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sábado, 14 de marzo de 2026

Caleta tankah 3

 


Seguimos por la playa impactados por la cantidad de objetos de plástico que trae el mar. Hablamos de eso y también de nuestros plantes para el año que sigue. Por un momento, nos sentamos en el medio de la playa rodeados de un sargazo seco esparcido cada tanto. También de objetos cortados de plástico -tapas, restos de botellas, cucharas-. Enfrente, el mar se repite en sus olas. Me fijo en el horizonte: ni un barco. Alrededor, unos lugareños con sus redes. Los pasamos hace un par de kilómetros. 

Al volver, con mis hijos nadamos en el cenote pequeño que tiene el lugar. Por momentos, hablamos acerca de la actualidad de varios equipos de futbol. Junto a nosotros, unos mexicanos disfrutan del agua. Una niña de rasgos indigenas me resulta particularmente tierna. Aunque tal vez la palabra no sea tierna sino representativa de cierta ingenuidad y al mismo tiempo, en lo que a mí respecta, de cierta distancia. 

Vamos con mi hija y su novio a caminar para el lado derecho de la playa. Cuando pasamos la caleta, veo que el montículo de piedras que hice días atrás está caído. Lo mismo el que alguien había hecho  antes a un costado -aunque este último tiene todavía tres o cuatro piedras apiladas en la base. 

Más tarde, jugamos todos al futbol. Primero me siento torpe con la pelota y luego hago un gol desde cierta distancia. 

Nos piden que dejemos la playa; el complejo están cerrando. De todas formas, tengo tiempo para sacarle una foto a una nube que se ve al final de la bahía. Una pirámide casi perfecta. La cima es más blanca que la base. 

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