gimnasio. Por fin, vuelvo a la playa y la descubro donde termina una pasarela de tablas, justo antes de donde empieza la arena. Me sonríe. 

miércoles, 18 de marzo de 2026

Playa Mujeres

 Me echo en la playa escuchando a dos parejas que hablan una idioma parecido al ruso. El tono me parece torpe; estruendoso. Se sacan fotos en la orilla. Una tras otra, sin descanso; luego continúan en sus reposeras usando esas voces altisonantes. La mujer que más alto habla -morocha- tiene un atuendo que parece el de una odalisca. Corpiño y pantalones amplios de un azul eléctrico. Me alejo al mar. En el mar sigue el sargazo. Intento disfrutar, pero no logro más que hacerlo contados instantes. Me molesta un poco un oído -por haber nadado en la pileta el día anterior, al parecer-; eso no ayuda. 

Opto por sugerirle a mi pareja e hija ir a almorzar en un restaurante que tiene  un sistema de lunch que funciona bastante bien por su variedad. Salgo a comer afuera y disfruto la tranquilidad de haber evitado el interior donde un grupo de unos veinte canadienses hablaban excitados. 

Se larga a llover y el sonido del agua se mezcla con un música agradable en los parlantes -pequeños- en el techo del restaurante. En una de las piletas, hay más parlantes con otra música. Unos animadores se empeñan en hacer bailar a un grupo de canadienses. Nos ponemos a conversar con el mozo; quien ante mis reparos respecto del volumen de la música me dice que la gente en general pide más alegría, más ritmo. Me limito a sonreír.

lunes, 16 de marzo de 2026

Alegría

Ahora en mi hotel hay una fiesta y ayer también hubo una fiesta de unos canadienses. A su vez, en el hotel que está a unos, calculo, trescientos metros siguiendo por la playa hay dos cantantes -hombre y mujer- que hacen cantar al público. Me dieron pocas ganas de continuar en el jacuzzi no obstante el agua caliente, la espuma, las estrellas y el ruido del mar golpeando las olas. 

Más temprano, conversé con un mozo de nombre Roberto, incluso tal vez más amable que otros mozos. Le comenté que el hotel tiene un tema sonoro molesto. Hay varios parlantes en el espacio principal de las piletas que se superponen -la música ambiental de los distintos parlantes choca con otros más grandes que ponen junto a la pileta para eventos en donde procuran divertir a las huéspedes con bailes desde afuera de la pileta que ellos deben realizar dentro-. Roberto me contestó que justamente, por lo que ha escuchado, la clientela lo que ha pedido es que eleven el nivel de eventos o fiestas dado que falta más "alegría". 

Anoche pude ver ese tipo de euforia de cerca cuando fuimos a comer con mi pareja e hija a un restaurante que se define como de cocina francesa dentro del hotel. La fiesta organizada para los canadienses tenía lugar en el gran espacio donde están las distintas piletas. Había una pantalla gigante que mostraba escenas animadas con una estética pop de los ochenta. Los hombres vestían camisas hawaianas y las mujeres de vestidos largos. La gente parecía contenta en las mesas y en la pista de baile. Mi hija quiso filmar el baile de un muñeco amarillo, simple en su composición, que bailaba en la pantalla. Por un momento, su risa me hizo reír. 

domingo, 15 de marzo de 2026

Restaurante italiano

Primer día en el Hotel Ocean Allure. Ida a cenar al restaurante italiano. Nos sentamos afuera a pesar del viento. Buena opción; casi no hay comensales cerca en nuestro restaurante. Pero sí los hay en el restaurante contiguo -cocina mexicana- donde un grupo se ríe a carcajadas. Alzan los vasos de tequila. Calculo que no falta mucho para que se retiren. Para los norteamericanos es tarde. Diez de la noche. El mozo es atento. Nos cuenta que vive en Cancún desde hace treinta años. Es chófer de Uber por las noches. Hablo de las dificultades que existen para acceder a las playas públicas a lo largo de la Riviera Maya, un tema que me obsesiona por la injusticia que entraña. Hasta ahora todos me dan la razón, pero toman el tema de un modo abnegado. 

La entrada una burrata. Buena. Pequeña la porción, eso sí. Los norteamericanos se van por fin, los diviso a lo lejos. Pruebo unas pastas y también un salmón que ha pedido mi pareja. Mi hija se limita a pedir una sopa de tomate y repite la porción. Volvemos a charlar con el mozo. Nos cuenta cuáles son buenos postres y acierta. También habla de los problemas derivados de la venta de drogas en la zonas turísticas. Habla con una alegría especial, cierta diversión. También disfruto. 

Por fin, le consulto en qué material está hecha una escultura que veo dentro del restaurante-una mujer acostada que emerge en estilo clásico de la misma roca-. Me dice que en fibra de vidrio. Creo que está equivocado, pero no digo nada. 


sábado, 14 de marzo de 2026

Caleta tankah 3

 


Seguimos por la playa impactados por la cantidad de objetos de plástico que trae el mar. Hablamos de eso y también de nuestros plantes para el año que sigue. Por un momento, nos sentamos en el medio de la playa rodeados de un sargazo seco esparcido cada tanto. También de objetos cortados de plástico -tapas, restos de botellas, cucharas-. Enfrente, el mar se repite en sus olas. Me fijo en el horizonte: ni un barco. Alrededor, unos lugareños con sus redes. Los pasamos hace un par de kilómetros. 

Al volver, con mis hijos nadamos en el cenote pequeño que tiene el lugar. Por momentos, hablamos acerca de la actualidad de varios equipos de futbol. Junto a nosotros, unos mexicanos disfrutan del agua. Una niña de rasgos indigenas me resulta particularmente tierna. Aunque tal vez la palabra no sea tierna sino representativa de cierta ingenuidad y al mismo tiempo, en lo que a mí respecta, de cierta distancia. 

Vamos con mi hija y su novio a caminar para el lado derecho de la playa. Cuando pasamos la caleta, veo que el montículo de piedras que hice días atrás está caído. Lo mismo el que alguien había hecho  antes a un costado -aunque este último tiene todavía tres o cuatro piedras apiladas en la base. 

Más tarde, jugamos todos al futbol. Primero me siento torpe con la pelota y luego hago un gol desde cierta distancia. 

Nos piden que dejemos la playa; el complejo están cerrando. De todas formas, tengo tiempo para sacarle una foto a una nube que se ve al final de la bahía. Una pirámide casi perfecta. La cima es más blanca que la base. 

miércoles, 11 de marzo de 2026

Playa paraíso

 Vamos a la playa cerca de las dos y media de la tarde. Nos ha detenido el hecho que no haya luz en nuestra casa. Mi hija se ocupa del tema, nosotros intentamos ayudarla a la distancia porque ocurre algo extraño: nuestro departamento es el único del edificio que no tiene luz. Las llaves térmicas están en su sitio, así que llamamos a la empresa de electricidad y dicen que un técnico concurrirá, pero recién a las veinte y treinta. El parque nacional donde está la playa que elegimos visitar tiene vedado el ingreso de los autos a menos que uno tenga una reserva. Dejamos el auto a pocas cuadras en una calle que tiene una barrera. Un hombre, con buenos modos, nos informa que debemos pagar trescientos pesos por estacionar. Le digo que el día anterior, a pocas cuadras, pagué cien. Termino acordando el ingreso por doscientos. Luego de bajar de la camioneta nos dirigimos al ingreso al parque, que es gratuito, pero hay que demostrar que no se ingresa con botellas de plástico o comida. Comienza así una caminata. El sol se hace sentir. Por un momento, nos vamos del lado de la sombra, pero volvemos a la senda peatonal cuando verificamos que los autos pasan demasiado cerca nuestro. Un cartel indica mirador. Tomamos por el sendero que se vislumbra entre unas plantas. Unos metros y el mar. Lo observamos desde unas rocas que tienen algo de la impronta de unas ruinas. Quisiera poner una escultura antiquísima sobre ellas. Una cabeza Olmeca que no está. Está ausente pero mi cabeza la pide. Anoto en ella: crear una obra en donde se perciba algo sin que el objeto aparezca. Qué cosa difícil. 

sábado, 7 de marzo de 2026

Sector Privilege

 Llegada al hotel Ocean Allure. Piden bastantes datos en la entrada al conductor de la camioneta que nos transporta. Ni bien bajamos, nos dan un toalla perfumada para la cara y nos reciben en la recepción con suma cordialidad. Al empleado le pido por favor una habitación silenciosa. Pero me da una en un primer piso expuesta a los ruidos de la pileta -donde vociferan bastante los canadienses y norteamericanos que pueblan el hotel-. Para peor, tal como lo preveía, hay una serie de parlantes en una cantidad no muy grande de metros. Me voy a almorzar tardíamente a las cinco de la tarde. Luego pediré un cambio de habitación. No hay inconvenientes con eso, me dicen en la recepción. Por fin me dan otra habitación, pero tiene una valija y una mochila junto a la cama y la televisión encendida. Con mi pareja salimos a informar ese detalle. El empleado, desconcertado, nos pide media hora para ordenar el tema. Mejor ir a la playa a caminar y luego volveremos por la solución.

Pero cuando regresamos el empleado ya no está y nos atiende una mujer en cuyo cartel en la blusa leo: Jennifer y es muy amable. Nos han dado una habitación en un piso alto -tal como pedí-, al contrafrente para evitar los ruidos molestos y con vista al mar. Un sector denominado "Privilege", sin que en realidad sea propiamente nuestro lugar por la tarifa que hemos pagado. Luego nos indica que si bien vamos a habitar un cuarto del sector "Privilege" no vamos a poder acceder a los servicios que tiene ese sector, piletas y demás yerbas. No hay problema, se me ocurre decir y sonrío. 

jueves, 5 de marzo de 2026

Salida de Tulum

Salimos de Tulum. Nos transporta una camioneta grande, presuntuosa, del tipo americano. Flavio es el nombre del conductor y resulta extremadamente educado y reposado al hablar. Sus modos son certeros. El tiempo, para él, no parece ser un problema.

Accede de buen modo a parar en un supermercado para que compremos una valija dado que hemos adquirido demasiadas cosas en el viaje. En la caja del supermercado, algo extraño ocurre: mi pareja tiene un modo un tanto brusco con otro cliente porque ha apoyado su botella muy cerca de nuestra valija. Ese detalle, y el hecho de que la cajera no aceptara el billete de cien dólares que le dio —tenía una marca insignificante—, le provocaron ese infrecuente nerviosismo.

Seguimos viaje. El trayecto hasta un lugar llamado Playa Mujeres, al norte de Cancún. La visión de la ruta, me confirma una impresión que ya había tenido en el viaje de ida, hace más de tres semanas: esta zona, llamada Riviera Maya, ha crecido a un ritmo ampuloso, persistente. Los espacios de selva son cada vez menores y en su lugar se ven grandes hoteles y barrios cerrados.

Cuando paramos cerca de Cancún para que mi hija pueda ir al baño, en una estación de servicio, unos hombres, en una camioneta, se estacionan a mi lado. Parado junto a la nuestra, esperando a mi pareja y a mi hija, noto que varios hombres viajan adelante y otros en la caja de la camioneta. Vienen a comer unos sándwiches que venden en un local pequeño, al lado de la cafetería y se los ve jocosos. Comentan cosas y se ríen a carcajadas. No parece tener sentido la proporción entre sus risas y la insignificancia de los comentarios. Se ríen varias veces, a toda gana.


sábado, 7 de febrero de 2026

Caleta Tankah 2

 Ida otra vez a la caleta Tankah. Arribo demorado a las dos y diez de la tarde. Pasamos el ingreso, siempre injusto; cobran una entrada al club de playa. A nosotros solo nos interesa la playa, pero no existe otro modo de ingresar. Cuando vamos a unos camastros alejados de todo, viene un joven vestido con bermuda y remera azul y nos informa que para echarnos en esos camastros es necesario consumir por persona una suma inaudita. 

Nos vamos a las reposeras donde está la gente. Un vecino  escucha música en un parlante. Mejor ir al agua. Nado en la caleta con mi hija, su novio y mi hijo. Viene incluso mi pareja. La sostengo en el agua; las olas nos impactan apenas. En el lugar, se forma una especie de pileta. 

Cuando salimos, vamos a caminar por la playa donde encontramos, en la playa solitaria, a dos mujeres de edad avanzada sacando fotos. Mi pareja les pregunta si no les gustaría que les saque una foto. Le responden que sí. Sonrientes, encantadas.

Cuando les muestra las fotos en el celular, le agradecen de una forma sentida, incluso desproporcionada. 



viernes, 6 de febrero de 2026

Parque ecológico

Me levantó temprano debido a una pesadilla. Ella se reitera a lo largo de los últimos treinta años. El día es nublado. Desayuno algo apesadumbrado, no corre viento. 

Más tarde, ida a un parque ecológico frente a la playa. Se suben a la camioneta mi pareja, hija, novio de mi hija e hijo. A mitad del trayecto, mi hijo me dice que el cenote del lugar está cerrado, que solo queda la playa para ver. Me irrito ante su comentario y reacciono censurándolo. Mi molestia con su parte es por boicotear el lugar tan tarde. O más bien, estoy irritado en general porque la llegada de mi hija y el novio días atrás ha roto cierta estabilidad. El tener que adaptarme al novio de mi hija, supongo, no me es indiferente. Llegada al lugar. Nos explican las reglas y el costo del ingreso. El tono que pretende ser amoroso, cosa que también no me gusta -y a esto se suma el tema de la falta de accesos públicos a la playa en la zona-. Ingreso por un túnel de vegetación que tiene carteles con la foto de animales que supuestamente habitan el lugar. Ocelotes, un jabalí pequeño -Pecarí de collar- y alguno más. La playa tiene una barrera de coral en la mitad izquierda, nos explica la persona que cuida a los que se bañan. Luego es mar abierto. Vamos para esa zona; casi no hay gente. Por la hora, el sol quema demasiado. Le sugiero a mi pareja que armemos un protección con su manta y dos palos -tal como han hecho unos vecinos nuestros-. Los palos que encontramos son más chicos, lo mismo ocurre con nuestra manta. No termina de dar sombra suficiente a una sola persona. Voy al agua. Mis hijos han visto algunos peces. Nado, también los veo. Permanezco en el agua. Al salir, de nuevo la fuerza del sol me quema de una manera que no da tregua. Lo siento en mis hombros, en la espalda, me pica. Me pongo una remera, pero la sensación casi insoportable persiste. Le pido a mi hijo me haga un lugar en la carpa improvisada. Debo cuidar mis reacciones, pienso echado bajo esa sombra. Mi hijo no reacciona. Insisto, y me libera el lugar. 


jueves, 5 de febrero de 2026

Sueño intenso

 Sueño intenso con mi entonces joven secretaria. Los dos éramos jóvenes cuando nos conocimos. Pero ella no me atraía; tenía un aire contrariado, una tristeza que ocultaba algo férreo. Pero en el sueño, desnuda, hacía lo que necesitaba. Su pelo rizado se movía apenas en una penumbra. Estábamos en un reservado de una discoteca; no había nadie más por ningún lado. Tampoco música. Era más bien el final de una tarde de calor. Un ventilador de techo giraba a toda marcha. Tenía puestos solo unos tacos que usaba contadas veces.

La sensación no era de felicidad. No sé describirla. Pero si lo hiciera, entendería cosas que no he llegado a saber por muchos años.


miércoles, 4 de febrero de 2026

Fiestas

Desde que llegué a este lugar —Tulum— escucho una música electrónica a lo lejos por las tardes y luego por la noche. Con el paso de los días empecé a oírla también durante las mañanas. Pensé entonces que no se trataba de una fiesta ocasional sino de un bar en las inmediaciones. Sin embargo, no lograba ubicar ninguno cercano: alrededor solo hay selva, departamentos dispersos o casas.

Hoy me levanté con el ruido dispuesto a investigar. Salimos con mi pareja siguiendo el estruendo unos doscientos metros, hasta dar con una casa rodeada por murallas de piedra y varios autos estacionados en la vereda. Mi pareja se bajó de la camioneta y tocó el timbre. Nadie respondió. Alcanzó a ver, no obstante, a varios hombres bailando al borde de una pileta. Solo hombres, me dijo.

Frustrados, dimos la vuelta a la manzana. Nos cruzamos con una mujer que salía en bicicleta, rapada y con tatuajes incluso en la cara. No hablaba casi español. Calculé que tendría más de cincuenta años. Su hija, de unos veinte, nos observaba un poco más atrás. Le preguntamos por la casa de los ruidos y nos dijo: “Sí, son un desastre. Hacen fiestas todos los fines de semana, desde la tarde hasta la medianoche”. Le pregunté si valía la pena llamar a la policía y respondió que sí, aunque sin convicción. La saludamos y nos fuimos a la playa.

Más tarde, al salir de la playa, nos encontramos con un policía apoyado en un vehículo que decía Control de tránsito. Le expusimos nuestro caso. Nos dio un teléfono de contacto para emergencias. Ya lo contactamos.

martes, 3 de febrero de 2026

Caleta Tankah

 Ida otra vez a la caleta Tankah. Arribo a las dos y diez de la tarde. Un poco demorados. Pasamos el ingreso, siempre injusto (cobran una entrada al club de playa). Dedicaría buena parte de mi vida a litigar en este país para que los accesos a las playas sean públicos. He persistido tanto tiempo en el mundo del derecho, aunque no lo disfruto mayormente, dedicado a causas parecidas. Es una pulsión lo que siento frente a lo que considero una injusticia. La injusticia me subleva; necesito repararla. Una pena. Porque lleva mucho tiempo intentar esa reparación y nunca es plena. Nunca alcanza.

lunes, 2 de febrero de 2026

Michael, el gato

 Ida a desayunar al café de los gatos. Mi hija, encantada. Al entrar, el problema de la otra vez: el volumen de la música. Le pido a una moza que por favor la baje un poco. Tantito, me responde, y no lo hace. Nos mudamos de mesa. Al vernos, la moza de la vez pasada se acerca. Me pregunta por mi hijo. Se volvió a Argentina, le digo. Es más amable e incluso se ofrece a bajar la música.

Un gato se sube a mi falda en busca de comida. Pronto, aparece un mozo a traernos el café. Nos pregunta de dónde somos. Él es de la Ciudad de México, nos cuenta. Se acaba de recibir de licenciado en Relaciones Internacionales. Nos recomienda varios lugares de la costa del Pacífico. Nos habla de Oaxaca, de Huatulco y de otros sitios. Es algo infantil y educado. Despierta en mí una ternura inesperada. Lo veo demasiado puro y eso me conmueve. En ese punto de la charla el gato vuelve a subir encima mío. Se llama Michael, me informa el mozo. Gris, con un aire de astucia superior a la media de los gatos.

domingo, 1 de febrero de 2026

Amanecí

Hoy amanecí sin la música electrónica de fondo. Desayuné en el balcón frente a la pileta y los árboles. Día de sol, con viento. Me siento bien. Incluso un italiano que el sábado pasado, viendo un partido de fútbol, a los gritos, me fastidió, hoy me resulta simpático. Vuelve a gritar y me llega a parecer tierno. Que disfrute. Lo mismo un perro que ladra de tanto en tanto. Si quiere ladrar, que ladre. El cielo está despejado. Me dispongo a ir al cenote del otro día.

Ida al cenote a eso de la una y media. No hay tanta gente, por suerte. Atrás nuestro, ingresan dos americanos con dos mujeres que hablan castellano entre ellas. Pronto esas personas comienzan a ensayar una serie de acrobacias en el trampolín del lugar. Pronto, logran aplausos por parte de la concurrencia. Pero a mí me fastidian. 

Nado mucho rato disfrutando de la espesura que tiene el agua. Voy y vengo con la cabeza afuera. Al ver a un chico haciendo la plancha, lo imito. Siento cómo el agua entra de lleno en mis oídos y los tapa. Luego, el silencio. Tengo los ojos cerrados. Me entrego a flotar en el agua, seguro de que no hay nada que temer. Sin embargo, a los pocos instantes, me parece que un oído me molesta. Salgo. ¿Ha sido un invento?

Nado otro buen rato y me subo arriba de una cuerda que cruza el agua. Camino por ella y veo a una americana cerca mío. Confío en que podría tener una buena relación con ella. Solo un presentimiento. Sigo nadando. Cuando me acerco a la vegetación, que hace de frontera con el agua, advierto la presencia de un caimán. Es pequeño, por suerte. Pero no me acerco. Tiene los ojos fuera del agua. Opto por retirarme. Salgo y voy a contarle a mi hijo. Pero desde la orilla no logro divisar al animal. Pasa un cuidador del lugar. Le consulto y dice: Sí, hay uno pequeño. Un caimán. Sale a esta hora más o menos.


sábado, 31 de enero de 2026

Acá en México

Acá en México hay parlantes en los comercios, en las lejanías, en las fiestas electrónicas que se realizan a distancias más o menos cercanas. En el complejo donde vivo se usa en demasiadas ocasiones un soplador de hojas -supongo a batería- y hoy, recién levantado, escucho un parlante con música electrónica a lo lejos; durante la noche sentí otro en otra parte de la casa. 

A su vez, en el patio de abajo, alguien prendió el soplador de hojas e insiste en usarlo a cada rato. Como fui en la ruta con la ventanilla baja hasta Valladolid -supongo- el oído me molesta y me molestó durante la noche. El estado de alarma amenaza con volver. Mi cuerpo vigila. Necesito echarme en el suelo, fijar mi vista en el techo. Encontrar ahí una mancha. Un punto. 

viernes, 30 de enero de 2026

Niños en el colegio

 Me pregunto ahora, ya en la madrugada, por el pasado  y no encuentro respuestas satisfactorias. Más temprano, en el almuerzo, con mi pareja e hijo estuvimos recordando quién mayormente los llevaba y traía del colegio -mi pareja, su madre-. Luego hablamos de quién cocinaba más -yo, el padre-. Pero algunas noches dejaba hecha la comida una empleada que teníamos. La recuerdo, bien dispuesta pero indescifrable. No sé qué hacía muy en detalle en esas épocas de mi tiempo. Trabajaba, pero nunca hasta tarde. Iba a veces al club a nadar; una clase de yoga a veces, pero no mucho más. En la mesa, no dije eso. Pedí la cuenta. Vino en canasto de mimbre pequeño y curioso. 

jueves, 29 de enero de 2026

Los tordos

Comimos en un restaurante con un patio. Mi pareja pidió que bajasen la música incluso antes de mi llegada. La moza, dedicada a su oficio, extremadamente educada me conmovió porque su humildad no perdía en nada la fuerza que reflejaba. Una pareja de italianos, calma, fumaba en una mesa alejada. No parecían entenderse más que mínimos gestos. Una familia mexicana con una anciana en la mesa disfrutaban. El patio tenía muchas plantas que bajaban sobre las mesas. Y lo mejor: no había americanos gritando.

Al final, mi pareja le compró un cuenco a la dueña -que estaba sentada en una mesa anotando cosas con una caja fuerte abierta a un costado-. La dueña tenía una expresión reposada, natural, que casi no se encuentra por Europa. Su paciencia ancestral no parecía sacarla de la dulzura de los pájaros, aunque es cierto que mantenía una mirada atenta a la caja donde guardaba los billetes. 

En la plaza principal, cantaban una cantidad inmensa de pájaros. Mi pareja le preguntó a un vendedor de helados qué pájaros eran. Tordos, dijo. Cantan con la caída del sol y un buen rato tambien, dijo. Nunca antes había sentido un chillido ensordecedor de los pájaros. Fue la primera vez que no disfruté de sus cantos. 


martes, 27 de enero de 2026

Valladolid

Ida a Valladolid. Salimos cuando dejó de llover. Ruta por la selva con bastante tráfico. Pasamos por pueblos que tienen tiendas de artesanías -hilados y cestas-. Al auto lo dejamos a varias cuadras del centro. Pasamos un cenote en plena ciudad. 

Un museo explica la historia del lugar. Cincuenta años de guerra entre los indigenas y los criollos en el siglo diecinueve. Tuve que anotar nuestros datos en un libro que guarda el registro manuscrito de cada asistente. Paso por la catedral; interesante la fachada. Caminamos hasta el convento donde recalo en un gran retablo que tiene una estética infantil. Lo veo a la distancia en el piso superior de la iglesia, el lugar del coro. Me fijo en la imagen de cristo atento al canto de los pájaros afuera. Veo por una ventana a mi derecha. Una iguana intenta entrar, pero se lo impide un alambre tejido. Los pensamientos siguen pujando en mi cabeza, y sin embargo, frente al retablo, algo los contiene. Respiro, fijo en Cristo, y comienzo a sentir una notable descompresión en mi cuerpo. Atesoro esos instantes. 

Salgo con mi pareja e hijo y me tiro a contemplar la copa de un árbol en el jardín del convento un buen rato, posado en las hojas de la misma manera que lo hice con el Cristo. Son ovaladas. Me detengo en una en particular; me ha gustado. 

Mi pareja e hijo se van a buscar un lugar para almorzar. Elijo quedarme bajo el árbol. El arullo de una paloma, a lo lejos, me permite llegar a mi infancia. Escuchaba a las palomas en la casa de mi abuela cerca del mar y eso me sosegaba lo indecible. Salgo por fin del convento. Bordeo una plaza. Percibo paz. En la esquina, un joven en un moto de alta cilindrada distrae ese pensamiento. 

Ida a la cancha.

Anoche, de regreso con mi hijo e hija de la cancha, doce de la noche, parados en un semáforo de la nueve de julio. Mi hijo me dice: "A ...